Mostrando entradas con la etiqueta Edward Dmytryk. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Edward Dmytryk. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de octubre de 2018

EL HOMBRE DE LAS PISTOLAS DE ORO

(Warlock, 1959)

Dirección: Edward Dmytryk
Guion: Robert Alan Aurthur

Reparto:
- Richard Widmark: Johnny Ganon
- Henry Fonda: Clay Blaisidale
- Anthony Quinn: Tom Morgan
- Dorothy Malone: Lilly Dollar
- Dolores Michaels: Jessie Marlow
- Wallace Ford: Juez Holloway
- Tom Drake: Abe McQuown
- Richard Arlen: Bacon
- DeForest Kelley: Curley Burne
- Reggis Tommey: Skinner
- Vaughn Taylor: Henry Richardson
- Whitt Bissell: Petrix

Música: Leigh Harlaine
Productora: Twentieth Century Fox Film Corporation  (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 7’5

”No, no, no. Estáis equivocados. Para evitar crimen y violencia queréis emplear violencia y crimen. Y eso es hacer lo mismo que McQuown” “Pues ¿Qué alternativa nos queda?” “Ley y orden, esa es la alternativa”. El juez Holloway al comité de ciudadanos de Warlock.


A pesar de estar plagada de sugerentes títulos, la filmografía del director de origen canadiense Edward Dmytryk no ha suscitado el interés de la crítica que merece, probablemente por su actitud colaboracionista con el tristemente famoso Comité de Actividades Antinorteamericanas que marcaría su trayectoria posterior como director; aunque durante cierto tiempo se negó a declarar ante el mismo lo que le valió su inclusión en la inquisitorial lista negra (1), el despido inmediato imposibilitándole realizar su trabajo, su encarcelamiento durante varios meses e incluso el exilio en Inglaterra, país en el que dirigió tres películas, entre las que destaca “Obsesión” (1949).



Sin duda su filmografía es un reflejo de su experiencia vital, pudiendo distinguirse dos etapas. La primera con producciones más modestas en la que, con una mirada progresista, pretendía denunciar los aspectos más desagradables de la sociedad norteamericana y cuenta con filmes del nivel de “Historia de un detective” (1944), “Hasta el fin del tiempo” (1946) y, sobre todo, “Encrucijada de odios” (1947). Mientras que en la segunda etapa, ya rehabilitado, dirigirá producciones más costosas en las que el sentimiento de culpa constituirá un tema recurrente.



Precisamente sus cuatro wésterns corresponden a esta segunda etapa. La ambiciosa “Lanza rota” de 1954 (película ya reseñada en este blog), “El hombre de las pistolas de oro” (1959), “Álvarez Kelly” de 1966, inferior a las anteriormente citadas pero no exenta de encanto, y el prescindible eurowéstern “Shalako” (1968) con unos desubicados Sean Connery y Brigitte Bardot. Con este filme, además, Dmytryk regresó a Europa donde dirigió sus últimas cintas.



ARGUMENTO: La comunidad de Warlock carece del reconocimiento legal como ciudad, por lo que sus habitantes ante los desmanes de la banda de Abe McQuown deciden contratar a Clay Blaisidale, un conocido pacificador cuyos peculiares métodos lo sitúan por encima de la ley, y a su amigo Tom Morgan, jugador, pistolero y verdadero guardaespaldas de Clay. Paralelamente Johnny Ganon, desengañado exmiembro de la banda de Abe, es nombrado sheriff de la población. El enfrentamiento entre ambos será inevitable.



Estamos ante una lujosa producción del propio Dmytryk para la Twentieth Century Fox Film, una major de marcada tendencia progresista frente al coservadurismo de otras como la Metro Goldwyn Mayer, que adaptó la monumental novela del especialista Oakley Hall (2) gracias a la pluma de Robert Alan Aurthur. Trabajo titánico, vista la complejidad, los numerosos personajes y las distintas líneas argumentales del texto original, del que no salió del todo airoso. Así, aunque cuenta con la más que solvente dirección de Dmytryk, el resultado no me parece del todo satisfactorio, el conjunto se percibe deslavazado y el desarrollo algo precipitado sin que se terminen de explotar todas las posibilidades de la película. Un guion que curiosamente presenta grandes semejanzas con el de otro wéstern más modesto, el ya reseñado “Con sus mismas armas” (Richard Wilson, 1955), tanto en el personaje del pacificador, intrepretado en el filme de Wilson por Robert Mitchum, como en la actitud cobarde y mezquina de los ciudadanos del pueblo, e incluso en algunas escenas como la del incendio del saloon que acelera el final de la historia.



En todo caso, y a pesar de sus debilidades, creo que nos encontramos ante un filme honesto sobre la segunda fasede la construcción de una nación, una vez aniquilados los nativos, en la que imperó la ley del más fuerte. Un filme con una visión negativa de esa sociedad, clara alegoría a los EEUU de la década de los cincuenta, que no asume sus compromisos como comunidad sino que, habitada por seres cobardes, egoístas, pusilánimes e interesados, no duda en entregar el poder a un individuo que se arrogará las funciones de juez y brazo ejecutor de la ley. Un sujeto que se situará por encima del bien y del mal ante la aquiescencia de la población e impondrá sus peculiares métodos. Tan sólo el lúcido juez, elegido por sus convecinos de forma provisional e intrepretado por un estupendo Wallace Ford, se enfrentará a él desde el primer momento al señalarle que: “Todo hombre que se coloca en un nivel superior a los demás sin tener una responsabilidad moral no puede ser más que un asquerosos asesino. Hay algo que está muy por encima y es la ley”.

Así, a través de la figura del pacificador la película reflexiona sobre la ley y la justicia y el papel del Estado como garante de ambos, no siendo admisible la búsqueda de atajos a través de personajes mesiánicos, ni tampoco ética la búsqueda de la paz a costa de la pérdida de la libertad.



Frente a la cobardía generalizada de la población de Warlock se alzará Johnny Ganon símbolo del compromiso con la sociedad, otro de los temas desarrollados por el filme. Un individuo que aceptará el cargo de ayudante de sheriff y asumirá todas las responsabilidades que conlleva con el objeto de acabar con los abusos tanto de la banda de Abe como de Clay, y convertir a Warlock en una comunidad civilizada, en la que por fin el Estado, por delegación de los ciudadanos que lo componen, asuma el uso de la violencia siempre a través de un proceso legitimatorio.



La historia se desarrolla, además, a través de la doble relación setimental establecida por los protagonistas del drama. Por una parte nos encontramos con Gannon y Lilly, una forastera, y, por otra tenemos a Clay y Jessie, miembro del comité de ciudadanos. Doble relación fundamental para el desarrollo de la trama porque en ambas se verá implicado Tom dando lugar, igualmente, a un doble triángulo amoroso. En la primera por ser el antiguo amante de Lilly y en la segunda por su peculiar sentido de la amistad, mostrándose con Clay como un hombre posesivo al intuir que al asentarse el idilio entre su amigo y Jessie su forma de vida peligrará.



Y, precisamente, la mayor polémica de la película radica en la peculiar amistad entre Clay y Tom que algún crítico ha calificado como “la representación más abierta del amor homosexual en el wéstern clásico”, a pesar de que el propio director se apresuró a afirmar que no era esa su intención. En todo caso sí se aprecia una total dependencia, tanto emocional como incluso vital, entre ambos. Así Clay llegará a afirmar sobre su compañero que: “Fue ayer cuando le dije que no era nada sin mí, pero soy yo el que no es nada sin él". Mientras que a Tom Lilly le comenta: “A ti no te importa morir. Te importa que muera Clay y cuando lo haya conseguido me reiré viéndote llorar delante de su cadáver”. Para poco después reconocer Tom que su actitud con Clay se debe a que: “Es la única persona, hombre o mujer, que no ha visto en mí a un tullido”.



La película cuenta pues con unos personajes ricos y complejos, que representan tres estadios diferenciados en el proceso de evolución del Salvaje Oeste, para los que se contó con un reparto espectacular.



Richard Widmark encarnó a Johnny Ganon, individuo que arrastra un sentimiento de culpa por haber pertenecido al grupo de McQuown y para el que el cargo de sheriff supondrá su peculiar proceso de redención al perseguir, incluso de forma suicida, el advenimiento de la ley y el orden en Warlock (3). Su personaje simboliza al hombre moderno surgido con la pacificación del Oeste que se integrará perfectamente en la nueva sociedad.



 El actor realizó una gran creación explotando, al igual que en la reseñada en este blog “La ley del talión” (Delmer Daves, 1956), su imagen un tanto ambigua que le llevó a interpretar durante esa década tanto roles positivos como negativos (4).



Henry Fonda se ocupó del papel de Clay Blaisidale, un personaje basado en la figura de Wyatt Earp. Estamos ante un mercenario que vive gracias a la rapidez con su revólver; de hecho le llega a confesar a Jessie que: “Yo sólo destaco con mi revólver. Y no he hecho otra cosa en mi vida”. Así aunque devuelve la paz a aquellas ciudades que lo reclaman su interés es puramente crematístico  y, no conformándose con su sueldo diez veces superior al del sheriff, regenta una casa de juegos en los pueblos en los que se asienta lo que le permite llevar una vida lujosa. Figura decadente y crepuscular, es consciente del final de su modo de vida y percibe en su incipiente relación con Jessie la posibilidad de adaptación a ese nuevo mundo que se avecina.



Con su sobriedad habitual el actor nacido en Nebraska con cada mirada, gesto o movimiento da una auténtica lección interpretativa, encarnando magistralmente a un personaje que, a pesar de mostrar una cierta ética, es en definitiva un pistolero, del que el artista desarrollaría su cara más sombría en “Hasta que llegó su hora” (Sergio Leone, 1968) con su creación de Frank, un forajido que también buscaba desesperadamente abandonar su medio de vida ante los cambios que se estaban produciendo en el Oeste (5).



Anthony Quinn, un actor de raza con cierta tendencia al histrionismo pero capaz de ofrecer trabajos memorables cuando contaba con un director que controlaba sus excesos, ofreció un rendimiento altísimo como Tom Morgan, el lado oscuro de Clay y su ángel de la guarda, encargado de realizar el trabajo sucio sin que su amigo tenga conocimiento de ello. Estamos ante un individuo perverso, inteligente y manipulador que ha convertido su vida en una eterna huida hacia adelante al ser incapaz de evolucionar con los nuevos tiempos; siendo su defecto físico símbolo de su degradación moral, acentuada tras el fracaso sentimental vivido con Lilly.

Frente a los personajes masculinos, los femeninos quedan algo desdibujados pese a su importancia en el devenir de los acontecimientos.

Dolores Michaels pasa desapercibida como Jessie promesa de un futuro para Clyde. Su relación con el pacificador provocará las primeras grietas en su amistad con Tom, que se mostrará desde el primer momento celoso y desplazado por Jessie en el corazón de su amigo. La actriz protagoniza una escena cursi y desfasada en la que le confiesa a Clay haber probado el whisky.



Como contrapunto a la virginal Jessie, Dorothy Malone da vida a la más mundana Lilly Dólar, antigua amante de Tom, que tiene una cuenta pendiente con Clay pues, embaucado por Tom, mató a su prometido. Su llegada a Warlock en busca de venganza desencadenará la tragedia posterior.

“El hombre de las pistolas de oro” es en definitiva un buen wéstern que, partiendo de personajes y situaciones típicos de este género, se anticipa al denominado wéstern crepuscular al narrar el final de una forma de vida con la llegada de la civilización.


(1) Edward Dymytryk fue, junto a escritores de la talla de Dalton Trumbo, Herbert Biberman o Albert Matz, uno de los Diez de Hollywood. Grupo perseguido por el obseso senador McCarthy cuyos miembros fueron despedidos de sus respectivos trabajos acusados de militar o haber militado en el partido comunista. A esta primera lista negra y hasta 1960 se fueron añadiendo más nombres de profesionales relacionados con la industria cinematográfica en Hollywood.

(2) Oakley Hall fue un novelista que situó fundamentalmente sus novelas en el Far-west. Su obra más conocida, finalista del Pulitzer, es precisamente “Warlock” publicada por Galaxia Gutenberg. También en esta editorial se pueden encontrar otras dos obras suyas: “Bad lands” y “Apaches”. 

(3) Algunos críticos han visto en el personaje de Gannon al propio Dmytryk, igualmente abrumado por su pasado.

(4) Durante los años cincuenta Richard Widmark interpretó a dos memorables villanos en “Lanza rota” (Edward Dmytryk, 1954) y “Desafío en la ciudad muerta” (John Sturges, 1958), ambas películas con sus correspondientes reseñas; al mismo tiempo que asumió roles positivos en “El jardín del diablo” (Henry Hathaway, 1954), “El sexto fugitivo” (John Sturges, 1956), la mencionada “La ley del talión” y “El Alamo” (John Wayne, 1960).



(5) “Warlock” era uno de los wésterns favoritos de Sergio Leone.