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jueves, 4 de octubre de 2018

EL HOMBRE DE LAS PISTOLAS DE ORO

(Warlock, 1959)

Dirección: Edward Dmytryk
Guion: Robert Alan Aurthur

Reparto:
- Richard Widmark: Johnny Ganon
- Henry Fonda: Clay Blaisidale
- Anthony Quinn: Tom Morgan
- Dorothy Malone: Lilly Dollar
- Dolores Michaels: Jessie Marlow
- Wallace Ford: Juez Holloway
- Tom Drake: Abe McQuown
- Richard Arlen: Bacon
- DeForest Kelley: Curley Burne
- Reggis Tommey: Skinner
- Vaughn Taylor: Henry Richardson
- Whitt Bissell: Petrix

Música: Leigh Harlaine
Productora: Twentieth Century Fox Film Corporation  (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 7’5

”No, no, no. Estáis equivocados. Para evitar crimen y violencia queréis emplear violencia y crimen. Y eso es hacer lo mismo que McQuown” “Pues ¿Qué alternativa nos queda?” “Ley y orden, esa es la alternativa”. El juez Holloway al comité de ciudadanos de Warlock.


A pesar de estar plagada de sugerentes títulos, la filmografía del director de origen canadiense Edward Dmytryk no ha suscitado el interés de la crítica que merece, probablemente por su actitud colaboracionista con el tristemente famoso Comité de Actividades Antinorteamericanas que marcaría su trayectoria posterior como director; aunque durante cierto tiempo se negó a declarar ante el mismo lo que le valió su inclusión en la inquisitorial lista negra (1), el despido inmediato imposibilitándole realizar su trabajo, su encarcelamiento durante varios meses e incluso el exilio en Inglaterra, país en el que dirigió tres películas, entre las que destaca “Obsesión” (1949).



Sin duda su filmografía es un reflejo de su experiencia vital, pudiendo distinguirse dos etapas. La primera con producciones más modestas en la que, con una mirada progresista, pretendía denunciar los aspectos más desagradables de la sociedad norteamericana y cuenta con filmes del nivel de “Historia de un detective” (1944), “Hasta el fin del tiempo” (1946) y, sobre todo, “Encrucijada de odios” (1947). Mientras que en la segunda etapa, ya rehabilitado, dirigirá producciones más costosas en las que el sentimiento de culpa constituirá un tema recurrente.



Precisamente sus cuatro wésterns corresponden a esta segunda etapa. La ambiciosa “Lanza rota” de 1954 (película ya reseñada en este blog), “El hombre de las pistolas de oro” (1959), “Álvarez Kelly” de 1966, inferior a las anteriormente citadas pero no exenta de encanto, y el prescindible eurowéstern “Shalako” (1968) con unos desubicados Sean Connery y Brigitte Bardot. Con este filme, además, Dmytryk regresó a Europa donde dirigió sus últimas cintas.



ARGUMENTO: La comunidad de Warlock carece del reconocimiento legal como ciudad, por lo que sus habitantes ante los desmanes de la banda de Abe McQuown deciden contratar a Clay Blaisidale, un conocido pacificador cuyos peculiares métodos lo sitúan por encima de la ley, y a su amigo Tom Morgan, jugador, pistolero y verdadero guardaespaldas de Clay. Paralelamente Johnny Ganon, desengañado exmiembro de la banda de Abe, es nombrado sheriff de la población. El enfrentamiento entre ambos será inevitable.



Estamos ante una lujosa producción del propio Dmytryk para la Twentieth Century Fox Film, una major de marcada tendencia progresista frente al coservadurismo de otras como la Metro Goldwyn Mayer, que adaptó la monumental novela del especialista Oakley Hall (2) gracias a la pluma de Robert Alan Aurthur. Trabajo titánico, vista la complejidad, los numerosos personajes y las distintas líneas argumentales del texto original, del que no salió del todo airoso. Así, aunque cuenta con la más que solvente dirección de Dmytryk, el resultado no me parece del todo satisfactorio, el conjunto se percibe deslavazado y el desarrollo algo precipitado sin que se terminen de explotar todas las posibilidades de la película. Un guion que curiosamente presenta grandes semejanzas con el de otro wéstern más modesto, el ya reseñado “Con sus mismas armas” (Richard Wilson, 1955), tanto en el personaje del pacificador, intrepretado en el filme de Wilson por Robert Mitchum, como en la actitud cobarde y mezquina de los ciudadanos del pueblo, e incluso en algunas escenas como la del incendio del saloon que acelera el final de la historia.



En todo caso, y a pesar de sus debilidades, creo que nos encontramos ante un filme honesto sobre la segunda fasede la construcción de una nación, una vez aniquilados los nativos, en la que imperó la ley del más fuerte. Un filme con una visión negativa de esa sociedad, clara alegoría a los EEUU de la década de los cincuenta, que no asume sus compromisos como comunidad sino que, habitada por seres cobardes, egoístas, pusilánimes e interesados, no duda en entregar el poder a un individuo que se arrogará las funciones de juez y brazo ejecutor de la ley. Un sujeto que se situará por encima del bien y del mal ante la aquiescencia de la población e impondrá sus peculiares métodos. Tan sólo el lúcido juez, elegido por sus convecinos de forma provisional e intrepretado por un estupendo Wallace Ford, se enfrentará a él desde el primer momento al señalarle que: “Todo hombre que se coloca en un nivel superior a los demás sin tener una responsabilidad moral no puede ser más que un asquerosos asesino. Hay algo que está muy por encima y es la ley”.

Así, a través de la figura del pacificador la película reflexiona sobre la ley y la justicia y el papel del Estado como garante de ambos, no siendo admisible la búsqueda de atajos a través de personajes mesiánicos, ni tampoco ética la búsqueda de la paz a costa de la pérdida de la libertad.



Frente a la cobardía generalizada de la población de Warlock se alzará Johnny Ganon símbolo del compromiso con la sociedad, otro de los temas desarrollados por el filme. Un individuo que aceptará el cargo de ayudante de sheriff y asumirá todas las responsabilidades que conlleva con el objeto de acabar con los abusos tanto de la banda de Abe como de Clay, y convertir a Warlock en una comunidad civilizada, en la que por fin el Estado, por delegación de los ciudadanos que lo componen, asuma el uso de la violencia siempre a través de un proceso legitimatorio.



La historia se desarrolla, además, a través de la doble relación setimental establecida por los protagonistas del drama. Por una parte nos encontramos con Gannon y Lilly, una forastera, y, por otra tenemos a Clay y Jessie, miembro del comité de ciudadanos. Doble relación fundamental para el desarrollo de la trama porque en ambas se verá implicado Tom dando lugar, igualmente, a un doble triángulo amoroso. En la primera por ser el antiguo amante de Lilly y en la segunda por su peculiar sentido de la amistad, mostrándose con Clay como un hombre posesivo al intuir que al asentarse el idilio entre su amigo y Jessie su forma de vida peligrará.



Y, precisamente, la mayor polémica de la película radica en la peculiar amistad entre Clay y Tom que algún crítico ha calificado como “la representación más abierta del amor homosexual en el wéstern clásico”, a pesar de que el propio director se apresuró a afirmar que no era esa su intención. En todo caso sí se aprecia una total dependencia, tanto emocional como incluso vital, entre ambos. Así Clay llegará a afirmar sobre su compañero que: “Fue ayer cuando le dije que no era nada sin mí, pero soy yo el que no es nada sin él". Mientras que a Tom Lilly le comenta: “A ti no te importa morir. Te importa que muera Clay y cuando lo haya conseguido me reiré viéndote llorar delante de su cadáver”. Para poco después reconocer Tom que su actitud con Clay se debe a que: “Es la única persona, hombre o mujer, que no ha visto en mí a un tullido”.



La película cuenta pues con unos personajes ricos y complejos, que representan tres estadios diferenciados en el proceso de evolución del Salvaje Oeste, para los que se contó con un reparto espectacular.



Richard Widmark encarnó a Johnny Ganon, individuo que arrastra un sentimiento de culpa por haber pertenecido al grupo de McQuown y para el que el cargo de sheriff supondrá su peculiar proceso de redención al perseguir, incluso de forma suicida, el advenimiento de la ley y el orden en Warlock (3). Su personaje simboliza al hombre moderno surgido con la pacificación del Oeste que se integrará perfectamente en la nueva sociedad.



 El actor realizó una gran creación explotando, al igual que en la reseñada en este blog “La ley del talión” (Delmer Daves, 1956), su imagen un tanto ambigua que le llevó a interpretar durante esa década tanto roles positivos como negativos (4).



Henry Fonda se ocupó del papel de Clay Blaisidale, un personaje basado en la figura de Wyatt Earp. Estamos ante un mercenario que vive gracias a la rapidez con su revólver; de hecho le llega a confesar a Jessie que: “Yo sólo destaco con mi revólver. Y no he hecho otra cosa en mi vida”. Así aunque devuelve la paz a aquellas ciudades que lo reclaman su interés es puramente crematístico  y, no conformándose con su sueldo diez veces superior al del sheriff, regenta una casa de juegos en los pueblos en los que se asienta lo que le permite llevar una vida lujosa. Figura decadente y crepuscular, es consciente del final de su modo de vida y percibe en su incipiente relación con Jessie la posibilidad de adaptación a ese nuevo mundo que se avecina.



Con su sobriedad habitual el actor nacido en Nebraska con cada mirada, gesto o movimiento da una auténtica lección interpretativa, encarnando magistralmente a un personaje que, a pesar de mostrar una cierta ética, es en definitiva un pistolero, del que el artista desarrollaría su cara más sombría en “Hasta que llegó su hora” (Sergio Leone, 1968) con su creación de Frank, un forajido que también buscaba desesperadamente abandonar su medio de vida ante los cambios que se estaban produciendo en el Oeste (5).



Anthony Quinn, un actor de raza con cierta tendencia al histrionismo pero capaz de ofrecer trabajos memorables cuando contaba con un director que controlaba sus excesos, ofreció un rendimiento altísimo como Tom Morgan, el lado oscuro de Clay y su ángel de la guarda, encargado de realizar el trabajo sucio sin que su amigo tenga conocimiento de ello. Estamos ante un individuo perverso, inteligente y manipulador que ha convertido su vida en una eterna huida hacia adelante al ser incapaz de evolucionar con los nuevos tiempos; siendo su defecto físico símbolo de su degradación moral, acentuada tras el fracaso sentimental vivido con Lilly.

Frente a los personajes masculinos, los femeninos quedan algo desdibujados pese a su importancia en el devenir de los acontecimientos.

Dolores Michaels pasa desapercibida como Jessie promesa de un futuro para Clyde. Su relación con el pacificador provocará las primeras grietas en su amistad con Tom, que se mostrará desde el primer momento celoso y desplazado por Jessie en el corazón de su amigo. La actriz protagoniza una escena cursi y desfasada en la que le confiesa a Clay haber probado el whisky.



Como contrapunto a la virginal Jessie, Dorothy Malone da vida a la más mundana Lilly Dólar, antigua amante de Tom, que tiene una cuenta pendiente con Clay pues, embaucado por Tom, mató a su prometido. Su llegada a Warlock en busca de venganza desencadenará la tragedia posterior.

“El hombre de las pistolas de oro” es en definitiva un buen wéstern que, partiendo de personajes y situaciones típicos de este género, se anticipa al denominado wéstern crepuscular al narrar el final de una forma de vida con la llegada de la civilización.


(1) Edward Dymytryk fue, junto a escritores de la talla de Dalton Trumbo, Herbert Biberman o Albert Matz, uno de los Diez de Hollywood. Grupo perseguido por el obseso senador McCarthy cuyos miembros fueron despedidos de sus respectivos trabajos acusados de militar o haber militado en el partido comunista. A esta primera lista negra y hasta 1960 se fueron añadiendo más nombres de profesionales relacionados con la industria cinematográfica en Hollywood.

(2) Oakley Hall fue un novelista que situó fundamentalmente sus novelas en el Far-west. Su obra más conocida, finalista del Pulitzer, es precisamente “Warlock” publicada por Galaxia Gutenberg. También en esta editorial se pueden encontrar otras dos obras suyas: “Bad lands” y “Apaches”. 

(3) Algunos críticos han visto en el personaje de Gannon al propio Dmytryk, igualmente abrumado por su pasado.

(4) Durante los años cincuenta Richard Widmark interpretó a dos memorables villanos en “Lanza rota” (Edward Dmytryk, 1954) y “Desafío en la ciudad muerta” (John Sturges, 1958), ambas películas con sus correspondientes reseñas; al mismo tiempo que asumió roles positivos en “El jardín del diablo” (Henry Hathaway, 1954), “El sexto fugitivo” (John Sturges, 1956), la mencionada “La ley del talión” y “El Alamo” (John Wayne, 1960).



(5) “Warlock” era uno de los wésterns favoritos de Sergio Leone. 

jueves, 21 de junio de 2018

LAS FURIAS

(The Furies, 1950)


Dirección: Anthony Mann
Guion: Charles Scheene

Reparto:
Barbara Stanwyck: Vance Jeffords
Walter Huston: T. C. Jeffords
Wendell Corey: Rip Darrow
Gilbert Roland: Juan Herrera
Judith Anderson: Flo Burnett
Thomas Gomez: El Tigre
Beulah Bondi: Mrs. Anaheim
Albert Dekker: Mister Reynolds
John Bromfield: Clay Jeffords
Wallace Ford: Scotty Hislip

Música: Franz Waxman.
Productora: Wallis-Hazen Production. (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 8

“Has encontrado un nuevo amor en tu vida, amas tu odio. Bueno, si tienes paciencia y voluntad tal vez sea lo que necesitas para vivir. Espero que eso te baste, porque el odio no ha dejado lugar para nada más en tu vida. Y te habla alguien que odia al mismo hombre que odias tú ahora”. Rip Darrow a Vance Jeffords en el momento de culminar su venganza contra T. C. Jeffords.


1950 fue un año clave en la carrera de Anthony Mann. Por una parte accedió a filmes con presupuestos más holgados, abandonando definitivamente el cine de serie b en el que se había formado, sobre todo a través de los noir actualmente objeto de estudio y reivindicación; mientras que por otra parte supuso su encuentro e idilio con el wéstern, género por el que es mundialmente conocido al haberse convertido en un director fundamental en su desarrollo y evolución.


Así en este año rodaría tres películas del Oeste: “La puerta del Diablo”, uno de los primeros wésterns marcadamente pro indio en el que denunciaba los abusos e injusticias cometidos por el gobierno de los EEUU con la población autóctona del país; “Winchester 73”, con el que inició su indispensable ciclo de cinco películas con James Stewart de las que tres fueron escritas por Borden Chase, y el filme que nos ocupa.


ARGUMENTO: T. C. Jeffords, un gran terrateniente, dirige despóticamente su rancho bautizado como Las Furias. Con él viven sus hijos Clay, un pusilánime, y Vance, que ha heredado el carácter dominante de su padre y mantiene una relación ambigua y malsana con él. La llegada de la prometida de T. C. desencadenará el drama al revelarse como una competidora de Vance.


La película fue fruto del empeño personal del legendario productor independiente Hall B. Wallis recientemente divorciado de la Warner Brothers por desaveniencias surgidas con la major tras el éxito obtenido por “Casablanca”. Wallis fue un hombre de cine caracterizado tanto por su meticulosidad y férreo control de las producciones como por la confianza depositada en valores emergentes (Anthony Mann, Kirk Douglas o Burt Lancaster).


Impresionado por la novela de Niven Busch, encargó al gran guionista Charles Scheene (“Río Rojo”, “Caravana de mujeres”) su adaptación cinematográfica y confió en Anthony Mann, como ya he comentado un director curtido en el noir, para su realización.


Sin duda en el filme se aprecia la intervención de ambos escritores. De Niven Busch se percibe su querencia por los dramas familiares con fuertes tensiones de carácter freudiano que la entroncarían tanto con “Duelo al sol”, filme dirigido en por King Vidor en 1946 basado igualmente en otra novela suya, como con “Perseguido”, cinta realizada por Raoul Walsh en 1947 de cuyo guion fue responsable; mientras la huella de Charles Scheene se advierte en la importancia de los personajes femeninos convertidos en el elemento catalizador del drama.


En esta ocasión, además, ambos escritores tuvieron muy presente la mitología clásica. Así la particular y compleja relación de T. C con su hija, marcada por la profunda admiración de la segunda por su progenitor y en la que Vance de hecho ha sustituido a su madre, remite claramente al mito de Electra; mientras que el nombre del rancho que da el título a la película, como muy acertadamente señala Alberto Delgado en la crítica que en su día hizo para la edición en DVD, coincide con el nombre de unos demonios de la mitología romana asimilados de las figuras de las Erinias griegas (tres personificaciones femeninas de la venganza encargadas especialmente de castigar los pecados cometidos contra la familia). Así, el destino de T. C. Jeffords vendrá determinado, como si fueran las figuras griegas citadas, por la actuación y los sentimientos de tres mujeres: su hija Vance, su prometida Flo y la matriarca del clan Herrera.


El resultado es una película singular e inclasificable que si bien se puede encuandrar dentro de este género por su inscripción espacio-temporal (Nuevo México en 1870), estéticamente es más cercana al cine negro. Sobresaliendo, en este apartado, la brillante labor de fotografía nominada al Oscar de Victor Milner, con abundantes escenas desarrolladas con escasa iluminación, en consonancia con el tono sombrío del filme, al suceder los acontecimientos al amanecer, al atardecer o por la noche. Mientras que desde el punto de vista temático es más próxima al melodrama al narrar una historia de ambición, enfrentamiento, pasión, celos y venganza familiar; venganza que no consistirá, como es habitual en el wéstern, en el aniquilamiento físico del oponente sino en la realización de una serie de maniobras financieras por parte de Vance y su expretendiente Rip, aprovechando los problemas de liquidez de T. C. Jeffords, con el objeto de arruinarlo y adueñarse de sus propiedades.


El punto de inflexión en la relación entre el magnate y su hija, cuyo amor deteriorado al no aceptar ninguno de los dos a sus respectivos pretendientes se tornará definitivamente en odio, se produce con el linchamiento de uno de los personajes. Una dramática secuencia marcadamente expresionista, tanto por la iluminación como por la composición de la misma, en la que el director nos muestra los hechos sin necesidad de enfatizarlos con la banda sonora, al mismo tiempo que utiliza magistralmente desde el punto de vista dramático el fuera de plano. Extraordinaria escena precedida por otra no menos sobresaliente en cuya composición cobra importancia un espejo, elemento fundamental en el cine noir de Mann, y en la que demuestra su magisterio para crear suspense; en esta ocasión, a través de unas tijeras que porta Vance mientras recibe una noticia tan inesperada como desagradable.


Película, por tanto, de contenido denso y profundo requería de unos actores a la altura de sus complejos personajes y quizás en el elenco escogido radique una de las escasas debilidades del filme.


Wallis volvió a confiar en la pareja, compuesta por Barbara Stanwyck y Wendell Corey, que protagonizó su filme inmediatamente anterior, “El caso de Thelma Jordan” (un notable drama criminal dirigido por Robert Siodmak ese mismo año); pero el desequilibrio entre ambos actores es evidente.


Barbara Stanwyck ofrece una actuación memorable como Vance, transmitiendo de forma natural los complejos sentimientos de su personaje. Estamos ante una mujer de fuerte carácter que admira de forma enfermiza a su padre (de hecho busca un marido que se asemeje a él) y ha reemplazado en el rancho a su madre fallecida. En este sentido cobra gran importancia la escena de presentación de Vance en el cuarto de su madre para a continuación, al entrerarse de la llegada de su progenitor, bajar de forma majestuosa la escalera de la mansión con un vestido de esta. Comenzará a distanciarse de su padre con la llegada de su prometida, relación que desde el primer momento rechazará, y, sobre todo, al comprobar que Flo pretende ocupar su puesto, relegándola tanto en el corazón de T. C. como en la dirección de Las Furias a un segundo lugar.


Sin embargo, Wendell Corey, un actor con escasa entidad y recursos expresivos muy limitados, nos ofrece una actuación algo envarada como Rip Darrow, un individuo frío, calculador, mezquino y codicioso que no dudará en utilizar a Vance enamorándola y, posteriormente, humillándola para conseguir sus objetivos, vengar la muerte de su padre a manos de T. C. y recuperar la franja de terreno perdido que en la actualidad forma parte de Las Furias. Personaje obsesionado por recuperar la propiedad perdida, afirmará que: “No estaré satisfecho hasta que un hijo mío sea propietario de Las Furias”. Advertencia que me hace cuestionar el aparente final feliz del filme. Una lástima la elección de este actor porque, sin duda, un actor como Arthur Kennedy, por poner un ejemplo, hubiera sido perfecto para interpretar a Rip.


Junto a ellos Walter Huston, soberbio como T. C. En su último papel para el cine (moriría antes de estrenarse el filme) nos brinda una actuación briosa y llena de energía de un personaje tozudo y megalómano capaz de igualarse a Napoleón, figura a la que admira (en su despacho tiene un busto, junto al suyo, del emperador francés). Es un auténtico señor feudal, propietario de bienes y personas, que dirige de forma despótica su rancho. De hecho son constantes las alusiones comparándole con un monarca. Así Rip llegará a señalar: “Veo a la servidumbre pero no al rey”; mientras que en el tramo final de la cinta doblega a un toro para demostrar que él es el único rey de Las Furias. Al igual que Rip es otro personaje obsesionado por la propiedad, llevándole a afirmar ante su hijo que a pesar de querer profundamente a su madre no fue capaz de estar junto a ella en el momento de su muerte por no poder soportar que algo que le pertenecía desapareciera. Particular forma de entender el matrimonio también presente en Darrow cuando le comenta a Vance: “No me pidas que sea tu esposo. Si nos casamos, tú serás mi mujer”.


Igualmente destacables son las interpretaciones de Judith Anderson (la inolvidable señora Danvers de “Rebeca”) y de Gilbert Roland, actor mejicano asentado en Hollywood desde la época silente.


La primera encarna a Flo, la prometida de T. C. y futura madrastra de Vance. Una intrusa en el mundo creado por el padre y su hija que precipitará el drama. Estamos ante otro ser codicioso que, bajo una apariencia amable, pronto descubrirá sus cartas: sustituir en todos los ámbitos a la hija de T. C. para lo que no dudará en manipular de forma inteligente a este. Así son reveladoras tanto la escena en la que rasca a su futuro marido la sexta vertebra, mimo habitual realizado por Vance a T C, como aquella en la que se la ve sentada en el despacho de su marido ocupándose del funcionamiento del rancho. Anthony Mann, no obstante, le reserva una secuencia entrañable y patéitca a la vez en la que muestra, una vez vencida y con el rostro desfigurado, su lado más humano al rechazar prestarle a T. C. la ayuda económica solicitada porque eso supondría su condena a la más absoluta soledad.


Gilbert Roland ofrece un rendimiento muy alto como Juan Herrera. Una actuación plena de naturalidad en la que abandonó su habitual personaje de latin lover para interpretar a un individuo tan noble como trágico, contrapunto de la vileza representada por el resto de los actores del drama. Amigo desde niño de Vance y eterno enamorado, le llega a confensar refiriéndose a ella que: “He estado enamorado tanto tiempo que, me guste o no, estaría perdido sin estarlo”. Su relación con la hija de T. C. es tan estrecha y de tal pureza que cada vez que se ven celebran una especie de comunión laica compartiendo un pedazo de pan, comunión que simboliza su unión espiritual.


En definitiva, “Las Furias” es un filme complejo y oscuro sobre un mundo despiadado habitado por seres caracterizados por su ambigüedad moral que a lo largo de la cinta mostrarán sus tinieblas interiores. Una película que, a pesar de perder algo de intensidad en su último tercio y del extraño giro final, se encuentra entre las mas destacadas de Anthony Mann, uno de los mejores directores de la denominada segunda generación estadounidense, por lo que es indispensable su reivindicación con el objeto de rescatarla del olvido en el que se encuentra.



jueves, 10 de mayo de 2018

WICHITA, CIUDAD INFERNAL

(Wichita, 1955)

Dirección: Jacques Tourneur
Guion: Daniel B. Ullman.

Reparto:
- Joel McCrea (Wyatt Earp)
- Vera Miles (Laurie McCoy)
- Lloyd Bridges (Gyp Clements)
- Wallace Ford (Arthur Whiteside)
- Edgar Buchanan (Dock Black)
- Peter Graves (Morgan Earp)
- Keith Larsen (Bat Masterson)
- Carl Benton Reid (Mayor Andrew Hope)
- John Smith (Jim)
- Walter Coy (Sam McCoy)
- Robert J. Wilke (Ben Thompson)
- Jack Elam (Al)

Música: Hans J. Salter
Productora: Allied Artits (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 7’5

“No pierda la esperanza. No dude que ese hombre ha nacido para ejercer la ley”. Conversación sobre Wyat Earp mantenida por el juez Andrew Hope y Sam McCoy, uno de los benefactores de la ciudad de Wichita


Cuando se cita a Jacques Tourneur (1904-1977), director generalmente enmarcado en producciones de presupuesto bajo o medio aunque este hecho no le impidió dirigir a grandes estrellas como Robert Mitchum, Kirk Douglas o Burt Lancaster, recordamos el tríptico de películas de corte fantástico realizadas entre 1942 y 1943 junto a Val Lewton para la RKO (“La mujer pantera”, “El hombre leopardo” y “Yo anduve con un zombie”), género al que regresaría con la excelente “La noche del demonio” (1957); así como “Retorno al pasado” (1947), obra maestra del cine negro, y dos maravillosos filmes de aventuras tan vitalistas como dinámicos: “El halcón y la flecha” (1950) y “La mujer pirata”(1951).



Sin embargo su contribución al wéstern, que sin alcanzar el áltísimo nivel de los títulos anteriormente citados no es nada desdeñable, suele olvidarse a pesar de constituir uno de los géneros más abordados por el realizador francoestadounidense a lo largo de su carrera y de que tanto “Estrellas en mi corona” (1950), mixtura entre drama rural y wéstern, como “Wichita, ciudad infernal” se encontraban entre sus películas preferidas.



El filme fue producido por la Allied Artits, compañía fundada a iniciativa del mítico productor Walter Mirish quien como productor ejecutivo de la Monogram (minor hollywoodiense surgida en los años treinta y especializada en filmes de muy bajo coste, fundamentalmente pertenecientes al género wéstern) convenció a su dueño, Steve Broidy, para crear una nueva división con el objeto de realizar producciones algo más prestigiosas y costosas. Allied Artits y Monogram convivirían desde 1946 hasta 1953, año en el que la segunda quedaría definitivamente integrada en la primera.



ARGUMENTO: A Wyatt Earp, un excazador de bisontes, tras abortar el asalto al banco de Wichita le ofrecen el cargo de sheriff de la ciudad. Inicialmente lo rechazará pero tras la muerte accidental de un muchacho decidirá acabar con los disturbios provocados por los ganaderos, actitud que le granjea la enemistad de los comerciantes locales temerosos de perder los pingües beneficios que aquellos les reportan.



Wyatt Earp, figura clave en la mitología del Lejano Oeste, ha sido llevado a la pantalla en numerosas ocasiones, pero casi siempre teniendo como referencia su famoso enfrentamiento con el clan de los Clanton en el OK Corral de la ciudad de Tombstone. La originalidad de la cinta de Tourneur radica al mostrarnos a un Earp en un período anterior al del legendario tiroteo.



La presentación del personaje supone toda una declaración de principios por parte del director. Así, al igual que los ganaderos, contemplaremos en lontananza su diminuta figura perdida en la grandiosidad del paisaje. Con este plano, Tourneur humaniza al mito y muestra su fragilidad como la de cualquier ser humano; para a continuación engrandecer su figura enfocándolo más de cerca montado a caballo en un suave contrapicado, para lo que situa la cámara a la altura de los ganaderos sentados en la hierba. La intención del director, como luego se confirmará a lo largo de la película, es manifiesta: la grandeza del personaje no radica en sus habilidades sobrehumanas, como les ocurría a los héroes de la mitología griega hijos de dios y mortal, sino tan sólo en su interior; en su código de honor, en su sentido de la justicia y en sus principios éticos superiores a los de los hombres con los que se relaciona.



Porque la película sobre todo trata de la defensa de la justicia y de la legalidad frente a intereses espurios (el protagonista en un momento dado llega a afirmar: “No se trata de quien tienen razón sino de lo que es justo”) y de la fidelidad a uno mismo y a unos valores aunque este hecho suponga el enfrentamiento con los demás.



Así, el trabajo de Torneur destaca, junto a su probada elegancia, su talento para la puesta en escena y el gran partido desde el punto de vista formal que obtiene del formato en Cinemascope, por volver a utilizar una historia aparentemente simple para abordar temas de gran hondura, ofreciendo una visión ácida del desarrollo de los EEUU.



Para ello nos presenta una ciudad, Wichita, que acaba de convertirse en uno de los nudos ferroviarios más importantes del país. Una urbe, por tanto, en pleno crecimiento y desarrollo al ser clave en el transporte del ganado a otros territorios del estado pero que, al mismo tiempo, sufre las contrariedades de este enriquecimiento personificadas en forajidos y, sobre todo, cowboys que toman al asalto la ciudad en noches de excesos y alcohol. Al intentar frenar estos excesos, tras haber sido nombrado sheriff, Earp se encontrará con la incomprensión, cuando no el rechazo, de los voraces especuladores de la ciudad que, anteponiendo sus intereses económicos al bienestar de la mayoría de los ciudadanos, sentirán la actitud y el comportamiento del héroe como un freno al engrandecimiento de la ciudad y a su enriquecimiento personal. Así los mismos que le nombraron para que les protegiera de los bandidos, conspirarán contra él con el objeto de destituirle.

El mensaje es claro, el capital, representando por los prohombres de la ciudad, se sirve de la ley y la utiliza en su propio beneficio, aunque esta actitud afecte a la convivencia y perjudique a la mayoría.





En este sentido cobran gran importancia dos escenas, una primera en la que se reúnen el juez y tres de los próceres de Wichita para conspirar contra Earp y la posterior cena de estos con Wyatt, en la que el sheriff, con una lógica democrática impecable, les acusa de arrogarse la representación de la población de la urbe, derecho cuya posesión tan sólo corresponde a aquellos que han sido elegidos. Valores democráticos reafirmados por nuestro protagonista en otra escena, al afirmar ante Dock Blak (dueño de un saloon y declarado enemigo de Earp) que todos los ciudadanos son iguales y ninguno ostenta privilegios.



Al mismo tiempo el filme nos relata el fin de una época provocado por la expansión del ferrocarril (elemento fundamental para la civilización del oeste) y el nacimiento, con el desarrollo del capitalismo, de un período más sútil en el que los pistoleros darán paso a los especuladores cuya arma fundamental será el dinero, a través del cual controlarán a las distintas instituciones.



Para interpretar al personaje de Earp se escogió a Joel McCrea un actor con el que Tourneur había colaborado en dos wésterns anteriores: el citado “Estrellas en mi corona” (1950) y “El jinete misterioso” (1955), también conocido como “La ley del juez Thorne”, con el que “Wichita” guarda ciertas semejanzas. La elección no pudo ser más afortunada ya que, a pesar de contar cuando se rodó la película con cincuenta años mientras Earp no llegaba a los treinta, el actor nacido en California representaba como pocos intérpretes valores como la integridad, la honradez y la tenacidad; asociándose su imagen cinematográfica con la del héroe integro e incorruptible. Imagen ideal para encarnar a Earp, un hombre que, además, a lo largo de la película mostrará su rechazo por el uso de las armas (en distintas escenas afirma su intención de no matar a nadie).



De hecho, a lo largo de su dilatada carrera, Joel McCrea, además de dar vida a Wyatt Earp, interpretó a distintos personajes históricos elevados a mitos: Buffalo Bill, Sam Houston o Bat Masterson.



Junto a él, Vera Miles, actriz no excesivamente reconocida a pesar de haber realizado interpretaciones memorables para directores como John Ford, Alfred Hitchcock o Henry Hathaway, protagoniza la inconsistente historia de amor a la que, no obstante, Tourneur no presta demasiada atención para evitar la distracción del espectador de la trama principal; y un grupo de grandes secundarios habituales en este tipo de producciones encabezados por Wallace Ford como el alcoholizado y preclaro director del periódico, representante de un poder que sirve a la verdad constituyéndo un contrapeso a la voracidad especulativa de los grandes empresarios; Edgar Buchanan en el rol de Dock Black; y Lloyd Bridges y Jack Elam como dos de los pendencieros vaqueros.



En definitiva, estamos ante un wéstern que como lo califico el propio Tourneur “se apartaba de lo ordinario”. Una película, excelentemente fotografiada por Harold Lipstein y con un gran tema musical interpretado por la estrella del country Tex Ritter, contada en tiempo record, ochenta y un minutos,  por un magnífico director que a la pregunta de un periodista sobre cuál creía que sería su lugar en la historia del cine no dudó en contestar: “Ninguno… soy un realizador muy mediano, he hecho mi trabajo lo mejor posible, con todas mis limitaciones”. Actitud de la que podían tomar nota algunos directores actuales excesivamente pagados de sí mismos y empeñados en inventar el cine en cada plano.



Como curiosidades comentaros que Sam Peckinpah hizo un pequeño papel como empleado del banco y que Jody McCrea, hijo de Joel, también intervino en la película.