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jueves, 15 de febrero de 2018

UNA BALA SIN NOMBRE

(No name on the bullet, 1959)

Dirección: Jack Arnold
Guion: Gene L. Con y Howard Amacker

Reparto:
- Audie Murphy: John Gant
- Charles Drake: Luke Canfield
- Joan Evans: Anne Benson
- Virgina Grey: Rosseane Fraden
- Warren Stevens: Lou Fraden
- R. G. Armstrong: Asa Canfield
- Willis Bouchey: Buck Hastings
- Karl Swenson: Stricker
- Whit Bissell: Pierce

Música: Herman Stein e Irving Gertz (sin acreditar)
Productora: Universal International Pictures (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 7

“La carga más pesada es la culpabilidad, contra ella no puede hacerse nada”. Conversación entre Asa Canfield y el sheriff Buck Hastings.



Visita de nuevo este blog, tras “Muerte al atardecer” (1956), Jack Arnold, director relegado a producciones modestas pese a su gran talento y su enorme capacidad narrativa. Sin embargo este hecho no le impidió sobresalir en la década de los cincuenta, fundamentalmente en el género de la ciencia-ficción, con películas como la mítica “El increíble hombre menguante” (1957).



Por lo que se refiere a “Una bala sin nombre”, cabe señalar que sin duda está al nivel de sus mejores cintas y supone su wéstern más logrado. No obstante, y a pesar de los evidentes méritos del filme, Jack Arnold tras finalizar esta película tuvo que refugiarse en la televisión, rodando tan sólo para la pantalla grande en los siguientes veinticinco años dos comedias insustanciales al servicio del actor Bob Hope.



En todo caso, estamos ante uno de sus proyectos más personales, en el que se implicó no sólo como director sino también como productor, que puede entenderse como una especie de spin off de la mencionada “Muerte al atardecer”, al darle todo el protagonismo en este filme a un personaje similar pero con un rol secundario en el wéstern de 1956, el pistolero Chet Swan brillantemente interpretado por Grant Williams. Las semejanzas entre ambos personajes son evidentes; así John Gant, como Chet Swan, es un joven asesino a sueldo de rostro angelical, vestido completamente de color negro y se sirve de una artimaña para evitar problemas con la justicia, provocar al hombre que va a matar con el objeto de que desenfunde primero y eludir, de esta forma, la posible acusación de asesinato (idea retomada en numerosos filmes como, por ejemplo, “El gran silencio”, un euro wéstern dirigido en 1968 por Sergio Corbucci). No obstante si algo diferencia a un personaje del otro es que Gant carece de los rasgos psicóticos de Chet; es un hombre consciente de su condición y convencido de prestar un servicio a la sociedad al acabar con aquellos que se lo merecen.



Para interpretar a este personaje se escogió a Audie Murphy, una de las grandes estrellas del wéstern de serie b durante las dos décadas en las que estuvo ligado a la Universal, compañía especializada en este tipo de producciones. Héroe de guerra, fue el soldado más condecorado durante la II Guerra Mundial, y ejemplo de hombre hecho a sí mismo, era un actor muy querido en los EEUU. En esta ocasión ofreció un buen rendimiento como Gant, uno de sus personajes más complejos, a pesar de que por su rostro aniñado y aspecto frágil no parecía la opción adecuada para interpretar a un homicida con un poder casi absoluto sobre la vida y la muerte.


ARGUMENTO: Con la llegada a la ciudad de Lordsburg de John Gant, un afamado asesino a sueldo, se romperá la paz del lugar al no saber sus habitantes quién será el destinatario de las balas del pistolero.



En la película el director reflexiona sobre el sentimiento de culpa, ofreciéndonos una visión pesimista del ser humano. Para ello sitúa la acción en un pueblo habitado por ciudadanos aparentemente intachables, pero cuyas fachadas se desmoronarán con la llegada del pistolero. De esta forma, ya desde las primeras escenas el director nos muestra como la sola presencia del asesino a sueldo, cual ángel vengador, actuará como un catalizador de los recuerdos más oscuros de los ciudadanos, enfrentándoles tanto con sus miserias como con sus pecados; y provocando en última instancia respuestas violentas.



Veremos por ejemplo reaccionar a Pierce, el banquero del lugar, y Stricker, uno de los mayores propietarios del pueblo, al pensar que son el objeto del pistolero por un asunto turbio en la adquisición de una mina; mientras que el dueño de esta creerá que son estos los que han contratado a Gant para acabar con él. El resultado, tras la drástica y trágica decisión de Pierce, será el enfrentamiento mortal entre ambos. Incluso anteriormente Striker junto a Dutch, otro de los prohombres del pueblo, había convencido a la mayoría de los habitantes para acompañarle con el objeto de linchar a Gant. Brillante escena en la que Arnold aborda el tema, en clara referencia crítica al macartismo, de la manipulación de las masas a través de mensajes directos y sencillos que crean un sentimiento paranoico en la población.



A su vez una pareja de amantes (Rosseana y Lou) pensará que es el marido de ella quien ha contratado a Gant para castigarlos, y Lou terminará poniéndose en ridículo al ser incapaz en el último momento de retar al asesino; mientras que el juez, representante de uno de los pilares de la sociedad, comenzará a sospechar que las balas de John tienen marcado su nombre por un reprobable asunto ocurrido en el pasado.





Como contraste con la mayoría de los hipócritas y egoístas habitantes del pueblo nos encontramos con el honrado sheriff del lugar (el fordiano Willis Bouchey) que no obstante será tentado para arrestar a Gant utilizando una triquiñuela legal; Asa, el herrero (interpretado por el habitual en el cine de Peckinpah R. G. Armstrong);  y, sobre todo, el humanista hijo de este, además de ser el médico del lugar, Luke (convincentemente interpretado por Charles Drake), un hombre caracterizado, frente a tanta falsedad, por su rectitud y por su sinceridad. Por lo que no es de extrañar que entre el doctor y John Gant, ambos personajes contrapuestos pero decididamente francos y honestos, comience a fraguarse una relación basada en el respeto y la franqueza.



Respecto a la misma cobran importancia dos escenas, una de ellas jugando al ajedrez que rinde homenaje a “El séptimo sello” (Ingmar Bergman, 1957), en las que Gant conversará con Luke transmitiéndole su filosofía de vida; así, mientras que el doctor arranca las enfermedades de los cuerpos de sus pacientes para sanarles, el acaba con aquellos individuos que corrompen a la sociedad y por tanto, en el fondo, vela por la salud de esta.



La relación de ambos culminará en un sobresaliente y paradójico final, la segunda escena a la que me refería, con uno de los duelos más originales que he visto en un wéstern junto con el de “Terror en una ciudad de Texas” (Joseph H. Lewis, 1958). Luke, representante del hombre civilizado y contrario a usar la violencia, se enfrentará al pistolero como consecuencia del fallecimiento de un individuo del que John no es culpable; y mientras que el forajido no será capaz de matar a su oponente, el doctor condenará al asesino a una muerte segura.



Filme muy superior a la media de los wésterns de serie b, “Una bala sin nombre” se configura como un wéstern singular con tintes metafísicos y brillantemente dirigido por Jack Arnold que supo dotar a la película de un suspense in crescendo hasta culminar en su inolvidable y sobrecogedor final.



Como curiosidad comentaros que en una escena en el salón aparece Bob Steele, uno de los vaqueros más famosos durante treinta años y reconvertido en actor de carácter a partir de la década de los cincuenta. 

jueves, 8 de febrero de 2018

DESAFÍO EN LA CIUDAD MUERTA

(The law and Jake Wade, 1958)

Dirección: John Sturges
Guion: William Bowers

Reparto:
- Robert Taylor: Jake Wade
- Richard Widmark: Clint Hollister
- Patricia Owens: Peggy
- Robert Midleton: Ortero
- Henry Silva: Rennie
- De Forest Kelly: Wexler
- Burt Douglas: Teniente
- Eddie Firestone: Burke

Música: Fred Steiner
Productora: Metro Goldwyn Mayer (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 7’5.

“¿Qué era lo que solíamos decirle, Jake? Solíamos decirle…Ah sí, sí. Le decíamos, Wexler puedes matar a quien te dé la gana porque este es un país libre. Pero si lo haces con odio lo único que acabarás es con la bilis revuelta” (Clint conversando con Jake acerca de la actitud mostrada por Wexler).


Cuando recordamos a Robert Taylor, rebautizado como “el hombre del perfil perfecto”, la imagen que tenemos de él es la del galán en numerosos melodramas de la década de los treinta (“Sublime obsesión” de John M. Stall es un claro ejemplo) o la de espadachín y caballero medieval en las maravillosas películas de aventuras producidas por la Metro Goldwyn Mayer dos décadas después. No en vano, era el rival natural en este género de Tyrone Power, incluido en la nómina de la Twentieh Century Fox, y ambos los sucesores de un prematuramente avejentado Errol Flynn, cuyos mejores filmes de aventuras los protagonizó mientras le duró su contrato con la Warner Brothers.



Sin embargo, Taylor protagonizó, sobre todo durante la década de los cincuenta, una serie de wésterns muy interesantes en los que nos ofreció un notable cambio de registro, abandonando su eterna sonrisa y mostrándonos un perfil más duro. Así fue, sucesivamente, un indio despojado injustamente de sus propiedades en “La puerta del diablo” (Anthony Mann, 1950), un misógino conductor de caravanas en “Caravana de mujeres” (William Wellman, 1951), un fuera de la ley arrepentido en “Una vida por otra” (John Farrow, 1953), un cazador psicópata y racista, uno de sus papeles más oscuros, en “La última caza” (Richard Brooks, 1956), un ranchero enfrentado fatalmente a su hermano en “Más rápido que el viento” (Robert Parrish, 1958), el sheriff, antiguo forajido, en la película objeto de esta reseña o el inflexible hombre de la ley en “El justiciero” (Michael Curtiz, 1959). Películas que, si bien no suelen aparecer en las listas relativas a los mejores wésterns, si constituyen un corpus cinematográfico envidiable en este género.



ARGUMENTO: Jake Wade, un exforajido, salva a Clin Hollister, antiguo camarada, de la horca. Tras separarse, Clint lo localizará y con su banda lo secuestrará junto a su novia para que le guíe al lugar en donde enterró un botín de veinte mil dólares. En el intento de recuperar el producto de su robo el grupo deberá hacer frente no solo a la tensión surgida durante el viaje, sino también a una partida de indios comanches en pie de guerra.



Nos visita de nuevo en este blog John Sturges. En esta ocasión con un filme rodado entre dos de sus wésterns de mayor éxito, “Duelo de titanes” (1957) y “El último tren de Gun Hill” (1959) con el que esta película presenta ciertos elementos en común al enfrentar a dos viejos camaradas.



La historia, no demasiado original, está estructurada en tres partes claramente diferenciadas:



La introducción, con el rescate de Clint por parte de Jake, saldando de este modo una antigua deuda. Para a continuación sorprender la película al espectador al mostrárnoslo como el marshall de otro pueblo. Este tramo finalizaría con el secuestro del sheriff y de su prometida por parte de la banda de Clint.



La parte central, en la que se desarrolla el viaje hacia el pueblo fantasma en donde enterró Jake el botín. Constituye un tramo fundamental para ir conociendo el carácter de los principales personajes y sus relaciones; y se caracteriza por la búsqueda por parte de Jake de las fisuras en el grupo que le permitan huir. Al estar rodada en exteriores (en concreto en el Parque Nacional del Valle de la Muerte) destaca el inmenso trabajo del gran director de fotografía Robert Surtees (con tres Oscars y dieciséis nominaciones).



El desenlace en la ciudad fantasma. Esta parte se caracteriza básicamente por el incremento de las escenas de acción con, primero, el ataque de los comanches sufrido por el grupo protagonista en el pueblo fantasma, muy bien rodado por Sturges y en el que destaca una escena en el interior del saloon iluminado como si estuviéramos contemplado una película de terror, y, en segundo lugar, con el anunciado y anhelado duelo protagonizado por los dos excamaradas.



Por tanto, nos encontramos con un filme protagonizado por bandidos u hombres de pasado oscuro en el que cobra una gran importancia como escenario principal un pueblo abandonado; pudiéndose rastrear la huella en esta película de, no sólo, un título tan significativo como “Cielo amarillo” (William Wellman, 1948), filme reseñado y también coprotagonizado por Richard Widmark, sino también de otras propuestas más modestas pero no carentes de interés como son “Emboscada en Tomahawk Gap” (Fred F. Sears, 1953) o “Quantez” (Harry Keller, 1957).



Curiosamente, además, el personaje principal presenta grandes semejanzas con el de “El hombre del Oeste”, otra producción de 1958 dirigida en esta ocasión por Anthony Mann. Efectivamente, tanto Jake como Link Jones son exdelincuentes aparentemente reinsertados que han logrado ganarse el respeto, la confianza y la amistad de los vecinos de su comunidad pero a los que visitará su pasado encarnado en sus antiguos compañeros, y ambos tan sólo contarán con una salida como medio para olvidar definitivamente a este: eliminar el último eslabón que les une a él, sus antiguos socios.

De esta forma la película se desarrolla a través de dos grandes ejes temáticos. Por una parte, el peso del pasado y las dificultades para reinsertarse en la sociedad y rehacer sus vidas por parte de antiguos delincuentes. Y por otra, el tema de la amistad, más concretamente el de la traición a esa amistad.



Así, Jack Wade, un Robert Taylor en una actuación muy sobria y quizás demasiado contenida por lo que bordea la rigidez, es un antiguo forajido que tras un hecho terrible (en el último asalto a un banco mató accidentalmente a un niño) decide abandonar esa vida. Nos lo encontramos perfectamente integrado en su nueva ciudad ocupando el puesto de marshall e, incluso, está prometido con una joven adinerada. Pero la llegada de sus antiguos compinches le devolverá a aquella época de su existencia que pretende olvidar, convirtiéndose esta en una pesadilla. Mientras que Clint Hollister, un Richard Widmark dando vida a uno más de sus inolvidables villanos, encarna el dolor de quien ha sido traicionado por aquel en quien más confiaba y al que más apreciaba. Su resentimiento con Jake no se debe tanto al hecho de que se llevara los veinte mil dólares del botín como a la forma de hacerlo por parte del ahora sheriff. De hecho son constantes los reproches de este a Jake. De esta forma le comentará: “Lo que sé es que si hubieras tenido honor no hubieras abandonado a un amigo”; más tarde confesará a Peggy delante de él: “Necesite una semana para comprender que había huido de mí”; y, por último, le preguntará: “¿Por qué no fuiste a decirme con sinceridad, Clint yo me retiro? ¿Por qué no lo hiciste?” Incluso son tales los sentimientos albergados hacia Jake que dudará en el instante final del duelo.



Ese concepto de la amistad lleva al espectador a simpatizar con él a pesar de ser un individuo vengativo, extremadamente cínico, violento y misógino (para él las mujeres son un estorbo y las llega a comparar con una pierna rota). Dicha misoginia, junto a su resentimiento hacia Jake y algunas frases citadas por miembros del grupo como, por ejemplo, que su ex-camarada era la persona a la que más había querido, ha dado pie para que determinados críticos hayan advertido la existencia de una relación de tipo homosexual entre ambos.




En todo caso, es un personaje más atractivo que el honrado, digno y ahora integro sheriff; y sin duda la grandísima actuación de Richard Widmark lo convierte en el gran protagonista de la película, eclipsando al resto del reparto compuesto por Patricia Owens como Peggy, un papel poco interesante y totalmente prescindible; un siempre eficaz Robert Middleton dando vida a Ortero, un miembro de la banda que se debatirá entre su lealtad a Clint y el recuerdo de su viaje amistad con Jake; Henry Silva, una especie de clon de Jack Palance, al que le tocó en suerte Rennie un pistolero psicópata con una niñez traumática, personaje muy apropiado a su físico que ya había interpretado un año antes en “Los cautivos” (Budd Boetticher); y De Forest Kelly, antes de hacerse famoso como el Doctor McCoy en Star Trek, encarnando al impulsivo Wexler.



“Desafío en la ciudad muerta” es, en definitiva, un notable wéstern brillantemente dirigido por un gran especialista como John Sturges que, aunque no tan redondo como “Duelo de titanes” (1957) ni tan popular como “Los siete magníficos” (1959), ambas objeto de reseña, ocupa un lugar destacado en este género.



Como curiosidad comentaros que el compositor contratado era Bronislau Kaper, pero en ese momento los músicos de Hollywood se pusieron en huelga y, al parecer, tuvieron que utilizar temas procedentes de otros filmes para completar la banda sonora de este.




jueves, 1 de febrero de 2018

REBELDES EN LA CIUDAD

(Rebel in town, 1956)

Dirección: Alfred L. Werker
Guion: Danny Arnold

Reparto:
John Payne: John Willoughby
Ruth Roman: Nora Willoughby
J. Carrol Naish: Bedloe Mason
Ben Cooper: Gray Mason
John Smith: Wesley Mason
Ben Johnson: Frank Mason
James Griffith: Marshall Adam Russell
Mary Adams: Grandma Ackstadt
Boby Clark: Peter Willoughby

Música: Lex Baster
Productora: Bel-Air (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 7

"Lo que unos hombres hacen por ira o por miedo a los hijos de otros hombres. Esa es la tragedia del mundo” (Bedloe Mason dirigiéndose a John Willoughby una vez se ha consumado el drama).


Mi pasión por este género me lleva a intentar adquirir los wésterns editados en España a pesar de, en muchas ocasiones, no conocerlos. El resultado, generalmente, es la compra de películas tan agradables de ver como tópicas y fáciles de olvidar. Sin embargo, de vez en cuando topo con alguna de la que no tenía referencias que supone un grato descubrimiento. “Rebeldes en la ciudad” forma parte de esta categoría.



Estamos ante una producción de la Bel-Air, compañía creada por Howard W. Koch junto a Harvey Schenk y Edwin B. Zabel, especializada durante la década de los cincuenta en wésterns de serie b dirigidos, en la mayoría de los casos, por el estajanovista Lesley Selander.

En todo caso el filme se sitúa por encima, no sólo de los wésterns de la citada compañía, sino de la mayoría de las películas del oeste de serie b gracias a un inteligente guion de Danny Arnold, una inspirada dirección de Alfred L. Werker, competentes actuaciones de los principales actores y un acertado tema principal compuesto por Lex Baster que, como ocurría en “Solo ante el peligro” (película, ya reseñada en este blog, dirigida por Fred Zinneman en 1952) nos sirve como introducción a la tragedia a la que asistiremos.



ARGUMENTO: Wesley Mason, miembro de un grupo de exconfederados devenido en fuera de la ley, dispara accidentalmente al hijo del matrimonio Willoughby causándole la muerte. Tras huir, la situación se complicará cuando un malherido Gray Mason recale en el rancho del matrimonio siendo reconocido por Nora Willoughby que, no obstante, se prestará a cuidarlo; mientras que su marido intentará sonsacarle información con la finalidad de descubrir la identidad del asesino de su hijo.

El filme se estructura en torno a la historia de dos familias maltratadas por la Guerra de Secesión estadounidense.



Por una parte nos encontramos con los Willoughby (John, Nora y Peter), retratados a través de la escena inicial como la típica familia feliz pero sólo en apariencia. Así inmediatamente después y de forma lúcida el director se centra en los aspectos más oscuros de la misma, mostrándonos sucesivamente al chico de apenas ocho años jugando, sobre un caballo y con el sable de su padre, a descabezar sudistas; a los progenitores discutiendo sobre la inadecuada educación dada a su hijo; y al padre transmitiendo sus obsesiones en relación con la Guerra Civil y el odio a los rebeldes a su vástago. El director y el guionista nos están preparando para la escena de la muerte de Peter, en la que tendrá tanta responsabilidad el hombre que le dispara como el padre, al haberle inculcado este tanto su animadversión hacia los confederados, como su fascinación por las armas. En definitiva, las obsesiones y la inconsciencia del progenitor han llevado a su hijo a la muerte.



Por otra parte tenemos al clan de los Mason, compuesto por el padre Bedloe y sus hijos Gray, Frank y Cain, además de Wesley, descendiente de un amigo muerto de Bedloe al que este ha adoptado. Pertenecientes a la aristocracia de Alabama, son exsoldados convertidos en bandidos al haber perdido durante el conflicto bélico sus haciendas, sus plantaciones e, incluso, su posición; por lo que han encontrado en el mundo marginal de la delincuencia la única forma de poder subsistir en una sociedad incapaz de olvidar los sufrimientos de una guerra reciente y de tanta crueldad. No obstante, el jefe del clan intentará mantener en todo momento la dignidad. Así Bedloe afirmará: “Por desgracia tenemos que vivir como bandidos pero no obrar como ellos”. Curiosamente, no es difícil reconocer tanto en los personajes de Bedloe y Wesley como en la relación que mantienen un claro antecedente de Rufus Hannassey y su hijo Buck en la afamada “Horizontes de grandeza” (William Wyler, 1958).



A través de ambas familias se sugieren cuestiones como el olvido, la reconciliación e, incluso, el necesario perdón en determinadas ocasiones. Junto a estos temas, la película en su tramo final aborda otro no menos importante: la violencia latente en la sociedad norteamericana, al describirnos cómo se transforma una población aparentemente pacífica en un grupo descontrolado tendente a tomarse la justicia por su mano, al confundir esta con la venganza para calmar su sed de sangre. Así, como también relataría magníficamente Arthur Penn en “La jauría humana” (1966) de la que esta película se rebela como un claro antecedente, ante nuestros ojos un pueblo apacible se convertirá en un verdadero infierno.



Alfred Werker, un sólido director encuadrado dentro del cine de bajo presupuesto y en cuya filmografía, plagada de wésterns y noirs, destacan “Orden: caza sin cuartel” codirigida en 1948 por Anthony Mann o “Cargamento blindado”, una apreciable mixtura entre noir, cine bélico y de aventuras, acierta al adoptar una mirada fría sobre los hechos narrados sin enfatizarlos ni juzgarlos, sino tan sólo mostrándolos. De esta forma obtiene un filme seco y duro que impacta por el realismo de las escasas escenas violentas caracterizadas por su crudeza, como la de la muerte del hijo de John y Nora, la pelea entre John y Ben (escena magistral por la tensión in crescendo creada, en la que juega un papel protagonista un hacha situado en primer plano) o el posterior intento de linchamiento de Ben.

El último pilar sobre el que se sostiene la película es el inspirado elenco actoral.



Un más que correcto John Payne da vida a John, un hombre desagradable obsesionado con capturar y matar rebeldes, no importándole para ello abandonar periódicamente a su mujer. Representante de aquellos individuos que identifican virilidad con violencia, a pesar de la oposición de su esposa inculca a su vástago unos valores basados en los códigos militares inapropiados para un niño de tan corta edad. Tras la muerte de Pete, ni las recomendaciones del Marshall, ni las súplicas de su mujer le harán rectificar su intención de vengarse del asesino. Venganza en la que, me pareció, revisten un papel importante sus remordimientos.



Ruth Roman se muestra muy convincente como Nora, una mujer infeliz por el cambio en el comportamiento de su marido tras la Guerra Civil. Personaje lúcido y cuerdo entre tanta locura, mostrará toda la capacidad del ser humano para perdonar y olvidar con la finalidad de poder seguir viviendo. Incluso en los instantes finales amenazará a su marido con abandonarlo si no para a la población en sus ansias destructivas, llegando a decirle: “Si no sales a impedir que la pandilla de salvajes cometa por ti ese crimen, no vuelvas a acordarte de que existo si quiera”.



J. Carrol Naish hace una composición inolvidable como Bedloe, el jefe del grupo de forajidos y padre de sus miembros. Persona de gran lógica y raciocinio, tiene un estricto código ético y representa el drama vivido por muchos confederados tras la guerra al haberse quedado sin nada, situación que lo atormenta. De hecho le comentará a Ben: “Cuantas veces me he preguntado por qué razón nosotros, los Mason, habríamos venido a parar a esto. A robar para poder comer, sin hogar y por todo techo las estrellas del cielo. No hallé respuesta”. Hombre profundamente democrático, somete las decisiones que puedan afectar al grupo a la votación de los todos los componentes del mismo, a pesar de haber establecido, igualmente, una férrea jerarquía. Se trata de un individuo tolerante y comprensivo con las debilidades humanas y, por tanto, en la antítesis del estricto John.



El resto del reparto está compuesto por caras habituales de este género: Ben Cooper, dos años después de haber rodado “Johnny Guitar” (filme ya reseñado), Ben Johnson (habitual en las películas de Ford y Peckinpah) o James Griffith, al que pudimos ver en la también reseñada “Tambores apaches” (Hugo Fregonese, 1951).



“Rebeldes en la ciudad” es un recomendable wéstern, de tan solo ochenta minutos y profundamente sombrío, sobre cómo las circunstancias pueden determinar la conducta y personalidad de los hombres y hasta qué punto está difuminada la línea que separa el bien del mal.


jueves, 25 de enero de 2018

ODIO CONTRA ODIO

(The Halliday brand, 1957)

Dirección: Joseph H. Lewis
Guion: George W. George, George F. Slavin

Reparto:
- Joseph Cotten: Daniel Halliday
- Viveca Lindfords: Aleta Burris
- Betsy Blair: Martha Halliday
- Ward Bond: Big Dan Halliday
- Bill Williams: Clay Halliday
- Jay C. Flippen: Chad Burris
- Christopher Dark: Jivaro Burris
- Jeannette Nolan: Nante
- Peter Ortiz: Manuel

Música: Stanley Wilson
Productora: Collier Young Production (USA). Distribuida por la United Artits

Por Jesús Cendón. NOTA: 7

“Yo levanté este pueblo desde sus ruinas. Lo hice con mano dura y así he actuado como sheriff. Es el único modo que conozco. Tal vez mandé matar a algún inocente pero tuve que hacerlo. Esas cosas suceden. Tienes que entender que es por el bien de todos” (Big Dan Halliday a su hijo Daniel delante de su hija, Martha, y del cadáver de Jivaro, prometido de esta).



Joseph H. Lewis es un director caído en el olvido que afortunadamente está siendo reivindicado en la actualidad, especialmente por sus incursiones en el thriller y en el cine negro con títulos tan atractivos como “Mi nombre es Julia Ross” (1945), “Relato criminal” (1949) y, sobre todo, las excelentes “El demonio de las armas” (1950) y “Agente especial” (“The Big Combo”,1955).



Su aportación al wéstern, sin llegar al nivel de sus noir, no carece de interés; siendo sin duda “Odio contra odio” su propuesta en este género más personal, atractiva y conseguida en la que se aprecia su rica experiencia en el cine negro tanto desde el punto de vista estético, con una fotografía caracterizada por los acentuados contrastes de la iluminación, como desde el punto de vista argumental, al cobrar gran importancia temas recurrentes en el citado género como la fatalidad y el peso del destino.



ARGUMENTO: Big Dan Halliday, ganadero y sheriff de una población fronteriza, se comporta de forma despótica como dueño y señor de haciendas y personas. Padre de tres hijos, la tragedia estallará en la familia tras haber permitido el linchamiento del prometido mestizo de su hija.



La película es un claro ejemplo del grado de madurez alcanzado por el wéstern en la década de los años cincuenta, con la proliferación de argumentos cada vez más complejos, y se incluye dentro de lo que podríamos denominar wésterns sobre dramas familiares, cuyas historias se centran en los conflictos surgidos en el interior de una familia de grandes terratenientes en la que, generalmente, el progenitor mantiene una actitud tiránica. Así, entroncaría con películas como “Duelo al sol” (King Vidor, 1946), “Las furias” (Anthony Mann, 1950) o la ya reseñada “Lanza rota” (Edward Dmytryk, 1954), con las que además comparte como arco argumental la denuncia del racismo latente en la sociedad.



No obstante, a diferencia de los anteriores, el filme contó con un presupuesto muy limitado (estamos ante una producción independiente de Collier Young distribuida por la United Artits, compañía cinematográfica especializada en dar su apoyo a este tipo de productos) y, como tal, atesora las principales virtudes del wéstern serie b, entre ellas su concisión. Así el director tan sólo necesito setenta y cinco minutos para desarrollar una historia de enfrentamientos intergeneracionales de gran profundidad. Muestra de esta exactitud y precisión a la hora de narrar es la primera y magnífica escena que, a través de un gran plano secuencia, nos introduce de lleno en el drama.





Junto a la capacidad de síntesis mostrada por Joseph H. Lewis, el filme destaca por su cuidado aspecto formal gracias tanto al director como a su operador Ray Renahhan, un gran director de fotografía galardonado por dos veces con el Oscar (“Lo que el viento se llevó” y “Sangre y arena”) y responsable de la fotografía de la mencionada “Duelo al sol”. Ambos dotan al filme de un marcado estilo expresionista, no sólo por la acentuación de los claroscuros, sino por la concepción de determinadas escenas, entre las que destaca la del asalto a la cárcel con el objeto de linchar a Jívaro, prometido de la hija de Big Dan Halliday, en la que se aprecia la huella de cineastas como Murnau y Lang. Además, Lewis nos ofrece toda una lección respecto a la utilización de la grúa y de los travellings, construyendo el filme a través de planos secuencia; y se muestra especialmente inspirado en la composición de los planos con una perfecta utilización de la profundidad de campo. Muestra del perfeccionismo formal alcanzado por la cinta es la secuencia protagonizada por Daniel y Aleta en torno a una fogata que sobresale por su peculiar belleza y su carácter onírico.



Pero el filme no es tan sólo un mero ejercicio de estilo vacío, sino que el virtuosismo técnico está al servicio de una historia, narrada a través de un extenso flashback, desgarradora y crudísima sobre el odio creciente entre un padre y su hijo con el racismo como telón de fondo.



Ward Bond, magnífico una vez más, encarna a Big Dan Halliday, un papel pensado para Charles Bickford. El típico hombre creado a sí mismo que no sólo levantó un gran imperio ganadero, sino que construyó una ciudad arrebatándoles el terreno a los indios. Es a la vez el dueño del rancho más grande de la comarca y el sheriff del lugar, manejando a su antojo todos los resortes del poder y grabando de forma real o simbólica su marca en todo y en todos (de ahí el título original, “The Halliday brand”). Acostumbrado a imponer su voluntad, no admite actuaciones y opiniones contrarias a los suyas; y aunque aparentemente tolera a los indios, incluso les cede tierras, no soportará el noviazgo de su hija con un mestizo al que, acusado de un asesinato, no protegerá permitiendo su ejecución.



A Joseph Cotten, sin duda un gran actor, se le ve incómodo en el papel de Daniel, el primogénito de Big Dan, quizás porque Ward Bond tan sólo era dos años mayor que él. Daniel, tan orgulloso como su padre, urdirá un plan tendente a aislar a su progenitor mostrándole vulnerable, con lo que perderá la confianza y el apoyo de sus vecinos. Así, al igual que el profeta homónimo, anunciará el final del imperio construido por su padre. Pero en el desarrollo del mismo se mostrará tan despiadado y cruel como Big Dan, de tal forma que Aleta, hermana de Jivaro por la que se siente atraído Daniel, le comentará: “Te has convertido en el hombre que odiabas”.



La disputa entre ambos culminará en una brutal pelea con graves consecuencia tanto físicas como emocionales para Big Dan. Aunque este, no acostumbrado a la derrota y a pesar de estar gravemente enfermo, intentará vengarse y acabar con su hijo hasta el último momento.



Como aspecto negativo del filme debo destacar los errores en el casting que deslucen en parte el resultado final. A un inapropiado Cotten hay que añadir a la actriz sueca Viveca Lindfords poco convincente como Aleta, personaje para el que se contó inicialmente con Debra Paget, y a Betsy Blair demasiado apagada como Martha Halliday. Una lástima, porque ambos personajes son interesantes y se muestran más racionales que los pasionales personajes masculinos.



De todos modos, “Odio contra odio” es un wéstern diferente, esplendido y oscuro, en el que tan sólo la última escena edulcora un poco la dureza del mismo, que, sin duda, hubiera tenido un final más acorde con el tono empleado si hubiera finalizado en la secuencia anterior, con el padre enfermo en su habitación y abandonado por sus hijos.