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jueves, 12 de julio de 2018

ESPÍRITU DE CONQUISTA

(Western Union, 1941)

Dirección: Fritz Lang
Guion: Robert Carson

Reparto:
- Robert Young: Richard Blake
- Randolph ScottVance Shaw
- Dean JaggerEdward Creighton
- Virginia GilmoreSue Creighton
- John CarradineDoc Murdoch
- Slim SummervilleHermann
- Chill WillsHommer
- Barton McLaneJack Slade
- Russell HicksGovernor

Música: David Buttolph
Productora: Twentieth Century Fox Film Corporation. (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 7.

“Mira lo que me ha dado, un reloj y una cadena” “Sí, pero qué hace con un reloj un tipo como tú que se acuesta al anochecer y se levanta al amanecer” “Bueno, queda muy bonito puesto y además suena bien”. Conversación entre los dos trabajadores de la posta tras haber recibido uno de ellos el reloj de Edward Creighton en agradecimiento a sus cuidados.


Hablar de Fritz Lang es referirse a uno de los mejores realizadores de la historia del cine. Nacido en Austria, desarrolla su primera etapa como director en Alemania en donde, junto con Murnau, se convertiría en el mayor representante de la corriente expresionista gracias a filmes fundamentales como “Los nibelungos” de 1924 (reconstrucción de un pasado mítico), “Metrópolis” de 1927 (fantasía futurista) y, ya durante la etapa sonora, “M, el vampiro de Dusseldorf” ( 1931) con un Peter Lorre encarnando a la maldad humana.


Tras rechazar el ofrecimiento de Joseph Goebbels de convertirse en el director de la UFA (el estudio cinematográfico más poderoso de Alemania), cargo que desempeñaría posteriormente Leni Riefensthal, emigraría a los EEUU, país en el que desarrollaría su segunda etapa y, al igual que Ernst Lubitch con la comedia, se convertiría en un elemento fundamental en la codificación tanto temática como estilística del cine negro. Quizás por la adsripción de sus películas al cine de género, durante bastante tiempo su trabajo en Estados Unidos fue desdeñado hasta ser definitivamente reivindicado y valorado en su justa medida por la crítica francesa.


Lang, a pesar de brillar en el noir con el que incluso presenta varios elementos en común su ciclo de películas antinazis, pronto se vio atraído por la mitología y la ética del Far-West rodando a principios de la década de los cuarenta dos wésterns, “La venganza de Frank James” (1940), segunda parte de “Tierra de audaces” (Henry King, 1939), y la película que nos ocupa; a las que se añadió una década más tarde, para completar su aportación al género, “Encubridora” (1952), su mejor cinta del Oeste en la que subvertía el tradicional papel de la mujer en este género, además de combinar magistralmente el wéstern con el cine de suspense e introducir un elemento novedoso en esta categoría de filmes a través de la canción “Chuck a luck”, mediante la cual narra los acontecimientos a medida que van sucediendo en la película.


ARGUMENTO: La compañía Western Union encarga al ingeniero Edward Creighton dirigir la instalación de una línea de telégrafos desde Omaha (Nebraska) a Salt Lake City (Utah). Una empresa peligrosa, sobre todo por la amenaza de los bandoleros y los pieles rojas, para la que contará con el apoyo de Vance Shaw, un exforajido, y Richard Blake, un dandy del este con hambre de aventuras. Ambos, además, rivalizarán por el amor de Sue, la hermana de Edward, lo que complicará aún más el resultado de la operación.


Si en su primer wéstern, también en Tehcnicolor y producido por la 20th Century Fox, Lang nos introdujo en la mitología del oeste a través de los hermanos James, Jesse y Frank; con esta película, en la que adaptó libremente una novela del especialista Zane Grey, se adentró en una de las páginas ilustres de la historia de los EEUU durante la segunda mitad del siglo XIX que simboliza el espíritu de sacrificio y el afán de superación del pueblo norteamericano, la construcción de la primera línea telegráfica transoceánica por la compañía Western Union a comienzos de la Guerra de Secesión.


Rodada pocos meses antes de la entrada de los EEUU en la II Guerra Mundial, nos encontramos con una película de exaltación patríotica sobre la construcción del país que entroncaría con la ya reseñada en el blog “Union Pacific” (Cecil B. De Mille, 1939) y en la que el ferrocarril es sustituido por el telégrafo como elemento fundamental para el desarrollo, la modernización y la unificación de la nación.


Sin embargo, el enfoque dado por Lang es muy diferente al de DeMille, ya que el director centroeuropeo, sin olvidar el espectáculo y el carácter épico de la empresa, nos va a ofrecer un filme desprovisto de toda solemnidad y más intimista en el que desarrolla varios temas comunes en su filmografía: la lucha de un individuo contra un ambiente adverso; la fatalidad, con el protagonista prisionero de su propio destino del que no puede escapar; y la delgada línea que separa el bien del mal.



La película cuenta con un prólogo fantástico en el que se nos ofrece información fundamental para conocer la personalidad de Vance Shaw, forajido encarnado por un Randolph Scott que iniciaba su periplo para convertirse en uno de los mayores iconos de este género. Así inicialmente se le ve contemplado una manada de bisontes, especie tan amenazada como el tipo de individuos que representa Vance, aquellos que hicieron de su habilidad con el revólver su medio de vida. Para a continuación, y a pesar de estar perseguido por el sheriff y sus ayudantes, socorrer a un hombre malherido. El encuentro marcará a ambos personajes ya que el herido no es otro que Edward Creighton, ingeniero encargado de tender la primera línea de telégrafo transcontinetal en los EEUU. Creighton desde el primer momento apostará por Shaw y le brindará la posibilidad de regenerarse contratándolo y posteriormente nombrándolo capataz. Pero la fatalidad perseguirá al expistolero y el pasado, representado en su hermano empeñado en boicotear la construcción de la línea telegráfica, le impedirá redimirse. Estamos pues ante un personaje trágico que se debatirá entre dos lealtades, a su trabajo con la Western Union y a su hermano, y que asumirá de forma dramática su infortunada condición, como se pone de manifiesto en la conversación mantenida con Sue en la que le comenta: “Debería haberte conocido hace dos años”, para, a continuación, confesar que: “Desde entonces he cometido varios errores” y por último afirmar que los errores  no siempre pueden corregirse.
Vance, por tanto, es un antihéroe, representante de un mundo en declive, que no será capaz de sobrevivir a los cambios impuestos por la modernización y el avance tecnológico. Estamos, pues, ante un personaje condenado a la extinción y profundamente moderno en su concepción que se anticipa en casi a una década a los desarrollados en wésterns como “El pistolero” (Henry King, 1950) o “Raíces profundas” (George Stevens, 1953).


Como contrapunto a la figura de Vance se encuentra Richard Blake, un personaje similar al que interpretó el propio Robert Young un año antes en “Paso al noroeste” (King Vidor). Nos encontramos con una persona de modales refinados, exquisita educación y amplia cultura que, aunque inicialmente parezca un petimetre cuyo padre le ha mandado al Oeste para “hacerle un hombre” y demuestre tener una visión estereotipada del Far-West, representa la modernidad y, por tanto, está preparado para adaptarse a los cambios que sufrirá el país. Será, en definitiva, el tipo de hombre que en un futuro casi inmediato, caracterizado por el rápido avance científico y técnico, sustituirá a las personas como Vance.


Lástima que este entramado argumental tope con un guion bastante tópico, que el propio Lang quiso modificar de forma infructuosa, en el que se introducen una serie de subtramas carentes de interés, como el triángulo amoroso conformado por Vance, Richard y Sue; así como, continuas escenas cómicas protagonizadas por el cocinero de la expedición, encarnado por Slim Summerville, que desvían la atención del espectador sobre la trama principal y aligeran innecesariamente el tono amargo del filme.


El resultado es una película que carece de la progresión dramática adecuada, en la que se van sucediendo las distintas escenas sin una clara conexión y en la que no se tiene la sensación ni del paso del tiempo ni del enorme esfuerzo que la empresa requirió por parte de sus protagonistas.



Pero a pesar de ello, Lang se las arregla para ofrecernos una serie de secuencias muy difíciles de olvidar en las que deja patente sus virtudes cinematográficas. Así junto con el magnífico y simbólico prólogo anteriormente reseñado, hay que añadir la escena del ataque indio en la que destaca el sorpresivo plano de uno de los trabajadores colgando de un poste de telégrafo atravesado por una flecha; el espectacular incendio provocado por el hermano de Shaw, un adecuado Barton McLane, en el que el fuego simboliza el infierno interior vivido por el protagonista; la presentación de los pieles rojas con un extraordinario y rápido movimiento de cámara; y, sobre todo,el excelente, triste y atípico final, en el que de nuevo juega un papel importante el fuego, pero en esta ocasión como elemento purificador. Asi, un Vance con las manos quemadas (idea que pudo influir en dos de los spaghettis más renombrados de Sergio Corbucci, “Django” y “El gran silencio”, en los que el antihéroe se enfrentaba a sus rivales con las manos destrozadas) decide acabar con su hermano y sus secuaces. Secuencia que se inicia con la cámara situada en el interior de la barbería enfocando a través del amplio ventanal la llegada de Vance, para a continuación Lang utilizar la cámara subjetiva con el objeto de que, al igual que el protagonista, el espectador conozca la situación exacta de cada uno de los pistoleros y culminar, una vez consumado el tiroteo, con un bellísimo primer plano de la mano vendada de Vance cayendo inerte desde el alfeizar de la ventana en el que la tenía apoyada para inmediatamente después enfocar su cuerpo sin vida, y todo ello con un silencio sobrecogedor. Escena que el director empalma con un plano de arrebatadora belleza y lirismo conmovedor en el que vemos, en el ocaso del día, la tumba de Vance para a continuación elevar la cámara con la grúa y mostrarnos los postes de telégrafo; plano magistral y claro homenaje a la figura de Vance Shaw, símbolo de todos aquellos que se sacrificaron para que el país avanzase, se modernizase y civilizase.


“Espíritu de conquista”, a pesar de no ser una película perfecta, es enormemente moderna y, sin duda, sus virtudes son muy superiores a sus defectos, lo que la convierte en un wéstern recomendable para todo aficionado al género; además de dejar patente, aunque de forma intermitente, el talento narrativo y la impronta visual de uno de los mayores genios del séptimo arte que abordó con un absoluto respeto este género porque comprendió que el wéstern para los norteamericanos era a la vez historia, religión y mito sobre su fundación y como tal lo trató.



miércoles, 30 de mayo de 2018

EL ÚLTIMO PISTOLERO

(The shootist, 1976)

Dirección: Don Siegel
Guion: Miles Hood Swarthout y Scott Hale

Reparto:
- John Wayne: J. B. Books
- Lauren BacallBond Rogers
- Ron HowardGillom Rogers
- James StewartDr. Hostetler
- Richard BooneSweeney
- Hugh O’BrianPulford
- Bill McKinneyCobb
- Harry MorganMarshall Timido
- John CarradineBeckum
- Sheree NorthSerepta
- Rick LenzDobkins
- Scatman CrothersMoses
- Gregg PalmerBurly Man

Música: Elmer Bernstein
Productora: Paramount Pictures, Dino De Laurentiis Company (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 7’5

“No soporto las injusticias. No soporto a los bravucones. No soporto los insultos. Si alguien me ofende o me traiciona, tarde o temprano debe esperar mi venganza." Código de conducta de John Bernard Books.


ARGUMENTO: Nevada, junio de 1901. John Bernard Books, un legendario pistolero, regresa a su ciudad natal para saldar una cuenta pendiente con tres matones y poder disfrutar de un poco de sosiego. Sin embargo, el doctor de la ciudad y viejo camarada le dará una terrible noticia.


“¿Sabes? En su última película muere John Wayne” “Imposible, John Wayne no puede morir nunca” “Que sí, mi hermano fue al cine ayer y me lo ha dicho”.


Pocas semanas después de haber mantenido esta conversación con un chaval de mi pandilla fui a ver la película con mis padres. Yo había visto morir a Wayne en la pantalla varias veces: acribillado a traición por un pistolero incapaz de soportar que un hombre mayor le hubiera vencido en una pelea, atravesado por una bayoneta mientras defendía una misión reconvertida en fortaleza en un pueblo perdido de México, de un traicionero disparo tras haber tomado Iwo Jima durante la Segunda Guerra Mundial, e, incluso, ahogado por un pulpo gigante. Pero sabía que lo volvería a ver en su próximo filme, que sólo eran muertes de mentira. Sin embargo esta vez… esta vez, a pesar de mi edad, me di cuenta de que era verdad, de que en realidad el actor con esta película nos estaba diciendo definitivamente adiós, no un hasta luego como había sido habitual.


Porque en pocos filmes se ha producido una simbiosis tan profunda entre el interprete y el personaje interpretado. De hecho, en un claro homenaje, Siegel abre la cinta con imágenes de wésterns protagonizados por Duke mientras nos va narrando la vida de J. B. Books (en concreto los wésterns que aparecen son “Río Rojo”, “Hondo”, “Río Bravo” y “El Dorado”). Ante nuestros ojos, en unos pocos fotogramas, se nos muestra el ciclo vital de Wayne-Books; para en la primera escena del filme ver a un actor-pistolero envejecido que, tras haber completado ese ciclo, regresa al pueblo que le vio nacer buscando un poco de paz en los últimos días de su vida.


Pero le espera una amarga sorpresa. El maduro pistolero aquejado de un dolor en la espalda visita a un médico, viejo conocido, quien le diagnóstica un cáncer terminal.


Wayne estaba anunciando al mundo que, tras haber superado un cáncer por el que le extirparon un pulmón doce años antes, volvía a padecer la terrible enfermedad y en esta ocasión probablemente no podría vencerla (el rodaje de la secuencia fue de una gran emotividad, de hecho se hizo un profundo silencio en el set en el momento en el que el bueno de James Stewart le comunicaba la dolencia). Por primera vez se mostraba vulnerable un actor duro como el acero que parecía tan inmutable como el escenario del Monument Valley en el que tantas veces había rodado. El interprete-personaje aparecía marchito, cansado y dolorido, portando un cojín rojo sobre el que sentarse para aliviar sus padecimientos.


Porque la película es un sentido homenaje al actor cuyo tiempo, como el de Books, desgraciadamente había pasado. Así, al igual que el pistolero se va a encontrar con una ciudad con teléfonos y agua corriente en las viviendas, y tendidos eléctricos, automóviles y tranvías por las calles; es decir, con la modernidad que certifica el final de los tiempos en los que las controversias se resolvían con el revólver. La estrella se encontraba también con que el wéstern clásico, del que era su máximo representante, se extinguiría con su muerte.


Estamos, por tanto, ante la crónica melancólica y nostálgica de una despedida, pero también ante toda una lección de cómo enfrentarse a la muerte con serenidad, orgullo y dignidad. De hecho Books le comentará a la viuda Rogers: “Sólo me considero un hombre que quiere morir como tal”.


Y de nuevo los paralelismos son evidentes. Vemos al ajado Books vender sus pertenencias, comprar su propia lápida, dar su último paseo en carricoche con una mujer e, incluso, enojarse con un periodista sin escrúpulos y una antigua amante que quieren aprovecharse de su nombre, todo ello antes de rendir su último servicio a la comunidad acabando con tres indeseables. Igualmente, Wayne hizo todo lo posible por no faltar a la cita con su público y a pesar de que los dolores a medida que avanzaba el rodaje se hacían insoportables, constituyendo un verdadero calvario para el actor, consiguió acabar la película; aunque hubo que recurrir varias veces a un doble los últimos días de filmación.



Además, para este último viaje, Siegel rodeó a Wayne de viejos camaradas. Así aparecen Lauren Bacall con la que, gracias a William Wellman, había vivido un romance en la peligrosa China de principios del siglo XX; James Stewart, al que siempre protegió y aupó al Senado de los Estados Unidos aunque su actitud le llevará a perder a la mujer que más había amado (de hecho la alusión en la película a los quince años que llevan sin verse el pistolero y el doctor es un guiño al tiempo transcurrido desde que rodaron la obra maestra de Ford); John Carradine, con el que compartió un inolvidable trayecto en diligencia; o Richard Boone con el que se enfrentó, dándole su merecido, por haber secuestrado a su nieto.


Y sí, al final de la película muere John Wayne pero para entrar en la leyenda y permanecer por siempre en nuestros corazones.


jueves, 20 de octubre de 2016

LA DILIGENCIA

(The stagecoach) - 1939

Director: John Ford
Guion: Dudley Nichols

Intérpretes:
- Claire Trevor: Dallas
- John Wayne: Ringo Kid
- Thomas Mitchell: Doc Boone
- Andie Devine: Buck
- John Carradine: Hartfield
- Louise Platt: Lucy Mallory
- George Bancroft: Marshall Curley
- Donald Meek: Samuel Peacock
- Berton Churchill: Gatewood
- Tim Holt: Teniente Blanchard   

Música: Temas populares arreglados, entre otros, por Richard Hageman

Productora: Walter Wanger Production 
País: Estados Unidos

Por: Jesús CendónNota: 8,5

"Somos las víctimas de un morbo infecto llamado prejuicios sociales" (El doctor Boone a Dallas inmediatamente antes de ser expulsados de Tonto por los miembros de la Liga de la Ley y el Orden)


ARGUMENTO: Un grupo de individuos viaja de Tonto a Lordsburg. Pronto se les unirá un proscrito, Ringo Kidd. Juntos deberán vencer a sus prejuicios morales y hacer frente a numerosos peligros, entre los que se encuentra  la revuelta del apache Gerónimo.


Quizás no sea el mejor western de la historia del cine pero, sin duda, es uno de los más importantes y de mayor influencia porque convirtió lo que hasta ese momento era un género considerado menor, caracterizado, salvo escasas excepciones, por producciones realizadas en serie destinadas a rellenar las sesiones dobles a base de historias simples y con personajes planos, en un género para adultos con argumentos más complejos y personajes perfectamente definidos. El resultado fue que por primera vez, si exceptuamos “Cimarrón” (Wesley Ruggles, 1931), un western estuvo nominado a siete Oscar, incluidos a los de mejor película y director; aunque tuvo la fatalidad de competir con “Lo que el viento se llevó”,  por lo que sólo fue galardonada con dos frente a los diez que obtuvo la lujosa y plúmbea producción de David O. Selznick quien, curiosamente, había rechazado el proyecto de Ford. Sin embargo creo que el tiempo ha puesto a ambas películas en su lugar.

Se trata por tanto del western que indicó por dónde debía transitar este género, pero además a través del relato de un grupo heterogéneo de individuos enfrentados a un enemigo común en el que se combinan perfectamente aventura, humor, principalmente con el personaje de Curly, y amor, Ford nos da una visión nada complaciente de una sociedad hipócrita y puritana, caracterizada por sus prejuicios y obsesionada por las apariencias; y al mismo tiempo crítica el capitalismo salvaje, representado en el banquero estafador que exige la inexistencia de controles en las actividades de los hombres de negocios (supongo que la crisis del 29 todavía estaba muy presente). Un individuo insolidario cuyos lemas son: “América para los americanos. El gobierno no debe intervenir en los negocios. Reducir impuestos. Un hombre de negocios como presidente”; pero que no duda en exigir la protección de ese estado que tanto denuesta, representado por el ejército, cuando lo necesita. Estamos ante un patriota de boquilla y “anarcoliberal” que intenta enriquecerse robando las nóminas de sus conciudadanos. Personaje, desgraciadamente, muy actual.

Para rematar su visión, establece una constante dialéctica entre las clases populares y la aristocracia (muy representativa en este sentido es la escena en la que Lucy se levanta de la mesa para no permanecer sentada junto a Dallas), mostrando más simpatía por los personajes marginales, seres imperfectos pero de mayor humanidad: la prostituta Dallas (personaje que se caracteriza por su solidaridad y está interpretado por una convincente Claire Trevor, aunque inicialmente se pensó en Marlene Dietrich para darle vida); el alcoholizado pero lúcido Doctor Boone (un genial Thomas Mitchell justamente galardonado con el Oscar a mejor actor secundario) al que Ford reserva la frase final que define en gran parte a la película: “Ya se han librado de las ventajas de la civilización”; o el prófugo de la justicia Ringo, acusado injustamente de un crimen que no cometió (un joven John Wayne en uno de sus primeros papeles importantes tras el injusto fracaso en taquilla del excelente western “La gran jornada” dirigida en 1930 por Raoul Walsh).


Mientras que parece retratar con más severidad a los honorables miembros de esa sociedad: Lucy, la altiva, estirada y clasista mujer de un oficial; el caballero del sur devenido en vulgar fullero (el fordiano John Carradine) al que parece importarle solamente el personaje anterior al reconocer en ella a su misma clase social, el ya comentado personaje de Gatewood (un banquero prepotente, egoísta y farsante autor de un desfalco); o, incluso, el sheriff (George Bancroft) que trata de forma diferente a las dos mujeres, así mientras que se dirige a Lucy como dama o señora a Dallas la tutea o se dirige a ella con su nombre de pila. Un grupo cuyos miembros tan sólo comenzarán a acercarse tras el nacimiento del hijo de Lucy, feliz acontecimiento en el que la actitud del médico borrachín y la prostituta será capital.

 


Desde el punto de vista técnico el filme es extraordinario. Ford filma escenas espectaculares como la del ataque a la diligencia que a pesar del tiempo transcurrido es difícilmente superable, y da toda una lección sobre la planificación y el encuadre (Anthony Mann llegó a afirmar que: “El realizador que más he estudiado, mi director favorito, es John Ford. En un plano expone más rápidamente que cualquier otro el entorno, el contenido, el personaje. Tiene la mayor concepción visual de las cosas y yo creo en la concepción visual de las cosas”); así como de la utilización del fuera de plano, en la escena del enfrentamiento entre Ringo y los hermanos Plummer cuyo suspense se acentúa al ver a uno de los personajes entrar en el saloon, y de la panorámica que le permite sacar un gran partido de su querido Monument Valley, a partir de esta película paisaje emblemático de sus mejores westerns. Además de regalarnos algunas imágenes que han pasado a la historia del cine, como la presentación de Ringo a través de un travelling frontal mientras carga su wínchester con una mano.

Por último, comentaros como anécdota que Orson Welles, impactado por “La diligencia”, reconoció haberla visto docenas de veces inmediatamente antes de dirigir “Ciudadano Kane”.



En definitiva un clásico y, como tal, atemporal que, además, rescató a su protagonista de los westerns de serie B en los que estaba encasillado (en los años posteriores rodaría “Mando siniestro”, “Hombres intrépidos” y “El guardián de la colina” de, respectivamente, Walsh, Ford y Hathaway), dando el primer paso para convertirse en el cowboy por excelencia.





jueves, 19 de mayo de 2016

JOHNNY GUITAR

(Johnny Guitar) - 1954

Director: Nicholas Ray
Guion: Philip Yordan (basado en la novela de Roy Chanslor)

Intérpretes:
Joan Crawford: Vienna
- Sterling Hayden: Johnny Guitar Logan
- Mercedes McCambridge: Emma Small
- Scott Brady: Dancin' kid
- Ward Bond: John McIvers
- Ben Cooper: Turkey Ralston
- Ernest Borgnine: Bart Lonergan
- John Carradine: Old Tom


Música: Victor Young

Productora: Republic Pictures
País: Estados Unidos

Por: Xavi J. PruneraNota: 9

Johnny Guitar: Nunca le doy la mano a un pistolero zurdo

SINOPSIS: Johnny Guitar Logan (Sterling Hayden), un antiguo pistolero que desea cambiar de vida, llega al Vienna’s Saloon dispuesto a ofrecer sus servicios como guitarrista. Instalado a las afueras de un pequeño pueblo de Arizona, en medio de la nada, el Vienna’s Saloon es una casa de juegos propiedad de Vienna (Joan Crawford), un antiguo amor de Johnny.



Simultáneamente, una diligencia es asaltada por unos forajidos que matan al hermano de Emma Small (Mercedes McCambridge), la influyente y psicótica propietaria de un rancho cercano. Emma acusa injustamente a Dancin’ Kid (Scott Brady) y sus hombres, un grupo de exmineros, del asalto y el asesinato de su hermano porque no puede soportar que Dancin’ Kid prefiera a Vienna antes que a ella. Cuando el exminero y su banda roban el banco local, Emma implicará a Vienna en el asalto y organizará una batida para detenerles y ahorcarles. Johnny, sin embargo, intentará impedirlo.



¿Es un western? ¿Un romance? ¿Un melodrama? ¿Una tragedia de inconfundible tinte griego? ¿Alguien podría clasificarla? No, no lo creo. Porque más allá de todo eso, “Johnny Guitar” es —fundamentalmente— una peli inclasificable. Una peli demasiado grande para poder delimitarla tan fácilmente. Una peli que trasciende las divisorias de cualquier topic que se os ocurra para situarse, simple y llanamente, en ese sacrosanto tabernáculo en el que encontramos a los mejores films de todos los tiempos.



Hay, sin lugar a dudas, algo mágico en ella. Algo mágico, hipnótico y adictivo. Algo que no te deja indiferente y que te induce a amarla o a odiarla con la misma intensidad. Quizás sea la penetrante mirada de Vienna, el enigmático pasado de Johnny, la magistral partitura de Victor Young, su ineludible lectura cromática o ese desbordante torrente de aforismos con el que podrías empapelar tu casa. No lo sé.



Posiblemente todo se deba a quien con tanto talento supo coordinar todos esos componentes. Nicholas Ray. Un cineasta en estado de gracia cuya triste y agria mirada consiguió imbuir en este peliculón una atmósfera tensa, angustiosa, irrespirable. Una atmósfera que no da tregua al espectador en ningún momento y que lo lleva en volandas hasta la catarsis final. Y de ahí, a uno de los más románticos y estremecedores desenlaces del séptimo arte.



Pero, bueno, dejémonos de florituras e intentemos ahondar un poquito más en este espléndido western. Personalmente, una de las cosas que más me llaman la atención de “Johnny Guitar” es su carácter eminentemente feminista. Y no, no lo digo con ningún retintín. “Johnny Guitar” es, claramente, un western feminista porque —pese a su engañoso título masculino— el papel protagonista lo interpreta una mujer (Vienna). Algo que no deja de ser curioso teniendo en cuenta que lo más habitual en este género es que ese rol lo interpretara casi siempre un hombre.



Pero ahí no acaba la cosa: no solo la protagonista es una mujer. También lo es la antagonista, Emma Small, una mujer carcomida por la envidia y los celos que hará todo lo posible para acabar con su gran rival. Un verdadero choque de estrógenos, en definitiva, que provocará que todos los hombres que rodean tanto a Vienna como a Emma (incluido Johnny) parezcan auténticas comparsas ante este par de mujeres —y nunca mejor dicho— de armas tomar.



Otro de los factores más atípicos de “Johnny Guitar” es, sin lugar a dudas, su peculiar tratamiento del color. Un invento de la Republic, el TruColor, que resalta los colores brillantes y que —a primera vista— contrasta totalmente con la luz natural del oeste. Una luz cálida, difuminada y terrosa que se sitúa a las antípodas de esa paleta efectista, chillona y agresiva que nos propone el TruColor de Harry Stradling.



Sin embargo, no debemos olvidar en ningún momento que “Johnny Guitar” no es un western convencional. Y eso significa, como ya he avanzado anteriormente, que este curioso tratamiento cromático ha de tener —por narices— algún motivo, alguna razón determinada, alguna otra lectura que no sea la de la simple y llana experimentación. Así pues, yo diría (a tenor de lo que he ido leyendo y puedo deducir por mi cuenta) que esos colores tan vibrantes tienen una clara y meridiana significación simbólica. Sobre todo en lo que al vestuario de Vienna respecta. Desde el lúgubre negro que viste al principio (alegoría del misterio, de lo desconocido) hasta ese deslumbrante y espectacular vestido blanco que luce cuando toca el piano esperando a los hombres del pueblo (símbolo de la pureza, de la inocencia) pasando por ese sensual encaje o negligé morado en el momento más romántico de la peli (como clara bandera de la pasión amorosa y/o sexual) o la escandalosa camisa amarilla en el emocionantísimo duelo final (como emblema del valor, del coraje).



Pero si por algo destaca por encima de todo “Johnny Guitar” es, obviamente, por sus diálogos. Un auténtico aluvión de frases, réplicas y contrarréplicas al más puro estilo noir (repletas, como no, de ironía y mordacidad elevadas a la enésima potencia) que llegan a su punto más álgido en esa mítica conversación nocturna en la que Johnny y Vienna acaban desnudándose emocionalmente y dando rienda suelta a sus deseos y sentimientos más recónditos. Naturalmente, me estoy refiriendo a la mítica secuencia del “Miénteme”, uno de esos momentazos que —con el tema de Victor Young y Peggy Lee sonando de fondo— han hecho de “Johnny Guitar”, sin lugar a dudas, una de las pelis más legendarias de la historia del cine.
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TRAILER: