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jueves, 27 de febrero de 2025

SILVERADO

(Silverado, 1985)

Dirección: Lawrence Kasdan
Guion: Lawrence Kasdan, Mark Kasdan

Reparto:
- Kevin Klein (Paden)
- Scott Glenn (Emmet)
- Kevin Costner (Jake)
- Danny Glover (Mal)
- John Cleese (Sheriff Langston)
- Rosanna Arquette (Hannah)
- Brian Dennehy (Cobb)
- Linda Hunt (Stella)
- Jeff Goldblum (Slick)
- Jeff Fahey (Tyree)
- Sheb Wooley (Sargento de caballeria)

Música: Bruce Broughton
Productora: Columbia Pictures, Delphi IV Productions, Eaves Movie Ranch

Por Jesús Cendón. NOTA: 7


“Dentro de un tiempo yo habré perdido la belleza, pero esta tierra no” Hannah a Paden mientras contemplan la extensión de su nuevo rancho.



El wéstern clásico vivió su época de esplendor entre finales de la década de los cuarenta y mediados de los años sesenta aproximadamente. Fueron alrededor de veinte años caracterizados por el ingente número de filmes del Oeste producidos tanto por las majors como por pequeñas compañías independientes, y por el altísimo nivel de dichos filmes gracias al enorme talento y, en bastantes ocasiones, genialidad del personal involucrado en ellos. A partir de mediados de los sesenta comenzó su lento pero constante declive causado por diversos factores, entre otros, el cambio en la mentalidad de la sociedad estadounidense; la paulatina jubilación e, incluso, desaparición de las grandes figuras que elevaron a sus cotas más altas a este género (1); o el éxito del wéstern filmado en Europa con su visión desmitificadora del Oeste, sus personajes cínicos y amorales, su estética sucia y su mayor violencia.

De esta forma, desde finales de la década de los sesenta proliferaron los wésterns revisionistas y, en consonancia con la edad de las estrellas que los protagonizaban, crepusculares; al mismo tiempo que el número de las producciones wésterns se reducía drásticamente y su calidad también disminuía.


Curiosamente el golpe de gracia al género se lo propinó la excelente “La puerta del cielo” (Michael Cimino, 1980), una producción ruinosa que acabó con la United Artist y, aparentemente, con el wéstern al considerarlo los productores poco o nada rentable, desapareciendo prácticamente de las pantallas.
 
En medio de este erial, 1985 se convirtió en un oasis para los aficionados a las películas del Oeste al estrenarse dos grandes filmes que obtuvieron buenos resultados en taquilla: “El jinete pálido” con el que Clint Eastwood mostraba, de nuevo, su fidelidad al género que le convirtió en estrella a través de una historia deudora de “Raíces profundas” (George Stevens, 1953) transformada en un largometraje muy personal que contenía gran parte de sus constantes cinematográficas; y “Silverado” obra de Lawrence Kasdan, cineasta con una querencia especial por el cine de género tanto en su labor de guionista (la mítica “En busca del arca perdida” o “El imperio contraataca” que, dirigida por Irvin Kershner en 1980, no es más que una película clásica de aventuras ambientada en el futuro) como en su primera película como realizador (“Fuego en el cuerpo” de 1981 constituye un sincero homenaje al cine negro clásico en general y a “Perdición”, dirigida en 1944 por Billy Wilder, en particular).


Ambos, junto a la excelente serie “Paloma Solitaria” dirigida por Simon Wincer en 1989 (2), pusieron los cimientos para el resurgimiento del wéstern en la siguiente década, sobre todo tras el gran éxito de crítica y de público de “Bailando con lobos” (Kevin Costner, 1990), galardonado con siete Oscars, incluidos los relativos al mejor filme, dirección y guion, al que siguió una explosión de producciones: “Sin perdón” (Clint Eastwood, 1992), igualmente galardonada con los Oscars a la mejor película y dirección; “Gerónimo, una leyenda” (Walter Hill, 1993); “Tombstone” (George Pan Cosmatos, 1993); “Wyatt Earp” (Lawrence Kasdan, 1994); “Maverick” (Richard Donner, 1994); “Wild Bill” (Walter Hill, 1995); “Rápida y mortal” (Sam Raimi, 1995); “Dead man” (Jim Jarmusch, 1995); el excelente neowéstern fronterizo “Lone Star” (John Sayles, 1996); “Cabalga con el diablo” (Ang Lee, 1999); etcétera. Películas capaces de demostrar que el wéstern no había muerto, interesaba al público y, por tanto, podía ser rentable siempre que se ofreciesen productos dignos; consolidándose su recuperación en las décadas siguientes, tanto con largometrajes destinados a la gran pantalla como, sobre todo, con series y películas producidas para la televisión. Pero eso es otra historia.



SINOPSIS: Tras varios incidentes, cuatro vaqueros se dirigen a la ciudad fronteriza de Silverado, controlada de manera despótica por un poderoso ganadero, donde se reencontrarán con sus respectivos pasados.


Como en “Río Bravo”, “Silverado” se inicia con una secuencia silente. Escena en la que el protagonista acaba con tres pistoleros en una cabaña; para inmediatamente la cámara seguirle y enfocar a través de la puerta, en claro homenaje a los planos iniciales y finales de “Centauros del desierto”, la inmensidad del paisaje mientras se ven los títulos de crédito y suena el tema principal de sonoridades clásicas compuesto por Bruce Broughton, remitiendo a compositores como Elmer Bernstein o, sobre todo, Jerome Moross y su banda sonora para “Horizontes de grandeza”.


En una sola secuencia el director, al haber citado a Howard Hawks y a John Ford, ha destapado sus intenciones: rendir un sentido tributo al género cinematográfico por excelencia con un wéstern luminoso, dinámico, enérgico, ágil, trepidante, divertidísimo y, fundamentalmente, épico en el que se dan la mano los principales temas (la amistad, la lealtad, la familia como célula básica de la sociedad, el compromiso, la valentía, el honor, el abuso de poder, el conflicto entre ganaderos y rancheros, entre los partidarios de los campos abiertos y los defensores de las alambradas, la frontera como territorio mítico, etcétera), situaciones y paisajes (desiertos mortíferos, ríos profundos que deben ser cruzados, grandes espacios abiertos, estampidas de ganado, duelos, bailes, persecuciones, tiroteos; incluso en el guion figuraba una escena con indios desechada por la productora, la Columbia Pictures, debido a su enorme coste), y personajes (sheriffs corruptos, ganaderos despóticos, decididos colonos, lúcidas regentes de saloons, pistoleros de pasado oscuro, jugadores profesionales, “coristas”) del género.


Aunque nos encontramos ante una historia coral son cuatro los personajes que llevan el peso de la película y responden, igualmente, a arquetipos del género:


Emmet (Scott Glenn) es un individuo taciturno y meditabundo que, a pesar de haber cumplido injustamente condena durante cinco años en la prisión de Leavenworth, responde a la imagen del héroe íntegro, sin tacha, que sabe siempre cuál es su deber y actúa bajo un férreo código ético. A lo largo de la película muestra la importancia que tiene para él la familia, primero salvando a su hermano Jake de morir ahorcado y posteriormente, a pesar de estar convaleciente de una paliza, atacando el rancho del poderoso ganadero para rescatar a su sobrino secuestrado. 


Paden, al que dio vida Kevin Kline que se convertiría en el actor fetiche de Kasdan (3), hunde sus raíces en los personajes ambiguos, aunque no exentos de nobleza, interpretados por James Stewart en los wésterns de Anthony Mann; así, como Glyn McLyntock (“Horizontes lejanos”) cuenta con un pasado turbio que desea dejar atrás, y al igual que Jeff Webster (“Tierras lejanas”) se muestra excesivamente individualista, manteniéndose normalmente al margen de los problemas que no le afectan directamente (como él mismo dice “Siempre he sido partidario de no hacer nada”). Es el único de los cuatro sin arraigo y lo más cercano que ha tenido a una familia son sus antiguos compañeros de correrías (el sheriff de Silverado habla de él como “Uno de los últimos supervivientes de mis viejos amigos”). Mostrará su integridad y lealtad uniéndose a sus nuevos amigos en el enfrentamiento final; culminando, de esta forma, su proceso de redención.


Mal, Danny Glover, un cowboy negro (4) letal con el wínchester, tiene su más claro antecedente en Lance Poole de “La puerta del diablo” puesto que como el personaje del filme de Mann sufrirá la xenofobia de la sociedad anglosajona, le arrebatarán fácilmente sus tierras simplemente por no ser blanco e, incluso, padecerá vejaciones por su color de piel. Todo ello le llevará a repetir la frase “Esto no es justo”. Tras haber vivido varios años en el este, Chicago, siente la familia como un refugio.



Jake, Kevin Costner (5), es el hermano pequeño de Emmet. Vehemente, irreflexivo, mujeriego, alocado, de gatillo fácil, bastante irresponsable y proclive a meterse en líos. Quizás es el personaje menos convincente y, aunque recuerda a los jóvenes generalmente impulsivos que en los wésterns rodados a partir de los cincuenta solían acompañar al experimentado protagonista, supone una concesión clara al cine ochentero, presentando bastantes elementos en común con el Billy el Niño retratado por Christopher Cain en “Arma joven”.



Los cuatro son en realidad herederos de los caballeros medievales, prestos a defender al débil frente al fuerte y a acabar con las injusticias. Tan sólo han cambiado la espada por el colt y la lanza por el wínchester; puesto que, como en su día apuntó André Bazin, al carecer los EEUU de Edad Media el wéstern sería el equivalente a los cantares de gesta europeos.

Kasdan vertebra la película en dos partes claramente diferenciadas: una larga introducción con varios escenarios y la parte principal desarrollada básicamente en la ciudad fronteriza de Silverado y sus alrededores.

- La introducción, en la que los protagonistas asentarán las bases de su amistad, tiene un carácter episódico y algo disperso por lo que puede desconcertar al espectador. Así veremos sucesivamente la escena inicial anteriormente citada con el espectacular tiroteo, a Emmet salvar a Paden abandonado en el desierto y a éste recuperar su caballo tras acabar con un forajido. A continuación, en Turley, tendrán su primer contacto con Mal y salvarán de la horca a Jake y tras ser perseguidos por el peculiar e irónico sheriff de la ciudad, interpretado por el Monty Python John Cleese, se convertirán en improvisados guías de una caravana una vez recuperado el dinero robado por sus antiguos conductores. Entre los miembros de la caravana se encuentra Hannah (Rosana Arquette), representante del espíritu indomable de los colonos, por la que se sentirán atraídos tanto Emmet como Paden.

- El escenario de la parte principal es Silverado, tierra de promisión, un lugar en el que encontrar una nueva vida más prospera. Sin embargo, la situación real dista mucho de la esperada por los colonos al estar controlado por el cacique del lugar, un poderoso y despótico ganadero, en connivencia con un sheriff corrupto dueño del salón del pueblo. Ambos ejercen su poder de forma tiránica a través de la fuerza y la violencia.


En este tramo se incorporan nuevos personajes como la lúcida y sabia regente del saloon Stella (Linda Hunt), una mujer con la que Paden mantendrá una relación muy especial y que se rige por el principio consistente en que “El mundo es como tú te lo haces, si no está a tu medida hay que arreglarlo” o el sibilino, siniestro y traicionero jugador encarnado por Jeff Goldblum; así como, se desarrolla aún más el personaje del sheriff Cobb (Brian Dennehy), un antiguo pistolero reconvertido en falso hombre de ley.

En esta parte de la película la tensión irá creciendo hasta desembocar en un doble enfrentamiento, ubicado en el rancho del ganadero y en la ciudad de Silverado, entre los cuatro protagonistas y los hombres del cacique motivado tanto por los atropellos cometidos en Silverado por el poderoso terrateniente como por las deudas pendientes existentes entre los personajes. Así, Jake acabará con un joven y peligroso pistolero a su vez rival amoroso; Mal se las verá con el jugador que le había traicionado; Emmet se enfrentará en un espectacular combate a caballo con el cacique a cuyo padre mató en defensa propia, hecho por el que fue condenado; y Paden protagonizará un simbólico duelo con Cobb, en el que el director lo sitúa en mitad de la calle principal representando el futuro y la civilización, mientras que el sheriff aparece justo al final de la ciudad personificando el pasado y la barbarie (6).


Una vez restablecidos la paz, la ley y el orden, los protagonistas seguirán su camino, salvo Paden, recién nombrado sheriff, quien por fin habrá encontrado su lugar en el mundo.

Junto a la dispersión inicial, y como elementos no tan positivos del filme podemos destacar la tendencia a la grandilocuencia y el recorte sufrido de sus originarios 170 minutos a las definitivas dos horas, lo que da lugar a ciertos problemas de continuidad debido a escenas mal hilvanadas y a la pérdida de protagonismo de ciertos personajes como el de Rosanna Arquette, cuya historia de amor a tres bandas queda apenas apuntada, o el de Jeff Goldblum, con un comportamiento difícil de entender. En todo caso, el último defecto no sería achacable a Kasdan sino a la Columbia.


La película costó alrededor de 23 millones de dólares y tuvo un éxito relativo al recaudar más de 33 millones, por lo que se pensó realizar una segunda parte; pero, a pesar de haber comenzado Kasdan a escribir el guion y a la promesa final de Jake (“Volveremos”), nunca se llevó a cabo.

“Silverado” supuso un soplo de aire fresco para el género y una agradable sorpresa para el aficionado; un intento sincero por parte de un director, a su vez cinéfilo, de recuperar aquellas viejas películas de vaqueros protagonizadas por actores de una pieza como Wayne, Cooper, Stewart, Widmark, Lancaster, Douglas o Fonda con las que crecimos y aprendimos a amar al cine. Unos filmes en los que se dirimía la eterna lucha entre el bien y el mal, y en los que, tras superar todo tipo de obstáculos, resultaba vencedor el primero. Con “Silverado”, en definitiva, Lawrence Kasdan, nos devolvió el embrujo del wéstern clásico y eso es mucho ¿no? 


(1) John Ford y Raoul Walsh dirigieron sus últimos wésterns, “El gran combate” y una “Trompeta lejana” respectivamente, en 1964; mientras que la última película del Oeste filmada por Anthony Mann fue “Cimarrón” (1960), quien nunca llegó a poner en pie su proyecto consistente en hacer una versión wéstern de “El rey Lear”, protagonizada por John Wayne, al fallecer de forma prematura en 1967. Por otra parte, Delmer Daves desde finales de la década de los cincuenta se dedicó a rodar una serie de melodramas con el objeto de aliviar la delicada situación económica de la Warner Brothers, abandonando definitivamente el género por el que era mundialmente conocido; y un desengañado William Wellman a partir de 1952 abandonó el género, con la excepción de “El rastro de la pantera”, para dirigir básicamente, con más oficio que talento, varias películas de aventuras para la BATJAC de John Wayne. Así, de los grandes directores del wéstern clásico, sólo Howard Hawks con “Río Lobo” y Henry Hathaway con “Círculo de fuego”; dos filmes menores, aunque no carentes de interés, llegaron a ponerse detrás de la cámara en la década de los setenta para rodar wésterns.

(2) Recientemente la editorial Valdemar en su colección Frontera ha publicado la monumental novela escrita por Larry McMurtry por la que obtuvo el Pulitzer. McMurtry también es el autor de, entre otros, la novela “Hud, el más valiente entre mil” y los guiones para la película “Brokeback Mountain” (Ang Lee, 2005) y para la miniserie “Comanche Moon” (Simon Wincer, 2008), en la que nos reencontramos con los personajes de “Paloma solitaria” en plena juventud como rangers de Texas. 

(3) Lawrence Kasdan y Kevin Kline han rodado juntos, hasta la fecha, seis películas, entre las que destacan: “Reencuentro” (1983); “Grand Canyon” (1991), también coprotagonizada por Danny Glover; y “French Kiss” (1995).

(4) Los wésterns no han sido pródigos en ofrecer papeles importantes a actores negros. Fue precisamente John Ford con “El sargento negro” (1960) uno de los primeros directores en reconocer el papel fundamental de la comunidad negra en la conquista del Oeste. A partir de esa fecha, y como consecuencia de los profundos cambios vividos por la sociedad estadounidense (la Ley de Derechos Civiles fue aprobada en 1964), se filmaron varios wésterns con presencia de actores negros en papeles relevantes, entre los que destacan sólo en los sesenta: “Río Conchos” (Gordon Douglas, 1964), “Los profesionales” (Richard Brooks, 1966), “Duelo en diablo” (Ralph Nelson, 1966), “El póker de la muerte” (Henry Hathaway, 1968), “El camino de la venganza” (Sidney Pollack, 1968), “100 rifles” (Tom Gries, 1969) o “El Cóndor” (John Guillermin, 1970). Algo estaba cambiando también en Hollywood.

(5) Kasdan había contraído una deuda con Costner ya que su personaje en “Reencuentro” fue eliminado en el montaje final de la película, por eso pensó en él para este papel. Posteriormente, convertido el actor en una estrella, rodarían juntos la mencionada “Wyatt Earp”.

(6) Curiosamente Clint Eastwood situaría de la misma forma a sus dos personajes principales, el reverendo y el sheriff también corrupto, en el duelo final de “El jinete pálido”.


jueves, 25 de julio de 2019

EL ÚLTIMO TREN DE GUN HILL

(Last train from Gun Hill, 1959)

Dirección: John Sturges
Guion: James Poe

Reparto:
- Kirk Douglas: Marshall Matt Morgan
- Anthony Quinn: Craig Belden
- Carolyn JonesLinda
- Earl Holliman: Rick Belden
- Brad Dexter: Beero
- Brian G. Hutton: Lee Smithers
- Ziva Rodann: Catherine Morgan
- Bing Russell: Skag)

Música: Dimitri Tiomkin
Productora: Bryna Productions, Hal Wallis Productions

Por Jesús Cendón. NOTA: 7’75


“Mat eres mi mejor amigo. Haría cualquier caso por ti pero deja al chico en paz. Estás hablando de mi hijo” “No, Craig. Es de mi mujer de la que estamos hablando” Conversación entre Matt Morgan y Craig Belden.


ARGUMENTO: Tras ser violada y asesinada su mujer, el sheriff Matt Morgan cuenta con dos pistas para atrapar a los delincuentes: una silla de montar y la herida en la mejilla que le infringió a uno de ellos su esposa antes de morir. Ambas pistas le conducirán a su antiguo amigo Craig Belden, un poderoso ganadero dueño y señor de Gun Hill.


En los años cincuenta Kirk Douglas había alcanzado en Hollywood la categoría de gran estrella al mismo tiempo que comenzó a mediados de esa década una fructífera carrera como productor independiente a través de sus compañías Bryna Productions y Joel Productions, filial de la anterior, con filmes que aunaban calidad y comercialidad (1).



Hombre inquieto, en busca siempre de buenos guiones con personajes interesantes que le sirivieran de vehículo para seguir desarrollando su carrera como actor y tras haber quedado plenamente satisfecho del resultado obtenido con “Duelo de titanes” (John Sturges, 1955), contactó con Hal B. Wallis, quien poseía los derechos del relato escrito por Les Crutchfield (seudónimo del represaliado por el macartismo Dalton Trumbo), con el objeto de poner en pie un nuevo wéstern para el que contaron con parte del equipo de la anterior producción: el director John Sturges, el músico Dimitri Tiomkin quien compuso otra gran banda sonora aunque carente de un tema principal tan pegadizo como en su anterior trabajo, Charles Lang como operador o el prestigioso director artístico Hal Pereira; además de asegurarse, gracias a Wallis, la distribución de la película por la poderosa Paramount y volver a utilizar el formato VistaVision creado por la citada productora.



Pero las semejanzas con el filme precedente no se reducen a aspectos formales y al personal técnico-artístico interviniente sino que el mencionado relato, adaptado al cine por James Poe, gira, al igual que en “Duelo de titanes”, en torno a la amistad entre dos hombres de honor. Sin embargo, mientras que en aquella el espectador asistía al comienzo, desarrollo y consolidación de la relación entre el sheriff Wyat Earp y el dentista, pistolero y jugador de póquer “Doc” Holliday, en la película objeto de esta reseña contemplamos el fin, por causas externas, de la camaradería labrada durante años entre el sheriff Matt Morgan y el ganadero Craig Belden. Una relación que, como el hotel de la ciudad, quedará reducida a escombros a pesar de los fuertes lazos existentes entre ambos individuos, como pondrá de manifiesto Craig al llegar a confesar a Matt que: “No he tenido otro amigo desde que tú y yo nos separamos. Los tengo… pero a sueldo, desde luego”. Diálogo sostenido en una de las mejores escenas del filme en el que seremos espectadores del feliz reencuentro de ambos camaradas cuyo cariño, respeto y admiración no disimulan, para poco a poco, a medida que comienza sus indagaciones el sheriff Morgan, empezar a apreciar los primeros recelos entre ambos hasta llegar al momento culmen en el que los dos son plenamente conscientes de que el hijo de Craig está implicado en la violación y asesinato de la mujer de Matt, convirtiéndose a partir de entonces los antiguos camaradas en adversarios.



Junto al tema de la amistad o, mejor dicho, de la creciente rivalidad entre los dos personajes principales, compañeros en el pasado, nos encontramos con el de las relaciones familiares turbulentas, entroncando la cinta en este aspecto con una corriente cinematográfica muy popular en los años 50 con protagonismo de jóvenes conflictivos cuyo máximo exponente fue “Rebelde sin causa” (Nicholas Ray, 1955), y que en este género dio títulos tan significativos como “El salario de la violencia” dirigida un año antes por Phil Karlson, excelente profesional de reivindicación tan urgente como necesaria, “El hombre de Laramie” (Anthony Mann, 1955) o, incluso, “Lanza rota”( Edward Dmytryk, 1954).



De hecho en los tres wésterns nos encontramos con jóvenes que han crecido sin un referente materno al haber enviudado sus respectivos padres por lo que se han desarrollado a la sombra de sus progenitores convirtiéndose en una mera deformación de la fuerte personalidad de estos; porque Craig Belden, al igual que los protagonistas de las otras tres películas, encarna el ideal estadounidense del hombre hecho a sí mismo, individuo de origen humilde, sin demasiada formación que gracias a su trabajo, esfuerzo e inteligencia natural ha sido capaz de levantar un imperio allí en donde no había nada, convirtiéndose en una pieza fundamental en la construcción del mito del Oeste (2). Así el filme contrapone el carácter de los personajes maduros, hombres rudos y violentos pero trabajadores y con un código de honor muy acentuado, con el de los jóvenes, seres débiles pero bravucones con los más indefensos, pusilánimes y superficiales, tan sólo preocupados por divertirse y capaces de banalizar la muerte de un ser humano.



Rick, condicionado por la errónea educación recibida de su progenitor, un ser autoritario, rígido y castrador, sufrirá incluso el desprecio de Craig, quien le obligará a pelearse con su capataz por haberse burlado de él para, tras haber recibido una paliza, recordarle lo que siempre le ha dicho: “Cuando alguien te insulte pégale. No me importa que ganes o pierdas pero lucha, ¿entiendes?”. Es, en definitiva, producto de la incomunicación y la falta de entendimiento con su padre.



Por su parte Craig, a pesar de mostrarse decepcionado y de menospreciar a su hijo al ser consciente de su carácter, manifiesta a lo largo del filme un profundo amor por su vástago intentando en todo momento protegerlo, incluso llegará a suplicar a Matt por la vida de éste reconociendo ante su antiguo camarada que es cuanto tiene; mientras que paralelamente rogará a su amante para que interceda ante el sheriff por Rick.



Un tercer arco argumental enriquece la película y la emparenta con “El árbol del ahorcado” (Delmer Daves, 1959), el conflicto entre la modernidad y la evolución representadas en Paulee, ciudad en la que ejerce como sheriff Matt Morgan, y la tradición y el continuismo simbolizados por Gun Hil, controlada por Craig Belden.



Así, Paulee aparece como una ciudad civilizada donde reina, por fin, la ley y el orden, sin que se haya ha cometido ningún delito en prácticamente la última década; de hecho, los tiroteos comienzan a incorporarse a las leyenda y a los mitos sobre el Far-West como algo ocurrido en el pasado, de tal forma que los niños se quejan porque “no se oye un tiro en ninguna parte”. Es tal el grado de desarrollo que, incluso, los pieles rojas están integrados en la sociedad, integración personificada en el matrimonio mixto del sheriff.



En Gun Hill, sin embargo, la justicia aún no está regulada por las instituciones al estar sometida al poder y los caprichos del oligarca local, dueño y señor de haciendas y personas, y cuya palabra es ley. Es tal su poder que como señala el empleado del saloon los únicos enemigos de Craig se encuentran “Afuera de la ciudad. En el cementerio”. Además, a diferencia de Paulee, siguen manteniendo una actitud beligerante con los pieles rojas y como le dice un vecino a Matt “Por aquí no arrestamos a un hombre por matar a un indio, lo recompensamos”; lo que permite al director introducir una sútil crítica en relación con los prejuicios raciales existentes contra los nativos americanos, y por extensión contra cualquier minoría étnica, en la sociedad estadounidense.



De esta forma, Matt al tomar el tren, símbolo del progreso y el desarrollo, efectuará un viaje tanto a su pasado emocional con el reencuentro de un viejo amigo como a un período histórico inmediatamente anterior a la definitiva civilización del Oeste; para al final del filme, con otro tren, regresar al presente.



Además de la relación existente con las películas anteriormente citadas, se puede rastrear en “El último tren de Gun Hill” su vinculación con otros dos grandes wésterns ya reseñados en este blog.


Por una parte con “Conspiración de silencio”, dirigida por el propio Sturges cuatro años antes, respecto a la actitud abiertamente hostil de la población hacia el forastero, quien se verá atrapado, al igual que en la película citada, en la tela de araña creada por Craig al estar los vecinos controlados y sometidos por el poderoso ganadero; siendo incluso capaces, en su distorsión moral, de hacer apuestas sobre la vida de un hombre.



Tan sólo Linda, magníficamente interpretada por Carolyn Jones, escapa a esta mirada demoledora sobre el ser humano. Antigua amante de Craig Belden, es una mujer con un pasado oscuro, de hecho llega a afirmar que nunca ha estado sola desde los doce años y ha tenido dificultades desde el día de su nacimiento, pero capaz de mostrar una mayor humanidad que el resto de la población de Gun Hill.



Y precisamente respecto al principal personaje femenino del filme esta película muestra más acierto que la tantas veces nombrada en esta reseña “Duelo de titanes”, puesto que la historia de amor entre Craig y Linda está mejor integrada en la cinta, el tiempo dedicado a la misma es menor por lo que no distrae al espectador de la trama principal y Linda tiene una mayor trascendencia en la resolución del drama al facilitar a Matt una escopeta, arma vital para cumplir con su misión. Y será precisamente la apreciación de la actitud, anteriormente mencionada, de la población frente a la tragedia desarrollada en la ciudad lo que la decidirá a ayudar al sheriff (Linda llegará a afirmar: “Aquel pobre loco en un cuarto del hotel con sus elevados ideales y toda esta sucia ciudad esperando cómo lo matan”).



Por otra parte, el tramo final es deudor de “El tren de las 3:10” (Delmer Daves, 1957) al repetir la situación de nuestro héroe encerrado junto al asesino de su mujer en una habitación del hotel de la ciudad sitiado por los hombres de Belden; incluso, al igual que en el filme de Daves, estos los acompañarán en su camino hacia la estación esperando el más mínimo fallo del hombre de la ley para acabar con él.



En cuanto a John Sturges cabe señalar que lleva a cabo un trabajo notable envolviendo al filme en un halo de fatalismo, presentándonos el drama sin preámbulos y desde el primer momento en una sobresaliente, brutal e impactante escena inicial, prácticamente silente, de una enorme violencia, en la que utiliza de forma soberbia el fuera de plano para que el espectador escuche un grito desgarrador e imagine el terrible suceso.

A partir de ese momento irá graduando de forma modélica la tensión y el suspense hasta llegar al apocalíptico final nocturno, con el incendio del hotel principal de la ciudad incluido, en el que los principales actores de la tragedia hallarán la muerte, bien física o bien emocional al perder a sus principales referencias afectivas: a su mujer, a su hijo, a un viejo y querido amigo o a su amante; de ahí que nos encontremos ante uno de los wésterns clásicos más desoladores jamás rodado. 



Además, como era habitual en él, la película se caracteriza por la esplendida puesta en escena y la exquisita planificación de los planos y las secuencias. Ejemplos podría citar muchos pero creo que debo destacar la del arrresto de Rick por Matt en la planta primera del hotel mientras que en la baja los amigos del joven juegan a las cartas, aquella en la que el sheriff se sirve de un espejo para controlar el pasillo por donde aparece Craig o la del fatal duelo final entre los dos amigos, un enfrentamiento inevitable pero que ambos, en recuerdo de su amistad y por el respeto profesado durante mucho años, han intentado eludir hasta el último momento.

Por último cabe destacar el esplendido trabajo de los dos actores principales.



Kirk Douglas, estrella indiscutible del filme, hace una composición memorable como Matt, el típico personaje torturado que sabía interpretar como ningún otro, un individuo en el que conviven su convicción en el cumplimiento de la ley y la justicia con sus deseos de venganza por el asesinato de su mujer, mostrándose inflexible hasta el final y llevando la muerte y la desolación a la ciudad de Gun Hill de tal forma que, tras su paso por ella, nada será igual. La escena en la que tortura psicológicamente a Rick explicándole con todo tipo de detalles cómo será su ejecución es antológica, demostrando que George Stevens no exageró en absoluto cuando, mientras le entregaba el premio American Film Institute a toda su carrera, afirmó en 1991 que: “Ningún otro actor protagónico estuvo más preparado para explotar el lado oscuro y desesperado del alma y, por lo tanto, para revelar la complejidad de la naturaleza humana”.



Como principal antagonista Kirk Douglas escogió a Anthony Quinn (3,) quien lleva a cabo una excelente interpretación, de tono más grave y contenido de lo que en él era habitual, como Craig Belden, amo y señor de Gun Hill (incluso el sheriff está a su servicio y llega a sostener que: “Tengo esta parte del país en mis manos”); un individuo acostumbrado a imponer su voluntad como si fuera la ley, pero con graves carencias afectivas y cuya marcada personalidad llevará a su hijo a la muerte; de ahí que su última frase dirigida a Matt sea: “Educa bien a tu hijo”; asume, pues, que los “pecados” cometidos por su hijo son el resultado de su fracaso como padre. Y es precisamente la inmensa actuación del actor mexicano la que lleva al espectador a entender e, incluso, conmoverse por la situación vivida por este personaje déspota, xenófobo, agresivo y machista.



“El último tren de Gun Hill” es, en definitiva, un excelente e intenso wéstern urbanita presidido por la fatalidad, con proliferación de interiores, ambiente claustrofóbico y unos personajes perfectamente caracterizados; un viaje al infierno dirigido en el mejor momento de su carrera por John Sturges, realizador injustamente minusvalorado pero con una filmografía wéstern sobresaliente y un enorme talento visual adaptado perfectamente al formato panorámico.


(1) En 1957 había producido y protagonizado el excelente drama antibelicista “Senderos de gloria” (Stanley Kubrik) y al año siguiente el memorable filme de aventuras con raíces shakesperianas “Los vikingos” (Richard Fleischer); mientras que al año siguiente se embarcaría en “Espartaco” (Anthony Mann-Stanley Kubrik), quizás el mejor péplum de la historia. Para a principios de los sesenta producir e interpretar dos excelentes wésterns ya reseñados “El último atardecer“ (Robert Aldrich, 1961) y “Los valientes andan solos” (David Miller,1962), así como en el módelico thriller político “Siete días de mayo” (John Frankenheimer, 1964) que le dio la oportunidad de volver a trabajar con su amigo y, a veces, rival Burt Lancaster.

(2) Otro magnífico ejemplo de hombre hecho a sí mismo es el personaje encarnado por Ward Bond en la imprescindible “Odio contra Odio” (1957) dirigida por el también excelente pero poco reconocido Joseph H. Lewis, película igualmente reseñada en este blog.

(3) Kirk Douglas y Anthony Quinn habían trabajado con anterioridad en “Ulises” (Mario Camerini, 1954) y “El loco del pelo rojo” (Vincente Minelli, 1956), por la que Quinn obtuvo su segundo Oscar, y su entendimiento había sido total; por lo que no es de extrañar que Douglas pensará en el actor mexicano para interpretar a Belden.

jueves, 13 de junio de 2019

LOS QUE NO PERDONAN

(The unforgiven, 1960)

Dirección: John Huston
Guion: Ben Maddow

Reparto:
- Burt Lancaster: Ben Zachary
- Audrey Hepburn: Rachel Zachary
- Audie Murphy: Cash Zachary
- John Saxon: Johnny Portugal
- Charles Bickford: Zeb Rawlins
- Lillian Gish: Mattilda Zachary
- Albert Salmi: Charlie Rawlins
- Joseph Wiseman: Abe Kelsey
- Doug McClure: Andy Zachary

Música: Dimitri Tiomkin.
Productora: Hill-Hecht-Lancaster Production.

Por Jesús Cendón. NOTA: 7’25.

“El hombre echa raíces, Cash y no me gusta que se las arranquen pieles rojas o rostros pálidos”. Ben Zachary a su hermano Cash.


A lo largo de su dilatada carrera como director, cuarenta y siete títulos rodados en otros tantos años, John Huston se acercó al universo del wéstern, aunque de forma tangencial en la mayoría de los casos, en cinco filmes. Así en 1948 dirigió “El tesoro de Sierra Madre”, adaptación del clásico escrito por Bertrand Tavern, una cinta de aventuras sobre la codicia humana con bastantes elementos de wéstern; a esta película la siguieron “Medalla roja al valor” (1951), filme bélico, basado en el no menos clásico libro de Stephen Crane, ambientado en la Guerra de Secesión que abordaba el conflicto desde una perspectiva intimista y crítica; “Vidas rebeldes”, neo wéstern sobre un grupo de individuos desnortados en busca de su lugar en un mundo en plena trasformación; “El juez de la horca”, un wéstern para mí fallido que, con grandes dosis de comedia, se apuntó a la corriente revisionista y desmitificadora pujante en los setenta; y la película que nos ocupa, sin duda su título del Oeste más ortodoxo (1); aunque, como señalaremos más adelante, su propósito, no del todo conseguido, era construir una especie de parábola sobre el racismo todavía existente en la sociedad estadounidense. En este sentido cabe recordar que el filme se rodó en 1959; es decir, a punto de iniciarse una década de grandes cambios sociales y de mentalidad en los EEUU y, por extensión, en el mundo occidental.



El wéstern, en principio, contaba con todos los elementos necesarios para haberse convertido en un gran éxito: una productora solvente, la Hill-Hecht-Lancaster Productions (2) que se había asegurado, además, la distribución de la película a través de la todopoderosa United Artist; un reparto espectacular y profesionales de reconocido prestigio como Ben Maddow, autor del libreto junto a Huston, Dimitri Tiomkin, compositor de la banda sonora, o Franz Planer, responsable de la fotografía. Sin embargo no tuvo una gran acogida y supuso, por sus problemas de índole económico, la desaparición de la productora con la que Burt Lancaster había puesto en pie proyectos del nivel de “Chantaje en Broadway” (Alexander Mackendrik, 1957), “Torpedo” (Robert Wise, 1958) y “Mesas separadas” (Delbert Mann, 1958). Tras el desastre, la estrella sólo volvería a su labor de productor resucitando para ello a su antigua compañía, la Norma Productions, con la intimista “El hombre de Alcatraz” (John Frankenheimer, 1962) y mediante la Norlan Productions de Roland Kibbee, con varios títulos caracterizados por su modestia, artística y presupuestaria, como los wésterns “Camino de la venganza” (Sidney Pollack, 1968) y “¡Que viene Valdez!” (Edwin Sherin, 1971) o el fallido thriller “El hombre de la medianoche” (1974) en el que también asumió las labores de dirección. Sin duda su mejor película como productor durante esta década sería “La venganza de Ulzana” (1972), un wéstern muy violento y realista que le reunió con su antiguo socio Harold Hecht y para el que volvió a contar con el director Robert Aldrich.



Además Huston siempre ha renegado de “Los que no perdonan”, considerándola una de sus peores películas. Sin duda en su apreciación influyeron los problemas surgidos durante el rodaje (3) con un Burt Lancaster más preocupado en la dirección y producción del filme que en sacar adelante su personaje. Conducta a la que tendríamos que añadir la actitud de Lillian Gish intentando ningunearle al recordarle constantemente con quien había trabajado a lo largo de su dilatada carrera aunque terminaría por reconocer la gran labor realizada por Huston; el accidente sufrido en un río por Audie Murphy en el que se rompió un brazo y estuvo a punto de ahogarse, por lo que se dejaron de grabar varias escenas protagonizadas por él; y, sobre todo, la caída del caballo de Audrey Hepburn, de la que siempre se culpabilizó Huston, causa no sólo del aborto de la actriz sino también de la suspensión del rodaje de la película durante varios meses por haberse roto la estrella varias vertebras. Para colmo tres miembros del equipo fallecieron en un accidente de avión. Y a todo ello, hay que sumar los constantes enfrentamientos entre el director y los productores con visiones distintas sobre el filme. Así mientras el primero pretendía desarrollar, con una mirada crítica, el conflicto racial subyacente en la historia como metáfora de la situación vivida por los EEUU durante la época del rodaje de la película, los productores perseguían un filme del Oeste más convencional y comercial para asegurarse una buena taquilla y con ese objetivo no dudaron en recortar en treinta minutos las dos horas y media del metraje original de la cinta, resintiéndose por esta decisión tanto algunos personajes clave como el de Johnny Portugal, un mestizo, originalmente concebido como contrapunto a la figura de Ben, como el mensaje del filme enfocado a la denuncia de todo tipo de fanatismos.



ARGUMENTO: Los Zachary, una familia de colonos asentados en Texas dedicados a la cría de ganado vacuno para su posterior venta en Wichita y a la doma de caballos salvajes, verán su mundo derrumbarse al hacerse público un secreto relativo al origen de uno de sus miembros.



El filme es una adaptación, al igual que “Centauros del desierto”, de una novela de Allan Le May (los dos libros han sido editados por Valdemar en su colección Frontera), compartiendo con la película de John Ford su premisa argumental desencadenante de la tragedia posterior: el rapto tras una masacre de una niña, en el caso de “Centauros del desierto”, o un bebé, en esta película, y su posterior búsqueda por parte de su familia natural. Si bien en la primera eran los indios quienes secuestraban a Debbie tras haber aniquilado a su familia y en la película de Huston son los blancos, tras acabar con todo un poblado, los que deciden llevarse a Rachel.



Asimismo presenta semejanzas notables con “Estrella de fuego” (Don Siegel), wéstern más modesto también estrenado en 1960; ya que en ambas el clan protagonista, una familia mixta, sufrirá la incomprensión y el rechazo de los que hasta ahora eran sus amigos; mostrando las dos cómo la sociedad puede ser destruida por el fanatismo y la intolerancia racial. Incluso el detonante del drama, el asesinato de uno de los personajes secundarios por parte de los indios, tiene lugar en ambas películas de forma brusca y como contraste con la secuencia anterior de tono distendido; mostrándonos en ellas a un país en el que la muerte acechaba tras un recodo del camino, al atravesar un río o detrás de una arboleda. Si bien la conclusión del filme de Siegel, negando cualquier esperanza a los protagonistas, se me antoja más realista que la de Huston aparentemente feliz gracias a esa imagen, ya vista en el inicio de la película, del vuelo de una bandada de patos como metáfora del restablecimiento de la situación existente antes de estallar la tragedia. Pero lo cierto es que el regreso al estadio anterior se ha conseguido aniquilando a los hermanos de sangre de Rachel que tan sólo reclamaban su vuelta a casa; además de haberse convertido los Zachary en un clan “impuro” repudiado por el resto de familias de colonos, con lo que el fantasma del desarraigo se cierne sobre ellos.



Además las tres películas sitúan sus respectivas historias en un territorio, el estado de Texas anexionado a los EEUU en 1845, aún sin “civilizar” y habitado por dos culturas, los indios nativos y los colonos descendientes de los emigrantes europeos, incapaces no sólo de respetarse sino de convivir en paz por lo que ambos perseguirán el exterminio del otro, del diferente a su comunidad. Los primeros apelando a la defensa de la tierra de sus antepasados invadida por los anglosajones, mientras que los segundos hacen suya la doctrina del destino manifiesto que justificaba mediante un designio divino la expansión de los EEUU desde el Atlántico hasta el Pacífico (3).

Por consiguiente las tres cintas ofrecen una visión pesimista y sombría de la llamada conquista del Oeste basada, en realidad, en un odio racial irracional alimentado tras décadas de violencia y venganzas.



Para poner en pie su proyecto, Huston contó con Ben Maddow, excepcional guionista autor del libreto del drama antirracista “Han matado a un hombre blanco” (Clarence Brown, 1949) y con el que ya había colaborado en “La jungla de asfalto” (1950), con la intención de llevar a cabo una adaptación menos conservadora de la novela de Le May, profundizar en los conflictos psicológicos de los personajes, así como humanizar y dignificar a los pieles rojas con el objeto de introducir el mensaje, ausente en la novela, sobre el odio visceral de la sociedad anglosajona hacia estos, mostrándonoslos también, al igual que los blancos, como víctimas de una época y de un territorio en los que la presencia de la muerte era perenne.



Precisamente uno de los aciertos de la película es la forma de abordar la historia por parte de Huston y Maddow. Así, durante gran parte de su metraje parecen ocultarnos la realidad existente en el territorio en donde se desarrollan los acontecimientos al presentarnos a los Zachary en un entorno idílico con su rancho situado al lado de un río y las vacas paciendo despreocupadamente encima del tejado, para a continuación mostrarnos la vida apacible de sus miembros. En este tramo de la película, de tono vitalista y alegre, se suceden las escenas costumbristas, mostrándonos el día a día de los protagonistas: Rachel recoge agua del río;, Mattilda fabrica mantequilla; ambas hornean pan en la cocina; Andy, el menor de los hermanos, manifiesta su deseo de ir a Wichita en donde hay mujeres que “te hablan de tú”; la madre toca el piano, símbolo de refinamiento, civilización y cultura; posteriormente comparten almuerzo junto a los Rawlins, familia con quien pretenden emparentar como forma de progresar económicamente; más tarde se dedican a domar caballos; y por último contemplamos como Charlie Rawlins le pide torpemente a Ben la mano de Rachel.



Pero esta visión aparentemente placentera se irá ensombreciendo con la presencia de un personaje siniestro, Abe Kelsey, conocedor de un terrible secreto existente en el seno de la familia Zachary capaz de demoler los pilares en los que se basa su existencia. Un fantasma del pasado con intención de ajustar cuentas en el presente que provocará la reacción violenta de Ben y Cash intentando darle caza mientras se desata una tormenta de arena que dota a la escena de un tono de irrealidad en consonancia con el aspecto espectral de Abe, quien viste una casaca azul, porta un sable y se presenta como “La espada del Señor. El fuego y la venganza”. 

A partir de este momento la película va adoptando un tono más duro y oscuro hasta culminar en dos de las mejores escenas del filme.



En primer lugar la del velatorio de Charlie en la que Rachel sufrirá en su persona todo el odio hacia los pieles rojas larvado durante décadas en los Rawlins; de tal forma que, rota por el dolor, Hagar, la matriarca quien la conoce desde bebé, la ha visto crecer y aceptaba de forma natural el matrimonio de ésta con su hijo, la echará de su casa “acusándola” de ser una: “¡India asquerosa. India. India kiowa. Piel roja maldita!”. En definitiva, la está condenando por ser diferente, por haber cometido “el pecado” de nacer india. 



La segunda gran escena, desarrollada por la noche a la luz de las antorchas portadas por distintos personajes, es la del frío y brutal linchamiento de Abe tras haber sido atrapado por Johnny Portugal, que culmina con la ruptura definitiva de la familia Zachary con los Rawlins al proponer Zeb desnudar a Rachel como medio para comprobar el verdadero color de su piel; pretensión a la que se opondrá contundentemente Ben.



Ambas secuencias desembocan en el violento tramo final del filme con el largo, cruento y realista asalto de los kiowas al rancho de la familia Zachary inmediatamente después de, por fin, revelar Mattilda a sus vástagos la verdadera identidad de su hija adoptada, acabando con una mentira prolongada durante años pero necesaria para la subsistencia y la aceptación de la familia en su comunidad.



En consonancia con el relato, en el que cuentan con un papel primordial la hipocresía y la falsedad, los personajes principales se se caracterizan por su complejidad psicológica e, incluso, ambigüedad moral; además de estar marcados por un pasado, derivado de un territorio hostil, pesado como una losa.



Ben, al que dio vida de forma enérgica y vitalista Burt Lancaster, tras la trágica muerte de su padre (6) se ha convertido en el cabeza de familia. Se debate entre el cariño que siente como hermana por Rachel y la atracción de naturaleza incestuosa también experimentada hacia ella; sentimiento que intentará negar aunque saldrá a relucir poniendo de manifiesto sus celos al golpear a Johnny Portugal por haber retirado un abrojo del pelo de su hermana, a la que posteriormente recriminará el haber coqueteado con el mestizo, mientras un inocente Andy exclama: “Ben es muy quisquilloso con Rachel”. Sólo al final del filme dejará aflorar sus verdaderos sentimientos dando lugar a dos escenas de un gran lirismo, aquella en la que acaricia tiernamente el rostro de Rachel mientras le susurra: “Mi pequeña, mi pequeña piel roja” y en la que, prácticamente vencidos los Zachary, abraza a sus dos hermanos y al mismo tiempo le da el primer y probablemente último beso a Rachel.



Ben tratará de proteger en todo momento a su familia, por eso no dudará en ordenar a Andy que disparé sobre un indio indefenso provocando el sangriento asalto a su rancho, actitud que choca con la imagen del héroe clásico del wéstern.



En su única incursión en el género Audrey Hepburn está perfecta como Rachel a la que dotó de una imagen a la vez de fortaleza y debilidad. El personaje, sobre el que gira toda la película, sufrirá el rechazo de sus vecinos no por lo que es sino por lo que representa, “por correr sangre impura en sus venas”; personificando los temas planteados por la película tanto sobre el desarraigo como sobre la identidad, lástima que este último se resuelva de forma precipitada (Rachel pasa en muy poco tiempo de pintarse el rostro como una kiowa a disparar sobre su hermano de sangre que tan sólo reclamaba su regreso y no mostraba actitud hostil hacia ella). Enamorada de Ben, aunque también intente disfrazar sus verdaderos sentimientos, no dudará en aceptar la proposición matrimonial de Charlie como medio de encelar a su hermano mayor.



A la veterana Llian Gish le correspondió el papel de Mattilda, la matriarca de los Zachary, una mujer dulce, delicada y culta que sin embargo, atrapada por sus propias mentiras, será capaz de ajusticiar de forma violenta a Abe para defender a su familia y evitar que un terrible secreto, tan sólo conocido por ella, salga a la luz.



El temperalmental Cash estuvo interpretado, en un papel inicialmente previsto para Tony Curtis (7), por un excelente Audie Murphy. Segundo de los vástagos de los Zachary vive atormentado por la muerte del padre, profesando un odio irracional por los pieles rojas a los que es capaz de oler. Tras conocer la verdadera identidad de su hermana abandonará a su familia aunque posteriormente protagonizará una carga suicida vital para la supervivencia de ésta.



Un excelente Joseph Wiseman asumió el rol de Abe Kelsey, inquietante personaje que se comporta como un espectro, un iluminado conocedor de un secreto capaz desmantelar el mundo hasta ese momento apacible de los Zachary. Tomado por loco, en el fondo es una víctima más del tiempo y lugar que le tocó vivir al haber perdido a un hijo raptado por los indios, desgracia de la que culpa al padre de los Zachary buscando vengarse de ellos.



Charles Bickford está perfecto como Zeb Rawlins un hombre aparentemente amigable, razonable, religioso (8) y también víctima de las guerras con los indios al haber perdido la movilidad en sus piernas; pero que, tras el asesinato de su hijo por los kiowas, sacará a relucir su fanatismo, su fiera aversión por los indios y sus prejuicios más irracionales.



Por último, John Saxon interpretó a Johnny Portugal, un mestizo, gran domador de caballos, que ha escogido vivir con los blancos aunque sufre su desprecio. Protagoniza otra gran escena de la película cuando con cuatro equinos que irá montando sucesivamente persigue a Abe hasta darle caza mientras el espectador puede deleitarse escuchando otro gran tema compuesto por Tiomkin.



Quizás “Los que no perdonan” no sea la película concebida por John Huston y tampoco suponga la denuncia contundente de los fanatismos religiosos, étnicos y familiares existentes en la sociedad norteamericana buscada también por el director; pero, a pesar de imperfecciones como la falta de continuidad entre algunas escenas motivada probablemente por los cortes sufridos, es un gran wéstern con escenas impactantes, magistralmente rodadas y difícilmente olvidables.


(1) Huston llegó a afirmar que cuando dirigiera un wésten respetaría todas sus reglas al ser un género con un estilo propio muy pronunciado.

(2) Con anterioridad a la incorporación de James Hill a la productora Harold Hecht y Burt Lancaster produjeron, mediante la Hecht-Lancaster, filmes del nivel de “Apache” y “Veracruz”, ambas dirigidas por Robert Aldrich en 1954, o “Marty” (Delbert Mann, 1955), película por la que Ernest Borgnine obtuvo el Oscar al mejor actor principal. 

(3) Las dificultades surgidas en los rodajes de filmes dirigidos por John Huston son tan legendarias como su persona. Como ejemplos se pueden citar, entre otros, los correspondientes a “La reina de África” (1951), “El bárbaro y la geisha” (1958) o “Vidas rebeldes” (1961). Así, en la primera de las películas todo el equipo enfermó de disentería salvo Humphrey Bogart y el propio Huston que tan sólo bebieron güisqui durante su rodaje, de hecho el actor llegó a afirmar que el director era la única persona conocida que podía beber más alcohol en una tarde que él. Mientras que en “El bárbaro y la geisha” desde el inicio John Wayne se enfrentó a Huston al tener una visión distinta del filme, permitiendo los productores a la estrella remontar el filme y rodar nuevas escena, de tal forma que el director intentó, de manera infructuosa, que no apareciera su nombre en los títulos de créditos. Por último, en “Vidas rebeldes” sufrió a un autodestructivo Monty Clift, con graves problemas de adicción al alcohol y a las drogas y a una depresiva Marilyn, cuyo matrimonio estaba a punto de romperse, con tendencia al abuso de los barbitúricos que solía llegar tarde al set de rodaje e, incluso, estuvo ingresada en un hospital en pleno rodaje durante varias semanas.

(4) La novela fue inicialmente publicada en el Saturday Evening Post como un serial compuesto de seis entregas desde marzo a abril de 1957  con el título provisional de “Kiowa moon”, de hecho en los títulos de crédito hay un plano alusivo a ese título en el que se enfoca una luna llena.

(5) La doctrina del destino manifiesto, muy arraigada en el pensamiento puritano, fue enunciada a principios del siglo XVII por el pastor John Cotton al sostener que: “Ninguna nación tiene el derecho de expulsar a otra, si no es por un designio especial del cielo como el que tuvieron los israelitas, a menos que los nativos obraran injustamente con ella. En este caso tendrán derecho a librar, legalmente, una guerra con ellos y a someterlos”. Y a lo largo del siglo XIX fue desarrollada por varios autores para justificar en la voluntad de Dios la denominada conquista del Oeste y el genocidio perpetrado contra los primigenios habitantes de Norteamérica.

(6) Es muy significativo el epitafio que figura en su tumba, “Murió en defensa de su familia y el ganado”, visto en el inicio de la película; ya que la historia se repetirá y los Zachary estarán obligados a defender su rancho y a su familia con riesgo de perder sus vidas. 

(7) Burt Lancaster trabajó con Tony Curtis en “Trapecio” (Carol Reed, 1956) y “Chantaje en Broadway” (Alexander MacKendrick, 1957), siendo su entendimiento total por lo que fue la primera opción de los productores para interpretar a Cash aunque problemas de agenda impidieron su participación en el filme.

(8) La presencia de la religión es constante en el filme con continuas citas de los Libros Sagrados, mientras que Zeb, tras la muerte de su hijo, se refugiará en la Biblia y más tarde se la ofrecerá a Abe antes de ser linchado.