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jueves, 22 de febrero de 2018

EL HOMBRE DEL OESTE

(Man of the West, 1958)

Dirección: Anthony Mann
Guion: Reginald Rose

Reparto:
- Gary Cooper: Link Jones
- Julie London: Billie Ellis
- Lee J. Cobb: Dock Tobin
- Arthur O’Connell: Sam Beasley
- Jack Lord: Coaley
- John Denner: Claude
- Royal Dano: Trout
- Robert J. Wilke: Ponch

Música: Leigh Harlan
Productora: Ashton Production y Walter Mirisch production (USA). Distribuida por la United Artits

Por Jesús Cendón. NOTA: 9

“Ha debido de ser un movimiento reflejo. Es que yo pensaba que si faltaba usted acabarían también conmigo” (Sam explicando a Lynk la razón por la que se interpuso en el camino de la bala dirigida al expistolero).


Filme del mítico productor independiente Walter Mirisch (“Wichita”, “La gran prueba”, “Fort Masacre”, “El sheriff de Dogce City”, “Los siete magníficos”), y distribuido por la United Artits (política habitual de esta “major” caracterizada por encargarse de la distribución de filmes producidos por otras compañías más modestas) en la que se dieron la mano, en su única colaboración, dos grandes figuras del wéstern clásico: Gary Cooper y Anthony Mann.



El actor sólo en la década de los cincuenta trabajaría con gran parte de los más destacados directores en este género: Raoul Walsh en “Tambores lejanos” (1951), una especie de traslación de su gran éxito bélico “Objetivo Birmania” (1945) al universo del wéstern; Fred Zinnemann con “Sólo ante el peligro” (1952), película, reseñada en este blog, por la que obtuvo el Oscar y supuso la revitalización de una carrera algo alicaída; André De Toth en “El honor del capitán Lex” (1952); Hugo Fregonese en “Soplo salvaje” (1953), un wéstern contemporáneo situado en un país sudamericano que le volvió a emparejar con Barbara StanwycK; Henry Hathaway en “El jardín del diablo” (1954), también reseñada, una extraordinaria mixtura entre película del Oeste y filme de aventuras; Robert Aldrich con “Vera Cruz” (1954), igualmente con su correspondiente reseña en este blog, un wéstern fundamental para el desarrollo del género tanto en los EEUU como en Europa; Delmer Daves en “El árbol del ahorcado” (1959), película del Oeste muy original basada en una novela corta de la especialista Dorothy M. Johnson; o el propio Anthony Mann.



Por su parte el director nacido en San Diego, tras un “período de aprendizaje” en la década de los cuarenta con una serie de producciones de serie b e independientes enmarcadas dentro del noir (las más que notables “La brigada suicida”, “Ejecutor”, “Orden: caza sin cuartel” codirigida por Alfred L. Werker, “Border Incident” o “Side Street”, entre otras), se había convertido en uno de los máximos exponentes de este género gracias al ciclo de cinco películas rodadas con James Stewart como protagonista (todas ellas con su correspondientes reseñas en este blog). Además de habernos ofrecido otros wésterns de un nivel altísimo como el pro indio “La puerta del diablo”, también reseñado, y “Las furias”, tragedia griega ambientada en el Far-West, ambas rodadas en 1950; y “Cazador de forajidos” (1957), romántica aproximación a la figura del cazador de recompensas.



ARGUMENTO: Tras el asalto al tren en el que viajaba y una vez abandonado a su suerte, Lynk Jones junto a Billie, una cantante, y Sam, un tahúr, emprende el camino de vuelta a casa. Durante el trayecto los tres llegarán a un rancho aparentemente deshabitado, primitivo refugio de Lynk en su época de pistolero, donde se toparán con los antiguos miembros de su banda. Desde ese momento comenzará el juego por la supervivencia.



Si hay una palabra que define a “El hombre del Oeste” es innovación, ya que Anthony Mann se anticipó no sólo al wéstern norteamericano de finales de la década de los sesenta, sino incluso a las películas del Oeste filmadas en Europa, con esta historia de supervivencia a través de la cual nos describe un Oeste habitado por bandidos sanguinarios, coristas, tahúres y padres de familia de oscuro pasado muy alejado de la visión romántica aportada por el wéstern estadounidense clásico.



Una visión desmitificadora que, de forma natural, supone la culminación del camino emprendido con su ciclo de películas protagonizadas por James Stewart en el que nos mostró un Oeste nada heroico a través de personajes complejos cuyas motivaciones oscilaban entre el enriquecimiento personal y el sentimiento de venganza.



De hecho en este filme retoma temas tan habituales en la cultura anglosajona como los relativos a la segunda oportunidad y a la redención, ya presentes en “Horizontes lejanos”. Así Link Jones, un extraordinario y ajado Gary Cooper al que su enfermedad (fallecería tan sólo tres años después) le confirió una mayor autenticidad, se puede entender como un trasunto de Glyn McLyntock, el personaje interpretado por James Stewart en la nombrada “Horizontes lejanos”. De esta forma si Glyn, antiguo pistolero deseoso de abandonar su vida, debía demostrar su arrepentimiento y la sinceridad de sus sentimientos a los miembros de la comunidad para poder ser aceptado como un miembro más, a Link lo conocemos perfectamente integrado: es un hombre respetable, casado, padre de dos hijos y goza de la confianza de los habitantes de su pueblo, de tal forma que es el encargado de llevar una suma importante de dólares durante un largo viaje para contratar a una maestra. El proceso de redención de Glyn-Link aparentemente se ha consumado al haber sabido aprovechar el antiguo pistolero su segunda oportunidad.



No ocurrirá así con la corista (la actriz y cantante Julie London) que verá cómo se desvanecen sus intentos de cambiar de vida al lado del hombre del que se ha enamorado al no poder ser correspondida por Link. Mientras que Sam Beasley, un fullero caracterizado tanto por su egoísmo como por su cobardía y capaz de proponer a Link huir abandonando a Billie a su suerte en manos de la banda de forajidos, se redimirá en un acto tan heroico como suicida.



Y he hablado de aparente redención de Lynk porque para culminarla deberá enfrentarse a su pasado y terminar con él para siempre. Pasado representado por su tío y los miembros del grupo de forajidos que este capitanea y al que Lynk perteneció en su día. Son unos individuos con escaso presente y nulo porvenir, tan muertos como la ciudad fantasma en la que tendrá lugar el enfrentamiento final. Una larga escena que, por su magistral dirección, montaje y planificación, se sitúa entre los mejores momentos del wéstern y en la que destaca el duelo entre los dos primos cuyo embrión lo encontramos en el enfrentamiento final de “Tierras lejanas”; además de violar en ella Anthony Mann, como ya había hecho en otra secuencia anterior, el Código Hays que no permitía mostrar en el mismo plano al personaje que disparaba y al que recibía el disparo.



Hasta llegar a ese momento culmen, Lynk, para sobrevivir, deberá hacerse pasar por el marido de Billie, encontrándonos con otro de los temas centrales del filme, la impostura. No sólo ambos personajes van a simular estar casados sino que descubriremos que en el aparente bondadoso padre de familia anida un violento expistolero; mientras que Billie, la corista, en su día fue maestra, vida por la que siente añoranza, además de desear ante todo encontrar un buen hombre con el que fundar una familia; y el cobarde Sam (en una gran interpretación del actor de carácter Arthur O’Connell) se comportará en un momento decisivo con un gran arrojo. En definitiva, nadie es quien parece ser.




Es en su parte central en la que el filme presenta ciertas semejanzas con otra producción de 1958, el notable wéstern de John Sturges “Desafío en la ciudad muerta”; pero pienso que este lo supera al poseer Anthony Mann una mayor capacidad para indagar en los rincones más oscuros del alma sin acudir, para ello, a aburridos y pretenciosos discursos, sino tan sólo mostrándonos el comportamiento de Lynk y el de los miembros de la banda de forajidos. Un grupo decadente, sangriento y brutal a cuya cabeza se encuentra su tío Doc Tobin (inconmensurable Lee J. Cobb), un forajido que sueña con recuperar un pasado de esplendor que, quizás, nunca existió. Personaje duro e implacable, se mostrará realmente dolido con Lynk, al que había criado como un hijo, por haberlo abandonado y así le recriminará en un momento dado: “Eras algo muy mío ¿A qué vino eso de abandonarme?”; mientras que Claude, hijo de Doc y primo de Lynk, le reconocerá a este que cuando dejó a Doc vio a su padre llorar. Junto a Doc y su hijo Claude se encuentran Coaley, encarnado por el televisivo Jack Lord (Hawai 5-0), un pervertido sexual caracterizado por su sadismo; Ponch, al que da vida el habitual de este tipo de producciones Robert J. Wilke, tan fuerte como corto de entendederas; y el mudo Trout con querencia por la violencia, interpretado por el no menos habitual Royal Dano.




En consonancia con este “grupo salvaje” la película desprende una violencia y una crudeza inusual para la época, destacando dos escenas memorables. La brutal eutanasia a manos de Coaley de uno de los miembros de la banda que había resultado herido, con una magistral utilización del fuera de campo y del silencio como elementos dramáticos de primer orden; y el obligado striptease de Billie mientras que Link se ve amenazado por un cuchillo puesto en su garganta. Secuencia de la que suscribo el comentario del novelista José María Guelbenzu al definirla como una de las más violentas, dramáticas y tensas que ha dado el cine.



Película, por tanto, dura, sombría y amarga, “El hombre del Oeste” se configura como la cumbre cinematográfica de un extraordinario director, gran renovador de este género en la década de los cincuenta, por lo que su visión es obligada para cualquier amante del cine.