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jueves, 21 de febrero de 2019

ATAQUE AL CARRO BLINDADO

(The war wagon, 1967)

Dirección: Burt Kennedy
Guion: Clair Huffaker

Reparto:
- John Wayne: Taw Jackson
- Kirk DouglasLomax
- Howard KeelLevi Walking Bear
- Robert Walker Jr.Billy Hyat
- Keenan WynnWes Fletcher
- Bruce CabotPierce
- Joanna BarnesLola
- Bruce DernHamond
- Gene EvansDeputy Hoag

Música: Dimitri Tiomkin
Productora: Batjac Productions, Universal Pictures, Marvin Schwartz

Por Jesús Cendón. NOTA: 6,5

El mío ha caído primero”. “Pero el mío era más alto”. Conversación entre Lomax y Taw Jackson tras haber acabado con dos de los esbirros de Pearce.


El coste de “El Alamo” (1960) se disparó obligando a John Wayne, productor del filme a través de su compañía la Batjac, a hipotecar todos sus bienes y después, al no haberse obtenido inicialmente el rendimiento económico previsto aunque finalmente fuera un wéstern muy rentable, a vender los derechos de la película a la United Artits, compañía distribuidora del filme. Prácticamente arruinada, la estrella tuvo que aparcar su labor de productor y dedicarse exclusivamente a interpretar películas a un ritmo frenético. Así, tan sólo en 1962 protagonizó “¡Hatari!”, modélica cinta de aventuras africanas rodada por Howard Hawks en su tercera colaboración con Wayne, y “El hombre que mató a Liberty Valance”, cumbre creativa de John Ford; y, además, realizó dos apariciones estelares en “La conquista del Oeste” y “El día más largo”, que le proporcionaron pingües beneficios.


Recuperado económicamente, en 1963 resucitó la Batjac con “El gran MacLintock” (Andrew Victor McLaglen) y en 1966 se asoció con la Brynna de Kirk Douglas (1) para producir “La sombra de un gigante” (Melville Shavelson), biopic del coronel David Marcus protagonizado por Douglas en el que se reservó un pequeño papel.


El entendimiento entre ambas estrellas fue total por lo que Wayne volvería a contar con Douglas para su siguiente proyecto “Ataque al carro blindado” una película del Oeste basada en la novela “Badman” escrita por Clair Huffaker, habitual autor wéstern (2), cuyos derechos había comprado hacía tiempo.


Al igual que con “El gran MacLintock” el veterano actor no quiso correr excesivos riesgos y se rodeó de colaboradores de su más absoluta confianza como el operador William H. Clothier, su director de fotografía favorito, o el mítico Dimitri Tiomkin, autor de la partitura de “El Alamo”, que compuso una banda sonora con sus característicos temas incidentales y una canción muy pegadiza, “La balada del carro blindado”, interpretada por Ed Ames que se escucha acompañando a los títulos de crédito mientras vemos al carro blindado y consigue predisponer al aficionado a favor del filme. Además confió la dirección al otrora gran guionista Burt Kennedy (3), un cineasta fiable y fácilmente manejable para John Wayne. De hecho Kirk Douglas ha señalado reiteradamente que Wayne constantemente daba instrucciones a Kennedy sobre cómo rodar determinadas secuencias e, incluso, llegó a filmar alguna escena.


ARGUMENTO: Una vez cumplida su condena de tres años en prisión, Taw Jackson decide vengarse del hombre que le acusó injustamente y se adueñó de su rancho en el que se había encontrado oro. Para llevar a cabo su plan, consistente en robar un carro que transportará próximamente 500.000 dólares, contratará a un grupo heterogéneo de individuos.



Pocas estrellas como Wayne sabían lo que el público esperaba de una película protagonizada por él, por eso concibió “Ataque al carro blindado” como un filme que reivindicaba los valores de las películas del Oeste clásicas cuando este, a finales de la década de los sesenta, comenzaba a dar muestras de su decadencia frente a la proliferación de los wésterns crepusculares, revisionistas e, incluso, los realizados en Europa, de creciente éxito, caracterizados por su excesiva violencia y por una visión más crítica y realista de los EEUU en el siglo XIX.


De hecho la premisa argumental del filme, un individuo que pretende recuperar la fortuna arrebatada por el ambicioso cacique del lugar, recuerda a “Los cuatro hijos de Katie Elder”; mientras que su estructura, con un grupo de amigos que deben mantenerse unidos para enfrentarse y vencer a un enemigo en común que le supera en número, remite a Howard Hawks. Incluso como en los wésterns del “viejo zorro plateado” el filme cuenta con un tono desenfadado; estando el humor muy presente durante toda la cinta. En este sentido destacan los diálogos cargados de ironía, sobre todo los correspondientes a Taw, Lomax y el indio Levi Walking Bear.


Sin embargo la originalidad del filme radica en trasladar al Lejano Oeste una trama propia de los thrillers y más concretamente del subgénero atraco perfecto, en los que la elaborada planificación y ejecución del robo, en esta ocasión brillantemente rodado, constituyen el núcleo de dichos filmes. En este, además, destacan igualmente, junto con la extraordinaria y larga secuencia del robo, la magnífica pelea, perfectamente coreografiada, que tiene lugar en el saloon con, de nuevo, elementos humorísticos y las escenas que ahondan en la relación de los dos socios principales (Taw y Lomax), sobre todo durante la primera media hora de la cinta; anticipándose en este aspecto a las denominadas buddy movies o películas de colegas de moda en los años ochenta.


Pero sin duda, la mejor baza de la cinta radica en el carisma del dúo protagonista. Un pletórico John Wayne y un atlético Kirk Douglas que se muestran muy cómodos en sus respectivos papeles como Taw Jackson y Lomax, un pistolero mujeriego contratado para matar a Taw que este convertirá en su socio por su rapidez con el revólver y su habilidad para abrir cajas fuertes.

Además de Lomax, Taw contará con un grupo variopinto de inadaptados:


Levi Walking Bear, un pintoresco indio interpretado por Howard Keel que intenta adaptarse sin éxito al mundo de los blancos. De hecho le comentará a Taw: “Sí, he aprendido a vivir en el mundo del hombre blanco. A hacer lo que el hace. A coger lo que se puede cuando se puede”. Su colaboración será fundamental ya que es el encargado de negociar el apoyo al robo con la tribu de los kiowas.


Billy Hyat al que da vida Robert Walker Jr. (hijo del prematuramente malogrado y gran actor Robert Walker), un joven alcoholizado experto en explosivos.


Wes Fletcher encarnado por Keenan Wynn, un individuo irascible y paranóico infiltrado en la banda de Pierce. Está casado con una mujer más joven, comprada a sus padres por 20 dólares y un caballo, por la que se sentirá atraído Billy, provocando este hecho fricciones en el grupo.


Con estos personajes protagonizando la trama del robo, el tándem Kennedy-Huffaker construye una cinta agradable de ritmo trepidante y caracterizada por su jovialidad, dinamismo, vitalidad y ligereza (aunque se alude a la injusta situación de los indios; el propio carro blindado remita a un mundo incipiente en el que los pistoleros no tendrán cabida y de hecho el robo se pueda entender como un enfrentamiento entre clasicismo y modernidad; o el final tenga un carácter moralizante con homenaje incluido a “El tesoro de Sierra Madre”-John Huston, 1948-).


“Ataque al carro blindado”, es, por tanto, un filme honrado, técnicamente bien hecho y que no defrauda al proporcionarnos lo que nos ofrece: cien minutos de plena diversión, hecho que siempre es de agradecer.


(1) La primera película en la que intervinieron ambos fue el drama bélico dirigido por Otto Preminger en 1965 “Primera victoria” y, a pesar de sus conocidas diferencias políticas y sus fuertes personalidades, se entendieron perfectamente.

(2) Clair Huffaker es autor, entre otras, de las novelas en las que se basaron “El precio por la libertad” (Harry Keller, 1960), “Estrella de fuego” (Don Siegel, 1960), “Justicieros del infierno” (Herbe Coleman, 1961), “Río Conchos” (Gordon Douglas, 1964) o “La quebrada del diablo” (Burt Kennedy, 1971), de cuyas adaptaciones al cine también se ocupó. Además de escribir los libretos originales de “Los comancheros” (Michael Curtiz, 1961) o “Los 100 rifles” (Tom Gries, 1969).

(3) Burt Kennedy era un profesional bien conocido por John Wayne ya que fue el responsable de los guiones de tres películas producidas por la Batjac en la década de los cincuenta: “Tras la pista de los asesinos”, wéstern dirigido por Budd Boetticher con el que se inició el ciclo Ranown; “Matar a un hombre”, debut como director de Andrew Victor McLaglen; y “Man in the vault”, un thriller igualmente filmado por McLaglen.

jueves, 13 de diciembre de 2018

CAMINO DE LA HORCA

(Along the grat divide, 1951)

Dirección: Raoul Walsh
Guion: Walter Doniger y Lewis Meltzer.

Reparto:
- Kirk Douglas: Marshall Len Merrick
- Virginia Mayo: Ann Keith
- Walter Brennan: Timothy “Pop” Keith
- John Agar: Billy Shear
- Ray Teal: Deputy Lou Gray
- Hugh Sanders: Frank Newcombe
- Morris Ankrum: Ed Roden
- James Anderson: Dan Roden
- Charles Meredith: Judge Marlowe

Música: David Buttolph
Productora: Warner Brothers

Por Jesús Cendón. NOTA: 7’75

“Es nuevo en este territorio” “Yo sí, la ley no” “La ley es cosa nuestra” conversación entre Dan Roden y Lenn Merrick.



Raoul Walsh visita de nuevo nuestro blog, en esta ocasión con una cinta de 1951. En ese año dirigió otras tres películas: “El hidalgo de los mares”, filme de ambientación marinera antesala de su obra maestra “El mundo en sus manos” (1952) también protagonizada por Gregory Peck, y “Tambores lejanos”, al igual que el que nos ocupa, un wéstern de itinerario; además del sobresaliente noir “Sin conciencia” protagonizado por Humprey Bogart, aunque en los créditos figurase el francés Bretaigne Windust (1).

Las cuatro películas muestran tanto su talento como su capacidad y versatilidad en un momento en el que se encontraba en el apogeo de su excepcional carrera.



ARGUMENTO: El Marshall Len Merrick, tras salvar de la horca a Timothy Keith, decide trasladarlo a Santa Loma para que sea juzgado, siendo acompañado en la misión por sus ayudantes, Billy Shear y Lou Gary, y por Ann, la hija de Timothy. Pero el viaje se convertirá en un infierno al ser perseguidos por Ed Roden, cacique del lugar y padre del muchacho al que presuntamente asesinó Timothy.



“Camino de la horca” puso un brillante broche final a la trilogía de wésterns psicológicos de Walsh compuesta, además de este filme, por “Perseguido” (1947) y “Juntos hasta la muerte”(1949), ambas con sus correspondientes reseñas, con los que presenta semejanzas tanto desde el punto de vista estílistico como temático. Así, al igual que en los anteriores filmes, nos encontramos con una fotografía marcadamente expresionista, más propia del cine negro que del wéstern, en esta ocasión obra de Sidney Hickox (2); mientras que, al igual que en los dos filmes anteriores, la vida y la conducta del protagonista se ven condicionadas por su pasado. Incluso el comienzo de esta cinta, con Timothy Keith a punto de ser ahorcado, parece ser una continuación del final de “Perseguido”, en el que el protagonista, interpretado por Robert Mitchum, estaba a punto de ser linchado.



Sin embargo, y a diferencia de las anteriores, Walsh partió en esta ocasión de un guion más convencional que desarrolla un wéstern de itinerario en la modalidad de custodia de un prisionero; así nos encontramos con unos personajes que deben trasladar a un delincuente por un territorio inhóspito bajo la amenaza de un grupo hostil y superior en número. Tema no exclusivo del wéstern (el mismo esquema se aprecia en noirs, películas de aventuras, bélicas o, incluso, de ciencia ficción) pero que constituye casi un subgénero dentro del mismo con títulos como “Colorado Jim” (Anthony Mann, 1953), “La carga de los jinetes indios” (Gordon Douglas, 1953), “Entre el valor y el dinero” (Richard Carlson, 1954), “El jinete misterioso” (Jacques Tourneur, 1955), “El retorno del forajido” (Allen H. Miner, 1957), “Cabalgar en solitario” (Budd Boetticher, 1959), “El precio por la libertad” (Harry Keller, 1960), “Pistolas hostiles” (R. G. Springsteen, 1967) o la nueva y prescindible versión de “El tren de las 3:10” (James Mangold, 2007).



Precisamente el mérito del director consistió en transformar un guion vulgar en una obra muy personal en la que se aprecia su pasión por la aventura (3) y su querencia por la tragedia; así como su estilo caracterizado por la sobriedad y la concisión (el filme no llega a los 90 minutos), aunque quizás en su debe haya que señalar la utilización de varios zooms que afean el conjunto.



Estas características, sobriedad y concisión, se manifiestan desde la escena inicial, un prodigio de síntesis narrativa, de la que podrían aprender ciertos directores actuales empeñados en alargar secuencias y películas sin sentido, en la que prescindiendo de cualquier preámbulo nos introduce de lleno en el drama; así como, nos da a conocer el carácter de los principales personajes del mismo. De esta forma, tanto el protagonista como su antagonista principal son retratados como individuos tozudos y de fuerte personalidad; hombres acostumbrados a imponer su voluntad y capaces de llevar sus convicciones hasta sus últimas consecuencias aunque el coste sea muy elevado. Mostrando Walsh otra de sus virtudes: la capacidad para definir a los personajes con pocas pinceladas, incluso aquellos que no tienen un papel protagónico como Lou Gray, asistente de Len, al que deja en evidencia en el inicio cuando enterados el marshall y sus ayudantes del posible linchamiento se pregunta si no van a comer antes; con tan sólo una frase el espectador sabe que se trata de un indeseable y un individuo poco fiable, como se confirmará a lo largo del filme. Igualmente a Timothy, excelente de nuevo Walter Brennan, nos lo dibuja en un par de escenas como un hombre inteligente que pronto descubre cuáles son las flaquezas del sheriff Len, aprovechando sus debilidades para torturarle psicológicamente a lo largo del camino. Pero al mismo tiempo se revelará durante el filme como un hombre honorable capaz de salvar la vida de Len aunque este hecho suponga cerrar aún más la soga en torno a su cuello.



“Camino de la horca” es una película áspera, muy violenta para la época y con la muerte como presencia permanente que, como toda obra de un gran creador y Walsh lo era a pesar de haber sido mucho tiempo rebajado por una crítica miope a un simple artesano, bajo el envoltorio de un filme de aventuras aborda temas profundos y complejos que trascienden el género.



En concreto dos están constantemente presentes: la oposición entre civilización y barbarie, y la importancia de la figura paterna a la hora de configurar la personalidad de los hijos.

Respecto a la primera cuestión, y como señalé anteriormente, ya en la escena inicial Walsh presenta dos formas diametralmente opuestas de entender la justicia a través del enfrentamiento entre Len y Ed.



El Marshall representa a la civilización, al estado de derecho, aunque posteriormente conoceremos cuáles son sus verdaderos motivos. Es un hombre que asume como necesario para construir una sociedad civilizada que todos se sometan a la ley y a unas normas que emanan de la propia sociedad. De hecho, comentará a lo largo de la película que decidir si Timothy Keith es o no culpable “es cosa del jurado”; para más adelante confesar a este que “No le considero culpable ni inocente” y, por último, comentar a Billy que sea Timothy un asesino o no su obligación tan sólo consiste en entregarlo. Así, tiene interiorizado que su función como “policía” es detener a los posibles delincuentes y ponerlos a disposición judicial pero no enjuiciarlos, correspondiendo a los fiscales incriminar, al jurado juzgar con base en las pruebas aportadas y al juez dictar la correspondiente sentencia.



Por el contrario Ed, un hombre del que se da a entender que levantó un imperio allí donde todavía imperaba la “barbarie”, está acostumbrado a imponer su voluntad y se comporta como un cacique, al tener una capacidad de decisión casi absoluta sobre la vida de los habitantes de la comarca. Su palabra, en definitiva, es la ley, por lo que afirmará que “Ese hombre mató a mi hijo y yo lo ahorcaré”. Sin embargo, Walsh no nos lo presenta de forma maniquea, intentando que el espectador entienda su forma de actuar aunque no la comparta. Es un hombre roto por el dolor que en la tumba de su hijo grava la leyenda “Aquí yace el corazón de un padre”, y como le señala un personaje a Len “Un hombre sin corazón es un mal enemigo”.



Esta defensa de la ley y el orden, dado el año de producción del filme en pleno apogeo de la Guerra Fría con el estallido del conflicto de Corea (1950-1953), se puede entender como una “profesión de fe” por parte de Walsh en la libertad y en las sociedades democráticas, basadas con todos sus defectos e imperfecciones en la construcción de todo un sistema de garantías para sus ciudadanos, frente a los regímenes dictatoriales caracterizados por el poder absoluto y arbitrario de sus gobernantes, representados por el terrateniente Roden.



Por lo que respecta a la segunda cuestión, Walsh la aborda a través de tres modelos de figura paterna.

El padre perdido, ausente, que tan sólo habita en el recuerdo y cuya trágica muerte determina la conducta presente de su hijo, Len; máxime cuando este se culpabiliza del fallecimiento de su progenitor.



El padre cercano, protector, carismático, representado por Timothy Keith, que mantiene una complicidad total con su hija, interpretada en su tercera colaboración en dos años con Walsh por Virginia Mayo. Es tal la afinidad de Ann con su progenitor que en todo momento tomará partido por este frente a Len, del que está enamorada. Será esta relación la única que perviva al final de la historia.



El padre autoritario, personificado en la figura de Ed Roden, para quien los hijos son otra pertenencia más y a los que ha tratado injustamente al mostrar su preferencia por uno de ellos. Esa actitud provocará la rivalidad e, incluso, el odio entre sus vástagos desembocando en la tragedia posterior.



Incluso se podría hablar de un cuarto prototipo, el padre maestro, en el vínculo mantenido por Len con su ayudante Billy, muy cercano a una relación paterno filial en la que el primero se convierte en un modelo a seguir para el segundo.



La película además pasó a la historia por constituir el debut de Kirk Douglas (4) en un género por el que mostró cierta querencia a lo largo de su dilatada carrera (5). El actor está magnífico interpretando, de nuevo, a un personaje torturado tan apropiado a su estilo al borde del histrionismo; aunque, como ha manifestado en diversas ocasiones, no guarda un grato recuerdo del filme al haberlo protagonizado obligado por el contrato firmado con la Warner Brothers según el cual debía participar al menos una vez al año en una producción de la major; así como, por las constantes diferencias mantenidas durante el rodaje con el director. De hecho esta fue la única vez que la estrella trabajó en una película dirigida por Raoul Walsh.



Así pues, sólo me queda invitaros a cabalgar por el desierto de Mojave junto a Kirk Douglas de la mano de un director genial, irrepetible y con una filmografía cuantitativa y cualitativamente al alcance de muy pocos, Raoul Walsh. Estoy seguro de que no os arrepentiréis.



(1) El cineasta cayó enfermo nada más comenzar el rodaje de la película y Bogart, consciente de que contaban con un gran guion, llamó a Walsh que dirigió la mayor parte de la misma aunque, por solidaridad con su compañero, se negó a aparecer en los títulos de crédito.

(2) Sidney Hickox fue uno de los mejores operadores en nómina de la Warner Brothers y colaborador habitual de Raoul Walsh; siendo el responsable, por ejemplo, de la fotografía de “Tener o no tener” (Howard Hawks, 1944), “El sueño eterno” (Howard Hawks, 1946) o “Al rojo vivo”, obra maestra de Walsh filmada en 1949.

(3) Raoul Walsh fue un hombre de acción, un auténtico aventurero. Así llegó a cabalgar junto a Pancho Villa, como su colega John Ford era hermano de sangre de los indios navajos (si al primero le adoptaron con el nombre de “Natani Nez” -Guerrero alto-, a Walsh le rebautizaron como “Etsua ya apenta" -El águila del cielo de la mañana-), se embarcó muy joven a Cuba y posteriormente aprendió el oficio de cow-boy en Texas. Todo ello antes de entrar en el cine realizando los trabajos más humildes. Esa vocación por la aventura la plasmó en sus películas caracterizadas por su vitalidad y dinamismo.

(4) Tras haber iniciado su carrera tan sólo cinco años antes con papeles secundarios en filmes del nivel de “El extraño amor de Martha Ivers” (Lewis Milestone, 1946), “Retorno al pasado” (Jacques Tourneur, 1947) o “Murallas humanas” (John M. Stahl, 1948), Douglas comenzó a tener papeles protagónicos en 1949, y ese mismo año con su interpretación del ambicioso boxeador en “El ídolo de barro” (Mark Robson) fue nominado al Oscar, por lo que llamó la atención de la poderosa Warner Brothers.

(5) El primer filme producido por la compañía del actor, la Bryna Productions, fue el estupendo wéstern naturalista “Pacto de honor” (Andre De Toth, 1955) y, posteriormente, también produjo a través de esta compañía o su filial, la Joel Productions, “El último tren de Gunn-Hill” (John Sturges, 1959), “El último atardecer” (Robert Aldrich, 1961), “Los valientes andan solos” (David Miller, 1962) y “El gran duelo” (Lamont Johnson, 1971). Además, “Los justicieros del Oeste” de 1975, uno de los dos filmes dirigidos por él y del que también se encargó de la producción, estuvo igualmente ambientado en el Far-West.

miércoles, 7 de marzo de 2018

RÍO DE SANGRE

(The big sky, 1952)

Dirección: Howard Hawks
Guion: Dudley Nichols

Reparto:
- Kirk Douglas: Jim Deakins
- Dewey Martin: Boone Caudill
- Elizabeth Threatt: Teal Eye
- Arthur Hunnicutt: Zeb Calloway
- Buddy Baer: Romaine
- Steven Geray: “Frenchy” Jourdonnais
- Hank Worden: Poordevil
- Jim Davis: Streak

Música: Dimitri Tiomkin
Productora: RKO Radio Pictures, Winchester Pictures Corporation (USA).

Por Jesús Cendón. NOTA: 8

“¡Sí que es grande esta tierra! Sólo el cielo es más grande. Parece que Dios la creó y se olvidó ponerle personas” (Jim Deakins a Boone Caudill y Zeb Calloway mientras marchan en busca de caza)


Dentro del wéstern creo que podemos hablar de un subgénero, el pre-wéstern, que abarcaría aproximadamente los filmes ambientados desde el siglo XVIII hasta 1830-1840. Un período en el que se forjaron fundamentalmente dos mitos: el de la construcción de un país basado en los sacrosantos principios de la libertad y de la igualdad, y el de la frontera como territorio en continúa tensión entre el mundo civilizado y el mundo indómito. Son, a su vez, películas genéricamente fronterizas al darse en ellas la mano elementos de distintos géneros: wéstern aventura o, incluso, bélico.


Además, las cintas de este subgénero se pueden clasificar en tres grandes categorías:

Aquellas que narran las peripecias de los primeros colonizadores, generalmente en lucha contra los nativos norteamericanos y/o el ejército británico. Siendo los ejemplos más destacados: “La pequeña rebelión” (William A. Seiter, 1939), “Corazones indomables” (John Ford, 1939), “El luchador de Kentucky” (George Wagner, 1949), “Hacha de guerra” (Kurt Neumann, 1956), “Revolución” (Hugh Hudson, 1985), las distintas adaptaciones de la novela de James Fenimore Cooper “El último mohicano” entre las que destaca la dirigida en 1992 por Michael Mann o, más recientemente, “El patriota” (Roland Emmerich, 2000).


Los filmes que recrean, con mayor o menor rigor, algún acontecimiento histórico. Formarían parte de este subgrupo, entre otras: “Paso al noroeste” (King Vidor, 1940), “Los inconquistables” (Cecil B. DeMille, 1947), “Traición en Fort King” (Budd Boetticher, 1953), “Horizontes azules” (Rudolph Maté, 1956), “La última orden” (Frank Lloyd, 1955), “Libertad o muerte” (Byron Haskin, 1956) o “El Alamo” (John Wayne, 1960).


Por último nos encontraríamos con películas con un tono marcadamente naturalista centradas en la vida de los tramperos; individuos trágicos al vivir en una clara paradoja ya que huían de la civilización pero, al abrir nuevos territorios al hombre blanco, se constituían en la punta de lanza de esa civilización que despreciaban. “Más allá del Missouri” (William A. Welman, 1951), el primer episodio de “La conquista del Oeste” (John Ford, Henry Hathaway y George Marshall, 1962), “Un hombre llamado caballo” (Elliot Silverstein, 1970), “El hombre de una tierra salvaje” (Richard C. Sarafian, 1971) y su innecesario y plúmbeo remake “El renacido” (Alejandro González Iñarritu, 2015) o, la ya reseñada en este blog, “Las aventuras de Jeremiah Johnson” (Sidney Pollack, 1972) son los filmes más conocidos de esta categoría; en la que también se encuentra “Río de sangre”.


ARGUMENTO: Jim Deakins, un veterano trampero; y su joven amigo, Boone Caudill, se enrolan junto con el tío de Boone, Zeb Calloway, en un viaje a través del Missouri con el objeto de comerciar con los pies negros. Durante el trayecto no sólo deberán enfrentarse a múltiples peligros: los indios crow, los miembros de la Compañía (empresa que ostenta el monopolio del comercio en el territorio) el propio Missouri, etcétera; sino que el amor de ambos por Teal Eye pondrá a prueba su amistad.


Segundo wéstern de Howard Hawks tras “Río Rojo” con el que presenta varias semejanzas: ambos se desarrollan en grandes espacios, se centran en la figura de pioneros y la historia está estructurada en torno a la relación entre dos personajes; pero a diferencia de su primer wéstern, en la película que nos ocupa Howard Hawks se implicó también en la producción a través de una pequeña compañía, la Winchester Pictures Corporation, creada por el cineasta para financiar un clásico de la ciencia ficción, “El enigma de otro mundo” (Christian Nyby-Howard Hawks, 1951).


Estamos ante una adaptación del magnífico libro de A. B. Guthrie Jr. “Bajo cielos inmensos”, editado recientemente por Valdemar en su colección Frontera. Aunque en realidad el guion, escrito por Dudley Nichols, habitual escritor en esa época de John Ford, y en el que participó, como era habitual, el propio Hawks, se centra exclusivamente en los capítulos segundo y tercero de la novela, inspirándose libremente en ellos. Así, en la película se fusionan los personajes de Summers y el tío Zeb en este último que, además, se convierte en el narrador de la historia y se le da mayor relevancia tanto al personaje de Teal Eye como a la historia de amor protagonizada por esta y los dos amigos, Jim Deakins y Boone Caudill, para los que en principio Hawks pensó en Robert Mitchum y Marlon Brando aunque por problemas tanto económicos como de agendas tuvo que sustituirlos por Kirk Douglas y Dewey Martin.


En todo caso, estamos ante una cinta muy personal de su autor que define perfectamente su cine y en la que nos vuelve a sumergir en un universo masculino, o lo que entendía él por este, presidido por peleas, borracheras y sentimientos como la camaradería, la amistad, el honor o la lealtad a través de la relación de profunda complicidad y camaradería que se fragua de forma definitiva, precisamente tras una riña, entre el veterano Jim y el joven Boone. Tema este, de la amistad, que es una constante en el cine del director nacido en California y que en la película que nos ocupa se enriquece al convertirse prácticamente Jim en el mentor de su amigo, tornándose el vínculo existente entre ellos en una relación cuasi paterno-filial. Porque el filme no sólo trata de la expedición de más de tres mil kilómetros a través del Missouri en la que se embarcan los dos camaradas, sino que para el joven Boone también constituirá un viaje iniciático a través del cual madurará, se convertirá en adulto y como tal deberá decidir; debiendo adoptar resoluciones que, como cualquier elección, serán dolorosas y le marcarán para el resto de sus días.


La película cuenta, por tanto, con una mayor hondura de lo que pueda parecer haciendo una lectura superficial de la misma pero en la que Hawks no se muestra pretencioso, ya que son las acciones las que van definiendo a los personajes y no los largos y pesados discursos (en este sentido es extraordinaria, por su sutileza, la larga secuencia en la que Boone, Poordevil, interpretado por un irreconocible Hank Worden, y Teal Eye rescatan a un herido Jim de una muerte segura y la forma en la que se muestran los sentimiento de este hacia la india); además de conseguir el director engarzar de forma natural drama y comedia, incluso en las mismas secuencias. Así, nos encontramos con la famosa escena del dedo en la que transforma una situación trágica (la amputación de un dedo de la mano a Jim) en un memorable gag; mientras que una escena de corte cómico, el baile disfrazado de mujer del grandullón Romaine interpretado por Buddy Baer (el Ursus de “Quo Vadis”) finaliza en tragedia al verse interrumpido bruscamente por un ataque de los indios.


Narrada casi como si fuese un docudrama sobre la vida de los tramperos, al igual que haría Delmer Daves en “Cowboy” sobre los vaqueros seis años después, sin duda la labor de Russell Harlan como director de fotografía se antoja fundamental. Harlan por su forma de retratar los Parques Nacionales de Yellowstone y Grand Tenton, así como el río Snake, que redunda en la sensación de veracidad del filme, obtuvo una merecidísima nominación al Oscar; al igual que Arthur Hunnicutt como actor secundario por su papel del incrédulo y racional tío Zeb. Pero es Jim Deakins, gracias a una actuación plena de vitalidad y energía de un Kirk Douglas en su mejor momento, el personaje imposible de olvidar. Un individuo que va engrandeciéndose a medida que se desarrolla el filme y, sobre todo, con el magnífico final en la que asume con generosidad su fracaso; derrota que supone no sólo la pérdida de quien es su mejor camarada, sino de la que podía haberse convertido en la mujer de su vida (incluso Boone en un momento determinado le reconoce a Teal Eye que ella y Deakins harían una buena pareja). Lástima que no tuviera un contrapeso mayor al interpretar a Boone el soso Dewey Martin.


“Río de sangre”, por tanto, se revela como la obra de un director singular, de una gran belleza, vitalista, antirracista y profundamente lírica, a la que contribuye la delicada partitura compuesta por Dimitri Tiomkin, sobre una forma de vida basada en la comunión con la naturaleza y en la más absoluta libertad desarrollada en un territorio virgen, de grandes espacios abiertos, a punto de desaparecer con la llegada, primero, del ejército y, después, de los colonos y con ellos los asentamientos “en donde los hombres permitían que el tiempo gobernase sus vidas”; así como, sobre los individuos que la protagonizaron. Seres pendencieros, fanfarrones, camorristas y bravucones, pero igualmente nobles, solidarios, leales, francos y honestos; los “mountain men”.


Como curiosidad comentaros que la escena del dedo la había concebido el director para “Río Rojo” pero no se llegó a rodar por no estar convencido Wayne. Al actor, una vez vista la película, le faltó tiempo para llamar a Hawks y comentarle que si le parecía divertido un funeral no dudara en contar con él para rodarlo.


Por último, indicaros que se ha editado recientemente en DVD una versión, con la imagen bastante deteriorada, de 135 minutos, más larga que la estrenada de algo más de dos horas, aunque tampoco coincide con la película concebida por el director de 140 minutos de duración.