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jueves, 21 de junio de 2018

LAS FURIAS

(The Furies, 1950)


Dirección: Anthony Mann
Guion: Charles Scheene

Reparto:
Barbara Stanwyck: Vance Jeffords
Walter Huston: T. C. Jeffords
Wendell Corey: Rip Darrow
Gilbert Roland: Juan Herrera
Judith Anderson: Flo Burnett
Thomas Gomez: El Tigre
Beulah Bondi: Mrs. Anaheim
Albert Dekker: Mister Reynolds
John Bromfield: Clay Jeffords
Wallace Ford: Scotty Hislip

Música: Franz Waxman.
Productora: Wallis-Hazen Production. (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 8

“Has encontrado un nuevo amor en tu vida, amas tu odio. Bueno, si tienes paciencia y voluntad tal vez sea lo que necesitas para vivir. Espero que eso te baste, porque el odio no ha dejado lugar para nada más en tu vida. Y te habla alguien que odia al mismo hombre que odias tú ahora”. Rip Darrow a Vance Jeffords en el momento de culminar su venganza contra T. C. Jeffords.


1950 fue un año clave en la carrera de Anthony Mann. Por una parte accedió a filmes con presupuestos más holgados, abandonando definitivamente el cine de serie b en el que se había formado, sobre todo a través de los noir actualmente objeto de estudio y reivindicación; mientras que por otra parte supuso su encuentro e idilio con el wéstern, género por el que es mundialmente conocido al haberse convertido en un director fundamental en su desarrollo y evolución.


Así en este año rodaría tres películas del Oeste: “La puerta del Diablo”, uno de los primeros wésterns marcadamente pro indio en el que denunciaba los abusos e injusticias cometidos por el gobierno de los EEUU con la población autóctona del país; “Winchester 73”, con el que inició su indispensable ciclo de cinco películas con James Stewart de las que tres fueron escritas por Borden Chase, y el filme que nos ocupa.


ARGUMENTO: T. C. Jeffords, un gran terrateniente, dirige despóticamente su rancho bautizado como Las Furias. Con él viven sus hijos Clay, un pusilánime, y Vance, que ha heredado el carácter dominante de su padre y mantiene una relación ambigua y malsana con él. La llegada de la prometida de T. C. desencadenará el drama al revelarse como una competidora de Vance.


La película fue fruto del empeño personal del legendario productor independiente Hall B. Wallis recientemente divorciado de la Warner Brothers por desaveniencias surgidas con la major tras el éxito obtenido por “Casablanca”. Wallis fue un hombre de cine caracterizado tanto por su meticulosidad y férreo control de las producciones como por la confianza depositada en valores emergentes (Anthony Mann, Kirk Douglas o Burt Lancaster).


Impresionado por la novela de Niven Busch, encargó al gran guionista Charles Scheene (“Río Rojo”, “Caravana de mujeres”) su adaptación cinematográfica y confió en Anthony Mann, como ya he comentado un director curtido en el noir, para su realización.


Sin duda en el filme se aprecia la intervención de ambos escritores. De Niven Busch se percibe su querencia por los dramas familiares con fuertes tensiones de carácter freudiano que la entroncarían tanto con “Duelo al sol”, filme dirigido en por King Vidor en 1946 basado igualmente en otra novela suya, como con “Perseguido”, cinta realizada por Raoul Walsh en 1947 de cuyo guion fue responsable; mientras la huella de Charles Scheene se advierte en la importancia de los personajes femeninos convertidos en el elemento catalizador del drama.


En esta ocasión, además, ambos escritores tuvieron muy presente la mitología clásica. Así la particular y compleja relación de T. C con su hija, marcada por la profunda admiración de la segunda por su progenitor y en la que Vance de hecho ha sustituido a su madre, remite claramente al mito de Electra; mientras que el nombre del rancho que da el título a la película, como muy acertadamente señala Alberto Delgado en la crítica que en su día hizo para la edición en DVD, coincide con el nombre de unos demonios de la mitología romana asimilados de las figuras de las Erinias griegas (tres personificaciones femeninas de la venganza encargadas especialmente de castigar los pecados cometidos contra la familia). Así, el destino de T. C. Jeffords vendrá determinado, como si fueran las figuras griegas citadas, por la actuación y los sentimientos de tres mujeres: su hija Vance, su prometida Flo y la matriarca del clan Herrera.


El resultado es una película singular e inclasificable que si bien se puede encuandrar dentro de este género por su inscripción espacio-temporal (Nuevo México en 1870), estéticamente es más cercana al cine negro. Sobresaliendo, en este apartado, la brillante labor de fotografía nominada al Oscar de Victor Milner, con abundantes escenas desarrolladas con escasa iluminación, en consonancia con el tono sombrío del filme, al suceder los acontecimientos al amanecer, al atardecer o por la noche. Mientras que desde el punto de vista temático es más próxima al melodrama al narrar una historia de ambición, enfrentamiento, pasión, celos y venganza familiar; venganza que no consistirá, como es habitual en el wéstern, en el aniquilamiento físico del oponente sino en la realización de una serie de maniobras financieras por parte de Vance y su expretendiente Rip, aprovechando los problemas de liquidez de T. C. Jeffords, con el objeto de arruinarlo y adueñarse de sus propiedades.


El punto de inflexión en la relación entre el magnate y su hija, cuyo amor deteriorado al no aceptar ninguno de los dos a sus respectivos pretendientes se tornará definitivamente en odio, se produce con el linchamiento de uno de los personajes. Una dramática secuencia marcadamente expresionista, tanto por la iluminación como por la composición de la misma, en la que el director nos muestra los hechos sin necesidad de enfatizarlos con la banda sonora, al mismo tiempo que utiliza magistralmente desde el punto de vista dramático el fuera de plano. Extraordinaria escena precedida por otra no menos sobresaliente en cuya composición cobra importancia un espejo, elemento fundamental en el cine noir de Mann, y en la que demuestra su magisterio para crear suspense; en esta ocasión, a través de unas tijeras que porta Vance mientras recibe una noticia tan inesperada como desagradable.


Película, por tanto, de contenido denso y profundo requería de unos actores a la altura de sus complejos personajes y quizás en el elenco escogido radique una de las escasas debilidades del filme.


Wallis volvió a confiar en la pareja, compuesta por Barbara Stanwyck y Wendell Corey, que protagonizó su filme inmediatamente anterior, “El caso de Thelma Jordan” (un notable drama criminal dirigido por Robert Siodmak ese mismo año); pero el desequilibrio entre ambos actores es evidente.


Barbara Stanwyck ofrece una actuación memorable como Vance, transmitiendo de forma natural los complejos sentimientos de su personaje. Estamos ante una mujer de fuerte carácter que admira de forma enfermiza a su padre (de hecho busca un marido que se asemeje a él) y ha reemplazado en el rancho a su madre fallecida. En este sentido cobra gran importancia la escena de presentación de Vance en el cuarto de su madre para a continuación, al entrerarse de la llegada de su progenitor, bajar de forma majestuosa la escalera de la mansión con un vestido de esta. Comenzará a distanciarse de su padre con la llegada de su prometida, relación que desde el primer momento rechazará, y, sobre todo, al comprobar que Flo pretende ocupar su puesto, relegándola tanto en el corazón de T. C. como en la dirección de Las Furias a un segundo lugar.


Sin embargo, Wendell Corey, un actor con escasa entidad y recursos expresivos muy limitados, nos ofrece una actuación algo envarada como Rip Darrow, un individuo frío, calculador, mezquino y codicioso que no dudará en utilizar a Vance enamorándola y, posteriormente, humillándola para conseguir sus objetivos, vengar la muerte de su padre a manos de T. C. y recuperar la franja de terreno perdido que en la actualidad forma parte de Las Furias. Personaje obsesionado por recuperar la propiedad perdida, afirmará que: “No estaré satisfecho hasta que un hijo mío sea propietario de Las Furias”. Advertencia que me hace cuestionar el aparente final feliz del filme. Una lástima la elección de este actor porque, sin duda, un actor como Arthur Kennedy, por poner un ejemplo, hubiera sido perfecto para interpretar a Rip.


Junto a ellos Walter Huston, soberbio como T. C. En su último papel para el cine (moriría antes de estrenarse el filme) nos brinda una actuación briosa y llena de energía de un personaje tozudo y megalómano capaz de igualarse a Napoleón, figura a la que admira (en su despacho tiene un busto, junto al suyo, del emperador francés). Es un auténtico señor feudal, propietario de bienes y personas, que dirige de forma despótica su rancho. De hecho son constantes las alusiones comparándole con un monarca. Así Rip llegará a señalar: “Veo a la servidumbre pero no al rey”; mientras que en el tramo final de la cinta doblega a un toro para demostrar que él es el único rey de Las Furias. Al igual que Rip es otro personaje obsesionado por la propiedad, llevándole a afirmar ante su hijo que a pesar de querer profundamente a su madre no fue capaz de estar junto a ella en el momento de su muerte por no poder soportar que algo que le pertenecía desapareciera. Particular forma de entender el matrimonio también presente en Darrow cuando le comenta a Vance: “No me pidas que sea tu esposo. Si nos casamos, tú serás mi mujer”.


Igualmente destacables son las interpretaciones de Judith Anderson (la inolvidable señora Danvers de “Rebeca”) y de Gilbert Roland, actor mejicano asentado en Hollywood desde la época silente.


La primera encarna a Flo, la prometida de T. C. y futura madrastra de Vance. Una intrusa en el mundo creado por el padre y su hija que precipitará el drama. Estamos ante otro ser codicioso que, bajo una apariencia amable, pronto descubrirá sus cartas: sustituir en todos los ámbitos a la hija de T. C. para lo que no dudará en manipular de forma inteligente a este. Así son reveladoras tanto la escena en la que rasca a su futuro marido la sexta vertebra, mimo habitual realizado por Vance a T C, como aquella en la que se la ve sentada en el despacho de su marido ocupándose del funcionamiento del rancho. Anthony Mann, no obstante, le reserva una secuencia entrañable y patéitca a la vez en la que muestra, una vez vencida y con el rostro desfigurado, su lado más humano al rechazar prestarle a T. C. la ayuda económica solicitada porque eso supondría su condena a la más absoluta soledad.


Gilbert Roland ofrece un rendimiento muy alto como Juan Herrera. Una actuación plena de naturalidad en la que abandonó su habitual personaje de latin lover para interpretar a un individuo tan noble como trágico, contrapunto de la vileza representada por el resto de los actores del drama. Amigo desde niño de Vance y eterno enamorado, le llega a confensar refiriéndose a ella que: “He estado enamorado tanto tiempo que, me guste o no, estaría perdido sin estarlo”. Su relación con la hija de T. C. es tan estrecha y de tal pureza que cada vez que se ven celebran una especie de comunión laica compartiendo un pedazo de pan, comunión que simboliza su unión espiritual.


En definitiva, “Las Furias” es un filme complejo y oscuro sobre un mundo despiadado habitado por seres caracterizados por su ambigüedad moral que a lo largo de la cinta mostrarán sus tinieblas interiores. Una película que, a pesar de perder algo de intensidad en su último tercio y del extraño giro final, se encuentra entre las mas destacadas de Anthony Mann, uno de los mejores directores de la denominada segunda generación estadounidense, por lo que es indispensable su reivindicación con el objeto de rescatarla del olvido en el que se encuentra.



jueves, 22 de febrero de 2018

EL HOMBRE DEL OESTE

(Man of the West, 1958)

Dirección: Anthony Mann
Guion: Reginald Rose

Reparto:
- Gary Cooper: Link Jones
- Julie London: Billie Ellis
- Lee J. Cobb: Dock Tobin
- Arthur O’Connell: Sam Beasley
- Jack Lord: Coaley
- John Denner: Claude
- Royal Dano: Trout
- Robert J. Wilke: Ponch

Música: Leigh Harlan
Productora: Ashton Production y Walter Mirisch production (USA). Distribuida por la United Artits

Por Jesús Cendón. NOTA: 9

“Ha debido de ser un movimiento reflejo. Es que yo pensaba que si faltaba usted acabarían también conmigo” (Sam explicando a Lynk la razón por la que se interpuso en el camino de la bala dirigida al expistolero).


Filme del mítico productor independiente Walter Mirisch (“Wichita”, “La gran prueba”, “Fort Masacre”, “El sheriff de Dogce City”, “Los siete magníficos”), y distribuido por la United Artits (política habitual de esta “major” caracterizada por encargarse de la distribución de filmes producidos por otras compañías más modestas) en la que se dieron la mano, en su única colaboración, dos grandes figuras del wéstern clásico: Gary Cooper y Anthony Mann.



El actor sólo en la década de los cincuenta trabajaría con gran parte de los más destacados directores en este género: Raoul Walsh en “Tambores lejanos” (1951), una especie de traslación de su gran éxito bélico “Objetivo Birmania” (1945) al universo del wéstern; Fred Zinnemann con “Sólo ante el peligro” (1952), película, reseñada en este blog, por la que obtuvo el Oscar y supuso la revitalización de una carrera algo alicaída; André De Toth en “El honor del capitán Lex” (1952); Hugo Fregonese en “Soplo salvaje” (1953), un wéstern contemporáneo situado en un país sudamericano que le volvió a emparejar con Barbara StanwycK; Henry Hathaway en “El jardín del diablo” (1954), también reseñada, una extraordinaria mixtura entre película del Oeste y filme de aventuras; Robert Aldrich con “Vera Cruz” (1954), igualmente con su correspondiente reseña en este blog, un wéstern fundamental para el desarrollo del género tanto en los EEUU como en Europa; Delmer Daves en “El árbol del ahorcado” (1959), película del Oeste muy original basada en una novela corta de la especialista Dorothy M. Johnson; o el propio Anthony Mann.



Por su parte el director nacido en San Diego, tras un “período de aprendizaje” en la década de los cuarenta con una serie de producciones de serie b e independientes enmarcadas dentro del noir (las más que notables “La brigada suicida”, “Ejecutor”, “Orden: caza sin cuartel” codirigida por Alfred L. Werker, “Border Incident” o “Side Street”, entre otras), se había convertido en uno de los máximos exponentes de este género gracias al ciclo de cinco películas rodadas con James Stewart como protagonista (todas ellas con su correspondientes reseñas en este blog). Además de habernos ofrecido otros wésterns de un nivel altísimo como el pro indio “La puerta del diablo”, también reseñado, y “Las furias”, tragedia griega ambientada en el Far-West, ambas rodadas en 1950; y “Cazador de forajidos” (1957), romántica aproximación a la figura del cazador de recompensas.



ARGUMENTO: Tras el asalto al tren en el que viajaba y una vez abandonado a su suerte, Lynk Jones junto a Billie, una cantante, y Sam, un tahúr, emprende el camino de vuelta a casa. Durante el trayecto los tres llegarán a un rancho aparentemente deshabitado, primitivo refugio de Lynk en su época de pistolero, donde se toparán con los antiguos miembros de su banda. Desde ese momento comenzará el juego por la supervivencia.



Si hay una palabra que define a “El hombre del Oeste” es innovación, ya que Anthony Mann se anticipó no sólo al wéstern norteamericano de finales de la década de los sesenta, sino incluso a las películas del Oeste filmadas en Europa, con esta historia de supervivencia a través de la cual nos describe un Oeste habitado por bandidos sanguinarios, coristas, tahúres y padres de familia de oscuro pasado muy alejado de la visión romántica aportada por el wéstern estadounidense clásico.



Una visión desmitificadora que, de forma natural, supone la culminación del camino emprendido con su ciclo de películas protagonizadas por James Stewart en el que nos mostró un Oeste nada heroico a través de personajes complejos cuyas motivaciones oscilaban entre el enriquecimiento personal y el sentimiento de venganza.



De hecho en este filme retoma temas tan habituales en la cultura anglosajona como los relativos a la segunda oportunidad y a la redención, ya presentes en “Horizontes lejanos”. Así Link Jones, un extraordinario y ajado Gary Cooper al que su enfermedad (fallecería tan sólo tres años después) le confirió una mayor autenticidad, se puede entender como un trasunto de Glyn McLyntock, el personaje interpretado por James Stewart en la nombrada “Horizontes lejanos”. De esta forma si Glyn, antiguo pistolero deseoso de abandonar su vida, debía demostrar su arrepentimiento y la sinceridad de sus sentimientos a los miembros de la comunidad para poder ser aceptado como un miembro más, a Link lo conocemos perfectamente integrado: es un hombre respetable, casado, padre de dos hijos y goza de la confianza de los habitantes de su pueblo, de tal forma que es el encargado de llevar una suma importante de dólares durante un largo viaje para contratar a una maestra. El proceso de redención de Glyn-Link aparentemente se ha consumado al haber sabido aprovechar el antiguo pistolero su segunda oportunidad.



No ocurrirá así con la corista (la actriz y cantante Julie London) que verá cómo se desvanecen sus intentos de cambiar de vida al lado del hombre del que se ha enamorado al no poder ser correspondida por Link. Mientras que Sam Beasley, un fullero caracterizado tanto por su egoísmo como por su cobardía y capaz de proponer a Link huir abandonando a Billie a su suerte en manos de la banda de forajidos, se redimirá en un acto tan heroico como suicida.



Y he hablado de aparente redención de Lynk porque para culminarla deberá enfrentarse a su pasado y terminar con él para siempre. Pasado representado por su tío y los miembros del grupo de forajidos que este capitanea y al que Lynk perteneció en su día. Son unos individuos con escaso presente y nulo porvenir, tan muertos como la ciudad fantasma en la que tendrá lugar el enfrentamiento final. Una larga escena que, por su magistral dirección, montaje y planificación, se sitúa entre los mejores momentos del wéstern y en la que destaca el duelo entre los dos primos cuyo embrión lo encontramos en el enfrentamiento final de “Tierras lejanas”; además de violar en ella Anthony Mann, como ya había hecho en otra secuencia anterior, el Código Hays que no permitía mostrar en el mismo plano al personaje que disparaba y al que recibía el disparo.



Hasta llegar a ese momento culmen, Lynk, para sobrevivir, deberá hacerse pasar por el marido de Billie, encontrándonos con otro de los temas centrales del filme, la impostura. No sólo ambos personajes van a simular estar casados sino que descubriremos que en el aparente bondadoso padre de familia anida un violento expistolero; mientras que Billie, la corista, en su día fue maestra, vida por la que siente añoranza, además de desear ante todo encontrar un buen hombre con el que fundar una familia; y el cobarde Sam (en una gran interpretación del actor de carácter Arthur O’Connell) se comportará en un momento decisivo con un gran arrojo. En definitiva, nadie es quien parece ser.




Es en su parte central en la que el filme presenta ciertas semejanzas con otra producción de 1958, el notable wéstern de John Sturges “Desafío en la ciudad muerta”; pero pienso que este lo supera al poseer Anthony Mann una mayor capacidad para indagar en los rincones más oscuros del alma sin acudir, para ello, a aburridos y pretenciosos discursos, sino tan sólo mostrándonos el comportamiento de Lynk y el de los miembros de la banda de forajidos. Un grupo decadente, sangriento y brutal a cuya cabeza se encuentra su tío Doc Tobin (inconmensurable Lee J. Cobb), un forajido que sueña con recuperar un pasado de esplendor que, quizás, nunca existió. Personaje duro e implacable, se mostrará realmente dolido con Lynk, al que había criado como un hijo, por haberlo abandonado y así le recriminará en un momento dado: “Eras algo muy mío ¿A qué vino eso de abandonarme?”; mientras que Claude, hijo de Doc y primo de Lynk, le reconocerá a este que cuando dejó a Doc vio a su padre llorar. Junto a Doc y su hijo Claude se encuentran Coaley, encarnado por el televisivo Jack Lord (Hawai 5-0), un pervertido sexual caracterizado por su sadismo; Ponch, al que da vida el habitual de este tipo de producciones Robert J. Wilke, tan fuerte como corto de entendederas; y el mudo Trout con querencia por la violencia, interpretado por el no menos habitual Royal Dano.




En consonancia con este “grupo salvaje” la película desprende una violencia y una crudeza inusual para la época, destacando dos escenas memorables. La brutal eutanasia a manos de Coaley de uno de los miembros de la banda que había resultado herido, con una magistral utilización del fuera de campo y del silencio como elementos dramáticos de primer orden; y el obligado striptease de Billie mientras que Link se ve amenazado por un cuchillo puesto en su garganta. Secuencia de la que suscribo el comentario del novelista José María Guelbenzu al definirla como una de las más violentas, dramáticas y tensas que ha dado el cine.



Película, por tanto, dura, sombría y amarga, “El hombre del Oeste” se configura como la cumbre cinematográfica de un extraordinario director, gran renovador de este género en la década de los cincuenta, por lo que su visión es obligada para cualquier amante del cine.




jueves, 7 de julio de 2016

LA PUERTA DEL DIABLO

Poster La puerta del diablo
(Devil’s Doorway) - 1950

Director: Anthony Mann
Guion: Guy W. Trosper

Intérpretes:
Robert TaylorLance Poole
Paula RaymondOrrie Masters
Louis CalhernVerne Coolan
Edgar BuchananSheriff Zeke Carmody
Marshall Thompson: Rod MacDougal


Música: Daniele Amfitheatrop

Productora: Metro Goldwyn Mayer
País: Estados Unidos

Por: Jesús "Elenorra" CendónNota: 8

Todos debemos aprender una lección de esto” (Orrie Masters tras haberse consumado el drama)

Western dirigido por Anthony Mann en 1950, el mismo año en el que comenzó con Winchester 73 su ciclo de cinco películas del oeste con James Stewart como protagonista que le convirtieron en uno de los grandes especialistas en este género.



Protagonizada por Robert Taylor en el papel de Lance Poole, un indio navajo distinguido con la Medalla de Honor del Congreso (la máxima condecoración de las Fuerzas Armadas en los EEUU) por su participación en la Guerra de Secesión, en la que alcanzó el grado de sargento mayor, que se verá despojado de sus tierras y su rancho puesto que al no ser considerado ciudadano estadounidense carecía del derecho a tener propiedades.



Nos encontramos, pues, ante uno de los primeros westerns revisionistas en el que no sólo se reivindica la figura del piel roja sino que se denuncia la situación de indefensión de los nativos norteamericanos despojados de todos sus derechos y de sus costumbres (no consiguieron la ciudadanía hasta 1924) y confinados en reservas en las que vivían hacinados esperando la muerte (todavía en la actualidad la mayoría viven en estas reservas).



Película, narrada en un tono pesimista, reflexiona además sobre otras dos cuestiones:



- La diferencia entre la legalidad y la justicia, sobre todo a través de las conversaciones que mantiene el protagonista con su abogada, Orrie Masters, interpretada por Paula Raymond (otra “rara avis” al ser mujer y letrada en el siglo XIX, por lo que también sufrirá cierta marginación). Como tal abogada está apegada a la ley, pero comprobará como fracasan todos sus intentos encaminados a acabar con semejante atropello.



- La necesaria tolerancia y respeto a otras culturas cuyas costumbres pueden parecer bárbaras (en este sentido es muy significativa la escena del niño con las plumas de águila). En definitiva, la indispensable comprensión de las minorías para construir una sociedad justa y en paz.



Junto a la soberbia dirección de Mann, cabe destacar la labor de John Alton, uno de los grandes directores de fotografía, que traslada al western la estética expresionista del noir norteamericano (sobre todo con la acentuación de los claroscuros como queda patente, por ejemplo, en la extraordinaria secuencia de la pelea en el saloon mientras se desencadena una tormenta en el exterior). Consiguiendo realzar el carácter trágico y sombrío del filme que, igualmente, presenta similitudes con el cine negro respecto a temas como la fatalidad o la imposibilidad de modificar el destino.



No hay que olvidar que Mann se había convertido en un consumado director de cine negro de serie B. “El último disparo” y “La brigada suicida” de 1947, “Justa venganza” (1948) o “Side Street” (1950) constituyen buenos ejemplos de su pericia en este género.



Por último, hay que mencionar la labor de dos grandes secundarios. Por una parte Louis Calhern como el avieso, resentido y racista abogado, principal inductor del conflicto al aprovecharse de la necesidad de pastos por parte de los ovejeros y del resquemor que origina en la población la prosperidad de un indio propietario de una gran extensión de terreno rico en pastos. Individuo inteligente, se valdrá tanto de su capacidad de persuasión como de sus conocimientos de una norma aberrante para conseguir sus fines. Por otra parte Edgar Buchanan en el papel del sheriff, amigo del padre del protagonista, obligado a hacer cumplir la ley aunque está no le gusta y que, muy a su pesar morirá con las botas puestas.



En definitiva, la película, que culmina con un final demoledor en el que se muestra el sacrificio inútil de Poole en la Guerra de Secesión por el que creía era su país, es una de las más sinceras, realistas y brillantes aproximaciones del Hollywood clásico a la cultura de los nativos norteamericanos, muy superior a otras propuestas más conocidas como la bienintencionada “Flecha rota”, dirigida ese mismo año por Delmer Daves, otro gran especialista.



-------------------------------------------------------------------------------------------------------------TRAILER:



jueves, 21 de abril de 2016

EL HOMBRE DE LARAMIE

(The man from Laramie) - 1955

Director: Anthony Mann
Guion: Philip Yordan y Frank Burt

Intérpretes:
James Stewart: Will Lokhart
Arthur Kennedy: Vic Hansbro
Donald Crisp: Alec Waggoman
Cathy O’Donnell: Barbara Waggoman
Alex Nicol: Dave Waggoman
Aline MacMahon: Kate Canaday
- Wallace Ford: Charley O’Leary
- Jack Elam: Chris Boldt

Música: George Dunning

Productora: William Goetz production-Columbia production
País: Estados Unidos

Por: Jesús CendónNota: 9

Alec Waggoman conversando con Vic Hansbro: “Te aprecio y te apreciaré siempre, pero a David le quiero y hay diferencia entre aprecio y cariño”

Quinta y última colaboración western entre el director Anthony Mann y el actor James Stewart, única que se rodó en Cinemascope, formato al que el director sacó el máximo partido, y para muchos, entre los que me incluyo, la mejor del ciclo.

Durante el rodaje de El hombre de Laramie

En principio ambos deberían haber rodado un sexto western, “La última bala”, pero Mann, ante el enfriamiento en su relación con el actor y su escasa confianza en el guion, fue sustituido por el televisivo Ralph Neilson.



En esta ocasión el habitual Borden Chase fue reemplazado en la elaboración del libreto por otro gran guionista, Philip Yordan, con el que colaboraría asiduamente el director de San Diego (“El Cid”, “La caída del imperio romano”). El guion vuelve a abordar como tema principal el de la venganza a través del personaje de Will Lockhart (excelente, como siempre, James Stewart), un capitán del ejército que abandona el mismo con la intención de encontrar a los individuos que vendieron a los indios los rifles de repetición con los que mataron a su hermano.


Nos encontramos de nuevo con el típico personaje “manniano”, un ser individualista, desarraigado (llega a afirmar que “En el sitio en que me encuentro ese es mi pueblo”), reflexivo pero con querencia por la violencia y que actúa motivado por razones personales. Aunque presenta ciertos matices singulares ya que se mostrará más humano y generoso que otros personajes de Mann tanto en su enfrentamiento con Alec Waggoman, al que no disparará sino que se limitara a tirarlo del caballo, como en los instantes finales al dejar con vida a Vic Hansbro.


El marco en el que se desarrolla la acción también presenta diferencias con el resto de los filmes del ciclo, salvo con “Wínchester 73”. Así vamos a contemplar un territorio en el que la comunidad se encuentra perfectamente asentada (aparecen o se hace alusión a figuras representativas de la civilización como el juez, el médico, el sacerdote o el sheriff), de ahí que gran parte del filme tenga como marco la urbe o los ranchos de alrededor. 
Igualmente, es la única película en la que la banda sonora incluye un tema cantado, en este caso por el habitual Ned Washington.


Por último, creo que debo resaltar dos cuestiones:
a) Su apariencia de tragedia clásica debido al triángulo conformado por Alec Waggeman (estupendo Donald Crisp) y sus dos “hijos”, Vic Hansbro (extraordinario Arthur Kennedy en un papel muy complejo que borda) y Dave Waggoman, interpretado por Alex Nicol (actor que desarrollaría su carrera en el western europeo).
El primero se nos muestra como un individuo autoritario y rudo, el típico ranchero hecho a sí mismo que levantó su imperio de la nada y es consciente de las debilidades de su hijo aunque las tolera, mientras que trata injustamente a Vic, al que contrató cuando era un chiquillo y su verdadera mano derecha, aunque le hubiera gustado que realmente fuese su hijo.


En cuanto a Vic, a la postre el personaje negativo de la cinta, Mann parece mostrar cierta simpatía por él o por lo menos parece entenderlo. Es un hombre utilizado por Alec que, si bien reconoce sus méritos y desvelos, le chantajea con la posibilidad de no cumplir su promesa de cederle, junto a David, su rancho. Ante este hecho Vic, que ve en Alec al padre que no tuvo, se sentirá traicionado y comprenderá que sus esfuerzos, se ha comportado como el hermano mayor de David protegiéndole en todo momento, sacrificios, anhelos y trabajo no han servido para nada. Es un sujeto que, en el fondo, busca tanto el reconocimiento como el cariño de su “padre” y se siente frustrado al negársele ambos.


Por último, tenemos a David, un hombre de personalidad complicada, inseguro y débil pero a la vez cruel; celoso de Vic al ser consciente de que es inferior a él.

b) El tratamiento muy crudo de la violencia, destacando en este sentido tres magníficas escenas: la pelea, extraordinariamente bien rodada, entre Will y Dave y Vic; la secuencia en la que Will es arrastrado por el suelo para a continuación incendiar sus carros y Dave matar a las mulas; y, sobre todo, aquella en la que dos esbirros de Dave retienen a Will para que aquel le dispare a quemarropa en la mano. Escena brutal, y de nuevo magníficamente dirigida, que provocó el rechazo de bastantes críticos cinematográficos.


La película, como señalé en el primer párrafo de esta reseña, puso fin a la brillante colaboración entre Mann y Stewart, un ciclo que modernizó radicalmente el western tanto desde el punto de vista temático como estético, y fue fundamental para su desarrollo y evolución durante la década siguiente, incluidos los filmes del oeste filmados en Europa. A través del mismo, Mann introdujo en este género un nuevo tipo de héroe, o quizás deberíamos llamarlo antihéroe, caracterizado por su ambigüedad moral y supo integrar como pocos el paisaje en el desarrollo de las historias que contaba, convirtiéndose este en algunos momentos en el verdadero protagonista de las cintas.


Como señaló en su día el prestigioso crítico Andrè Bazin: “Dadle a Mann un paisaje, una montaña y un itinerario. Y ya tendremos una obra maestra”.

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Por: Xavi J. PruneraNota: 8,5

No quisiera iniciar esta crítica sin dejar bien claro que “El hombre de Laramie” es un excelente western. Un magnífico paradigma para todos aquellos que quieran conocer bien y de cerca el clásico western de los años cincuenta. Un género que Anthony Mann esculpió con mimo, tesón y estilo propio. Compartiendo, con Ford, el compromiso de dar nobleza y esplendor a ese prolífico repertorio de tópicos eternamente asociados a las viejas pelis del oeste de toda la vida.



De ritmo pausado y modélica puesta en escena, “El hombre de Laramie” es una de esas pelis que se paladean con deleite, con esa placentera sensación de estar disfrutando de un espectáculo visual armónico, equilibrado, plenario. Mann maneja la cámara con suavidad, con coherencia; alternando los planos generales, medios y primeros de forma sabia y natural. Las secuencias de acción o de violencia (la pelea a puñetazos entre el ganado, el balazo en la mano,...) se entrelazan airosamente con otras secuencias de carácter más discursivo, mientras que el propio devenir de los acontecimientos nos va desgranando, poco a poco, ese enfoque espiritual y/o humanístico concebido por Mann. El de unos personajes corrientes, creíbles, de carne y hueso. Con sus virtudes y sus defectos. Con sus aciertos y sus torpezas.



Pues bien, precisamente en este punto es cuando mis expectativas sufren un ligero traspiés y medio de mis nueve puntazos se queda en el camino. Los motivos son muy simples. Admito que Mann desmitifique la figura del pistolero, pero hacerlo de forma tan severa resulta, a mi entender, contraproducente. Ya sé que el propio talante de Stewart nada tiene que ver con el de Wayne, Douglas o Cooper pero me fastidia corroborar como esa falta de aliento épico y esa inconfundible impronta trágica con la que Mann suele revestir todos sus western se traduce en unos personajes algo descafeinados para mi gusto.



Lockhart, por ejemplo, es un tipo cabezón, pero en ciertas situaciones su apatía es exasperante. Y no hablemos de Vic o de Dave, los ‘malos’ de la peli. El primero –pobrecico- tiene tanto de ruín como de gafe, y el segundo no deja de ser un malandrín de pacotilla pidiendo a gritos una ‘master class’ para malvados impartida por Jack Palance o Lee Van Cleef. Fuera coñas, algo más de mala leche, de inmoralidad, no le hubiera ido mal a Lockhart y a los otros miembros de la familia Waggoman para pregonar con mayor resolución y pundonor el advenimiento de ese western crepuscular y nihilista que tan espléndidamente dibujaría Peckinpah años más tarde.

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Fotos:


































TRAILER: