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miércoles, 10 de octubre de 2018

LLEGA UN PISTOLERO

(The fastest gun alive, 1956)

Dirección: Russell Rouse
Guion: Russell Rouse y Frank D. Gilroy

Reparto:
- Glenn Ford: George Temple
- Jeanne Crain: Dora Temple
- Broderick Crawford: Vinnie Harold
- Russ Tamblyn: Eric Doolitle
- Allyn Josly: Harvey Maxwell
- Leif Erickson: Lou Glover
- John Dehner: Taylor Swope
- Noah Beery Jr.: Dink Wells
- Rhys Williams: Brian Tibs
- Virginia Gregg: Rose Tibs
- Chubby Johnson: Frank Stringer
- John Doucette: Ben Buddy

Música: André Previn.
Productora: Metro-Goldwyn-Mayer (USA)

Por: Jesús Cendón. NOTA: 7

”No me has visto disparar ¿Cómo puedes decir que hay alguien más rápido?” “Porque sucede siempre. Por más rápido que uno sea, siempre hay alguien que te aventaja”. Conversación mantenida entre Vinnie Harold y un ciego testigo del duelo del primero con Fallon, otro pistolero, al inicio de la película.


El director y guionista Russell Rouse es un caso singular puesto que dentro de su escasa filmografía, apenas once títulos, los mejores se concentrán en sus inicios. Así debutaría codirigiendo junto con Leo Popkin “El pozo de la angustia” (1951), excelente fusión entre cine de denuncia social y noir, por cuyo guión fue nominado al Oscar, rescatada recientemente en DVD por la magnífica colección “Los esenciales del cine negro” ; un año más tarde rodaría “El espía”, un curioso experimento protagonizado por Ray Milland en el que no se pronunciaba palabra alguna; 1955 fue el año de “New York Confidential”, estupenda muestra de cine noir de serie b también protagonizada por Broderick Crawford en la que revelaba las conexiones entre la mafia y determinados políticos; y remató sus interesantes aportaciones un año después con este wéstern admirable.



Sin embargo es muy difícil encontrar la huella de su creatividad en esa nadería extravagante y ridícula titulada “El desfiladero de la muerte” (1959), un wéstern con una imposible Susan Hayward al frente de unos emigrantes vasco-franceses enfrentados a los pieles rojas mientras daban gritos y saltos por doquier; o el convencional drama sobre el mundo del cine “El Oscar” (1966), película, en la que tan sólo destaca el excelente reparto, muy lejos en cuanto al resultado de, por ejemplo, dos títulos emblemáticos como “Cautivos del mal” (1952) o “Dos semanas en otra ciudad” (1962), ambas dirigidas por Vincente Minelli.



ARGUMENTO: En el pueblo de Cross Creek vive, junto a su mujer Dora, George Temple, un pacífico tendero. Sin embargo un terrible secreto saldrá a la luz y le enfretará dramáticamente a Vinnie Harold, violento pistolero  empeñado en demostrarse a sí mismo y a los demás que es el revólver más rápido del Oeste.



“Llega un pistolero” es una excelente muestra del denominado wéstern psicológico, corriente desarrollada durante la década de los cincuenta (1) en la que las escenas de acción, generalmente escasas, quedaban subordinadas al desarrollo del drama y a la evolución de los personajes. De hecho  este filme tan sólo cuenta con un robo a un banco y dos duelos, el inicial que abre la película y el final, bien rodado, cuyo resultado se hurta con habilidad al espectador hasta el último plano y recuerda, curiosamente, a “El secreto de Convict Lake” (Michael Gordon, 1951); otro wéstern destacado protagonizado por Glenn Ford y también reseñado en este blog.


La película, filmada acertadamente en un blanco y negro muy apropiado para narrar la condición atormentada del protagonista, cuenta con un inteligente guion escrito, como era habitual en él, por el propio director y por Frank Gilroy, autor de la novela en la que se basa, que estructura la historia en tres partes.



- Un extraordinario prólogo en el que asistimos a la llegada a un pueblo de tres forasteros y al posterior duelo de uno de ellos con un pistolero al que previamente había retado. Estamos ante una excelente presentación del personaje de Vinnie Harold, que pretende convertirse en el tirador más rápido y ser reconocido como tal, para lo que desafía a otros individuos caracterizados por su habilidad con el revólver. Así tras acabar con Fallon les comentará a los habitantes del pueblo: “Me llamo Harold. Con este dinero compradle una lápida y gravad en ella muerto por el revólver más rápido”. Sin embargo desde este inicio el director nos anticipa el destino trágico del personaje con la advertencia premonitoria, a modo de vidente de una tragedia greco-latina, del ciego del pueblo con la que he comenzado esta reseña (2).



- La parte central y más extensa en la que nos describe la vida cotidiana de un pequeño pueblo en donde vive nuestro peculiar héroe. Avanzándonos, desde la presentación de Temple, haciendo practicas a escondidas con su revólver, que su destino estará dramáticamente unido al del pistolero. Así nos encontramos con uno de los temas tratados en el filme y habitual en los wésterns en esa época, la condición trágica del pistolero de cuyo pasado no puede escapar, marcando este su destino y abocándolo a un final trágico. Sin embargo, el hábil guion nos ira desvelando poco a poco ciertas peculiaridades que diferencian notablemente al personaje de George Temple de otros pistoleros como el Jimmy Ringo de “El pistolero”. Además de permitir al director abordar otro tema fundamental del filme: el valor, planteándose en torno a este diversas cuestiones  como ¿En qué consiste la valentía? o ¿Es más valiente aquel individuo que no teme a nada o el que vence sus miedos y se sobrepone a su lógica cobardía que no es más que la manifestación del instinto de supervivencia?



En este tramo de la película nos encontramos con un George Temple agobiado y, en cierta medida, ninguneado por sus vecinos al no portar armas y ser abstemio; hecho que sirve al director-guionista para efectuar una lúcida crítica de una sociedad que identifica la virilidad con la violencia y la ingesta de alcohol. Incluso nos presenta a una población fascinada por la violencia y que ha convertido a la muerte en un espectáculo en una escena en la que nos muestra a un forastero contando doce veces seguidas ante el público entregado de Cross Creek el duelo protagonizado por Vinnie y Fallon.



- Por último, nos encontramos con la parte final en la que se entrecruzan los destinos del pacífico George y el violento Vinnie al recalar los pistoleros en Cross Creek tras robar un banco y enterarse el forajido de la verdadera identidad de George. Una identidad que el propio tendero, tras tomas varias copas y a modo de catarsis, había revelado a sus conciudadanos en una excelente escena.



Se trata de un tramo magnífico cargado de tensión y suspense en el que los vecinos del protagonista mostrarán sus auténticas personalidades y conoceremos, por fin, la verdadera historia de George y las razones de su comportamiento.



Para interpretar al complejo protagonista Rouse contó con Glenn Ford, actor que se encontraba en el mejor momento de su dilatada carrera además de ser un asiduo al wéstern en esta década (3), que hace una extraordinaría interpretación de George Temple, un hombre atormentado con una existencia apacible por vivir junto a su mujer pero a su vez condicionada por una pesadilla por expulsar. El actor canadiense transmite magistralmente la lucha interna del personaje, su angustia vital, sus temores y sus miedos originados por un funesto hecho acaecido en el pasado que le ha marcado para el resto de sus días.



Menos acierto mostró el director con la elección de Broderick Crawford (4) como el pendenciero Vinnie, aunque pudo haber sido impuesto por la productora. Sin duda era un gran actor y lleva a cabo una esforzada interpretación, pero era igualmente inadecuado, tanto por su físico como por su edad, para dar vida a este tipo de personaje (5). Además de resultar absurdo, ridículo e innecesario el intento por parte de los guionistas de explicar su comportamiento.



Tampoco se entiende muy bien la presencia de Russ Tamblyn  que carece de personaje, salvo a la hora de protagonizar un espectacular baile acrobático (6) muy bien filmado pero sin ningún valor dramático que, además, rompe el ritmo del filme y choca, dada su vitalidad, con el tono más grave de la película.



El casting se completa con una adecuada y bellísima Jeanne Crain, a la que parece mimar el director de fotografía, como la sufrida esposa de George y única persona conocedora de su doloroso secreto, y rostros habituales de este tipo de producciones entre los que destacan Leif Erickson, futuro dueño de “El Gran Chaparral”, como Lou Glover el único de los vecinos de George que se comporta realmente como su amigo e, incluso, en un gesto honorable llega a aceptar sacrificarse por la comunidad; y John Dehner como el lugarteniente de Vinnie, un personaje tan irónico como cobarde.



En todo caso, “Llega un pistolero” es un sólido wéstern que, gracias a la gran acogida obtenida y a su rentabilidad económica, supuso una de las grandes sorpresas en ese año para la Metro Goldwyn Mayer y, sin duda, gozaría de un mayor reconocimiento si hubiera sido dirigido por un realizador de mayor prestigio.


(1) La película presenta similitudes con dos títulos emblemáticos de esta década. Por una parte con “El pistolero” (Henry King, 1950) respecto al tema desarrollado, y, por otra, con “Solo ante el peligro” (Fred Zinnemann, 1952) en relación con la actitud de George Temple y la reacción de los vecinos del protagonista, coincidiendo incluso decorados como la iglesia en donde se desarrolla la acción. Ambos wéstern cuentan con sus oportunas reseñas en este blog.

(2) Precisamente en “Río Bravo” el sheriff John T. Chance (John Wayne) le confesaba a Colorado (Ricky Nelson) que nunca dejaba el wínchester porque siempre hay alguien más rápido con el revólver.

(3) Glenn Ford cuenta con una filmografía wéstern nada desdeñable en la década de los cincuenta. Así, junto con la mencionada “El secreto de Convict Lake” o la película objeto de esta reseña, es obligatorio citar su trilogía en el seno de la Columbia bajo la dirección de Delmer Daves compuesta por “Jubal” (1956), “El tren de las 3:10” (1957) y “Cowboy” (1958), colaboración que algunos críticos han asemejado a la de James Stewart con Anthony Mann. Igualmente destacables son “El desertor del Alamo” (1953), wéstern de Budd Boetticher anterior a su afamado ciclo Ranown; el filme dirigido en 1955 por Rudolph Maté “Hombres violentos”, en el que estuvo acompañado por Barbara Stanwyck y Edward G. Robinson; o la superproducción “Cimarrón” (Anthony Mann, 1960).

(4) Broderick Crawford y Glenn Ford ya habían coincidido en dos cintas en las que el primero interpretó papeles más adecuados a su peculiar físico, el drama carcelario “Drama en presidio” (Henry Levin, 1950) y la obra maestra de Fritz Lang “Deseos humanos” (1954), basada en “La bestia humana” de Zola.

(5) El propio Glenn Ford vivió una situación muy parecida en la inferior “Duelo a muerte en Río Rojo” (Richard Thorpe, 1967) con un joven pistolero, interpretado en esta ocasión por un apropiado por su edad Chad Everett, intentado adquirir fama en el manejo del revólver a costa de un veterano sheriff.

(6) Russ Tamblyn fue, además de actor, un excelente bailarín. En nómina de la Metro Goldwyn Mayer desde principios de la década de los cincuenta, intervino en películas de gran éxito como “Siete novias para siete hermanos” (Stanley Donen, 1954), “La última caza” (Richard Brooks, 1956), la citada “Cimarrón”, “West side stoy” (Robert Wise-Jerome Robbins, 1961) o “La conquista del Oeste” (1962); pero nunca dio el salto definitivo al estrellato.

jueves, 4 de octubre de 2018

EL HOMBRE DE LAS PISTOLAS DE ORO

(Warlock, 1959)

Dirección: Edward Dmytryk
Guion: Robert Alan Aurthur

Reparto:
- Richard Widmark: Johnny Ganon
- Henry Fonda: Clay Blaisidale
- Anthony Quinn: Tom Morgan
- Dorothy Malone: Lilly Dollar
- Dolores Michaels: Jessie Marlow
- Wallace Ford: Juez Holloway
- Tom Drake: Abe McQuown
- Richard Arlen: Bacon
- DeForest Kelley: Curley Burne
- Reggis Tommey: Skinner
- Vaughn Taylor: Henry Richardson
- Whitt Bissell: Petrix

Música: Leigh Harlaine
Productora: Twentieth Century Fox Film Corporation  (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 7’5

”No, no, no. Estáis equivocados. Para evitar crimen y violencia queréis emplear violencia y crimen. Y eso es hacer lo mismo que McQuown” “Pues ¿Qué alternativa nos queda?” “Ley y orden, esa es la alternativa”. El juez Holloway al comité de ciudadanos de Warlock.


A pesar de estar plagada de sugerentes títulos, la filmografía del director de origen canadiense Edward Dmytryk no ha suscitado el interés de la crítica que merece, probablemente por su actitud colaboracionista con el tristemente famoso Comité de Actividades Antinorteamericanas que marcaría su trayectoria posterior como director; aunque durante cierto tiempo se negó a declarar ante el mismo lo que le valió su inclusión en la inquisitorial lista negra (1), el despido inmediato imposibilitándole realizar su trabajo, su encarcelamiento durante varios meses e incluso el exilio en Inglaterra, país en el que dirigió tres películas, entre las que destaca “Obsesión” (1949).



Sin duda su filmografía es un reflejo de su experiencia vital, pudiendo distinguirse dos etapas. La primera con producciones más modestas en la que, con una mirada progresista, pretendía denunciar los aspectos más desagradables de la sociedad norteamericana y cuenta con filmes del nivel de “Historia de un detective” (1944), “Hasta el fin del tiempo” (1946) y, sobre todo, “Encrucijada de odios” (1947). Mientras que en la segunda etapa, ya rehabilitado, dirigirá producciones más costosas en las que el sentimiento de culpa constituirá un tema recurrente.



Precisamente sus cuatro wésterns corresponden a esta segunda etapa. La ambiciosa “Lanza rota” de 1954 (película ya reseñada en este blog), “El hombre de las pistolas de oro” (1959), “Álvarez Kelly” de 1966, inferior a las anteriormente citadas pero no exenta de encanto, y el prescindible eurowéstern “Shalako” (1968) con unos desubicados Sean Connery y Brigitte Bardot. Con este filme, además, Dmytryk regresó a Europa donde dirigió sus últimas cintas.



ARGUMENTO: La comunidad de Warlock carece del reconocimiento legal como ciudad, por lo que sus habitantes ante los desmanes de la banda de Abe McQuown deciden contratar a Clay Blaisidale, un conocido pacificador cuyos peculiares métodos lo sitúan por encima de la ley, y a su amigo Tom Morgan, jugador, pistolero y verdadero guardaespaldas de Clay. Paralelamente Johnny Ganon, desengañado exmiembro de la banda de Abe, es nombrado sheriff de la población. El enfrentamiento entre ambos será inevitable.



Estamos ante una lujosa producción del propio Dmytryk para la Twentieth Century Fox Film, una major de marcada tendencia progresista frente al coservadurismo de otras como la Metro Goldwyn Mayer, que adaptó la monumental novela del especialista Oakley Hall (2) gracias a la pluma de Robert Alan Aurthur. Trabajo titánico, vista la complejidad, los numerosos personajes y las distintas líneas argumentales del texto original, del que no salió del todo airoso. Así, aunque cuenta con la más que solvente dirección de Dmytryk, el resultado no me parece del todo satisfactorio, el conjunto se percibe deslavazado y el desarrollo algo precipitado sin que se terminen de explotar todas las posibilidades de la película. Un guion que curiosamente presenta grandes semejanzas con el de otro wéstern más modesto, el ya reseñado “Con sus mismas armas” (Richard Wilson, 1955), tanto en el personaje del pacificador, intrepretado en el filme de Wilson por Robert Mitchum, como en la actitud cobarde y mezquina de los ciudadanos del pueblo, e incluso en algunas escenas como la del incendio del saloon que acelera el final de la historia.



En todo caso, y a pesar de sus debilidades, creo que nos encontramos ante un filme honesto sobre la segunda fasede la construcción de una nación, una vez aniquilados los nativos, en la que imperó la ley del más fuerte. Un filme con una visión negativa de esa sociedad, clara alegoría a los EEUU de la década de los cincuenta, que no asume sus compromisos como comunidad sino que, habitada por seres cobardes, egoístas, pusilánimes e interesados, no duda en entregar el poder a un individuo que se arrogará las funciones de juez y brazo ejecutor de la ley. Un sujeto que se situará por encima del bien y del mal ante la aquiescencia de la población e impondrá sus peculiares métodos. Tan sólo el lúcido juez, elegido por sus convecinos de forma provisional e intrepretado por un estupendo Wallace Ford, se enfrentará a él desde el primer momento al señalarle que: “Todo hombre que se coloca en un nivel superior a los demás sin tener una responsabilidad moral no puede ser más que un asquerosos asesino. Hay algo que está muy por encima y es la ley”.

Así, a través de la figura del pacificador la película reflexiona sobre la ley y la justicia y el papel del Estado como garante de ambos, no siendo admisible la búsqueda de atajos a través de personajes mesiánicos, ni tampoco ética la búsqueda de la paz a costa de la pérdida de la libertad.



Frente a la cobardía generalizada de la población de Warlock se alzará Johnny Ganon símbolo del compromiso con la sociedad, otro de los temas desarrollados por el filme. Un individuo que aceptará el cargo de ayudante de sheriff y asumirá todas las responsabilidades que conlleva con el objeto de acabar con los abusos tanto de la banda de Abe como de Clay, y convertir a Warlock en una comunidad civilizada, en la que por fin el Estado, por delegación de los ciudadanos que lo componen, asuma el uso de la violencia siempre a través de un proceso legitimatorio.



La historia se desarrolla, además, a través de la doble relación setimental establecida por los protagonistas del drama. Por una parte nos encontramos con Gannon y Lilly, una forastera, y, por otra tenemos a Clay y Jessie, miembro del comité de ciudadanos. Doble relación fundamental para el desarrollo de la trama porque en ambas se verá implicado Tom dando lugar, igualmente, a un doble triángulo amoroso. En la primera por ser el antiguo amante de Lilly y en la segunda por su peculiar sentido de la amistad, mostrándose con Clay como un hombre posesivo al intuir que al asentarse el idilio entre su amigo y Jessie su forma de vida peligrará.



Y, precisamente, la mayor polémica de la película radica en la peculiar amistad entre Clay y Tom que algún crítico ha calificado como “la representación más abierta del amor homosexual en el wéstern clásico”, a pesar de que el propio director se apresuró a afirmar que no era esa su intención. En todo caso sí se aprecia una total dependencia, tanto emocional como incluso vital, entre ambos. Así Clay llegará a afirmar sobre su compañero que: “Fue ayer cuando le dije que no era nada sin mí, pero soy yo el que no es nada sin él". Mientras que a Tom Lilly le comenta: “A ti no te importa morir. Te importa que muera Clay y cuando lo haya conseguido me reiré viéndote llorar delante de su cadáver”. Para poco después reconocer Tom que su actitud con Clay se debe a que: “Es la única persona, hombre o mujer, que no ha visto en mí a un tullido”.



La película cuenta pues con unos personajes ricos y complejos, que representan tres estadios diferenciados en el proceso de evolución del Salvaje Oeste, para los que se contó con un reparto espectacular.



Richard Widmark encarnó a Johnny Ganon, individuo que arrastra un sentimiento de culpa por haber pertenecido al grupo de McQuown y para el que el cargo de sheriff supondrá su peculiar proceso de redención al perseguir, incluso de forma suicida, el advenimiento de la ley y el orden en Warlock (3). Su personaje simboliza al hombre moderno surgido con la pacificación del Oeste que se integrará perfectamente en la nueva sociedad.



 El actor realizó una gran creación explotando, al igual que en la reseñada en este blog “La ley del talión” (Delmer Daves, 1956), su imagen un tanto ambigua que le llevó a interpretar durante esa década tanto roles positivos como negativos (4).



Henry Fonda se ocupó del papel de Clay Blaisidale, un personaje basado en la figura de Wyatt Earp. Estamos ante un mercenario que vive gracias a la rapidez con su revólver; de hecho le llega a confesar a Jessie que: “Yo sólo destaco con mi revólver. Y no he hecho otra cosa en mi vida”. Así aunque devuelve la paz a aquellas ciudades que lo reclaman su interés es puramente crematístico  y, no conformándose con su sueldo diez veces superior al del sheriff, regenta una casa de juegos en los pueblos en los que se asienta lo que le permite llevar una vida lujosa. Figura decadente y crepuscular, es consciente del final de su modo de vida y percibe en su incipiente relación con Jessie la posibilidad de adaptación a ese nuevo mundo que se avecina.



Con su sobriedad habitual el actor nacido en Nebraska con cada mirada, gesto o movimiento da una auténtica lección interpretativa, encarnando magistralmente a un personaje que, a pesar de mostrar una cierta ética, es en definitiva un pistolero, del que el artista desarrollaría su cara más sombría en “Hasta que llegó su hora” (Sergio Leone, 1968) con su creación de Frank, un forajido que también buscaba desesperadamente abandonar su medio de vida ante los cambios que se estaban produciendo en el Oeste (5).



Anthony Quinn, un actor de raza con cierta tendencia al histrionismo pero capaz de ofrecer trabajos memorables cuando contaba con un director que controlaba sus excesos, ofreció un rendimiento altísimo como Tom Morgan, el lado oscuro de Clay y su ángel de la guarda, encargado de realizar el trabajo sucio sin que su amigo tenga conocimiento de ello. Estamos ante un individuo perverso, inteligente y manipulador que ha convertido su vida en una eterna huida hacia adelante al ser incapaz de evolucionar con los nuevos tiempos; siendo su defecto físico símbolo de su degradación moral, acentuada tras el fracaso sentimental vivido con Lilly.

Frente a los personajes masculinos, los femeninos quedan algo desdibujados pese a su importancia en el devenir de los acontecimientos.

Dolores Michaels pasa desapercibida como Jessie promesa de un futuro para Clyde. Su relación con el pacificador provocará las primeras grietas en su amistad con Tom, que se mostrará desde el primer momento celoso y desplazado por Jessie en el corazón de su amigo. La actriz protagoniza una escena cursi y desfasada en la que le confiesa a Clay haber probado el whisky.



Como contrapunto a la virginal Jessie, Dorothy Malone da vida a la más mundana Lilly Dólar, antigua amante de Tom, que tiene una cuenta pendiente con Clay pues, embaucado por Tom, mató a su prometido. Su llegada a Warlock en busca de venganza desencadenará la tragedia posterior.

“El hombre de las pistolas de oro” es en definitiva un buen wéstern que, partiendo de personajes y situaciones típicos de este género, se anticipa al denominado wéstern crepuscular al narrar el final de una forma de vida con la llegada de la civilización.


(1) Edward Dymytryk fue, junto a escritores de la talla de Dalton Trumbo, Herbert Biberman o Albert Matz, uno de los Diez de Hollywood. Grupo perseguido por el obseso senador McCarthy cuyos miembros fueron despedidos de sus respectivos trabajos acusados de militar o haber militado en el partido comunista. A esta primera lista negra y hasta 1960 se fueron añadiendo más nombres de profesionales relacionados con la industria cinematográfica en Hollywood.

(2) Oakley Hall fue un novelista que situó fundamentalmente sus novelas en el Far-west. Su obra más conocida, finalista del Pulitzer, es precisamente “Warlock” publicada por Galaxia Gutenberg. También en esta editorial se pueden encontrar otras dos obras suyas: “Bad lands” y “Apaches”. 

(3) Algunos críticos han visto en el personaje de Gannon al propio Dmytryk, igualmente abrumado por su pasado.

(4) Durante los años cincuenta Richard Widmark interpretó a dos memorables villanos en “Lanza rota” (Edward Dmytryk, 1954) y “Desafío en la ciudad muerta” (John Sturges, 1958), ambas películas con sus correspondientes reseñas; al mismo tiempo que asumió roles positivos en “El jardín del diablo” (Henry Hathaway, 1954), “El sexto fugitivo” (John Sturges, 1956), la mencionada “La ley del talión” y “El Alamo” (John Wayne, 1960).



(5) “Warlock” era uno de los wésterns favoritos de Sergio Leone. 

jueves, 20 de septiembre de 2018

PERSEGUIDO

(Pursued, 1947)

Dirección: Raoul Walsh
Guion: Niven Buchs

Reparto:
- Robert Mitchum: Jeb Rand
- Teresa Wright: Thorley Callum
- Judith Anderson: Medora Callum
- Dean Jagger: Grant Callum
- Alan Hale: Jake Dingle
- John Rodney: Adam Callum
- Harry Carey Jr.: Prentice
- Clifton Young: The sergeant

Música: Max Steiner
Productora: United States Pictures (USA)

Por: Jesús Cendón. NOTA: 8’5.

”Todo volverá a repetirse, pero ya no me importa. Sé que hay una respuesta que siempre he estado buscando. ¿Por qué siempre he estado solo? ¿Por qué todo salía mal? ¿Por qué hay odio en mí en lugar de amor? Había algo trágico en mi destino y también en el tuyo. Supongo que hemos perdido nuestra oportunidad y ya no podemos hacer nada”. Jeb Rand a Thorley Callum instantes antes de ser apresado por Grant Callum.


ARGUMENTO: Tras el asesinato de su familia, Jeb Rand es adoptado por Medora Callum que lo cría junto a sus dos hijos, Thorley y Adam, como uno más de la familia. Sin embargo su existencia estará marcada por el odio que le profesa Grant, el cuñado de Mrs. Callum.
Raoul Walsh, un director tan apegado a los géneros como tradicional en su forma de abordarlos, sorprendió en su vuelta al wéstern tras haber rodado una de sus cimas de un clasicismo arrebatador (1) con esta singular película del Oeste, una de las propuestas más innovadoras y arriesgadas dentro del wéstern en la década de los cuarenta.


Situada a caballo entre dos siglos, el filme, basado según palabras del propio guionista en hechos reales aunque también se ha visto en el mismo una libre adaptación de la novela “Cumbres borrascosas”, narra una historia de odio, venganza, traición, envidia, celos, pasiones amorosas y rivalidad fraternal en el seno de una familia de rancheros en Nuevo México. A la vez que están muy presentes temas como el destino, la fatalidad, el amor como elemento redentor y la suerte.


De hecho junto con el odio visceral profesado por Grant a Jeb, la vida de este último estará marcada por una moneda lanzada al aire que determina su incorporación a filas para enfrentarse a los españoles en la Guerra de Cuba de 1898 (2) y la pérdida de su parte del rancho a favor de Adam. Incluso la misma moneda le propiciará, a través del juego, una pequeña fortuna con la que comenzar una nueva vida junto a su amigo y protector Jake (interpretado por un Alan Hale alejado de sus habituales personajes de corte cómico como compañero del protagonista).


Sin embargo la ubicación espacio-temporal del filme no constituye un elemento determinante ya que podría haberse desarrollado en otro lugar y en otra época sin perder su esencia; porque en realidad la cinta bebe tanto del wéstern como de otros géneros.


Así, en primer lugar se aprecia la influencia de las tragedias clásicas y de los dramas shakesperianos, tan apreciados por el propio director y por Niven Busch, guionista que en su dilatada carrera escribió varios dramas familiares ambientados en el salvaje Oeste. Baste en este sentido recordar “Duelo al sol”, cuya novela fue adaptada al cine por King Vidor en 1946, o su guion para “Las Furias” (Anthony Mann, 1950) que cuenta con su oportuna reseña. Películas en las que, además, describe mujeres de fuerte carácter fundamentales en el desarrollo de la trama.


Asimismo nos encontramos elementos propios del noir. Respecto a esta cuestión no creo que fuera casualidad la elección del director de fotografía, puesto que James Wong Howe, un genio de la iluminación con dos Oscar y diez nominaciones en su haber, fue uno de los pilares, junto con John Alton, en la codificación estílistica del cine negro norteamericano. En este filme su aportación resulta fundamental para reflejar la tortura psicológica y emocional vivida por el protagonista.



Como ejemplos del extraordinario trabajo del cameraman de origen chino cabe citar tres secuencias nocturnas: el enfrentamiento en un callejón entre Prentice, nuevo pretendiente de Thorley, y Jeb; aquella con una iluminación tenebrista más propia de una película de terror en la que Thorley confiesa a su madre sus verdaderos planes respecto a Jeb; y el asalto del rancho de Jeb por parte de Grant y sus secuaces con la posterior huida del protagonista, escena en la que, por otra parte, Raoul Walsh muestra su maestría para crear suspense y tensión. Igualmente destacable es la secuencia del entierro de Prentice que podría haber sido rodada por el mismísimo Luis Buñuel por su composición e iluminación marcadamente surrealistas.


También propio del cine negro es el recurso a la voz en off del protagonista. Jeb Rand se convierte, de esta forma, en el narrador omnisciente del relato y quizás en este hecho radica una de las escasas debilidades de la película puesto que llega a relatar acontecimientos en los que no estaba presente (¿Cómo sabe Jeb el contenido de la conversación mantenida entre su madre adoptiva y Grant tras haber intentado este asesinarle cuando era un adolescente?).


Igualmente característico del noir es la propia estructura del filme a través de varios flash-backs. Así tras la secuencia inicial que arranca con una panorámica de uno de los personajes galopando (3) para a continuación revelarnos la situación desesperada del protagonista, la acción se retrotrae en el tiempo con el objeto de dar a conocer el espectador cómo ha llegado Jeb a esa circunstancia.


Por último tenemos al propio protagonista, Robert Mitchum, cedido por la RKO a la United States Pictures una pequeña compañía vinculada  a la Warner Brothers de la que era participe el propio Niven Buchs, que ese mismo año con “Retorno al pasado” (Jacques Tourneur) comenzaría a forjar su imagen definitiva muy vinculada al cine negro (4).

Incluso la mayor parte de los temas compuestos por Max Steiner remiten a melodramas o a thrillers, reforzando esta doble influencia.


En tercer lugar la película es deudora de la corriente psicoanalista tan en boga en el Hollywood de la década de los cuarenta (5) y cuyo paradigma fue “Recuerda” (Alfred Hitchcock, 1945), que incluso contó con la participación de Dalí como diseñador de la escena del casino. Así Jeb, de los luctuosos acontecimientos vividos de niño, tan sólo rememora unas espuelas y unos destellos de luz que lo atormentan en sueños y será el regreso al lugar en donde se produjeron lo que provoque el recuerdo de la secuencia completa. De esta forma, en un final memorable, tanto Jeb como el espectador, conocerán las razones del odio de Grant y cómo este ha sido fundamental en las desgracias acaecidas al protagonista que han marcado su vida hasta ese momento.



El merito de Walsh consiste en integrar todos estos elementos e influencias tan dispares evitando en todo momento lo que podría haber sido un pastiche para crear un filme arrebatador de una gran coherencia, de una rotunda modernidad (anticipa varias claves del wéstern de la década siguiente) y enormemente complejo que cuenta con un ritmo, como era habitual en él, trepidante. Destacaría en este sentido cómo necesita tan sólo dos planos para mostrarnos el paso del tiempo o la utilización magistral del recurso de la elipsis narrativa en la escena del juicio de Jeb.

Igualmente meritoria es la creación de los cinco presonajes principales que sustentan el drama: los tres hermanos (incluido Jeb), su madre y el cuñado de esta.


Jeb Rand, memorable Robert Mitchum en un papel para el que se pensó en Montgomery Clift y Kirk Douglas, es el típico héroe trágico. Un hombre incapaz de gobernar su vida al verse sobrepasado constantemente por unos acontecimientos no provocados por él. Un individuo que intenta desesperadamente buscar en su pasado la explicación de su dramática situación actual y evitar con ello su sino, un destino que se estrecha peligrosamente sobre él igual que, en la escena final, la horca alrededor de su cuello.


Thorley Callum, personaje escrito por Niven Buchs especialmente para Teresa Wright (6), es la hermana adoptiva y posterior amante de Jeb. En todo momento intentará mantener unida a la familia y sobre todo a sus dos hermanos, debatiéndose entre el amor fraternal que profesa a Adam y la pasión que siente por Jeb con el que la une una especial sintonía, confirmada por su hermano adoptivo cuando le dice: “Siempre podías pensar con mi mente y sentir con mi corazón”. La actriz, por la que tengo debilidad, lleva a cabo una extraordinaria interpretación pasando de ser una mujer dulce (típico papel desarrollado a lo largo de su carrera) a una persona dura, fría y calculadora que, a pesar de amar a Jeb, idea un plan para acabar con él tras haberse convertido en su esposa.


Adam Callum, al que dio vida un debutante John Rodney, que se mostrará desde niño como un rival de Jeb. Rivalidad acrecentada tanto por la participación de este en la guerra y la envidia que le provoca la condecoración tras su regreso; como por los celos causados por la relación del protagonista con su hermana. Vislumbrándose un cierto deseo incestuoso respecto a Thorley.


Medora Callum, encarnada por una excelente Judith Anderson que interpreta un papel muy alejado de su perversa señora Danvers en “Rebeca” (Alfred Hitchcock, 1940) o de la interesada amante de T. C. Jeffords en “Las Furias”. Estamos ante una mujer bondadosa y protectora que intenta compensar un “pecado” del pasado adoptando a Jeb y tratándolo como un verdadero hijo. Es junto a Grant el único personaje conocedor de la terrible verdad que está condenando a Jeb en el presente, pero se niega a confesársela a su hijo porque como le dice cuando era niño: “No hagas preguntas al pasado. Para ti no hay respuestas”. Personaje que parece perder importancia a medida que avanza la narración, se revelará fundamental en la resolución del drama.


Y Grant Callum (magnífico Dean Jagger) verdadera encarnación del Mal. Un ser maquiavélico cuyo único objetivo en la vida es acabar con Jeb para culminar su venganza. Un individuo que, cual demonio, tentará primero a Adam y posteriormente a Prentice, encizañándolos contra Jeb y utilizándolos como instrumento de su revancha.


En definitiva, “Perseguido”, actualmente caída en el olvido a pesar de haber sido alabada por directores como Martin Scorsese o Sergio Leone, constituye una clara muestra tanto del enorme talento narrativo como del genio creativo de su autor, uno de los mayores directores del Hollywood clásico, por lo que es de visión imprescindible para todo aficionado al género. 

(1) En 1941 Raoul Walsh había dirigido a Errol Flynn en “Murieron con las botas puestas”, una gran epopeya sobre la vida y muerte del general Custer ya reseñada en este blog.

(2) Al igual que en “Cielo Amarillo”, que también cuenta con su oportuna reseña y fue dirigida un año después por William Welman, la situación vivida por Jeb tras su regreso de la guerra y su aparente inadaptación; así como, las consecuencias en la población civil de su retorno, fundamentalmente en su hermano Adam, aluden claramente a las dificultades, la amargura y el desencanto que estaba viviendo la sociedad estadounidense tras la II Guerra Mundial.

(3) En la escena de apertura del filme, y como igualmente haría en la también comentada “Juntos hasta la muerte” (1949), el director nos muestra a través de la utilización de la panorámica la fragilidad e insignificancia del ser humano en comparación con la solidez y grandiosidad de la naturaleza.

(4) La figura de Robert Mitchum quedaría definitivamente asociada al cine negro gracias a una serie de películas protagonizadas en el seno de la RKO, entre las que destacan, junto a la mencionada “Retorno al pasado”, “Encrucijada de odios” (Edward Dmytrick, 1947), “El gran robo” (Don Siegel, 1949), “Donde habita el peligro” (John Farrow, 1950), “El soborno” (John Cromwell, 1951), “Macao” (Josef Von Stenberg, 1952) o “Cara de ángel” (Otto Preminger, 1952). En 1949 protagonizaría, además, “Sangre en la luna” un wéstern dirigido por Robert Wise claramente influenciado, la igual que “Perseguido”, por el noir.

(5) Entre los ejemplos hollywodienses más sobresalientes durante la segunda mitad de la década de los cuarenta de esta corriente podemos citar, junto con la señalada “Recuerda”, a “El séptimo velo” (Compton Bennet, 1945), “Secreto tras la puerta” (Fritz Lang, 1947), “Nido de víboras” (Anatole Litvack, 1948) o “Vorágine” (Otto Preminger, 1949).

(6) Teresa Wright estuvo casada con Niven Buchs desde 1942 a 1952 y volvió a coincidir con Robert Mitchum en “El rastro de la pantera” (William Wellman, 1954). Wéstern, tan singular como “Perseguido”, sobre los miedos y disputas existentes entre los miembros de una familia escasamente cohesionada.