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jueves, 13 de marzo de 2025

RÍO LOBO


 (Rio Lobo, 1970)

Dirección: Howard Hawks
Guion: Burton Wohl y Leigh Bracket

Reparto:
- John Wayne (Coronel Cord McNally)
- Jorge Rivero (Capitán Pierre Cordona)
- Jennifer O’Neill (Shasta Delanay)
- Jack Elam (Phillips)
- Christopher Mitchum (Sargento Tuscarora Philips)
- Victor French (Ketcham)
- Susana Dosamantes (María Carmen)
- Sherry Lansing (Amelita)
- Mike Henry (Sheriff Tom Hendrinks)

Música: Jerry Goldsmith
Productora: Cinema Center Films, Batjac Production y Malabar

Por Jesús Cendón. NOTA: 6,75

“Lo suyo fue una acción de guerra pero vender información significa traición, una sucia traición por dinero” El coronel McNally al capitán Cordona y el sargento Tuscarora.


SINOPSIS: En las postrimerías de la Guerra de Secesión un grupo de sudistas comandado por el capitán Cordona y el sargento Tuscarora asalta un tren para robar el oro trasportado. El coronel McNally, militar al frente de los envíos, jura encontrar al traidor que posibilitó el robo y vengar la muerte en el asalto de un oficial muy querido. Una vez finalizada la guerra sus pesquisas le llevarán a Río Lobo, una localidad controlada por el sheriff corrupto Hendrinks.



Tras el fracaso cosechado por su anterior filme “Peligro…línea 7000” (1965), quizás una de las películas menos logradas de su excelente filmografía, Hawks decidió no arriesgar y sus siguientes proyectos fueron dos wésterns protagonizados por John Wayne, para asegurarse con la presencia del veterano actor una excelente acogida en la taquilla (1), que suponen una especie de revisitación de la esplendida “Río Bravo” (1959), de tal forma que componen un peculiar tríptico popularmente conocido como “la trilogía de los ríos” donde se repiten personajes, situaciones y paisajes (los tres se rodaron, entre otras localizaciones, en el pueblo de Old Tucson).


Pero si en “El Dorado” Hawks retoma “Río Bravo” con unos héroes más vulnerables y avejentados por el paso del tiempo y las secuelas derivadas de sus profesiones, deslizándose de esta forma por la corriente crepuscular del género a pesar de su enorme vitalidad y la proliferación de gags; con “Río Lobo” nos deleitó a los amantes del género con un wéstern de tono optimista y postulados clásicos, con Wayne volviendo a representar a la justicia y a la ley frente a la anarquía del viejo Oeste y los abusos cometidos por poderosos sin escrúpulos; de tal forma que el filme constituye una rareza anacrónica respecto a las películas del Oeste filmadas durante esa época caracterizadas por su tono crepuscular o su perspectiva revisionista (2).


Para sacar adelante el proyecto Hawks, en su calidad de productor, se rodeó de profesionales de reconocido prestigio: el excelente músico Jerry Goldsmith quien compuso una gran banda sonora en la que sobresalen tanto los temas de corte intimista, destacando el que acompañaa los títulos de crédito de carácter minimalista, como los más épicos; el montador John Woodcock, quien ya había colaborado con él en “El Dorado”; el sobresaliente director de fotografía William H. Clothier, cuya presencia fue constante en este género; y, sobre todo, la magnífica guionista Leigh Bracket (3), prestigiosa escritora de novelas de ciencia ficción y autora de los libretos de los otros dos títulos de la trilogía quien sustituyó a Burton Wohl, autor del relato en el que se basa la película y de la mayor parte del libreto relativo al episodio desarrollado durante la Guerra de Secesión.



Bracket junto a Hawks, que como era costumbre en él retocó continuamente el guion, estructuró el filme en dos partes muy diferenciadas:

La introducción, de media hora, sin duda el tramo más original de la película, transcurre durante la Guerra Civil de los EEUU (de hecho “Río Lobo” es el único wéstern en el que Hawks abordó este conflicto), caracterizada por su dinamismo y ritmo trepidante y centrada en el asalto al tren, excelentemente planificado, dirigido y montado, y la posterior persecución al grupo sudista por parte del coronel McNally, quien ira dividiendo sus tropas hasta quedar sólo y ser atrapado por sus enemigos; aunque, posteriormente, los dos cabecillas rebeldes serán apresados por nuestro protagonista. Esta primera parte acaba con el fin del conflicto y la reunión mantenida por el coronel con sus anteriores enemigos en la que les revelará su plan de descubrir a los nordistas traidores que posibilitaron los robos a los trenes y la muerte de un oficial nordista muy querido por él. A través de la actitud mantenida con los sudistas Cordona y Tuscarora por parte del coronel nordista, mostrándoles su respeto e incluso camaradería por su condicón de exmilitares y no reprochándoles sus golpes de mano al haber cumplido en todo momento con su deber, Hawks introduce el tema de la reconciliación entre los bandos que protagonizaron el conflicto bélico; cuestión que planeará a lo largo de todo el filme.


La parte central y más larga, un wéstern urbanita y en determinados momentos claustrofóbico, se localiza fundamentalmente en los pueblos de Blacthorne y, sobre todo, Río Lobo, repitiendo el esquema básico desarrollado en los dos filmes anteriores de la trilogía: un grupo reducido de individuos enfrentados con una banda de malechores superior en número que intentan imponer su voluntad a los habitantes del pueblo mediante el uso de la violencia. Además de repetir situaciones ya vistas en las anteriores películas como por ejemplo la decisión de hacerse fuertes en la cárcel (símbolo de la ley y el orden transgredido por el sheriif y sus ayudantes) o todo el enfrentamiento final con intercambio de rehenes incluido. Incluso varios personajes parecen recuperados tanto de “Río Bravo” como de “El Dorado”. Así Shasta, “una mujer triste con una historia triste que contar”, contiene rasgos tanto de Feathers (Angie Dickson en el clasíco de 1959) al presentárnosla como un personaje enérgico, independiente, con gran determinación y fortaleza, como de Mississippi (James Caan en el filme de 1967) al perseguir al asesino de su amigo y mentor; mientras que no es difícil rastrear la huella de Stumpy (Walter Brennan) y Bull (Arthur Hunnicutt) en el viejo, bebedor y cascarrabias Phillips, estupendamente interpretado por Jack Elam.


Incluso los guiños a los dos filmes anteriores son constantes; así, por ejemplo, tras tirar Phillips una botella McNally le dirá que sólo hace falta que toque la trompeta (clara alusión al personaje de Bull en “El Dorado”) o justo antes del enfrentamiento final McNally cambiará su rifle por el wínchester con la palanca más redondeada que portó en los dos wésterns anteriores.


Este tramo, además, permite al director abordar temas habituales en su filmografía como el de la amistad varonil, la lealtad, la profesionalidad (Wayne sólo aceptará la ayuda de varios hombres al saber que fueron soldados en la guerra y no simples granjeros) o el sentido del deber; además de ahondar en el relativo a la necesaria reconciliación nacional tras la guerra civil a través de la unión en un mismo grupo de los antiguos enemigos.


Pero, a pesar de contener buenas escenas de acción como el tiroteo en el saloon, y acertados gags, destacando el de la visita de McNally al dentista quien se ve obligado a ponerle realmente una inyección dadas sus escasa aptitudes como actor (4), la película va poco a poco perdiendo intensidad y brio, encontrándonos con una dirección de Hawks meramente funcional e incluso desganada en varias secuencias del filme. Al parecer su actitud se debió a los constantes choques mantenidos con Jennifer O’Neill que en palabras de “el zorro plateado” se comportó durante todo el rodaje como una estrella caprichosa cuando, prácticamente, debutó con esta película en la gran pantalla. De hecho fue Wayne el que, como favor a Hawks y para evitar mayores enfrentamientos, se ocupó durante gran parte de la filmación de dirigir a los actores.


Y es precisamente en el elenco donde encontramos otra de las debilidades de la película. Wayne ofrece una actuación inferior a las que nos tenía acostumbrados aunque, a sus sesenta y tres años, vuelve a mostrar que su carisma se mantenía intacto; pero parece algo incómodo con un personaje que no correspondía a su edad y, de hecho, no protagonizará ninguna trama amorosa mostrándose ante las mujeres tan sólo como “un hombre confortable”. Además, dada la diferencia de edad, no se percibe demasiada química con el resto de reparto: Jorge Rivero, Jenniffer O’Neill y Chris Mitchum, añorándose el magnífico entendimiento que tuvo con sus compañeros de las otras dos películas de la trilogía: Dean Martin y, sobre todo, Robert Mitchum. De hecho Hawks pensó en este último como coprotagonista pero tener a ambas estrellas disparaba el presupuesto del filme concebido como un wéstern modesto y la Cinema Center Films (5), coproductora de la película, se negó a abonar los emolumentos de Mitchum; por lo que Hawks decidió dividir el papel inicialmente previsto en dos: el capitán Cordona al que dio vida Jorge Rivero y el sargento Tuscarora asignado a Chris Mitchum (6), precisamente el hijo mediano de Bob.


El primero, un actor mejicano con algunos filmes en su haber, se muestra bastante soso, titubeante (tuvo problemas con el idioma) e incapaz de brillar en la relación amorosa mantenida con Jennifer O’Neill que resulta bastante anodina. Mientras que el segundo se limita a desplegar su simpatía natural a lo largo de la cinta.


Por su parte Jenniffer O’Neill no era la actriz adecuada para dar vida a una mujer de fuerte carácter como Shasta Delanay y, además, sus constantes choques con el director llevaron a éste a recortar su papel. Así, pasará de tener un gran protagonismo, incluso en las escenas de acción (tiroteo en el saloon, rescate del viejo Philips) a desaparecer en todo el tramol final de la película provocando un cierto desconcierto en el espectador; mientras que paralelamente adquieren mayor peso durante el desenlace de la cinta  otros dos personajes femeninos: María Carmen interpretada por Susana Dosamantes (madre de la cantante Paulina Rubio) y, sobre todo, Amelita, a la que dio vida Sherry Lansing, quien acaba con la vida del sheriff Hendrinks, encarnado por Mike Henry (6), y comparte el último plano del filme con John Wayne.


Del inadecuado elenco se salva un estupendo Jack Elam al dar vida al viejo Phillips; pero, en realidad, el actor era trece años más joven que John Wayne acentuándose aún más el desajuste existente entre ambos personajes. De tal forma que Wayne, consciente de este hecho, parece parodiar su personaje en varias escenas de la película.



No obstante cabe señalar que “Río Lobo”, pese a la opinión de Hawks sobre ella (8), sus baches narrativos y los problemas anteriormente citados, constituye un sólido y a veces vigoroso wéstern, un regalo muy especial de “el zorro plateado” a las personas que crecimos con este género y una más que digna despedida de uno de los tres grandes directores, junto a John Ford y Raoul Walsh, del Hollywood clásico.


(1) John Wayne, como recoge el crítico y especialista Juan Tejero en su libro “Duke, la leyenda de un gigante”, se mantuvo entre los diez actores más taquilleros durante el período 1949-1973, con la excepción de 1958. De hecho fue el primero en 1950. 1951, 1954 y 1971; el segundo en 1956, 1957, 1963, 1965 y 1969; el tercero en 1952, 1953 y 1955; y el cuarto en 1949, 1961, 1962, 1964, 1968, 1970 y 1972. Tal era su popularidad que se extendió la frase “voy a ver una película de John Wayne” con independencia del director que filmaba la cinta protagonizada por él y la temática de la misma.

(2) Solamente en 1970, año del rodaje de “Río Lobo”, se produjeron, entre otras, las desmitificadoras y revisionistas “Pequeño gran hombre” y “Soldado azul”, la también revisionista y naturalista “Un hombre llamado caballo”, las crepusculares “La balada de Cable Hogue” y “Monty Walsh”; las spaghetteras “El Cóndor”, “Los forajidos de Río Bravo” y “Cañones para Córdoba”; o la memorable farsa “El día de los tramposos”. Películas muy alejadas de la visión y el tono empleados por Howard Hawks en el largometraje objeto de esta reseña.

(3) Recientemente la editorial Valdemar en su colección Frontera ha publicado su excelente novela wéstern “Sigue el viento libre”.

(4) En realidad fue una broma improvisada por Hawks a modo de homenaje al protagonista del filme ya que el actor por fin había visto reconocida su carrera al recibir el Oscar por su interpretación del sheriff Rooster Cogburn en “Valor de ley” (Henry Hathaway, 1969); coincidiendo su entrega con el rodaje de esta película.

(5) Cinema Center Films, compañía cinematográfica de la CBS, produjo desde 1968 a 1972 treinta filmes, generalmente de presupuesto ajustado. Entre ellos el mencionado “Monty Walsh”, cuya dirección ofrecieron precisamente a Howard Hawks quien declino la oferta, por lo que finalmente se ocupó de ella el televisivo William A. Fraker; y otras dos wésterns en 1970 que cosecharon un gran éxito, las también citadas “Pequeño gran hombre” (Arthur Penn) y “Un hombre llamado caballo” (Elliot Silverstein).

(6) Christopher Mitchum volvería a trabajar junto a John Wayne en “El gran Jack” (George Sherman-John Wayne, 1971), interpretando, junto a Patrick Wayne, a uno de sus hijos. 

(7) Mike Henry, que actuó junto a John Wayne en “Boinas Verdes” (John Wayne-Ray Kellog, 1968), panfleto bélico a favor de la intervención estadounidense en Vietnam mal acogido por crítica y público, fue el encargado de dar vida a Tarzán en tres producciones entre 1966 y 1968, obteniendo cierta popularidad. 

(8) Llegó a afirmar que la película no valía nada y que Wayne estaba demasiado mayor y torpe.

jueves, 27 de febrero de 2025

SILVERADO

(Silverado, 1985)

Dirección: Lawrence Kasdan
Guion: Lawrence Kasdan, Mark Kasdan

Reparto:
- Kevin Klein (Paden)
- Scott Glenn (Emmet)
- Kevin Costner (Jake)
- Danny Glover (Mal)
- John Cleese (Sheriff Langston)
- Rosanna Arquette (Hannah)
- Brian Dennehy (Cobb)
- Linda Hunt (Stella)
- Jeff Goldblum (Slick)
- Jeff Fahey (Tyree)
- Sheb Wooley (Sargento de caballeria)

Música: Bruce Broughton
Productora: Columbia Pictures, Delphi IV Productions, Eaves Movie Ranch

Por Jesús Cendón. NOTA: 7


“Dentro de un tiempo yo habré perdido la belleza, pero esta tierra no” Hannah a Paden mientras contemplan la extensión de su nuevo rancho.



El wéstern clásico vivió su época de esplendor entre finales de la década de los cuarenta y mediados de los años sesenta aproximadamente. Fueron alrededor de veinte años caracterizados por el ingente número de filmes del Oeste producidos tanto por las majors como por pequeñas compañías independientes, y por el altísimo nivel de dichos filmes gracias al enorme talento y, en bastantes ocasiones, genialidad del personal involucrado en ellos. A partir de mediados de los sesenta comenzó su lento pero constante declive causado por diversos factores, entre otros, el cambio en la mentalidad de la sociedad estadounidense; la paulatina jubilación e, incluso, desaparición de las grandes figuras que elevaron a sus cotas más altas a este género (1); o el éxito del wéstern filmado en Europa con su visión desmitificadora del Oeste, sus personajes cínicos y amorales, su estética sucia y su mayor violencia.

De esta forma, desde finales de la década de los sesenta proliferaron los wésterns revisionistas y, en consonancia con la edad de las estrellas que los protagonizaban, crepusculares; al mismo tiempo que el número de las producciones wésterns se reducía drásticamente y su calidad también disminuía.


Curiosamente el golpe de gracia al género se lo propinó la excelente “La puerta del cielo” (Michael Cimino, 1980), una producción ruinosa que acabó con la United Artist y, aparentemente, con el wéstern al considerarlo los productores poco o nada rentable, desapareciendo prácticamente de las pantallas.
 
En medio de este erial, 1985 se convirtió en un oasis para los aficionados a las películas del Oeste al estrenarse dos grandes filmes que obtuvieron buenos resultados en taquilla: “El jinete pálido” con el que Clint Eastwood mostraba, de nuevo, su fidelidad al género que le convirtió en estrella a través de una historia deudora de “Raíces profundas” (George Stevens, 1953) transformada en un largometraje muy personal que contenía gran parte de sus constantes cinematográficas; y “Silverado” obra de Lawrence Kasdan, cineasta con una querencia especial por el cine de género tanto en su labor de guionista (la mítica “En busca del arca perdida” o “El imperio contraataca” que, dirigida por Irvin Kershner en 1980, no es más que una película clásica de aventuras ambientada en el futuro) como en su primera película como realizador (“Fuego en el cuerpo” de 1981 constituye un sincero homenaje al cine negro clásico en general y a “Perdición”, dirigida en 1944 por Billy Wilder, en particular).


Ambos, junto a la excelente serie “Paloma Solitaria” dirigida por Simon Wincer en 1989 (2), pusieron los cimientos para el resurgimiento del wéstern en la siguiente década, sobre todo tras el gran éxito de crítica y de público de “Bailando con lobos” (Kevin Costner, 1990), galardonado con siete Oscars, incluidos los relativos al mejor filme, dirección y guion, al que siguió una explosión de producciones: “Sin perdón” (Clint Eastwood, 1992), igualmente galardonada con los Oscars a la mejor película y dirección; “Gerónimo, una leyenda” (Walter Hill, 1993); “Tombstone” (George Pan Cosmatos, 1993); “Wyatt Earp” (Lawrence Kasdan, 1994); “Maverick” (Richard Donner, 1994); “Wild Bill” (Walter Hill, 1995); “Rápida y mortal” (Sam Raimi, 1995); “Dead man” (Jim Jarmusch, 1995); el excelente neowéstern fronterizo “Lone Star” (John Sayles, 1996); “Cabalga con el diablo” (Ang Lee, 1999); etcétera. Películas capaces de demostrar que el wéstern no había muerto, interesaba al público y, por tanto, podía ser rentable siempre que se ofreciesen productos dignos; consolidándose su recuperación en las décadas siguientes, tanto con largometrajes destinados a la gran pantalla como, sobre todo, con series y películas producidas para la televisión. Pero eso es otra historia.



SINOPSIS: Tras varios incidentes, cuatro vaqueros se dirigen a la ciudad fronteriza de Silverado, controlada de manera despótica por un poderoso ganadero, donde se reencontrarán con sus respectivos pasados.


Como en “Río Bravo”, “Silverado” se inicia con una secuencia silente. Escena en la que el protagonista acaba con tres pistoleros en una cabaña; para inmediatamente la cámara seguirle y enfocar a través de la puerta, en claro homenaje a los planos iniciales y finales de “Centauros del desierto”, la inmensidad del paisaje mientras se ven los títulos de crédito y suena el tema principal de sonoridades clásicas compuesto por Bruce Broughton, remitiendo a compositores como Elmer Bernstein o, sobre todo, Jerome Moross y su banda sonora para “Horizontes de grandeza”.


En una sola secuencia el director, al haber citado a Howard Hawks y a John Ford, ha destapado sus intenciones: rendir un sentido tributo al género cinematográfico por excelencia con un wéstern luminoso, dinámico, enérgico, ágil, trepidante, divertidísimo y, fundamentalmente, épico en el que se dan la mano los principales temas (la amistad, la lealtad, la familia como célula básica de la sociedad, el compromiso, la valentía, el honor, el abuso de poder, el conflicto entre ganaderos y rancheros, entre los partidarios de los campos abiertos y los defensores de las alambradas, la frontera como territorio mítico, etcétera), situaciones y paisajes (desiertos mortíferos, ríos profundos que deben ser cruzados, grandes espacios abiertos, estampidas de ganado, duelos, bailes, persecuciones, tiroteos; incluso en el guion figuraba una escena con indios desechada por la productora, la Columbia Pictures, debido a su enorme coste), y personajes (sheriffs corruptos, ganaderos despóticos, decididos colonos, lúcidas regentes de saloons, pistoleros de pasado oscuro, jugadores profesionales, “coristas”) del género.


Aunque nos encontramos ante una historia coral son cuatro los personajes que llevan el peso de la película y responden, igualmente, a arquetipos del género:


Emmet (Scott Glenn) es un individuo taciturno y meditabundo que, a pesar de haber cumplido injustamente condena durante cinco años en la prisión de Leavenworth, responde a la imagen del héroe íntegro, sin tacha, que sabe siempre cuál es su deber y actúa bajo un férreo código ético. A lo largo de la película muestra la importancia que tiene para él la familia, primero salvando a su hermano Jake de morir ahorcado y posteriormente, a pesar de estar convaleciente de una paliza, atacando el rancho del poderoso ganadero para rescatar a su sobrino secuestrado. 


Paden, al que dio vida Kevin Kline que se convertiría en el actor fetiche de Kasdan (3), hunde sus raíces en los personajes ambiguos, aunque no exentos de nobleza, interpretados por James Stewart en los wésterns de Anthony Mann; así, como Glyn McLyntock (“Horizontes lejanos”) cuenta con un pasado turbio que desea dejar atrás, y al igual que Jeff Webster (“Tierras lejanas”) se muestra excesivamente individualista, manteniéndose normalmente al margen de los problemas que no le afectan directamente (como él mismo dice “Siempre he sido partidario de no hacer nada”). Es el único de los cuatro sin arraigo y lo más cercano que ha tenido a una familia son sus antiguos compañeros de correrías (el sheriff de Silverado habla de él como “Uno de los últimos supervivientes de mis viejos amigos”). Mostrará su integridad y lealtad uniéndose a sus nuevos amigos en el enfrentamiento final; culminando, de esta forma, su proceso de redención.


Mal, Danny Glover, un cowboy negro (4) letal con el wínchester, tiene su más claro antecedente en Lance Poole de “La puerta del diablo” puesto que como el personaje del filme de Mann sufrirá la xenofobia de la sociedad anglosajona, le arrebatarán fácilmente sus tierras simplemente por no ser blanco e, incluso, padecerá vejaciones por su color de piel. Todo ello le llevará a repetir la frase “Esto no es justo”. Tras haber vivido varios años en el este, Chicago, siente la familia como un refugio.



Jake, Kevin Costner (5), es el hermano pequeño de Emmet. Vehemente, irreflexivo, mujeriego, alocado, de gatillo fácil, bastante irresponsable y proclive a meterse en líos. Quizás es el personaje menos convincente y, aunque recuerda a los jóvenes generalmente impulsivos que en los wésterns rodados a partir de los cincuenta solían acompañar al experimentado protagonista, supone una concesión clara al cine ochentero, presentando bastantes elementos en común con el Billy el Niño retratado por Christopher Cain en “Arma joven”.



Los cuatro son en realidad herederos de los caballeros medievales, prestos a defender al débil frente al fuerte y a acabar con las injusticias. Tan sólo han cambiado la espada por el colt y la lanza por el wínchester; puesto que, como en su día apuntó André Bazin, al carecer los EEUU de Edad Media el wéstern sería el equivalente a los cantares de gesta europeos.

Kasdan vertebra la película en dos partes claramente diferenciadas: una larga introducción con varios escenarios y la parte principal desarrollada básicamente en la ciudad fronteriza de Silverado y sus alrededores.

- La introducción, en la que los protagonistas asentarán las bases de su amistad, tiene un carácter episódico y algo disperso por lo que puede desconcertar al espectador. Así veremos sucesivamente la escena inicial anteriormente citada con el espectacular tiroteo, a Emmet salvar a Paden abandonado en el desierto y a éste recuperar su caballo tras acabar con un forajido. A continuación, en Turley, tendrán su primer contacto con Mal y salvarán de la horca a Jake y tras ser perseguidos por el peculiar e irónico sheriff de la ciudad, interpretado por el Monty Python John Cleese, se convertirán en improvisados guías de una caravana una vez recuperado el dinero robado por sus antiguos conductores. Entre los miembros de la caravana se encuentra Hannah (Rosana Arquette), representante del espíritu indomable de los colonos, por la que se sentirán atraídos tanto Emmet como Paden.

- El escenario de la parte principal es Silverado, tierra de promisión, un lugar en el que encontrar una nueva vida más prospera. Sin embargo, la situación real dista mucho de la esperada por los colonos al estar controlado por el cacique del lugar, un poderoso y despótico ganadero, en connivencia con un sheriff corrupto dueño del salón del pueblo. Ambos ejercen su poder de forma tiránica a través de la fuerza y la violencia.


En este tramo se incorporan nuevos personajes como la lúcida y sabia regente del saloon Stella (Linda Hunt), una mujer con la que Paden mantendrá una relación muy especial y que se rige por el principio consistente en que “El mundo es como tú te lo haces, si no está a tu medida hay que arreglarlo” o el sibilino, siniestro y traicionero jugador encarnado por Jeff Goldblum; así como, se desarrolla aún más el personaje del sheriff Cobb (Brian Dennehy), un antiguo pistolero reconvertido en falso hombre de ley.

En esta parte de la película la tensión irá creciendo hasta desembocar en un doble enfrentamiento, ubicado en el rancho del ganadero y en la ciudad de Silverado, entre los cuatro protagonistas y los hombres del cacique motivado tanto por los atropellos cometidos en Silverado por el poderoso terrateniente como por las deudas pendientes existentes entre los personajes. Así, Jake acabará con un joven y peligroso pistolero a su vez rival amoroso; Mal se las verá con el jugador que le había traicionado; Emmet se enfrentará en un espectacular combate a caballo con el cacique a cuyo padre mató en defensa propia, hecho por el que fue condenado; y Paden protagonizará un simbólico duelo con Cobb, en el que el director lo sitúa en mitad de la calle principal representando el futuro y la civilización, mientras que el sheriff aparece justo al final de la ciudad personificando el pasado y la barbarie (6).


Una vez restablecidos la paz, la ley y el orden, los protagonistas seguirán su camino, salvo Paden, recién nombrado sheriff, quien por fin habrá encontrado su lugar en el mundo.

Junto a la dispersión inicial, y como elementos no tan positivos del filme podemos destacar la tendencia a la grandilocuencia y el recorte sufrido de sus originarios 170 minutos a las definitivas dos horas, lo que da lugar a ciertos problemas de continuidad debido a escenas mal hilvanadas y a la pérdida de protagonismo de ciertos personajes como el de Rosanna Arquette, cuya historia de amor a tres bandas queda apenas apuntada, o el de Jeff Goldblum, con un comportamiento difícil de entender. En todo caso, el último defecto no sería achacable a Kasdan sino a la Columbia.


La película costó alrededor de 23 millones de dólares y tuvo un éxito relativo al recaudar más de 33 millones, por lo que se pensó realizar una segunda parte; pero, a pesar de haber comenzado Kasdan a escribir el guion y a la promesa final de Jake (“Volveremos”), nunca se llevó a cabo.

“Silverado” supuso un soplo de aire fresco para el género y una agradable sorpresa para el aficionado; un intento sincero por parte de un director, a su vez cinéfilo, de recuperar aquellas viejas películas de vaqueros protagonizadas por actores de una pieza como Wayne, Cooper, Stewart, Widmark, Lancaster, Douglas o Fonda con las que crecimos y aprendimos a amar al cine. Unos filmes en los que se dirimía la eterna lucha entre el bien y el mal, y en los que, tras superar todo tipo de obstáculos, resultaba vencedor el primero. Con “Silverado”, en definitiva, Lawrence Kasdan, nos devolvió el embrujo del wéstern clásico y eso es mucho ¿no? 


(1) John Ford y Raoul Walsh dirigieron sus últimos wésterns, “El gran combate” y una “Trompeta lejana” respectivamente, en 1964; mientras que la última película del Oeste filmada por Anthony Mann fue “Cimarrón” (1960), quien nunca llegó a poner en pie su proyecto consistente en hacer una versión wéstern de “El rey Lear”, protagonizada por John Wayne, al fallecer de forma prematura en 1967. Por otra parte, Delmer Daves desde finales de la década de los cincuenta se dedicó a rodar una serie de melodramas con el objeto de aliviar la delicada situación económica de la Warner Brothers, abandonando definitivamente el género por el que era mundialmente conocido; y un desengañado William Wellman a partir de 1952 abandonó el género, con la excepción de “El rastro de la pantera”, para dirigir básicamente, con más oficio que talento, varias películas de aventuras para la BATJAC de John Wayne. Así, de los grandes directores del wéstern clásico, sólo Howard Hawks con “Río Lobo” y Henry Hathaway con “Círculo de fuego”; dos filmes menores, aunque no carentes de interés, llegaron a ponerse detrás de la cámara en la década de los setenta para rodar wésterns.

(2) Recientemente la editorial Valdemar en su colección Frontera ha publicado la monumental novela escrita por Larry McMurtry por la que obtuvo el Pulitzer. McMurtry también es el autor de, entre otros, la novela “Hud, el más valiente entre mil” y los guiones para la película “Brokeback Mountain” (Ang Lee, 2005) y para la miniserie “Comanche Moon” (Simon Wincer, 2008), en la que nos reencontramos con los personajes de “Paloma solitaria” en plena juventud como rangers de Texas. 

(3) Lawrence Kasdan y Kevin Kline han rodado juntos, hasta la fecha, seis películas, entre las que destacan: “Reencuentro” (1983); “Grand Canyon” (1991), también coprotagonizada por Danny Glover; y “French Kiss” (1995).

(4) Los wésterns no han sido pródigos en ofrecer papeles importantes a actores negros. Fue precisamente John Ford con “El sargento negro” (1960) uno de los primeros directores en reconocer el papel fundamental de la comunidad negra en la conquista del Oeste. A partir de esa fecha, y como consecuencia de los profundos cambios vividos por la sociedad estadounidense (la Ley de Derechos Civiles fue aprobada en 1964), se filmaron varios wésterns con presencia de actores negros en papeles relevantes, entre los que destacan sólo en los sesenta: “Río Conchos” (Gordon Douglas, 1964), “Los profesionales” (Richard Brooks, 1966), “Duelo en diablo” (Ralph Nelson, 1966), “El póker de la muerte” (Henry Hathaway, 1968), “El camino de la venganza” (Sidney Pollack, 1968), “100 rifles” (Tom Gries, 1969) o “El Cóndor” (John Guillermin, 1970). Algo estaba cambiando también en Hollywood.

(5) Kasdan había contraído una deuda con Costner ya que su personaje en “Reencuentro” fue eliminado en el montaje final de la película, por eso pensó en él para este papel. Posteriormente, convertido el actor en una estrella, rodarían juntos la mencionada “Wyatt Earp”.

(6) Curiosamente Clint Eastwood situaría de la misma forma a sus dos personajes principales, el reverendo y el sheriff también corrupto, en el duelo final de “El jinete pálido”.


jueves, 25 de julio de 2019

EL ÚLTIMO TREN DE GUN HILL

(Last train from Gun Hill, 1959)

Dirección: John Sturges
Guion: James Poe

Reparto:
- Kirk Douglas: Marshall Matt Morgan
- Anthony Quinn: Craig Belden
- Carolyn Jones: Linda
- Earl Holliman: Rick Belden
- Brad Dexter: Beero
- Brian G. Hutton: Lee Smithers
- Ziva Rodann: Catherine Morgan
- Bing Russell: Skag)

Música: Dimitri Tiomkin
Productora: Bryna Productions, Hal Wallis Productions

Por Jesús Cendón. NOTA: 7’75


“Mat eres mi mejor amigo. Haría cualquier caso por ti pero deja al chico en paz. Estás hablando de mi hijo” “No, Craig. Es de mi mujer de la que estamos hablando” Conversación entre Matt Morgan y Craig Belden.


ARGUMENTO: Tras ser violada y asesinada su mujer, el sheriff Matt Morgan cuenta con dos pistas para atrapar a los delincuentes: una silla de montar y la herida en la mejilla que le infringió a uno de ellos su esposa antes de morir. Ambas pistas le conducirán a su antiguo amigo Craig Belden, un poderoso ganadero dueño y señor de Gun Hill.


En los años cincuenta Kirk Douglas había alcanzado en Hollywood la categoría de gran estrella al mismo tiempo que comenzó a mediados de esa década una fructífera carrera como productor independiente a través de sus compañías Bryna Productions y Joel Productions, filial de la anterior, con filmes que aunaban calidad y comercialidad (1).



Hombre inquieto, en busca siempre de buenos guiones con personajes interesantes que le sirivieran de vehículo para seguir desarrollando su carrera como actor y tras haber quedado plenamente satisfecho del resultado obtenido con “Duelo de titanes” (John Sturges, 1955), contactó con Hal B. Wallis, quien poseía los derechos del relato escrito por Les Crutchfield (seudónimo del represaliado por el macartismo Dalton Trumbo), con el objeto de poner en pie un nuevo wéstern para el que contaron con parte del equipo de la anterior producción: el director John Sturges, el músico Dimitri Tiomkin quien compuso otra gran banda sonora aunque carente de un tema principal tan pegadizo como en su anterior trabajo, Charles Lang como operador o el prestigioso director artístico Hal Pereira; además de asegurarse, gracias a Wallis, la distribución de la película por la poderosa Paramount y volver a utilizar el formato VistaVision creado por la citada productora.



Pero las semejanzas con el filme precedente no se reducen a aspectos formales y al personal técnico-artístico interviniente sino que el mencionado relato, adaptado al cine por James Poe, gira, al igual que en “Duelo de titanes”, en torno a la amistad entre dos hombres de honor. Sin embargo, mientras que en aquella el espectador asistía al comienzo, desarrollo y consolidación de la relación entre el sheriff Wyat Earp y el dentista, pistolero y jugador de póquer “Doc” Holliday, en la película objeto de esta reseña contemplamos el fin, por causas externas, de la camaradería labrada durante años entre el sheriff Matt Morgan y el ganadero Craig Belden. Una relación que, como el hotel de la ciudad, quedará reducida a escombros a pesar de los fuertes lazos existentes entre ambos individuos, como pondrá de manifiesto Craig al llegar a confesar a Matt que: “No he tenido otro amigo desde que tú y yo nos separamos. Los tengo… pero a sueldo, desde luego”. Diálogo sostenido en una de las mejores escenas del filme en el que seremos espectadores del feliz reencuentro de ambos camaradas cuyo cariño, respeto y admiración no disimulan, para poco a poco, a medida que comienza sus indagaciones el sheriff Morgan, empezar a apreciar los primeros recelos entre ambos hasta llegar al momento culmen en el que los dos son plenamente conscientes de que el hijo de Craig está implicado en la violación y asesinato de la mujer de Matt, convirtiéndose a partir de entonces los antiguos camaradas en adversarios.



Junto al tema de la amistad o, mejor dicho, de la creciente rivalidad entre los dos personajes principales, compañeros en el pasado, nos encontramos con el de las relaciones familiares turbulentas, entroncando la cinta en este aspecto con una corriente cinematográfica muy popular en los años 50 con protagonismo de jóvenes conflictivos cuyo máximo exponente fue “Rebelde sin causa” (Nicholas Ray, 1955), y que en este género dio títulos tan significativos como “El salario de la violencia” dirigida un año antes por Phil Karlson, excelente profesional de reivindicación tan urgente como necesaria, “El hombre de Laramie” (Anthony Mann, 1955) o, incluso, “Lanza rota”( Edward Dmytryk, 1954).



De hecho en los tres wésterns nos encontramos con jóvenes que han crecido sin un referente materno al haber enviudado sus respectivos padres por lo que se han desarrollado a la sombra de sus progenitores convirtiéndose en una mera deformación de la fuerte personalidad de estos; porque Craig Belden, al igual que los protagonistas de las otras tres películas, encarna el ideal estadounidense del hombre hecho a sí mismo, individuo de origen humilde, sin demasiada formación que gracias a su trabajo, esfuerzo e inteligencia natural ha sido capaz de levantar un imperio allí en donde no había nada, convirtiéndose en una pieza fundamental en la construcción del mito del Oeste (2). Así el filme contrapone el carácter de los personajes maduros, hombres rudos y violentos pero trabajadores y con un código de honor muy acentuado, con el de los jóvenes, seres débiles pero bravucones con los más indefensos, pusilánimes y superficiales, tan sólo preocupados por divertirse y capaces de banalizar la muerte de un ser humano.



Rick, condicionado por la errónea educación recibida de su progenitor, un ser autoritario, rígido y castrador, sufrirá incluso el desprecio de Craig, quien le obligará a pelearse con su capataz por haberse burlado de él para, tras haber recibido una paliza, recordarle lo que siempre le ha dicho: “Cuando alguien te insulte pégale. No me importa que ganes o pierdas pero lucha, ¿entiendes?”. Es, en definitiva, producto de la incomunicación y la falta de entendimiento con su padre.



Por su parte Craig, a pesar de mostrarse decepcionado y de menospreciar a su hijo al ser consciente de su carácter, manifiesta a lo largo del filme un profundo amor por su vástago intentando en todo momento protegerlo, incluso llegará a suplicar a Matt por la vida de éste reconociendo ante su antiguo camarada que es cuanto tiene; mientras que paralelamente rogará a su amante para que interceda ante el sheriff por Rick.



Un tercer arco argumental enriquece la película y la emparenta con “El árbol del ahorcado” (Delmer Daves, 1959), el conflicto entre la modernidad y la evolución representadas en Paulee, ciudad en la que ejerce como sheriff Matt Morgan, y la tradición y el continuismo simbolizados por Gun Hil, controlada por Craig Belden.



Así, Paulee aparece como una ciudad civilizada donde reina, por fin, la ley y el orden, sin que se haya ha cometido ningún delito en prácticamente la última década; de hecho, los tiroteos comienzan a incorporarse a las leyenda y a los mitos sobre el Far-West como algo ocurrido en el pasado, de tal forma que los niños se quejan porque “no se oye un tiro en ninguna parte”. Es tal el grado de desarrollo que, incluso, los pieles rojas están integrados en la sociedad, integración personificada en el matrimonio mixto del sheriff.



En Gun Hill, sin embargo, la justicia aún no está regulada por las instituciones al estar sometida al poder y los caprichos del oligarca local, dueño y señor de haciendas y personas, y cuya palabra es ley. Es tal su poder que como señala el empleado del saloon los únicos enemigos de Craig se encuentran “Afuera de la ciudad. En el cementerio”. Además, a diferencia de Paulee, siguen manteniendo una actitud beligerante con los pieles rojas y como le dice un vecino a Matt “Por aquí no arrestamos a un hombre por matar a un indio, lo recompensamos”; lo que permite al director introducir una sútil crítica en relación con los prejuicios raciales existentes contra los nativos americanos, y por extensión contra cualquier minoría étnica, en la sociedad estadounidense.



De esta forma, Matt al tomar el tren, símbolo del progreso y el desarrollo, efectuará un viaje tanto a su pasado emocional con el reencuentro de un viejo amigo como a un período histórico inmediatamente anterior a la definitiva civilización del Oeste; para al final del filme, con otro tren, regresar al presente.



Además de la relación existente con las películas anteriormente citadas, se puede rastrear en “El último tren de Gun Hill” su vinculación con otros dos grandes wésterns ya reseñados en este blog.


Por una parte con “Conspiración de silencio”, dirigida por el propio Sturges cuatro años antes, respecto a la actitud abiertamente hostil de la población hacia el forastero, quien se verá atrapado, al igual que en la película citada, en la tela de araña creada por Craig al estar los vecinos controlados y sometidos por el poderoso ganadero; siendo incluso capaces, en su distorsión moral, de hacer apuestas sobre la vida de un hombre.



Tan sólo Linda, magníficamente interpretada por Carolyn Jones, escapa a esta mirada demoledora sobre el ser humano. Antigua amante de Craig Belden, es una mujer con un pasado oscuro, de hecho llega a afirmar que nunca ha estado sola desde los doce años y ha tenido dificultades desde el día de su nacimiento, pero capaz de mostrar una mayor humanidad que el resto de la población de Gun Hill.



Y precisamente respecto al principal personaje femenino del filme esta película muestra más acierto que la tantas veces nombrada en esta reseña “Duelo de titanes”, puesto que la historia de amor entre Craig y Linda está mejor integrada en la cinta, el tiempo dedicado a la misma es menor por lo que no distrae al espectador de la trama principal y Linda tiene una mayor trascendencia en la resolución del drama al facilitar a Matt una escopeta, arma vital para cumplir con su misión. Y será precisamente la apreciación de la actitud, anteriormente mencionada, de la población frente a la tragedia desarrollada en la ciudad lo que la decidirá a ayudar al sheriff (Linda llegará a afirmar: “Aquel pobre loco en un cuarto del hotel con sus elevados ideales y toda esta sucia ciudad esperando cómo lo matan”).



Por otra parte, el tramo final es deudor de “El tren de las 3:10” (Delmer Daves, 1957) al repetir la situación de nuestro héroe encerrado junto al asesino de su mujer en una habitación del hotel de la ciudad sitiado por los hombres de Belden; incluso, al igual que en el filme de Daves, estos los acompañarán en su camino hacia la estación esperando el más mínimo fallo del hombre de la ley para acabar con él.



En cuanto a John Sturges cabe señalar que lleva a cabo un trabajo notable envolviendo al filme en un halo de fatalismo, presentándonos el drama sin preámbulos y desde el primer momento en una sobresaliente, brutal e impactante escena inicial, prácticamente silente, de una enorme violencia, en la que utiliza de forma soberbia el fuera de plano para que el espectador escuche un grito desgarrador e imagine el terrible suceso.

A partir de ese momento irá graduando de forma modélica la tensión y el suspense hasta llegar al apocalíptico final nocturno, con el incendio del hotel principal de la ciudad incluido, en el que los principales actores de la tragedia hallarán la muerte, bien física o bien emocional al perder a sus principales referencias afectivas: a su mujer, a su hijo, a un viejo y querido amigo o a su amante; de ahí que nos encontremos ante uno de los wésterns clásicos más desoladores jamás rodado. 



Además, como era habitual en él, la película se caracteriza por la esplendida puesta en escena y la exquisita planificación de los planos y las secuencias. Ejemplos podría citar muchos pero creo que debo destacar la del arrresto de Rick por Matt en la planta primera del hotel mientras que en la baja los amigos del joven juegan a las cartas, aquella en la que el sheriff se sirve de un espejo para controlar el pasillo por donde aparece Craig o la del fatal duelo final entre los dos amigos, un enfrentamiento inevitable pero que ambos, en recuerdo de su amistad y por el respeto profesado durante mucho años, han intentado eludir hasta el último momento.

Por último cabe destacar el esplendido trabajo de los dos actores principales.



Kirk Douglas, estrella indiscutible del filme, hace una composición memorable como Matt, el típico personaje torturado que sabía interpretar como ningún otro, un individuo en el que conviven su convicción en el cumplimiento de la ley y la justicia con sus deseos de venganza por el asesinato de su mujer, mostrándose inflexible hasta el final y llevando la muerte y la desolación a la ciudad de Gun Hill de tal forma que, tras su paso por ella, nada será igual. La escena en la que tortura psicológicamente a Rick explicándole con todo tipo de detalles cómo será su ejecución es antológica, demostrando que George Stevens no exageró en absoluto cuando, mientras le entregaba el premio American Film Institute a toda su carrera, afirmó en 1991 que: “Ningún otro actor protagónico estuvo más preparado para explotar el lado oscuro y desesperado del alma y, por lo tanto, para revelar la complejidad de la naturaleza humana”.



Como principal antagonista Kirk Douglas escogió a Anthony Quinn (3,) quien lleva a cabo una excelente interpretación, de tono más grave y contenido de lo que en él era habitual, como Craig Belden, amo y señor de Gun Hill (incluso el sheriff está a su servicio y llega a sostener que: “Tengo esta parte del país en mis manos”); un individuo acostumbrado a imponer su voluntad como si fuera la ley, pero con graves carencias afectivas y cuya marcada personalidad llevará a su hijo a la muerte; de ahí que su última frase dirigida a Matt sea: “Educa bien a tu hijo”; asume, pues, que los “pecados” cometidos por su hijo son el resultado de su fracaso como padre. Y es precisamente la inmensa actuación del actor mexicano la que lleva al espectador a entender e, incluso, conmoverse por la situación vivida por este personaje déspota, xenófobo, agresivo y machista.



“El último tren de Gun Hill” es, en definitiva, un excelente e intenso wéstern urbanita presidido por la fatalidad, con proliferación de interiores, ambiente claustrofóbico y unos personajes perfectamente caracterizados; un viaje al infierno dirigido en el mejor momento de su carrera por John Sturges, realizador injustamente minusvalorado pero con una filmografía wéstern sobresaliente y un enorme talento visual adaptado perfectamente al formato panorámico.


(1) En 1957 había producido y protagonizado el excelente drama antibelicista “Senderos de gloria” (Stanley Kubrik) y al año siguiente el memorable filme de aventuras con raíces shakesperianas “Los vikingos” (Richard Fleischer); mientras que al año siguiente se embarcaría en “Espartaco” (Anthony Mann-Stanley Kubrik), quizás el mejor péplum de la historia. Para a principios de los sesenta producir e interpretar dos excelentes wésterns ya reseñados “El último atardecer“ (Robert Aldrich, 1961) y “Los valientes andan solos” (David Miller,1962), así como en el módelico thriller político “Siete días de mayo” (John Frankenheimer, 1964) que le dio la oportunidad de volver a trabajar con su amigo y, a veces, rival Burt Lancaster.

(2) Otro magnífico ejemplo de hombre hecho a sí mismo es el personaje encarnado por Ward Bond en la imprescindible “Odio contra Odio” (1957) dirigida por el también excelente pero poco reconocido Joseph H. Lewis, película igualmente reseñada en este blog.

(3) Kirk Douglas y Anthony Quinn habían trabajado con anterioridad en “Ulises” (Mario Camerini, 1954) y “El loco del pelo rojo” (Vincente Minelli, 1956), por la que Quinn obtuvo su segundo Oscar, y su entendimiento había sido total; por lo que no es de extrañar que Douglas pensará en el actor mexicano para interpretar a Belden.