miércoles, 26 de septiembre de 2018

CORAZONES INDOMABLES

(Drums Along The Mohawk, 1939)

Dirección: John Ford
Guion: Lamar Trotti y Sonya Levien

Reparto:
- Claudette Colbert: Lana Martin
- Henry Fonda: Gil Martin
- Edna May Oliver: Mrs. McKlennar
- John Carradine: Caldwell
- Ward Bond: Adam Hartman
- Arthur Shields: Reverendo Rosenkrantz
- Jessie Ralph: Mrs. Weaver

Música: Alfred Newman
Fotografía: Bert Glennon y Ray Rennahan
Productora: 20th Century Fox

Por: Sintu Amat Ferris. NOTA: 8’5.

Gil: Lo voy a intentar yo, Lana.
Lana: Te matarán.
Gil: Si llego al claro, no hay indio en la Tierra que pueda alcanzarme. Di que no estás asustada y quieres que vaya.
Lana: No estoy asustada y quiero que vayas.


“Corazones indomables” es el título rimbombante que le adjudicaron en castellano a “Drums Along The Mohawk” (algo así como “Tambores a lo largo del Valle de Mohawk”), y fue la primera película en color que rodó John Ford.

Fue el año 1939 un año de grandes producciones cinematográficas que trascenderían a las siguientes generaciones y escribirían la historia del cine en letras de oro: “Lo que el viento se llevó”, “La diligencia”, “Adiós, Mr. Chips”, “El Mago de Oz”, “Cumbres Borrascosas”, “Ninotchka”, “Intermezzo”, “Juárez”, “La vida privada de Elizabeth y Essex”, “Union Pacific”, “Vinieron las lluvias”, “Sólo los ángeles tienen alas” y la que nos ocupa.


ARGUMENTO: 1773. Gil y Lana Martin son una pareja de recién casados que se instalan en el Valle de Mohawk, cerca del lago Ontario, para empezar una nueva vida como colonos. Allí deberán enfrentarse a las tribus iroquesas que se han aliado con las tropas inglesas para luchar contra los americanos que claman por la independencia de los Estados Unidos durante los primeros días de la Revolución.


A pesar de sus irregularidades históricas, Ford realiza un film tan hermoso como vibrante, que va ganando en fuerza dramática a medida que avanza la acción. Rodada en exteriores naturales de Utah y en un hermoso Technicolor que muestra todos los tonos de la paleta, Ford parece inspirarse en la pintura americana del siglo XVIII, sobre todo la de Benjamin West, tanto en la composición del color como en la coreografía de los personajes. Un claro ejemplo de ello es la secuencia de la boda de Gil y Lana. Es una película absolutamente deslumbrante de ver, con unos exteriores bellamente fotografiados (los bosques muestran unos tonos verdes intensos, rojizos, marrones y ocres realmente espectaculares) por Bert Glennon y Ray Rennahan, responsables de la iluminación de “La diligencia” y “Río Grande”, también de Ford, el primero, y de “Duelo al Sol”, de Vidor, y “Los inconquistables”, de De Mille, el segundo.


Basada en la novela de Walter D. Edmonds, y con guión de Lamar Trotti y Sonya Levien, y participación no acreditada de William Faulkner, la película tiene tres partes claramente bien diferenciadas: en la primera, tras celebrar su boda en Nueva York, Gil y Lana Martin se trasladan al Valle de Mohawk, donde él es propietario de unas tierras. Allí empezarán de cero, labrarán sus tierras,construirán su hogar, se relacionarán con sus vecinos, ella se quedará embarazada y tendrán un primer contacto con William Caldwell (John Carradine), el villano de la función y el único basado en un personaje real. Cuando ya se han asentado, serán víctimas del primer ataque de los indios, comandados por Caldwell, que los dejarán sin tierras y sin casa. La segunda parte se inicia cuando los Martin, desahuciados y sin ninguna esperanza de prosperar, entran al servicio de la viuda McKlennar (Edna May Oliver) como labradores. Allí llevarán una vida tranquila, construirán su nuevo hogar, tendrán a su segundo hijo y Gil se marchará a luchar contra los ingleses,  aunque regresará un tiempo después en un emotivo reencuentro con Lana. Esta segunda parte finaliza con un nuevo ataque de los indios a la granja McKlennar.


La tercera parte se desarrolla en un nuevo escenario, el fuerte Schuyler, donde todos los colonos deben refugiarse ante un inminente ataque indio. Esta es la parte más violenta y en la que perecerán algunos de los personajes con los que nos hemos ido familiarizando durante la historia.




En cuanto al reparto, John Ford contó con dos de las estrellas más famosas del momento, aunque ambos fueron un grave error de cásting: Henry Fonda, que era un verdadero descendiente de los Fondas que se establecieron en el valle de Mohawk a mediados del siglo XVII, no daba el tipo como granjero, y Claudette Colbert, que ya tenía 36 años, parece salida directamente de un cocktail de Park Avenue (y que sustituyó a la incialmente prevista Linda Darnell). No obstante, ambos protagonizan escenas de gran fuerza dramática. Junto a ellos, el elenco característico de muchas películas de Ford: John Carradine, Ward Bond, Francis Ford, Arthur Shields, Russell Simpson o Jessie Ralph. En cierta ocasión, cuando se le preguntó al Maestro por qué utilizaba siempre a los mismos actores de reparto, respondió: “Porque son los únicos que siguen mis instrucciones.”


Pero quien de verdad se adueña de la función es Edna May Oliver, que interpreta a la viuda McKlennar, y que fue nominada al Oscar a la mejor actriz secundaria, que perdió frente a Hattie MacDaniel por “Lo que el viento se llevó”. Además de la de Oliver, la película recibiría otra nominación por la magnífica fotografía de Bert Glennon y Ray Rennahan.


Aunque es una de las cintas menos populares de John Ford, este Eastern o pre-Western, obtuvo cierto éxito en su momento, y contiene todos los temas fordianos por excelencia: la familia, el apego a la tierra, la importancia de la civilización, la patria, la camaradería, la crítica contra la hipocresía y la lucha contra los oprimidos (en esta ocasión los indios son retratados como verdaderamente salvajes y violentos, excepto en el personaje de Blue Back). Bellamente narrada y dirigida, con un lirismo que emociona pero no chirría y con su habitual humor en las escenas costumbristas, combina con excelencia las escenas épicas con escenas más intimistas. De todas las maravillosas imágenes que “Corazones indomables” destila, tres son los momentos que más me han impactado: 


- La secuencia en que Lana se despide de Gil, cuando este parte hacia la guerra, y cómo le vemos alejarse con la tropa mientras ella le sigue por los campos. Sublime.


- El regreso de los soldados en una noche de lluvia, y la búsqueda desesperada de Lana, angustiada por no encontrar vivo a su marido, hasta que al fin lo descubre herido en una cuneta del camino.



- Gil perseguido por tres indios a través de los bosques, tratando de llegar al fuerte más cercano para pedir ayuda, en una magnífica secuencia de secuencias, primero como cuatro siluetas recortadas en una maravillosa puesta de sol, después como presa asediada en una partida de caza. Pura narrativa cinematográfica.


Hay más, pero, para mí, estas tres secuencias sirven para demostrar por qué John Ford es tan grande. Y es porque no sólo expresan su profundo conocimiento del ser humano, sino porque evidencian también su exquisita sensibilidad visual,  cualidades ambas que pocos directores han llegado a poseer. 

Y eso, verdaderamente, es ser muy grande.


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