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miércoles, 6 de junio de 2018

DODGE, CIUDAD SIN LEY

(Dodge City, 1939)

Dirección: Michael Curtiz
Guion: Robert Buckner

Reparto:
- Errol Flynn: Wade Hatton
- Olivia de HavillandAbbie Irving
- Ann SheridanRuby Hilman
- Bruce CabotJeff Surret
- Alan HaleAlgernon “Rusty” Hart
- Frank McHughJoe Clemens
- John LitelMatt Cole
- Henry TraversDr. Irving
- Victor JoryYancey
- William LundinganLee Irving
- Guinn “Big Boy” WilliamsTex Baird
- Gloria HoldenMrs. Cole
- Ward BondBud Taylor
- Russell SimpsonJack Orth

Música: Max Steiner
Productora: Warner Bros. (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 7

“¡Escucha eso. Cantan himnos y ni siquiera es domingo. Ay, esta ciudad se está haciendo tan pura y noble que no hay quien viva en ella!” Tex Baird a Wade Hatton y Algernon “Rusty” Hart tras haber pacificado Dodge City.


1939 es, sin duda, un año esencial para la génesis y la evolución del wéstern como género tal y como lo identificamos en la actualidad.


John Ford con “La diligencia”, un filme adulto con una historia de gran hondura y personajes muy bien construidos con el que el wéstern alcanzó la madurez, no sólo mostró el camino por dónde debían discurrir este tipo de películas para gozar de la misma consideración que otros géneros cinematográficos. Sino que las majors por fin comenzaron a confiar en las películas del Oeste, rescatándolas del papel desempeñado hasta ese momento como complemento del filme principal en las sesiones dobles y apostaron por ellas como cintas de las que se podían obtener pingües beneficios y que, asimismo, podían convertirse en excelentes vehículos para lanzar las carreras de sus estrellas especializadas en películas de acción.


Así dos de los grandes estudios hollywoodienses produjeron ese año costosos wésterns que rivalizaron entre si. La Paramount puso en marcha “Union Pacific”, filme dirigido por Cecil B. De Mille ya reseñado en el blog; mientras que la Warner Bross. se embarcó en “Dodge, ciudad sin ley”. Curiosamente ambos filmes son complementarios al pivotar sobre el ferrocarril como elemento fundamental para la unión, el progreso y el desarrollo de la nación; pero mientras que “Union Pacific” se centra en su construcción, “Dodge, ciudad sin ley” aborda las consecuencias originadas por la misma. De hecho, da la sensación de que “Dodge, ciudad sin ley” arranca justo en el momento en el que finaliza “Union Pacific”, por lo que es recomendable la visión conjunta de ambos wésterns.


ARGUMENTO: Años después de su fundación, junto a la nueva línea de ferrocarril, Dodge City se ha convertido en una urbe controlada por los forajidos. Wade Hatton, un aventurero que participó en la construcción de la línea ferrea, tras asistir a la muerte de un niño decide aceptar el cargo de sheriff para limpiar la ciudad de malechores.


La película de la Warner se centra en un hecho histórico cuya proximidad temporal con la cinta es notable, el nacimiento en 1871 de la ciudad de Dodge City cerca del famoso Camino de Santa Fe; así como en los problemas surgidos en la ciudad por su crecimiento desordenado durante la década siguiente en la que cobró gran importancia la presencia en número creciente de  pistoleros y cowboys atraídos por la riqueza generada por el extraordinario desarrollo de la ganadería durante los años ochenta favorecida, igualmente, por la construcción de las líneas férreas.


Además los hermanos Warner concibieron el filme como una gran superproducción e, incluso, decideron rodarla en color, con el enorme coste adicional que suponía esta elección; y destinaron para su realización a gran parte de los mejores profesionales en la nómina de la productora. El músico Max Steiner que compuso una banda sonora muy pegadiza; el director de fotografía Sol Polito, uno de los técnicos que más contribuyó a la impronta visual de la compañía durante los años treinta y cuarenta; Hal B. Wallis, un productor caracterizado por su minuciosidad y por el férreo control ejercido sobre todas las fases de la realización de cada filme; y, sobre todo, el director Michael Curtiz.


Nacido en Hungría en una familia judia, Curtiz emigró a Hollywood en 1926 contratado por Jack Warner, desarrollando una fructífera carrera en los EEUU durante más de cuarenta años. Su época de máximo esplendor coincidió precisamente con el período en el que estuvo contratado por la Warner Bross. (1926-1954), época en la que se convirtió, junto a Raoul Walsh, en el director de confianza de la compañía (tan sólo en la década de los treinta rodaría cuarenta y cinco películas e intervendría en otras siete aunque sin acreditar). Mundialmente conocido por su obra maestra “Casablanca” (1942), al haber permanecido durante gran parte de su carrera al servicio de una major, y al igual que otros directores como Henry Hathaway o Henry King (ambos asalariados de la 20th Century Fox) o incluso durante años Raoul Walsh, no ha gozado del reconocimento que por su talento merecía.


Igualmente, la importancia que los hermanos Warner dieron a “Dodge, ciudad sin ley” quedó patente en la fastuosa premiere organizada en la propia ciudad de Dodge, para la que se llegaron a alquilar varios aeroplanos y una locomotora del siglo XIX, además de organizarse un multitudinario desfile a la cabeza del cual, montado a caballo, iba Errol Flynn. Definitivamente el wéstern gozaba de la misma consideración que los llamados géneros serios.

Y ¿Qué nos encontramos en esta película?


Ante todo con una cinta espectacular, grandiosa y colorista que ha pasado a la Historia del cine como compendio de los temas, escenas y personajes de este género, y que al mismo tiempo llevaba implícita, como era habitual en las cintas de los hermanos Warner de esa época, cierta crítica social al denunciar los excesos en el proceso de industrialización, simbolizado en el ferrocarril, y la necesidad de su correción; presentando, además, a la prensa como institución fundamental en su labor de denuncia para luchar contra la corrupción, el crimen y los abusos en el ejercicio del poder.


Así nos vamos a encontrar con pistoleros, cazadores de búfalos, ganaderos, sheriffs, coristas, peleas y números musicales en el saloon, tiroteos en las calles, intentos de linchamiento, caravanas, ferrocarriles, estampidas de ganado, ciudades sin ley convertidas en nuevas Babilonias, alusiones a la Guerra de Secesión y a los atropellos cometidos por los blancos con los nativos, etcétera. Situaciones y personajes que en la actualidad pueden parecer tópicos pero que en ese momento abrieron el camino para el desarrollo del género.
De entre la gran cantidad de escenas sobresalientes destacan sobre todo tres en las que Michael Curtiz volvía a demostrar su talento como director:


- La carrera al principio del filme entre la diligencia (símbolo de la tradición) y el tren (representante de la modernidad), que constituye toda una lección de montaje cinematogáfico.


- La pelea en el saloon que termina totalmente destrozado y ha pasado a la Historia del cine como una escena modélica. Incluso la propia Warner la repitió, pero con la utilización de armas de fuego, en “San Antonio” (David Butler, 1945).


- El aparatoso, llamativo y memorable enfrentamiento final en un tren ardiendo y a toda velocidad en el que, curiosamente, Wade no será quien acabe con Surret.


Pero lo que es su máxima virtud también constituye el principal defecto de la película. Es tal la intención de abrumar al público con la sucesión de escenas espectaculares, así como con otras en las que parece pretenderse mostrar el dinero invertido, que la narración se resiente, la cinta en su conjunto resulta dispersa y la historia principal, la pacificación de la ciudad por parte de Wade Hatton y sus fieles compañeros, tarda en arrancar y se resuelve de forma algo precipitada.


Como pareja protagonista la Warner apostó por el dúo más estable del Hollywood clásico. Me refiero a Errol Flynn, gran estrella de las películas de aventuras, y Olivia de Haviland; siendo esta la sexta de sus ocho colaboraciones entre 1935 y 1941, con títulos tan significativos como “El capitán Blood”, “La carga de la Brigada Ligera” y “Robín de los Bosques”, todas ellas dirigidas por Curtiz, o “Murieron con las botas puestas”,ya reseñada en este blog, bajo la batuta de Raoul Walsh.


Flynn exportó al wéstern las características principales de los personajes de sus películas de aventuras como la galanura o simpatía y nos brindó una composición enérgica, dinámica y gallarda como Wade Hutton. Un personaje basado libremente en la figura de Bat Masterson, sheriff del condado a finales de la década de los setenta y que, como Wade, había desempeñado distintos trabajos en la construcción del ferrocarril para, posteriormente, convertirse en cazador de búfalos o conductor de ganado; incluso en la película se insinúa su relación con la prensa escrita (al final de su vida fue periodista deportivo).


Olivia de Havilland repite el papel de enamorada del héroe, aunque como también era habitual al principio ambos personajes parecen incompatibles y su relación no comienza con buen pie. En todo caso, la historia de amor entre ambos adolece de cierta superficialidad y trivialidad.


Junto a ellos, protagonizando las escenas de corte cómico (la introducción de elementos humorísticos en dramas era otro de los sellos de identidad de la Warner), nos encontramos con Alan Hale, compañero habitual de Errol Flynn, y Guinn Williams. Ambos también constituirían una pareja humorística estable a las ordenes de esta major. Y como principal personaje negativo figura Bruce Cabot, amigo personal de Flynn, que interpreta a Jeff Surret, el principal enemigo de Wade, que al igual que el héroe resulta un personaje excesivamente plano, sin aristas y estereotipado. Por último, nos encontramos con Ann Sheridan que apenas puede mostrar su talento como cantante.


“Dodge, ciudad sin ley” puede parecer en la actualidad un filme del Oeste ingenuo y algo simple pero, sin duda, constituyó un hito en la época y fue fundamental para el asentamiento del género; además de inaugurar, prácticamente, un tipo de wéstern de carácter urbanita en el que el protagonista, un hombre íntegro y hábil con el revólver, terminará aceptando el cargo de sheriff de una ciudad con el objeto de acabar con los desmanes existentes.


Como curiosidad comentaros que el filme finaliza con un plano en el que se ve a Hutton-Flynn y de Havilland-Irving viajando hacia Virginia City para pacificarla. De esta forma la Warner estaba anunciando la siguiente película de Errol Flynn titulada precisamente “Virginia City”, en España se tradujo como “Oro, amor y sangre”; aunque Olivia de Havilland fue sustituida por Miriam Hopkins.



miércoles, 23 de mayo de 2018

EL ÁRBOL DEL AHORCADO

(The hanging tree, 1959)

Dirección: Delmer Daves
Guion: Wendell Mayes, Halsted Welles

Reparto:
- Gary Cooper: Dr. Joseph “Doc” Frail
- Maria Schell: Elizabeth Mahler
- Karl Malden: Frenchy Plante
- George C. Scott: George Grubb
- Karl Swenson: Tom Flaunce
- Virginia Gregg: Edna Flaunce
- John Dierkes: Society Red
- King Donovan: Wonder
- Ben Piazza: Rune

Música: Max Steiner
Productora: Baroda, Warner Brothers (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 8

“Todo campamento tiene que tener un árbol para ahorcar. Así infunde respeto”. Un minero al comienzo de la película mientras se nos muestra al doctor Frail llegando al asentamiento y al árbol a través de un picado y un contrapicado.


Gary Cooper fue en todo momento un hombre muy celoso de su carrera cinematográfica y siempre que pudo intentó escoger sus papeles y a sus directores, por lo que no es de extrañar que al final de la misma, cuando nadie osaba discutir su estatus de estrella sobre todo tras la revitalización que supuso su interpretación del sheriff Will Kane con Oscar incluido en la ya reseñada en este blog “Solo ante el peligro”, fundará su propia productora cinematográfica bajo el nombre de Baroda con la que protagonizó sus cuatro últimos filmes. En realidad Baroda Pictures fue su segunda productora tras la efímera vida de la International Pictures creada por el actor en 1944 y con la que interpretó “Casanova Brown” (Sam Wood, 1944) y “El caballero del Oeste” (Stuart Heisler, 1945).



Para su primer proyecto como productor, y dado el grado de satisfacción alcanzado con “El hombre del Oeste”, película de Anthony Mann también con su oportuna reseña en este blog, se embarcó en un nuevo wéstern en esta ocasión basado en una novela corta, apenas cien páginas, de Dorothy M. Johnson, una de las mayores especialistas en relatos del Oeste, cuyos cuentos, entre otros “El hombre que mató a Liberty Valance” o “Un hombre llamado caballo”, suelen figurar entre las recopilaciones de las mejores narraciones sobre el Far-West. (La editorial Valdemar en su colección Frontera ha dedicado dos volúmenes a esta imprescindible autora).



Mientras que para la dirección contrató a un especialista como Delmer Daves, uno de los grandes directores del género durante la década de los cincuenta, conocedor como pocos del mismo y, a la vez, gran renovador. Daves se mostró encantado con poder volver a rodar en plena naturaleza, una de sus grandes especialidades, permitiéndole usar la grúa, en lo que era un experto, y construir el relato a través de numerosas panorámicas, otra de las grandes señas de identidad del director. Sin embargo durante el rodaje cayó enfermo y tuvo que ser sustituido en la dirección por Karl Malden.



ARGUMENTO: Joel Frail, un enigmático doctor, llega al asentamiento minero recién creado de Skull Creek en Montana con el objeto de ofrecer sus servicios a los habitantes. Pronto tendrá que ocuparse de Elizabeth Mahler, una inmigrante que, tras un asalto a la diligencia en la que viajaba, ha perdido momentáneamente la vista. Los recelos y suspicacias de una comunidad falsa, pazguata y puritana no se harán esperar.



Junto con la extraordinaria planificación de las escenas por parte de Daves, “El árbol del ahorcado” se caracteriza por la estupenda construcción de los personajes y el incremento de los elementos melodramáticos, ya presentes en wésterns de Daves como “Flecha rota” (1950), película con su oportuna reseña en este blog, o “Jubal” (1956); de tal forma que el filme que nos ocupa parece anticipar los posteriores trabajos del director bajo el sello de la Warner Brothers, una serie de melodramas al servicio de nuevas estrellas como Troy Donahue o Connie Stevens.



Así, el arco argumental fundamental del filme aborda el triángulo que se establecerá entre el oscuro doctor, su paciente femenina y un joven al que el médico tomará como criado.



Gary Cooper borda el papel del doctor en una época en la que no ocultaba la enfermedad mortal que le estaba devorando, por lo que su aspecto ajado, al igual que le ocurrió en su wéstern inmdediatamente anterior (la ya comentada “El hombre del Oeste”), otorga autenticidad y una cierta vulnerabilidad al personaje interpretado. Además estos rasgos no son los únicos que presentan en común Joseph Frail con Link Jones.



Así ambos son individuos torturados, ambiguos y cuentan con un siniestro pasado que pretenden olvidar e, igualmente, protagonizarán episodios de furia a pesar de intentar controlarlos.

Sin embargo, mientras que Link buscaba su refugio en la seguridad de un pueblo civilizado, con cuyos habitantes pretendía mimetizarse para pasar desapercibido; el doctor Frail huye hacia la última frontera, hacia aquellos territorios sin civilizar con el objeto de romper con su pasado y al mismo tiempo expiar los pecados cometidos en su purgatorio particular representado por el campamento minero; de ahí que en un momento dado afirme: “Estamos aquí quizás porque lo merezcamos”.



Hombre dual, tras curar a Elizabeth luchará entre el afecto creciente que sentirá hacia ella y su rechazo a la posibilidad de enamorarse, intentando ocultar en todo momento sus sentimientos y mostrándose prácticamente como el dueño de las vidas tanto de su paciente como de Rune (en la novela esta actitud está más acentuada al llamar al joven su esclavo). Esta dualidad también se apreciará en su trato con los habitantes del asentamiento. Así se mostrará delicado y sensible con sus pacientes (la prostituta en su lecho de muerte a la que no abandona o la niña con problemas de malnutrición a cuyos padres les cede su vaca), mientras que tratará a Rune, su sirviente, de forma despótica aprovechándose de que es el único que conoce su secreto. Incluso, en otra escena, estará a punto de matar a un hombre sólo por hacerle una insinuación sobre su pasado, lo que hará afirmar a su joven criado: “El brujo no se equivocaba, si usted no es el demonio lo lleva dentro”. Para, asimismo, en otra secuencia ajusticiar a uno de los mineros descargando su colt sobre él una vez que estaba inerme.



Maria Schell, actriz austriáca que el año anterior había protagonizado “Los hermanos Karamazov” y en 1960 sería dirigida por Anthony Mann en “Cimarrón”, da vida a Elizabeth una inmigrante centroeuropea educada, de gran determinación, independiente, decidia y con una gran fortaleza. Mujer emprendedora, se aliará con Frenchy y Rune para explotar una concesión minera, aunque, sin saberlo, contará con la protección y la tutela del doctor.



El tercer vértice lo constituye Rune interpretado por Ben Piazza, actor muy limitado y carente de carisma que fue lanzado como el nuevo Paul Newman. Un joven al que el doctor salva de ser linchado y cura su herida. Se convertirá en el gran aliado de Elizabeth y mantendrá una relación ambigua con el doctor, aunque este, con sus peculiares métodos, conseguirá alejarle del mundo de la delincuencia.



Tres vidas, por tanto, marcadas por una única meta, encontrar su segunda oportunidad. El doctor desea olvidar y comenzar una nueva vida, Elizabeth es el prototipo de la inmigrante europea en busca de la tierra de promisión y Rune, un vagabundo sin oficio ni beneficio, tendrá ante sí la posibilidad de sentar la cabeza y encontrar una “familia”.



El segundo arco argumental del filme, perfectamente ensamblado con el anterior, aborda la relación de los tres personajes principales con su entorno y, en concreto, el choque entre la modernidad, la ciencia, el conocimiento y la razón, en definitiva la evolución de la sociedad representada en la figura del doctor; y la superstición, la magia y la ignorancia, es decir la involución y el continuismo, simbolizados en George Grubb, una especie de curandero-predicador del asentamiento.



Para ello, Daves concibió, a pesar de estar rodado íntegramente en exteriores, un wéstern de atmósfera clautrofóbica presentándonos una sociedad a medio construir en la que la justicia no está regulada por las instituciones y se confunde con el deseo de venganza. Un asentamiento habitado por individuos primarios que se dejan arrastrar por sus instintos más básicos como queda reflejado en la extraordinaria escena de la fiesta salvaje y la posterior en la que, dirigidos por el curandero, los mineros canalizan todo el odio contenido hacia el doctor.



Una sociedad que rechaza al diferente, pazguata, recatada, maledicente, inculta e hipócrita presidida por un único fin, la riqueza. De hecho, el filme es una de los mejores estudios de un wéstern sobre la avaricia y la codicia humanas.

Esta comunidad está representada principalmente por tres individuos.



Frenchy, personaje que cuenta con una memorable presentación y está magníficamente interpretrado por Karl Malden. Es un ser básico, grosero, ignorante, chabacano y de modales toscos, que se revelará como un violador en potencia (la pulsión sexual, al igual que en “El hombre del Oeste”, está muy presente a lo largo de la película).



George Grubb, brillante debut de George C. Scott, es una especie de brujo capaz, según él, de curar con sus manos, que se siente incómodo con la llegada del doctor porque ello supone perder su influencia sobre la población del asentamiento minero que hasta ese momento ha manejado a su antojo. Envidia e, incluso, odia a Frail porque representa todo aquello que el no es y supone un claro peligro a su existencia.



Edna Flaunce, a la que da vida una enorme Virginia Gregg, es la imagen del puritanismo y de la hipocresía de una sociedad tendente a escandalizarse simplemente por el establecimiento en el pueblo de individuos más abiertos, tolerantes y con costumbres diferentes. Personaje que contrasta con la presencia perenne de las “coristas” que alegran la vida de los mineros.



A pesar de carecer algunas escenas de la intensidad requerida, quizás por la sustitución del director, “El árbol del ahorcado” es un brillante colofón a la filmografía wéstern de Delmer Daves; finalizando, además, con una soberbia escena en la que se pone de manifiesto la barbarie y avaricia del ser humano y culminando con un último plano inolvidable y de belleza arrebatadora que muestra, en una tarde nublada, a los tres protagonistas a contraluz sobre una carreta situada al lado del árbol del ahorcado mientras se escucha el gran tema principal cantado por Frankie Lane.



Asimismo, supuso prácticamente la despedida de este género, tan sólo rodaría el híbrido “Llegaron a Cordura” (Robert Rossen, 1959), de Gary Cooper. Un actor irrepetible, de raza, de aquellos que se enfrentaban a los papeles con la única arma de su personalidad y que siempre siguió el consejo que le dieron los directores cuando llegó a Hollywood: “Al interpretar procura ser tú mismo”. Por eso, cuando alguna vez fue injustamente menospreciado por algún crítico miope al censurarle el hecho de que siempre se interpretase a sí mismo, no dudaba en responder: “Cuando dicen que me interpreto a mí mismo, no saben lo difícil que es ser como yo”. Gary Cooper, el caballero del Oeste.




jueves, 18 de enero de 2018

CERCO DE FUEGO

(Rocky Mountain, 1950)

Dirección: William Kieghley
Guion: Winston Miller y Alan LeMay

Reparto:
- Errol Flynn: Captain Lafe Barstow
- Patrice Wymore: Johanna Carter
- Scott Forbes: Lt. Rickey
- Guinn “Big Boy” Williams: Pap Dennison
- Dickie Jones: Jim Wheat
- Howard Petrie: Cole Smith
- Slim Pickens: Plank
- Chuby Johnson: Gil Craigie
- Yakima Cannut: Trooper Ryan
  
Música: Max Steiner
Productora: Warner Bross (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 7

"Estáis intentando formar un ejército, pero no tenéis tiempo de reagrupar un pelotón” (Cole Smith al capitán Barstow) 

“Cerco de fuego” fue el último wéstern de Errol Flynn y constituye una rareza respecto a la mayoría de los filmes de este género protagonizados por el actor en el seno de la Warner Bross. Así películas como “Dodge ciudad sin ley” (Michael Curtiz, 1939), “San Antonio” (David Butler, 1945) o “Montana” (Ray Enright, 1950) son producciones con un sello propio fácilmente reconocible caracterizadas por su tono vitalista, por su gran presupuesto, por la utilización del Technicolor y por la importancia de los espacios urbanos.



Sin embargo con “Cerco de fuego”, gracias a un sólido guion de Winston Miller (“Pasión de los fuertes”) y Alan LeMay (autor de las novelas “Centauros del desierto” y “Los que no perdonan”), nos encontramos con un wéstern de tono sombrío acentuado por la excelente fotografía en blanco y negro de Ted McCord; además de haber sido rodado en exteriores en su totalidad y de contar con un escaso presupuesto.



La dirección fue encomendada a William Kieghley, hombre de confianza de la productora, tan correcto como impersonal, y con una extensa filmografía en la que destacan títulos como “Balas o votos” (1936), “Robín de los bosques” (1938) en la que fue sustituido por Michael Curtiz, “Muero cada amanecer” (1939), “La calle sin nombre” (1948) una de sus mejores películas curiosamente realizada para la Twentieth Century Fox, o “El señor de Ballantry” que le volvió a reunir con Flynn.

En esta ocasión filmó un wéstern al más puro estilo de Raoul Walsh (en nómina en la Warner Bross desde 1939 a 1953) en el que confluyen dos de las características de su cine: la pasión por la aventura y el gusto por la tragedia.



ARGUMENTO: Un mes antes de acabar la Guerra de Secesión el capitán Lafe Barstow, al mando de un pelotón de siete hombres,  recibe la orden de internarse en territorio enemigo e intentar reclutar un ejército en California. La misión se complicará tras salvar de un ataque indio al conductor de la diligencia y a una mujer, Johanna Carter, novia de un teniente yanqui al que posteriormente apresarán junto a tres de sus hombres y a otros tres guías indios.



La película cuenta con un prólogo desarrollado en época actual en el que a través de una placa conmemorativa se pone en antecedentes al espectador de los acontecimientos narrados en el filme. Ya desde ese mismo instante el director parece prevenirnos de que vamos a asistir a la historia de un fracaso, máxime teniendo en cuenta que los acontecimientos narrados, el intento desesperado del Sur por crear un ejército en la retaguardia de las fuerzas de la Unión con el objetivo de retrasar el fin de la guerra, tuvieron lugar en marzo de 1865 y la paz se firmó en abril de ese mismo año.



Sensación de fracaso acentuada en la siguiente escena en la que la voz en off del capitán Barstow afirma: “Nuestra misión era imposible pero debíamos seguir adelante. Sabíamos que estábamos viviendo los últimos días de nuestra causa”.



Así, desde el primer momento, el filme adquiere un tono pesimista y melancólico al presentarnos a un grupo de individuos embarcados en una misión imposible. Además, a lo largo de la película los protagonistas encontrarán obstáculos que entorpecerán aún más el cumplimiento de sus objetivos, acentuando el carácter fatalista de la historia. Son, en definitiva, personajes que se verán arrastrados por una serie de acontecimientos concatenados, debiendo el grupo ir improvisando sus decisiones, hasta llegar al dramático desenlace, una vez conocido el fracaso de su misión, en el que, atrapados en las montañas por los indios shoshones y el ejército de la Unión que ha sido alertado por el prometido de Johanna, decidirán servir de señuelo con una maniobra de distracción para facilitar la huida de sus rehenes.



Película reflexiva, se desarrolla durante tres días y dos noches con las montañas como escenario, consiguiendo el director, a pesar de estar rodada en espacios naturales, una atmósfera opresiva.



En ese período iremos conociendo a los distintos miembros del grupo de entre los que destaca, lógicamente, el capitán Barstow en una inusual y gran interpretación del actor australiano alejada del vitalismo y dinamismo acostumbrados y de su eterna sonrisa. Aquí nos ofrece un registro más grave que, junto a su aspecto algo avejentado por los excesos cometidos con el alcohol y las drogas, se adecúa a su personaje, un hombre de honor desengañado y maltratado emocionalmente por la guerra al haber perdido a su mujer; pero empeñado en cumplir su misión a pesar de saber la inutilidad de esta y capaz de llevar a cabo un último acto heroico.



“Cerco de fuego” es, por tanto, un wéstern maduro, amargo y complejo, con escenas inolvidables como la correspondiente a la carga suicida final o la relativa al homenaje que el escuadrón de la Unión rinde a este puñado de valientes; además de suponer la más que digna despedida de este género de un actor mítico: Errol Flynn.



Como anécdota comentaros que durante el rodaje Errol Flynn y Patrice Wymore se enamoraron y contrajeron matrimonio pocos meses después en Mónaco. El matrimonio duró hasta la muerte del actor en 1959.