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jueves, 7 de diciembre de 2017

DOS CABALGAN JUNTOS

(Two rode together, 1961)

Dirección: John Ford
Guion: Frank S. Nugent

Reparto:
- James Stewart: Marshall Guthrie McCabe
- Richard Widmark: Teniente Jim Gary
- Carolyn Jones: Marty Purcell
- Linda Cristal: Elena de Madariaga
- Andy Devine: Sargento Darius P. Posey
- John McIntire: Comandante Frazer
- Willis Bouchey: Harry Wringler
- Henry Brandon: Jefe Quanah Parker
- Harry Carey Jr.: Ortho Clerg
- Olive Carey: Abby Frazer
- Woody Strode: Stone Calf

Música: George Duning
Productora: Columbia Pictures

Por Jesús Cendón. NOTA: 9

“Nos hemos engañado al venir aquí. Todos nosotros hemos cometido un gran error. No debimos abandonar nuestra tierra” (Harry Wringler dirigiéndose al resto de colonos tras ver a uno de los cautivos recuperados por el sheriff McCabe y el teniente Gary)


John Ford, uno de los mayores genios sino el mayor del celuloide, fue un hombre muy celoso de su obra. De ahí su esfuerzo por ejercer un control casi absoluto sobre la misma, lo que le llevó a implicarse como guionista, reelaborando escenas de los libretos e, incluso, escribiendo otras que no figuraban en ellos, y a ejercer como productor (en la década de los cuarenta creó la Argosy Production con la que rodó, entre otras, su famosa Trilogía de la Caballería y “El hombre tranquilo”).


Pero al mismo tiempo, como señala Jordi Bernal en un artículo reciente, se consideraba un profesional, un trabajador del cine, y era consciente de cómo funcionaba la industria hollywoodiense en la que se producían los filmes en serie. Este hecho le llevó a aceptar productos por encargo, proyectos puramente alimenticios en los que no obstante dejó huella de su personalidad. Dentro de esta última categoría se encuentra “Dos cabalgan juntos”.



Ford aceptó participar tras la insistencia de Harry Cohn, amigo y presidente de la Columbia Pictures, y por los pingües beneficios prometidos (el veinticinco por ciento de la cantidad obtenida en taquilla además de su sueldo habitual), pero desde el primer momento mostró su rechazo al guion, según él uno de los peores que había leído, por lo que continuamente estuvo retocándolo; y aunque le atraía rodar con la pareja protagonista, se topó con que esta estaba algo incómoda con unos papeles escritos para actores más jóvenes. Lo cierto es que Ford quedó plenamente satisfecho con el trabajo de las dos estrellas, de tal forma que volvería a colaborar con James Stewart en la inmortal “El hombre que mató a Liberty Valance” (1962) y en el episodio corto de “El gran combate” (1964) en el que interpretó a Wyatt Earp, un papel muy similar al del sheriff McCabe; mientras que confió a Richard Widmark el papel protagónico en esta última.



Lo sorprendente es que Ford hizo un filme muy personal que encaja perfectamente en su filmografía wéstern caracterizada desde mediados de los años cincuenta por una visión desencantada, sombría y crítica de la formación de los EEUU, y culminada con la mencionada “El gran combate” sobre el confinamiento de la población autóctona en vergonzantes reservas.



ARGUMENTO: Presionado por varios congresistas de Washington, el comandante Frazer encomienda a Guthrie McCabe, sheriff de Tascosa; y al teniente Jim Gary la misión de liberar a los blancos raptados durante los últimos años por el jefe comanche Quanah Parker. Una vez en el campamento de este ambos constatarán el sinsentido de su misión.



Con “Dos cabalgan juntos” Ford retomó el tema principal de “Centauros del desierto”, la búsqueda de blancos hechos prisioneros por los indios; pero, como señaló en su día Javier Marias y a pesar de haber introducido abundantes situaciones cómicas protagonizadas tanto por el sargento Posey (Andy Devine) como por el irónico sheriff McCabe, es un filme más pesimista que su antecesor porque mientras la magistral película de 1956 dejaba un resquicio a la esperanza al “liberar” en el último momento Ethan a su sobrina (¿hija?); en el filme que nos ocupa Ford niega toda posibilidad de “recuperar para la civilización” a la población blanca raptada por los pieles rojas. Son seres diferentes que han asumido su nueva condición de comanches identificándose con estos, han enloquecido o no desean volver a sus antiguos hogares para evitar los prejuicios de la sociedad blanca.



El argumento no es la única semejanza existente entre “Dos cabalgan juntos” y su obra cumbre. Así, la película prácticamente se inicia con un plano con la cámara en el interior de un edificio enfocando al exterior; asimismo la primera conversación entre Jim Gary y Bell, la dueña del saloon, remite a otra mantenida por Ethan y Martin acerca de cómo debía dirigirse este a su “tío”; mientras que la historia se estructura en torno a dos personajes con personalidades opuestas, aunque en la película que nos ocupa se acentúa el carácter antagónico de ambos.



De esta forma nos vamos a encontrar con el Marshall Guthrie McCabe, un soberbio James Stewart en un papel muy alejado de los que nos tenía acostumbrados. Un individuo moralmente ambiguo que no cree en la búsqueda emprendida y se embarca en la empresa con el único objetivo de obtener un beneficio económico (500 dólares por cada cautivo rescatado). Estamos ante un hombre profundamente egoísta alejado del típico héroe desprendido del wéstern clásico; un ser ambicioso, corrupto (cobra el diez por ciento de todos los negocios de Tascosa), vividor y tremendamente cínico; pero que al final se rebelará como el único personaje lúcido de la película al ser consciente de lo que van a encontrar en el campamento de Quanah; además de saber evolucionar positivamente y redimirse por amor. Mostrando, ante el recibimiento dado a Elena (una de las cautivas) por la mayoría de los oficiales y de sus esposas (representantes de la sociedad biempensante), unos principios morales sólidos. Como afirma Jim al final del filme: el viejo McCabe ha encontrado algo que deseaba más que el diez por ciento, el amor de Elena Madariaga.



Como contrapunto a Guthrie aparece el teniente Jim Gary, un no menos extraordinario Richard Widmark. Prototipo del militar fordiano: un hombre fiel a su deber, honorable, noble, recto y solitario. Un individuo que se juega la vida por apenas ochenta dólares al mes, presupuesto que le impide, incluso, comprar cigarros. Tras su estancia en el poblado comanche terminará por comprender la actitud de McCabe y la inutilidad de su misión.



Como toda gran obra, el filme se puede ver como una simple película de aventuras pero en una lectura más profunda se aprecian una serie de temas, la mayoría recurrentes en la filmografía de Ford, que la enriquecen. Entre estos cabe destacar:



- La convivencia imposible entre culturas distintas tras años de conflicto cuyas heridas no han cicatrizado; además de haber generado este sufrimiento desconfianza, recelo, desprecio y odio hacia el otro, hacia el diferente.



- La formación de la personalidad y de la identidad del individuo. Al ser el hombre un ser cultural, el entorno y la sociedad en los que se desarrolla fijan sus rasgos distintivos. Claros ejemplos respecto a esta cuestión son la conducta de Running Wolf, un joven de diecisiete años capturado por los indios con ocho que se siente comanche; o la de Elena de Madariaga cinco años casada con Stone Calf que, al morir este y de forma refleja, entonará un canto fúnebre comanche.



- La crítica a la sociedad anglosajona protestante (Ford era de origen irlandés y católico). Una sociedad caracterizada por la xenofobia, la hipocresía, la violencia, la intransigencia y la intolerancia; además de mostrarse inmisericorde. Buena prueba de ello son dos grandes escenas: la del baile, en la que los soldados y sus esposas le hacen el vacío a la recién liberada Elena, además de tan sólo mostrar interés por los detalles más escabrosos de su relación con los pieles rojas; y la del linchamiento (una de las secuencias más brutales rodadas por John Ford) en la que, tras un simulacro de juicio, una turba sedienta de sangre liderada por un predicador sosteniendo la Biblia (el detalle sin duda no es casualidad) acaba con la vida de uno de los blancos rescatados. Escena que culmina de forma demoledora la aventura de los dos protagonistas y en la que John Ford ideó el detalle de la caja de música, potenciando el dramatismo de la misma.



He dejado para el final la que es sin duda una secuencia mítica. Me estoy refiriendo a la del río. Rodada en un solo plano y con la cámara en el agua, son alrededor de cuatro minutos mágicos en los que McCabe y Gary (de nuevo sobresalientes Stewart y Widmark) mantienen una larga conversación plena de naturalidad y aparentemente banal pero que nos aporta mucha información de ambos personajes. Sólo por esta escena “Dos cabalgan juntos” creo que debe ser considerada como uno de los mejores filmes rodados por Ford.



Tengo, por tanto, que discrepar en esta ocasión del gran maestro que consideraba “Dos cabalgan juntos” como “la peor mierda que he hecho en veinte años”, porque se trata de una gran película, un wéstern genuino que se ha ido revalorizando con el paso del tiempo.



Por último comentaros, como curiosidad, que en la presentación del sheriff McCabe sentado en el porche Ford se auto cita, ya que el plano remite claramente a Henry Fonda en “Pasión de los fuertes” (1946).


jueves, 28 de septiembre de 2017

MISIÓN DE AUDACES

(The horse soldiers, 1959)

Dirección: John Ford
Guion: John Lee Mahin y Martin Rankin.

Reparto:
- John Wayne: Coronel John Marlowe
- William Holden: Mayor Henry Kendall
- Constance Towers: Miss Hanna Hunter
- Judson Pratt: Sargento de Primera Kirby
- Ken Curtis: Wilkie
- Willis Bouchey: Coronel Phil Secord
- Bing Russell: Duker
- Carleton Young: Coronel Jonathan Miles
- Denver Pyle: Jackie Jo
- Strother Martin: Virgil

Música: David Butolph.
Productora: The Mirisch Corporation. Mahin-Rankin Production.

Por Jesús Cendón. NOTA: 8


“Uno nace, otro se va. Interesante proceso: traer seres al mundo para este resultado” (El Mayor Kendall al Coronel Marlowe tras haber asistido a una parturienta inmediatamente después de haber fallecido un soldado).

El tándem John Ford (director)-John Wayne (actor) fue uno de los más fructíferos del Hollywood clásico, legándonos obras del nivel de “La diligencia” (1939), “Fort Apache” (1948), “Tres padrinos” (1948), “La legión invencible” (1949), “El hombre tranquilo” (1952), “Centauros del desierto” (1956), “Escrito bajo el sol” (1957)” o “El hombre que mató a Liberty Valance” (1962).



En esta película el primero abordó el tema de la Guerra de Secesión (1861-1865), conflicto bélico con abundantes y continuas referencias en su filmografía pero al que tan sólo volvió en el episodio correspondiente de “La conquista del Oeste” (1962) en el que de nuevo contó con su actor fetiche dando vida al General Sherman.



Para esta ocasión se basó en un hecho real, el llamado “raid” del coronel Grierson, novelado por Harold Sinclair y guionizado por la pareja Mahin-Rackin, que también ejerció como productora.

ARGUMENTO: El coronel nordista John Marlowe recibe la orden de internarse con su brigada en territorio confederado con el objetivo de destruir la estación de Newton, fundamental para las comunicaciones y el transporte de materiales del Sur. Junto a sus hombres le acompañará el mayor médico Henry Kendall con el que mantendrá desde el inicio un constante enfrentamiento.



Claro ejemplo del talento de Ford, la escena inicial en el que vemos recortadas las figuras de la caballería unionista mientras suena una preciosa marcha militar te vuelve a enganchar y a engañar porque parece que nos va a ofrecer un filme de acción a mayor gloria del ejército estadounidense, una historia épica en la que se resalte el heroísmo de los soldados de azul. Pero lo cierto es que nos encontramos ante una película demoledora y amarga en la que la Guerra de Secesión norteamericana le sirve al genial director para mostrar el horror y desprecio que sentía por los conflictos bélicos, desmontando de esta forma la fama propagada por una crítica interesada que le tachó injustamente de belicista. Porque en la guerra de Ford no hay lugar para el heroísmo y la gloria ya que esta se muestra como la derrota de la civilización; de hecho el coronel Marlowe llega a afirmar frente a los reproches del mayor Kendall que: “La guerra no tiene mucho que ver con la civilización”. Su visión es, pues, desapasionada y nos expone de forma cruda qué es para él la guerra: muerte, sufrimiento, dolor, destrucción y desolación.

En este sentido cobran gran importancia varias escenas:



La carga de los cadetes con edades comprendidas entre 8 y 17 años de la Escuela Militar de Jefferson (secuencia que no figuraba en el guion y fue ideada por el director), mostrándonos sin ningún tipo de moralina la locura en la que se ven envueltos estos con dos detalles excepcionales: dos de los cadetes no se encuentran disponibles por tener paperas y un tercero es relevado ante las suplicas de su madre, que ya ha perdido en la guerra a su marido y al resto de sus hijos. Son en definitiva niños víctimas de la guerra de sus mayores.



La carga suicida del ejército Confederado en Newton, con homenaje a “El nacimiento de una nación” incluido. Ataque cuyo resultado es una masacre y le hace al coronel Marlowe afirmar: “Yo no quería esto. Trataba de evitar la lucha”, mientras que el mayor Kendall le responde: “Por eso escogí la medicina”.



A la escena anterior le suceden las correspondientes a la destrucción de la estación de Newton con los soldados comportándose como meros salteadores y la del bar en el que se improvisa un hospital de campaña para atender a los heridos, muchos de ellos destrozados, que culmina, para aumentar el dramatismo y el sinsentido de lo que hemos visto, con una conversación entre Kendall y el coronel confederado al frente del ataque, viejos conocidos, sobre el estado de la familia del último.



Además Ford hace hincapié en el hecho de que ninguno de los oficiales nordistas sea militar de carrera, mostrándolos como civiles envueltos en una situación que les supera; son también víctimas del conflicto. Así el coronel Marlowe es ingeniero de ferrocarriles, dándose la paradoja de que el conflicto bélico le obliga a destruir aquello que construye en su vida civil (estaciones y vías de ferrocarril). El mayor Kendall es médico y constantemente deja constancia de que “Antes que nada soy médico”. El mayor Grange es actor e incluso llega a recitar un pasaje de Ricardo II; mientras que el coronel Secord es político. Y curiosamente es a este, junto con los desertores, al que Ford muestra todo su desprecio, puesto que intenta obtener un beneficio de las acciones de rapiña protagonizadas por sus hombres (sueña primero con potenciar su candidatura al Congreso, más tarde con convertirse en Gobernador e incluso, en plena enajenación, con llegar a ser el Presidente de los EEUU).



Además Ford, consecuentemente con su planteamiento antibelicista, no toma partido por ninguno de los dos bandos en conflicto. Así presenta a los yankees, aunque deben cumplir con su deber, prácticamente como intrusos; mientras que a los rebeldes los retrata como seres dignos y honorables e incluso muestra cierta admiración por ellos a través del general Sherman quien sostiene que con menos recursos y menos hombres el Sur tiene en un puño al Norte, justo inmediatamente después de que le preguntasen “¿Qué tal?” y contestara “Viviendo”, palabra clave porque en la guerra el éxito lo constituye el seguir vivo.
Película, por tanto, con una profunda carga dramática que el genial director de origen irlandés alivia recurriendo a varias escenas de corte humorístico, demostrando una vez más que estaba especialmente dotado para este género. Entre los gags más conseguidos se encuentran los relativos a la afición del sargento mayor por la botella o la secuencia de la cena cuando una sugerente e insinuante Miss Hanna le pregunta al coronel Marlowe si prefiere pata o pechuga, provocando el aturdimiento en el militar.





Como todos los filmes de Ford es una película de personajes y para dar vida a estos volvió a contar con un elenco excepcional. La trama se estructura en torno al conflicto surgido entre los dos protagonistas: un extraordinario John Wayne en el rol del coronel Marlowe, un hombre rudo y amargado, consciente de su deber que antepondrá a cualquier otra consideración. Con un pasado doloroso que le lleva a detestar a los médicos, encauzará ese odio hacia Kendall, rol magníficamente interpretado por William Holden. Este representa el humanismo en la barbarie, un hombre caracterizado por su ironía pero que, ante todo, es fiel a su juramento hipocrático, por lo que decidirá permanecer junto a los heridos a pesar de que le cueste ser encarcelado en la temible prisión de Andersonville. El principal papel femenino corre a cargo de Constance Tower, actriz protagonista al año siguiente de “El sargento negro”, quien encarna a Hanna Hunter, propietaria Greenbiar Landing, a la que secuestrará Marlowe por haber descubierto sus planes y de la que finalmente se enamorará (precioso el plano en el que se queda con su pañuelo) simbolizando esta incipiente relación la reconciliación nacional, uno de los temas recurrentes en la filmografía de Ford. Junto a ellos secundarios habituales del director entre los que destaca, sin duda, Willis Bouchey como el ambicioso e inmoral coronel Secord, un ser hipócrita y traicionero presto a especular con la guerra para obtener un beneficio.



En definitiva, “Misión de audaces” se puede considerar como la cuarta película que configura la “trilogía” sobre la caballería de Ford y no desmerece en nada a sus precedentes; a pesar de un final un tanto abrupto motivado por la muerte de un especialista, lo que llevó a Ford, deprimido por el hecho, a acortar y rodar sin implicarse demasiado la sangrienta batalla final con la que debía acabar la cinta.

jueves, 7 de septiembre de 2017

EL SARGENTO NEGRO

(Sergeant Rutledge - 1960).

Dirección: John Ford.
Guion: James Warner Bellah, Willis Goldbeck.

Reparto:
- Jeffrey Hunter: Teniente Tom Cantrell
- Constance Towers: Mary Beecher
- Billie Burke: Cordelia Fosgate
- Woody Strode: Sargento Braxton Rutledge
- Juano Hernández: Sargento Skidmore
- Willis Bouchey: Coronel Otis Fosgate
- Carleton Young: Capitán Shattuck

Música: Howard Jackson.
Productora: Warner Bross. Ford Production. (USA).

Por Jesús CendónNOTA: 8,5

“Sentía que el ejército era mi hogar, mi verdadera libertad y mi propia estimación. Y el modo en que iba desertar me convertía en una fiera dañina que huye acosada. ¡Y yo no soy eso. Comprende. Soy un hombre!” (El sargento de primera Braxton Rutledge en su juicio ante el acoso al que se ve sometido por parte del fiscal).


ARGUMENTO: El sargento de primera Braxton Rutledge, un soldado ejemplar, es sometido a un consejo de guerra por el asesinato del comandante del fuerte y la violación y asesinato de la hija de este. El teniente Cantrell, su inmediato superior, se encargará de la defensa e intentará esclarecer la verdad.


El antiguo proyecto de la Warner a cargo de Andre de Toth situado en Europa en la época contemporánea y archivado en 1957 fue retomado por Willis Goldbeck al ver un cuadro de Remington sobre un soldado negro de la caballería de los EEUU. Este posteriormente contactaría con el también guionista James Warner Bellah para elaborar una historia sobre el papel desempeñado por la población negra en el ejército de los EEUU, y más concretamente referida a los Regimientos IX y X. Pero en manos de John Ford, al que le gustaba implicarse en los guiones modificando aquello que le desagradaba e incluyendo lo que estimaba conveniente, la película no sólo se convirtió en un valiente alegato antirracista sino en un sincero reconocimiento de la importancia de la participación de la población negra en la conquista del Oeste y, por tanto, en la construcción de los Estados Unidos. De nuevo Ford defendía la tesis de que la historia de un país la escribe su gente, generalmente las clases populares. Así, si en “La uvas de la ira” emitía una rotunda declaración al afirmar por medio de Ma Joad: “Nosotros somos el pueblo, nosotros seguimos adelante”, y en “Fort Apache” exaltaba en el discurso final del capitán Yorke a la caballería identificándola con los soldados y no con sus oficiales, en esta le toca el turno a la población negra que siendo esclava participó en la Guerra de Secesión para posteriormente alistarse en los citados IX y X Regimientos de Caballería para destacar por su valor en los combates contra los indios (la escena en la que Cantrell explica a Mary por qué son llamados soldados búfalos es rigurosamente cierta).


Por tanto, estamos ante una de las películas ideológicamente más comprometidas del genial director de origen irlandés en el que toma partido por las justas reivindicaciones de la población negra. Posicionamiento lógico desde la perspectiva actual (cincuenta y cinco años después de su estreno) pero cuya importancia se debe valorar en el contexto sociopolítico del momento en el que se cuestionaban dichas reivindicaciones. Una época convulsa con el renacimiento desde mediados de los años cincuenta del Ku Klux Klan y el recrudecimiento de sus actividades violentas como reacción a la proliferación de los movimientos antisegregacionistas tanto de corte pacífico como más radicales y violentos liderados, respectivamente, por Martin Luther King y Malcolm X (ambos dirigentes fueron asesinados). Dichos movimientos culminaron en 1964 con la promulgación de la Ley de Derechos Civiles que puso fin, desde el punto de vista legal, a la segregación racial.


Incluso la película parece anticiparse a través de la figura de Ruthledge al famoso discurso “Yo tengo un sueño” expresado por Martin Luther King en el monumento a Abraham Licoln en 1963 al afirmar el sargento que: “El destino de los míos es vivir atormentado. Muy bonito lo que dijo Lincoln pero no es cierto. Aún no.” Para, en otra escena, ante un moribundo Moffat que reniega de participar en la lucha de los blancos aseverar: “Luchamos por nuestro porvenir. Algún día Moffat, algún día”. Es, por tanto, consciente de la situación de discriminación de su raza y de las limitaciones que le impone la sociedad en la que vive pero confía en que su entrega y su sacrificio sirvan para en un futuro alcanzar la igualdad con el hombre blanco y, como Martin Luther King, sueña con el advenimiento de ese día.


Ford por tanto identifica a la población negra de su país con Ruthledge, de ahí que la dialéctica sobre el racismo sea constante, con dos momentos especialmente dramáticos. Aquel en el que vuelven a esposar al sargento para a continuación leer el documento de su manumisión y cerrar la escena Mary afirmando: “Era preciso tratarlo como un animal”; es decir, nada ha cambiado a pesar del sacrificio de la población negra. Y aquella del juicio en la que, acosado por el fiscal, se levanta y entre sollozos reivindica su condición de hombre y no de bestia, mientras que Ford lo retrata con un ligero contrapicado con el objeto de ensalzarle, de agrandar su figura; un soldado ejemplar que por ser de raza negra sufre la discriminación y el desprecio de una población por la que día a día se juega la vida.


El filme además es un híbrido entre western y thriller de juicios de tanto éxito en el momento de su realización gracias a películas de la talla de “Doce hombres sin piedad” (Sidney Lumet, 1957), “Testigo de cargo” (Alfred Hitchcock, 1957) o “Anatomía de un asesinato” (Otto Preminger, 1959) y se desarrolla en dos espacios claramente diferenciados: la sala del juicio de ambiente claustrofóbico e iluminada de forma teatral al focalizarse la luz en los testigos; y los espacios abiertos que le permiten retratar de nuevo su querido Monument Valley y rodar de forma brillante varias escenas de acción. Todo ello a través de una estructura compleja basada en varios flashbacks perfectamente integrados en la historia a través de los cuales el espectador, al igual que el teniente Cantrill, irá intuyendo la verdad.

Junto al tema del racismo Ford aborda otros, algunos de ellos recurrentes en su filmografía, entre los que destacan:


- La crítica a una sociedad cargada de prejuicios, morbosa, presta a convertir un juicio por asesinato con las graves consecuencias que conlleva en un mero espectáculo o, incluso, a exigir el linchamiento del reo antes de ser juzgado.


- El ejército como institución que encarna los valores más nobles del ser humano: la entrega, el sacrificio, la lealtad, el compañerismo, el altruismo. Una institución compuesta por soldados a los que no se les discrimina por el color de su piel.


- La amistad, representada en la relación de mutuo respeto entre el teniente Cantrell y el sargento. El primero a pesar de que, como soldado, debe ser fiel a las ordenanzas le muestra su confianza e incluso, a pesar de las abrumadoras pruebas en su contra, le llega a confesar: “Si usted me dice que no lo hizo yo le creeré”. Es el tipo de amistad y camaradería surgida entre dos hombres durante seis años combatiendo codo con codo.


- La necesaria reconciliación nacional, tema introducido sutilmente a través del Manual sobre el Consejo de Guerra de la Confederación adoptado por la Unión. Circunstancia que da lugar a uno de los brillantes gags diseminados a lo largo de la película. Entre estos cabe destacar el de la partida de cartas, resuelto con una estupenda elipsis de la que podrían tomar nota algunos directores actuales, o el de la pasión por el “agua” del presidente del tribunal.



- El rechazo a los conflictos bélicos y sus consecuencias, al citar por dos veces el saqueo de Atlanta cometido por las tropas unionistas.


Para dar vida a los personajes Ford se rodeó de un grupo de actores fijos en su cine que, sin ser estrellas, conforman un conjunto compacto. Como protagonista aparece un notable Jeffrey Hunter, interprete lanzado por la Twentieh Century Fox como gran promesa en la década de los cincuenta junto a Robert Wagner, con el que coincidió en varias películas como “Pluma blanca” (Robert D. Web, 1955) o “La verdadera historia de Jesse James” (Nicholas Ray, 1957) por ceñirnos a este género, y fallecido prematuramente de forma absurda en un accidente doméstico. En uno de sus mejores papeles, da vida al sagaz y recto teniente Cantrell, un soldado con plena confianza en el ejército. En el rol de Mary nos encontramos con Constance Towers que había trabajado con Ford en “Misión de audaces” (1959). En el rol del sargento aparece Woody Strode, cuya habitual impasibilidad dota al personaje de la honorabilidad y orgullo que requería, un individuo que es consciente de que con él se juzga a su raza y antepone el buen nombre del IX de Caballería a su propia seguridad.






Junto a ellos destacan tres secundarios con actuaciones memorables: Billie Burke en el papel de Cordelia Fosgate testigo y mujer del presidente del tribunal; símbolo de esa sociedad pazguata, cotilla, frívola, capaz de trivializar un juicio por asesinato y de escandalizarse tan sólo por el morbo que rodea al caso. Willis Bouchey como el coronel Fosgate, representante del militar admirado por Ford; un individuo que suple sus carencias jurídicas con un profundo sentimiento por hacer justicia y conocer la verdad, y que tan sólo ve en Rutledge a un soldado. Por el contrario el fiscal, magníficamente interpretado por Carleton Young, del que Ford se preocupa por informarnos de que no es un verdadero militar por llevar diez años en el Cuartel General como auditor, mostrará constantemente sus prejuicios raciales e incluso en uno de sus alegatos contrapondrá la noción de muchacho blanco a la de hombre negro. Se trata de un personaje inflexible más preocupado por condenar a muerte al sargento que por desenmascarar al asesino, un individuo que se sirve de argucias legales y no dudará en humillar a los soldados negros.


Estamos pues ante un gran wéstern, incomprensiblemente calificado en su día como menor pero que el tiempo ha ido agigantando y otorgándole su verdadero valor. En todo caso, vista la película, me pregunto ¿A quién no le gustaría tener una filmografía repleta de “obras menores” como esta?

Como curiosidad comentaros que el sargento se apellida como el primer gran amor de Abraham Lincoln, coincidencia que no creo que sea casual.




jueves, 29 de junio de 2017

RÍO GRANDE

Rio Grande - 1950

Dirección: John Ford.
Guion: James K. McGuinness (Historia: James Warner Bellah)

Intérpretes:
- John Wayne: Lt. Col. Kirby Yorke
- Maureen O'Hara: Mrs. Kathleen Yorke
- Ben Johnson: Trooper Travis Tyree
- Claude Jarman Jr.: Trooper Jefferson 'Jeff' Yorke
- Harry Carey Jr.: Trooper Daniel 'Sandy' Boone
- Chill Wills: Dr. Wilkins (regimental surgeon)
- J. Carrol Naish: Lt. Gen. Philip Sheridan
- Victor McLaglen: Sgt. Maj. Timothy Quincannon

Música: Victor Young.
Productora: Argosy Pictures (USA).


Por Quim Casals. NOTA: 8



Si uno no conociera la profundísima pasión y devoción fordiana de Jesus “Elenorra” Cendón, podría pensar que con su propuesta para hacerme cargo de la reseña de Río Grande me traspasaba el baile con la más fea, pues de la llamada “Trilogía de la Caballería” de John Ford es sin duda la que siempre ha gozado de menor prestigio crítico y sigue siendo la menos conocida a nivel popular.


No obstante, quizás porqué siempre he preferido ser abogado de las causas perdidas, diré que me alegré mucho ante el ofrecimiento, ya que particularmente —y aquí el particular a buen seguro que lo será más que nunca— en su conjunto me gusta más y me llega más hondamente que sus dos predecesoras. La causa, con toda seguridad, es que trascendiendo la glosa militarista, que no es algo que nunca me haya emocionado especialmente, de lo que trata en última instancia Río Grande es de la familia, una temática además netamente fordiana que el maestro sabía retratar con una sensibilidad y una sutileza ejemplares.


Asistimos aquí a la reconstrucción de los lazos familiares: en Fort Starke, el coronel Yorke (John Wayne, en buscado parecido fonético con el Capitán York de Fort Apache) ve cómo se incorpora al regimiento su joven hijo, Jeff (Claude Jarman Jr.), expulsado de West Point y al que lleva 15 años sin ver; acto seguido y con la intención de llevarse al muchacho, llega su esposa, Kathleen (Maureen O’Hara), de la que lleva el mismo tiempo separado y distanciado tras haberse visto obligado durante la guerra a quemar las plantaciones patrimonio de la familia de ella. Un inciso aquí para resaltar la afilada crítica hacia las órdenes fruto de las conveniencias políticas, muy fáciles de tomar desde los despachos pero que cuestan bajas evitables. En esa misma escena inicial, hablando con el General Sheridan (J. Carroll Naish) sobre su reciente misión, Yorke afirma que él no mandaría notas de protesta a Washington sino que los llevaría al abrevadero donde varios soldados fueron colgados cabeza abajo para ser devorados por las hormigas…


Es en este mismo sentido que cabe ahondar en la espectral fotografía a cargo de Archie Stout y Bert Glennon, donde abundan las escenas nocturnas, los contraluces y las sombras fantasmagóricas de los personajes proyectadas sobre la lona de las tiendas en el fuerte, o los exteriores siempre agrestes. Una aridez y sequedad, en fin, que refleja de una manera más realista y descarnada que otras películas la dureza de esa forma de vida frecuentemente ingrata.



No por casualidad la historia se abre y se cierra con el retorno de los soldados al fuerte tras una misión; pero pese a las victorias, no serán en absoluto entradas triunfales. La cámara de Ford prefiere fijarse en lo humano, en las esposas que esperan angustiadas que el amado regrese con vida, en el fatigoso andar de los soldados agotados, en las literas que trasladan a los heridos… Las escasas escenas de acción, por su parte, están rodadas de una manera muy funcional, nada aparatosa (influyó el escaso presupuesto y tiempo de rodaje), mientras que el contrapunto distendido lo aportan Victor McLaglen (llamado aquí como en La legión invencible Quincannon) y las tribulaciones de los jóvenes Ben Johnson y Harry carey Jr.




Quisiera resaltar también el estupendo trabajo efectuado con el guion, y que a primera vista puede pasar desapercibido, que consiste en lograr que aquello que sucede en el regimiento (la vida cotidiana en el fuerte, las escaramuzas con los indios, el ataque indio a la caravana en la que trasladan de fuerte a las mujeres y niños, la batalla final para liberar a los niños que los indios han secuestrado en una vieja iglesia mexicana) tenga una repercusión directa en la relación entre los miembros de esa familia desestructurada, en forma de progresivo acercamiento emocional entre ellos.


Así, la primera vez que veamos juntos al padre y al hijo será en un “falso” cara a cara propiciado por un plano excepcional que juega con la profundidad de campo: los nuevos reclutas están alineados, con Jeff en primer término, y Yorke les habla desde el fondo de la fila sobre el hecho que no esperen la gloria, sino una vida de dolor y privaciones; entendemos claramente que tan severa advertencia es ante todo para con Jeff. Muy fría y distante será también la primera conversación entre ambos, aunque al término veremos a Yorke, ya solo, comparándose con la altura del hijo; le veremos también, en otro maravilloso plano, observándole desde una ventana con una mirada que ya es de “padre” mientras le atiende el médico, dejará que Jeff continúe su pelea contra quien le ha acusado de trato de favor, mostrará su preocupación, pero también su orgullo, por las acciones de riesgo en las que Jeff participa para, finalmente, pedirle que sea él, mientras por primera vez le llama hijo, quien le arranque del pecho la flecha que le ha herido en la batalla final.


Paralela será la trayectoria Kathleen, la cual brinda ante los mandos por mi única rival, la Caballería de los Estados Unidos. Ella deberá asumir con mucho dolor la libertad de elección de su hijo para seguir los pasos de su padre en el ejército, y será finalmente la comprensión de esa elección vital la que hará posible el reencuentro sentimental de ese matrimonio roto. Ford equipara, pues, su reconciliación conyugal con su reconciliación con lo que supone el ejército como forma de vida. Algo del todo coherente con la romántica idea que el cineasta tenía de la Caballería como una familia.


Dos aspectos cabe destacar en este tránsito, el uso de la dirección artística y el de las canciones que interpreta el grupo The Sons of the Pioners, como miembros del elenco. En lo primero, estamos muy acostumbrados a ver en los fuertes del cine recias estancias de madera que transmiten la sensación de la seguridad de un pequeño hogar. Aquí, como he dicho antes, se focaliza la atención en las tiendas, alegoría de lo temporal y transitorio. De esta manera, la primera cena entre los dos, con la mesa con íntimas velas pero a resguardo tan solo con las lonas, proporciona la muy simbólica imagen de un comedor sin paredes, la ilusión de un hogar que aún no es tal.


Por su lado, las letras de las canciones, primero ante los dos tras la cena y la que Yorke escucha paseando a la vera del Río Grande, entroncan directamente con los sentimientos de los personajes, que estos expresan con calladas miradas (creo firmemente que estamos ante una de las mejores interpretaciones de Wayne por la expresividad de su rostro en los silencios). La segunda de estas escenas, sublime plano a plano en su concepción, constituye, como aquel otro de la madre en Las uvas de la ira al desprenderse de sus últimas pertenencias, uno de esos momentos de purísima e inimitable poesía fordiana, donde nos parece que el tiempo se haya detenido. Al final de ella, en asombroso primer plano Wayne escucha: Mi corazón se retuerce y las lágrimas horadan mis ojos. Volveré rápido a ella. Y a fe que lo hace y besa apasionadamente a Maureen O’Hara. La revisión de esta obra me ha hecho caer en la cuenta que su raudo gesto al cogerla del brazo y atraerla hacia él supone un anticipo clarísimo del famosísimo primer beso de El hombre tranquilo. Parece evidente que Ford, Wayne y O’Hara tomaron buena nota.


Y no, no me olvido (lo mejor siempre se deja para el final), es hora de recordar que esta fue su primera película conjunta y que en ella queda ya perfectamente patente la triple química absoluta entre actor, actriz y director. Un aliciente más para acercarse a este pequeño pero a mi entender muy reivindicable western.