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miércoles, 10 de enero de 2018

LANZA ROTA

(Broken lance, 1954)

Dirección: Edward Dmytryck
Guion: Richard Murphy basado en una historia de Philip Yordan

Reparto:
- Spencer Tracy: Matt Devereaux
- Robert Wagner: Joe Devereaux
- Jean Peters: Barbara
- Richard Widmark: Ben Devereaux
- Katy Jurado: Señora Devereaux
- Hugh O’Brian: Mike Devereaux
- Eduard Franz: Two Moons
- Earl Holliman: Denny Devereaux
- E. G. Marshall: Horace-The Governor
- Carl Benton Reid: Clem Lawton

Música: Leigh Harline
Productora: Twentieth Century Fox (USA).

Por Jesús Cendón. NOTA: 7,5

"No lo sé. Un hombre que es capaz de arrojar 10.000 dólares en una escupidera me pone nervioso” (Ben a sus hermanos Mike y Denny tras haber rechazado Joe su ofrecimiento).


“Lanza rota” es un claro ejemplo de la evolución del wéstern desde finales de la década de los cuarenta y durante los diez años siguientes, con producciones cuyas tramas eran cada vez más complejas y con un mayor peso de las situaciones dramáticas y de los conflictos psicológicos entre los personajes. De hecho, la película que nos ocupa es un remake ubicado en el Lejano Oeste de “Odio entre hermanos”, drama con elementos de noir dirigido por Joseph Leo Mankiewicz en 1949 y producido, al igual que este filme, por Sol C. Siegel durante su etapa en la Twentieth Century Fox.



Además fue uno de los primeros wésterns, junto a “El jardín del diablo” (película dirigida por Henry Hathaway en 1954 ya reseñada en el blog), rodado en CinemaScope, sistema de filmación lanzado por la Twentieth Century Fox en 1953 con “Cómo casarse con un millonario” y “La túnica sagrada”, del que Edward Dmytryck obtiene un gran partido (de hecho la primera secuencia parece concebida para mostrarnos las inmensas posibilidades del nuevo sistema).



ARGUMENTO: Joe Devereaux, hijo del magnate ganadero Matt, tras salir de la cárcel jura vengarse de sus tres hermanastros causantes de la muerte de su padre.

Partiendo de un ambicioso guion de Richard Murphy, basada en una historia de Philip Yordan por la que irónicamente recibió el único Oscar de su carrera, en el que se podían apreciar influencias tanto de Shakespeare, en concreto “El rey Lear”, como de la Biblia con el pasaje sobre Caín y Abel, Edward Dmytryck rodó, a través de un extenso flashback, un filme sobre la decadencia de un imperio ganadero y la rivalidad surgida en el seno familiar. Una película no lograda del todo en el que abordó varios temas.



La evolución del Lejano Oeste y con ello la construcción de un país.

Nos encontramos en las últimas décadas del siglo XIX y se ha consumado, prácticamente, la conquista del territorio despojando a sus propietarios legítimos, los nativos norteamericanos, de sus tierras. Es un mundo nuevo en el que los conflictos ya no se solventan con las armas sino a través de la ley. Matt Devereaux, el patriarca familiar y representante de los colonos primigenios forjadores con su esfuerzo de grandes imperios, parece no adaptarse a los nuevos tiempos y esta falta de adaptación desencadenará el drama posterior.



Su apego por el pasado le llevará igualmente a dirigir su rancho de forma tradicional y a no escuchar los consejos de sus hijos y en especial de Ben, personajes más cercanos a la modernidad (representada por la ciudad en donde destaca el monumental edificio del Gobernador) y a la legalidad; además de ser más conscientes de las oportunidades que los nuevos tiempos brindan con la aparición de recursos apenas explotados como el petróleo.

La indiferencia, cuando no el desprecio, mostrado por Matt hacia las ideas novedosas de sus vástagos constituirá un nuevo motivo de conflicto, sobre todo con su hijo mayor al que constantemente ninguneará.



El racismo, apenas disimulado, persistente en la sociedad norteamericana.

La esposa india de Matt no termina de ser aceptada por su propio círculo. Tal es así que, tratando de ocultar su origen, la llaman señora como si fuera mexicana; mientras que la mujer de su abogado suele excusar sus ausencias cuando es invitada por los Devereaux. Incluso se alude al ignominioso hecho de que los indios no fueran considerados ciudadanos estadounidenses por lo que no podían tener ninguna propiedad. 

Estos sentimientos xenófobos son palpables también en el gobernador, gran amigo del ranchero desde su juventud, al rechazar la incipiente relación amorosa de Joe, el vástago mestizo de Matt, con su hija.



El ecologismo.

La película denuncia los excesos y peligros de la revolución industrial representada en una mina de cobre contaminante del agua de un río necesaria para la crianza del ganado de los Devereaux. De esta forma Dmytryck parece defender la idea de que la modernidad supone la ruptura del equilibrio ecológico y el fin de una forma de entender la vida, propia de los nativos estadounidenses pero también de los primeros colonizadores como Matt, basada en el respeto a la naturaleza.

La industrialización se nos presenta, pues, como un fenómeno depredador del entorno natural.

Los lazos existentes en la sociedad norteamericana entre el poder económico, encarnado en Matt, y el poder político, representado por Horacio; ya que el primero impulsó la carrera del segundo y fue fundamental en su nombramiento actual como Gobernador. Incluso se insinúa el control ejercido hasta ese momento por ambos poderes sobre los jueces.

En definitiva, Matt es un cacique acostumbrado a controlar todos los resortes del poder.



A pesar de esta actitud nada complaciente en relación con la formación de los EEUU, el director no intenta juzgar a los personajes sino que parece comprenderlos al presentárnoslos como víctimas de las circunstancias y de su carácter, no tomando partido por ninguno de ellos. Sobre todo en relación con los dos que sustentan la trama principal, interpretados por un soberbio Spencer Tracy (Matt) y un no menos extraordinario Richard Widmark (Ben) que mantienen un duelo interpretativo de gran altura.



Matt es el típico hombre hecho a sí mismo que forjó un imperio de la nada a pesar de verse viudo y con tres niños pequeños. De ahí que se le identifique con el lobo, símbolo en algunas culturas de la fuerza y el valor, además de aparecer en numerosos relatos míticos sobre la formación de clanes y dinastías.



Individuo duro y recto, su situación personal le ha convertido en un ser despótico, autoritario, intransigente y soberbio que ha tiranizado a sus tres hijos mayores desde su más tierna edad. Tan sólo mostrará su lado humano con su segunda esposa (una espléndida Katy Jurado, nominada al Oscar como actriz secundaria), personaje que intentará mantener unida a la familia y hacerle ver los excesos cometidos en el trato dado a sus tres hijos.

Matt es, además, un hombre anclado en el pasado y, por tanto, condenado a desaparecer con los tiempos nuevos.



En cuanto a Ben, el personaje más interesante y símbolo del empresario moderno, se debate entre el cariño a su progenitor y el rencor por tantos años de tratamiento injusto. Resentimiento agravado por la relación mucho más cercana y cariñosa mantenida por su padre con Joe, el hijo menor que no vivió los años más duros y al que le llega a decir su padre: “Todo el ganado que hay aquí es tan tuyo como mío”.



La relación entre los dos da lugar a una de las mejores escenas de la película en la que Ben le reprocha a Matt que: “¿Alguna vez me preguntaste si quería una india por madrastra cuando murió mama? O si quería trabajar dieciséis horas y cuidar de Mike y Denny además. ¿Alguna vez me preguntaste si quería dejar los estudios y venir a trabajar como un criado? Vamos a ver, ¿Cuándo me preguntaste lo que pensaba o lo que quería? ¿Cuándo? Nunca lo hiciste”. Y Matt le responde: “Podías haberte ido. Lo hubiera entendido”.



El resto de los personajes no son tan interesantes. Robert Wagner (lanzado junto a Jeffrey Hunter por la Twentieth Century Fox en los años cincuenta como una estrella) da vida a Joe y se ve eclipsado por Tracy y Widmark, actores de mayor entidad y carisma; mientras que los personajes de Mike y Denny apenas si están perfilados y Barbara (encarnada por una Jean Peters que se retiraría dos años después tras contraer matrimonio con Howard Hughes), en principio una mujer interesante por su valentía, inteligencia y arrojo, está totalmente desaprovechada al limitarse a protagonizar una historia de amor bastante insulsa aunque sirve de apoyo para denunciar el racismo existente en la sociedad. Relación amorosa que, además, rompe el ritmo de la película, suaviza innecesariamente su dureza y distrae al espectador de la trama principal.



Asimismo, en el epílogo tanto el director como el guionista parecen buscar una solución excesivamente moralizante, abandonando la imparcialidad mantenida hasta ese instante con los personajes, al ofrecernos, según mi punto de vista, un final inadecuado y alejado del enfoque dado a la historia a lo largo del resto del filme. Da la sensación de que intentaron introducir más acción con el innecesario enfrentamiento entre Joe y Ben. Escena, sin embargo, magníficamente planificada y rodada en la que el papel del indio Two Moons adquiere un valor simbólico.



“Lanza rota”, por tanto, no desarrolla adecuadamente los interesantes temas planteados, quizás por ser demasiados, y cuenta con un final decepcionante y facilón, pero es un wéstern muy logrado, clara muestra de la ductilidad del género; además de contener grandes escenas como la ya comentada del enfrentamiento verbal entre Matt y Ben, la última cabalgada de Matt y el encuentro con sus hijos o el regreso de Joe al rancho, abandonado por su familia, con el que arranca la historia a través de un largo flashback al enfocar la cámara el cuadro de su padre.



jueves, 7 de diciembre de 2017

DOS CABALGAN JUNTOS

(Two rode together, 1961)

Dirección: John Ford
Guion: Frank S. Nugent

Reparto:
- James Stewart: Marshall Guthrie McCabe
- Richard Widmark: Teniente Jim Gary
- Carolyn Jones: Marty Purcell
- Linda Cristal: Elena de Madariaga
- Andy Devine: Sargento Darius P. Posey
- John McIntire: Comandante Frazer
- Willis Bouchey: Harry Wringler
- Henry Brandon: Jefe Quanah Parker
- Harry Carey Jr.: Ortho Clerg
- Olive Carey: Abby Frazer
- Woody Strode: Stone Calf

Música: George Duning
Productora: Columbia Pictures

Por Jesús Cendón. NOTA: 9

“Nos hemos engañado al venir aquí. Todos nosotros hemos cometido un gran error. No debimos abandonar nuestra tierra” (Harry Wringler dirigiéndose al resto de colonos tras ver a uno de los cautivos recuperados por el sheriff McCabe y el teniente Gary)


John Ford, uno de los mayores genios sino el mayor del celuloide, fue un hombre muy celoso de su obra. De ahí su esfuerzo por ejercer un control casi absoluto sobre la misma, lo que le llevó a implicarse como guionista, reelaborando escenas de los libretos e, incluso, escribiendo otras que no figuraban en ellos, y a ejercer como productor (en la década de los cuarenta creó la Argosy Production con la que rodó, entre otras, su famosa Trilogía de la Caballería y “El hombre tranquilo”).


Pero al mismo tiempo, como señala Jordi Bernal en un artículo reciente, se consideraba un profesional, un trabajador del cine, y era consciente de cómo funcionaba la industria hollywoodiense en la que se producían los filmes en serie. Este hecho le llevó a aceptar productos por encargo, proyectos puramente alimenticios en los que no obstante dejó huella de su personalidad. Dentro de esta última categoría se encuentra “Dos cabalgan juntos”.



Ford aceptó participar tras la insistencia de Harry Cohn, amigo y presidente de la Columbia Pictures, y por los pingües beneficios prometidos (el veinticinco por ciento de la cantidad obtenida en taquilla además de su sueldo habitual), pero desde el primer momento mostró su rechazo al guion, según él uno de los peores que había leído, por lo que continuamente estuvo retocándolo; y aunque le atraía rodar con la pareja protagonista, se topó con que esta estaba algo incómoda con unos papeles escritos para actores más jóvenes. Lo cierto es que Ford quedó plenamente satisfecho con el trabajo de las dos estrellas, de tal forma que volvería a colaborar con James Stewart en la inmortal “El hombre que mató a Liberty Valance” (1962) y en el episodio corto de “El gran combate” (1964) en el que interpretó a Wyatt Earp, un papel muy similar al del sheriff McCabe; mientras que confió a Richard Widmark el papel protagónico en esta última.



Lo sorprendente es que Ford hizo un filme muy personal que encaja perfectamente en su filmografía wéstern caracterizada desde mediados de los años cincuenta por una visión desencantada, sombría y crítica de la formación de los EEUU, y culminada con la mencionada “El gran combate” sobre el confinamiento de la población autóctona en vergonzantes reservas.



ARGUMENTO: Presionado por varios congresistas de Washington, el comandante Frazer encomienda a Guthrie McCabe, sheriff de Tascosa; y al teniente Jim Gary la misión de liberar a los blancos raptados durante los últimos años por el jefe comanche Quanah Parker. Una vez en el campamento de este ambos constatarán el sinsentido de su misión.



Con “Dos cabalgan juntos” Ford retomó el tema principal de “Centauros del desierto”, la búsqueda de blancos hechos prisioneros por los indios; pero, como señaló en su día Javier Marias y a pesar de haber introducido abundantes situaciones cómicas protagonizadas tanto por el sargento Posey (Andy Devine) como por el irónico sheriff McCabe, es un filme más pesimista que su antecesor porque mientras la magistral película de 1956 dejaba un resquicio a la esperanza al “liberar” en el último momento Ethan a su sobrina (¿hija?); en el filme que nos ocupa Ford niega toda posibilidad de “recuperar para la civilización” a la población blanca raptada por los pieles rojas. Son seres diferentes que han asumido su nueva condición de comanches identificándose con estos, han enloquecido o no desean volver a sus antiguos hogares para evitar los prejuicios de la sociedad blanca.



El argumento no es la única semejanza existente entre “Dos cabalgan juntos” y su obra cumbre. Así, la película prácticamente se inicia con un plano con la cámara en el interior de un edificio enfocando al exterior; asimismo la primera conversación entre Jim Gary y Bell, la dueña del saloon, remite a otra mantenida por Ethan y Martin acerca de cómo debía dirigirse este a su “tío”; mientras que la historia se estructura en torno a dos personajes con personalidades opuestas, aunque en la película que nos ocupa se acentúa el carácter antagónico de ambos.



De esta forma nos vamos a encontrar con el Marshall Guthrie McCabe, un soberbio James Stewart en un papel muy alejado de los que nos tenía acostumbrados. Un individuo moralmente ambiguo que no cree en la búsqueda emprendida y se embarca en la empresa con el único objetivo de obtener un beneficio económico (500 dólares por cada cautivo rescatado). Estamos ante un hombre profundamente egoísta alejado del típico héroe desprendido del wéstern clásico; un ser ambicioso, corrupto (cobra el diez por ciento de todos los negocios de Tascosa), vividor y tremendamente cínico; pero que al final se rebelará como el único personaje lúcido de la película al ser consciente de lo que van a encontrar en el campamento de Quanah; además de saber evolucionar positivamente y redimirse por amor. Mostrando, ante el recibimiento dado a Elena (una de las cautivas) por la mayoría de los oficiales y de sus esposas (representantes de la sociedad biempensante), unos principios morales sólidos. Como afirma Jim al final del filme: el viejo McCabe ha encontrado algo que deseaba más que el diez por ciento, el amor de Elena Madariaga.



Como contrapunto a Guthrie aparece el teniente Jim Gary, un no menos extraordinario Richard Widmark. Prototipo del militar fordiano: un hombre fiel a su deber, honorable, noble, recto y solitario. Un individuo que se juega la vida por apenas ochenta dólares al mes, presupuesto que le impide, incluso, comprar cigarros. Tras su estancia en el poblado comanche terminará por comprender la actitud de McCabe y la inutilidad de su misión.



Como toda gran obra, el filme se puede ver como una simple película de aventuras pero en una lectura más profunda se aprecian una serie de temas, la mayoría recurrentes en la filmografía de Ford, que la enriquecen. Entre estos cabe destacar:



- La convivencia imposible entre culturas distintas tras años de conflicto cuyas heridas no han cicatrizado; además de haber generado este sufrimiento desconfianza, recelo, desprecio y odio hacia el otro, hacia el diferente.



- La formación de la personalidad y de la identidad del individuo. Al ser el hombre un ser cultural, el entorno y la sociedad en los que se desarrolla fijan sus rasgos distintivos. Claros ejemplos respecto a esta cuestión son la conducta de Running Wolf, un joven de diecisiete años capturado por los indios con ocho que se siente comanche; o la de Elena de Madariaga cinco años casada con Stone Calf que, al morir este y de forma refleja, entonará un canto fúnebre comanche.



- La crítica a la sociedad anglosajona protestante (Ford era de origen irlandés y católico). Una sociedad caracterizada por la xenofobia, la hipocresía, la violencia, la intransigencia y la intolerancia; además de mostrarse inmisericorde. Buena prueba de ello son dos grandes escenas: la del baile, en la que los soldados y sus esposas le hacen el vacío a la recién liberada Elena, además de tan sólo mostrar interés por los detalles más escabrosos de su relación con los pieles rojas; y la del linchamiento (una de las secuencias más brutales rodadas por John Ford) en la que, tras un simulacro de juicio, una turba sedienta de sangre liderada por un predicador sosteniendo la Biblia (el detalle sin duda no es casualidad) acaba con la vida de uno de los blancos rescatados. Escena que culmina de forma demoledora la aventura de los dos protagonistas y en la que John Ford ideó el detalle de la caja de música, potenciando el dramatismo de la misma.



He dejado para el final la que es sin duda una secuencia mítica. Me estoy refiriendo a la del río. Rodada en un solo plano y con la cámara en el agua, son alrededor de cuatro minutos mágicos en los que McCabe y Gary (de nuevo sobresalientes Stewart y Widmark) mantienen una larga conversación plena de naturalidad y aparentemente banal pero que nos aporta mucha información de ambos personajes. Sólo por esta escena “Dos cabalgan juntos” creo que debe ser considerada como uno de los mejores filmes rodados por Ford.



Tengo, por tanto, que discrepar en esta ocasión del gran maestro que consideraba “Dos cabalgan juntos” como “la peor mierda que he hecho en veinte años”, porque se trata de una gran película, un wéstern genuino que se ha ido revalorizando con el paso del tiempo.



Por último comentaros, como curiosidad, que en la presentación del sheriff McCabe sentado en el porche Ford se auto cita, ya que el plano remite claramente a Henry Fonda en “Pasión de los fuertes” (1946).


jueves, 9 de noviembre de 2017

LA LEY DEL TALIÓN

(The last wagon, 1956)

Dirección: Delmer Daves
Guion: Delmer Daves, James Edward Grant y Gwen Bagni

Reparto:
- Richard Widmark: Comanche Todd
- Felicia Farr: Jenny
- Susan Kohner: Jolie Normand
- Tommy Retig: Billy
- Stephanie Griffin: Valinda Normand
- Ray Stricklyn: Clint
- Nick Adams: Ridge
- Carl Benton Reid: general Howard
- Douglas Kennedy: coronel Normand
- James Drury: teniente Kelly

Música: Lionel Newman
Productora: Twentieth Century Fox Film Company (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 8

“El camino de la muerte todos lo andaremos, hijo. Los indios dicen que un guerrero muere como debe cuando da la vida por los suyos y ahora es tu familia quien va a hacer algo por ti” (Comanche Todd conversando con Billy).



ARGUMENTO: Tras un ataque indio a una caravana, los supervivientes: un preso por asesinato criado por los comanches, una mujer y su hermano pequeño y cuatro adolescentes se dispondrán a atravesar, rodeados de apaches y sin ningún tipo de ayuda, El Valle de la Muerte. Para ello los miembros del grupo deberán abandonar sus prejuicios y confiar en el preso que se convertirá en el improvisado líder del grupo.



A pesar de haber destacado en otros géneros como el bélico con “Destino Tokio” (1943), en el que Cary Grant al mando de un submarino se infiltraba en la bahía de Tokio, o el noir con “La senda tenebrosa” (1947), en la que Humprhey Bogart se sometía a una reconstrucción de cara, Delmer Daves ha pasado a la historia del cine como un gran especialista en el western; renovando este género, junto con otros directores de la talla de Anthony Mann, John Sturges, Robert Aldrich o Sam Fuller, en la década de los cincuenta con títulos como “Flecha rota” (1950), “Tambores de guerra” (1954), “Jubal” (1956), “El tren de las 3:10” (1957), “Arizona prisión federal” (1958), “Cowboy” (1958) o “El árbol del ahorcado” (1959). Una lástima que sus últimas películas fueran unos insulsos y poco inspirados melodramas realizados para la Warner Brothers, con el objeto de lanzar a nuevas estrellas (Troy Donahue, Connie Stevens o Sandra Dee) y paliar los graves problemas económicos de la citada productora.




Con “La ley del talión”, rodada básicamente en exteriores, desde el primer fotograma Daves demuestra, mediante las abundantes panorámicas y planos largos así como por su sabia utilización de la grúa, que era uno de los mejores directores insertando la naturaleza en el drama relatado. Y esta es una de las claves de la película, la exaltación de la naturaleza, puesto que el personaje de Comanche Todd, un blanco criado por los comanches al que dio vida Richard Widmark en una de sus mejores interpretaciones plena de matices, es el paradigma del buen salvaje rousseauniana. A través del protagonista, Daves parece asumir los postulados del filósofo francés, el hombre es un ser libre por naturaleza y tan sólo, de forma artificial, se asocia a otros para satisfacer sus necesidades; fruto de esta asociación será la creación de un modelo normativo que regule las relaciones sociales. Así pues Comanche Todd se nos presenta como un ser libre, apegado a la naturaleza, que se rige por otras leyes y, en cierta forma, desprecia la forma de vida del hombre blanco. Su filosofía de la vida queda claramente puesta de manifiesto en la escena en la que propone a Jenny irse a vivir con él, esta le comenta que su hermano necesita una escuela y Todd le responde que con él Billy “Aprenderá lo que nunca encontrará en los libros. El porqué de las cosas, el porqué de las estaciones, del Sol, de la Luna, de la amistad, de todo lo real”.




Igualmente desde la primera escena, en la que el director aprovecha la ambigüedad de Widmark como actor al alternar roles positivos como negativos, se plantea uno de los temas fundamentales del filme, el conocimiento como base para entender y comprender a los demás y, sobre todo, al que es diferente. Así, asistimos al asesinato por parte de Todd de un individuo al que no le da la posibilidad de defenderse; y será posteriormente, tras haber acabado con otro de sus perseguidores y ser capturado por un tercero, cuando sepamos la verdad: su esposa, de raza india, fue violada y asesinada junto a sus dos hijos por cuatro hombres a los que Todd ha jurado matar. Con la actitud del protagonista el director-guionista suscita un interesante debate ¿Es aceptable moral y legalmente la actitud de Todd? ¿Se le puede juzgar conforme a las leyes del hombre blanco? Todo ello teniendo en cuenta que el protagonista se rige por un código de conducta diferente, propio de la tribu que lo crió, y que los luctuosos sucesos se han desarrollado geográficamente en un espacio en el que todavía no se ha asentado “la civilización” y, por tanto, no rige la ley del hombre blanco. Lástima que la controversia se resuelva de forma un tanto simple e ingenua en el juicio que se desarrolla en el tramo final de la película, pero probablemente no era la intención de Daves profundizar más en un tema complicado teniendo en cuenta que estamos hablando de un wéstern.




Hasta llegar al mencionado juicio, el director-guionista embarca a los principales personajes en un viaje a la vez físico y emocional, porque la película fundamentalmente es un wéstern, con elementos de aventura, de itinerario.



Así, por una parte, nos encontramos con el viaje físico ya que al ser los únicos supervivientes del ataque indio, sin ningún tipo de ayuda, tendrán que atravesar una amplia zona (El Valle de la Muerte) acosados por los apaches; por lo que, para sobrevivir, deberán actuar como un grupo cohesionado al frente del cual se situará de forma natural, gracias a sus amplios conocimientos, Comanche Todd.




Pero a su vez todos ellos realizarán un viaje interior. Todd tendrá la oportunidad de redimirse intentando salvar la vida de sus seis compañeros y como consecuencia de ello encontrará una familia nueva, sustituta de la que le arrebataron, en Jenny (interpretada por una Felicia Farr habitual de este género y que se retiraría parcialmente tras su matrimonio con Jack Lemmon en 1962) y Billy (un Tommy Reitig que ya había encarnado al hijo de Robert Mitchum en “Río sin retorno”) quien, a su vez, encontrará en Todd a un nuevo padre.
Por lo que respecta a los cuatro adolescentes, a lo largo del viaje irán abandonando sus prejuicios y sus actitudes intolerantes y xenófobas. Xenofobia muy presente a lo largo de la película, fruto una vez más del desconocimiento y representada fundamentalmente en Valinda Normand hermanastra de una mestiza (Jollie) a la que llega a espetar “Tú también eres una india y no tienes sentimientos” o afirmar hablando de su padre: “Un hombre blanco que se rebaja hasta el extremo de aceptar a una mujer india ¿Conoces el resultado? Una mestiza como tú”. Actitud que modificará tras recibir la ayuda de aquellos a los que desprecia. De esta forma para los cuatro adolescentes la experiencia constituirá un viaje iniciático en el que madurarán, convirtiéndose en adultos.



Como consecuencia de su actitud antirracista, el western, al igual que “Flecha rota”, se posiciona a favor del entendimiento entre las distintas culturas, e, incluso, utiliza un tono pro indio. Es verdad que los apaches aparecen tan sólo como un peligro abstracto y que acaban con todos los miembros del convoy, incluidos mujeres y niños; pero Daves se encarga de informarnos de que los primeros en romper la paz fueron los blancos que asesinaron en un poblado a ciento diez mujeres y niños apaches (¡Ojo la película se rodó en 1956!). Es decir, equipara en brutalidad a los blancos y a los pieles rojas, con la diferencia fundamental de que los indios, al igual que Todd, tan sólo están respondiendo a una salvaje agresión previa. Además, a lo largo de la película se esfuerza, a través de Todd, en darnos a conocer las costumbres de los nativos norteamericanos con el objeto de que, al igual que los principales personajes, no les juzguemos desde la ignorancia. Incluso parece sentir cierta preferencia por esa forma de vida. En este sentido, se debe tener en cuenta que los abuelos del director fueron pioneros y que este convivió con las tribus de los Navajos y los Hopis durante bastante tiempo, aprendiendo sus costumbres.



Estamos, pues, ante una película que a pesar de su ligereza y su aparente sencillez invita continuamente a la reflexión sin perder, por ello, las cualidades de todo buen wéstern.



Como dato curioso comentaros que fue uno de los primeros filmes de James Drury, posteriormente famoso con la serie “El Virginiano”.