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jueves, 7 de julio de 2016

LA PUERTA DEL DIABLO

Poster La puerta del diablo
(Devil’s Doorway) - 1950

Director: Anthony Mann
Guion: Guy W. Trosper

Intérpretes:
Robert TaylorLance Poole
Paula RaymondOrrie Masters
Louis CalhernVerne Coolan
Edgar BuchananSheriff Zeke Carmody
Marshall Thompson: Rod MacDougal


Música: Daniele Amfitheatrop

Productora: Metro Goldwyn Mayer
País: Estados Unidos

Por: Jesús "Elenorra" CendónNota: 8

Todos debemos aprender una lección de esto” (Orrie Masters tras haberse consumado el drama)

Western dirigido por Anthony Mann en 1950, el mismo año en el que comenzó con Winchester 73 su ciclo de cinco películas del oeste con James Stewart como protagonista que le convirtieron en uno de los grandes especialistas en este género.



Protagonizada por Robert Taylor en el papel de Lance Poole, un indio navajo distinguido con la Medalla de Honor del Congreso (la máxima condecoración de las Fuerzas Armadas en los EEUU) por su participación en la Guerra de Secesión, en la que alcanzó el grado de sargento mayor, que se verá despojado de sus tierras y su rancho puesto que al no ser considerado ciudadano estadounidense carecía del derecho a tener propiedades.



Nos encontramos, pues, ante uno de los primeros westerns revisionistas en el que no sólo se reivindica la figura del piel roja sino que se denuncia la situación de indefensión de los nativos norteamericanos despojados de todos sus derechos y de sus costumbres (no consiguieron la ciudadanía hasta 1924) y confinados en reservas en las que vivían hacinados esperando la muerte (todavía en la actualidad la mayoría viven en estas reservas).



Película, narrada en un tono pesimista, reflexiona además sobre otras dos cuestiones:



- La diferencia entre la legalidad y la justicia, sobre todo a través de las conversaciones que mantiene el protagonista con su abogada, Orrie Masters, interpretada por Paula Raymond (otra “rara avis” al ser mujer y letrada en el siglo XIX, por lo que también sufrirá cierta marginación). Como tal abogada está apegada a la ley, pero comprobará como fracasan todos sus intentos encaminados a acabar con semejante atropello.



- La necesaria tolerancia y respeto a otras culturas cuyas costumbres pueden parecer bárbaras (en este sentido es muy significativa la escena del niño con las plumas de águila). En definitiva, la indispensable comprensión de las minorías para construir una sociedad justa y en paz.



Junto a la soberbia dirección de Mann, cabe destacar la labor de John Alton, uno de los grandes directores de fotografía, que traslada al western la estética expresionista del noir norteamericano (sobre todo con la acentuación de los claroscuros como queda patente, por ejemplo, en la extraordinaria secuencia de la pelea en el saloon mientras se desencadena una tormenta en el exterior). Consiguiendo realzar el carácter trágico y sombrío del filme que, igualmente, presenta similitudes con el cine negro respecto a temas como la fatalidad o la imposibilidad de modificar el destino.



No hay que olvidar que Mann se había convertido en un consumado director de cine negro de serie B. “El último disparo” y “La brigada suicida” de 1947, “Justa venganza” (1948) o “Side Street” (1950) constituyen buenos ejemplos de su pericia en este género.



Por último, hay que mencionar la labor de dos grandes secundarios. Por una parte Louis Calhern como el avieso, resentido y racista abogado, principal inductor del conflicto al aprovecharse de la necesidad de pastos por parte de los ovejeros y del resquemor que origina en la población la prosperidad de un indio propietario de una gran extensión de terreno rico en pastos. Individuo inteligente, se valdrá tanto de su capacidad de persuasión como de sus conocimientos de una norma aberrante para conseguir sus fines. Por otra parte Edgar Buchanan en el papel del sheriff, amigo del padre del protagonista, obligado a hacer cumplir la ley aunque está no le gusta y que, muy a su pesar morirá con las botas puestas.



En definitiva, la película, que culmina con un final demoledor en el que se muestra el sacrificio inútil de Poole en la Guerra de Secesión por el que creía era su país, es una de las más sinceras, realistas y brillantes aproximaciones del Hollywood clásico a la cultura de los nativos norteamericanos, muy superior a otras propuestas más conocidas como la bienintencionada “Flecha rota”, dirigida ese mismo año por Delmer Daves, otro gran especialista.



-------------------------------------------------------------------------------------------------------------TRAILER:



jueves, 21 de abril de 2016

EL HOMBRE DE LARAMIE

(The man from Laramie) - 1955

Director: Anthony Mann
Guion: Philip Yordan y Frank Burt

Intérpretes:
James Stewart: Will Lokhart
Arthur Kennedy: Vic Hansbro
Donald Crisp: Alec Waggoman
Cathy O’Donnell: Barbara Waggoman
Alex Nicol: Dave Waggoman
Aline MacMahon: Kate Canaday
- Wallace Ford: Charley O’Leary
- Jack Elam: Chris Boldt

Música: George Dunning

Productora: William Goetz production-Columbia production
País: Estados Unidos

Por: Jesús CendónNota: 9

Alec Waggoman conversando con Vic Hansbro: “Te aprecio y te apreciaré siempre, pero a David le quiero y hay diferencia entre aprecio y cariño”

Quinta y última colaboración western entre el director Anthony Mann y el actor James Stewart, única que se rodó en Cinemascope, formato al que el director sacó el máximo partido, y para muchos, entre los que me incluyo, la mejor del ciclo.

Durante el rodaje de El hombre de Laramie

En principio ambos deberían haber rodado un sexto western, “La última bala”, pero Mann, ante el enfriamiento en su relación con el actor y su escasa confianza en el guion, fue sustituido por el televisivo Ralph Neilson.



En esta ocasión el habitual Borden Chase fue reemplazado en la elaboración del libreto por otro gran guionista, Philip Yordan, con el que colaboraría asiduamente el director de San Diego (“El Cid”, “La caída del imperio romano”). El guion vuelve a abordar como tema principal el de la venganza a través del personaje de Will Lockhart (excelente, como siempre, James Stewart), un capitán del ejército que abandona el mismo con la intención de encontrar a los individuos que vendieron a los indios los rifles de repetición con los que mataron a su hermano.


Nos encontramos de nuevo con el típico personaje “manniano”, un ser individualista, desarraigado (llega a afirmar que “En el sitio en que me encuentro ese es mi pueblo”), reflexivo pero con querencia por la violencia y que actúa motivado por razones personales. Aunque presenta ciertos matices singulares ya que se mostrará más humano y generoso que otros personajes de Mann tanto en su enfrentamiento con Alec Waggoman, al que no disparará sino que se limitara a tirarlo del caballo, como en los instantes finales al dejar con vida a Vic Hansbro.


El marco en el que se desarrolla la acción también presenta diferencias con el resto de los filmes del ciclo, salvo con “Wínchester 73”. Así vamos a contemplar un territorio en el que la comunidad se encuentra perfectamente asentada (aparecen o se hace alusión a figuras representativas de la civilización como el juez, el médico, el sacerdote o el sheriff), de ahí que gran parte del filme tenga como marco la urbe o los ranchos de alrededor. 
Igualmente, es la única película en la que la banda sonora incluye un tema cantado, en este caso por el habitual Ned Washington.


Por último, creo que debo resaltar dos cuestiones:
a) Su apariencia de tragedia clásica debido al triángulo conformado por Alec Waggeman (estupendo Donald Crisp) y sus dos “hijos”, Vic Hansbro (extraordinario Arthur Kennedy en un papel muy complejo que borda) y Dave Waggoman, interpretado por Alex Nicol (actor que desarrollaría su carrera en el western europeo).
El primero se nos muestra como un individuo autoritario y rudo, el típico ranchero hecho a sí mismo que levantó su imperio de la nada y es consciente de las debilidades de su hijo aunque las tolera, mientras que trata injustamente a Vic, al que contrató cuando era un chiquillo y su verdadera mano derecha, aunque le hubiera gustado que realmente fuese su hijo.


En cuanto a Vic, a la postre el personaje negativo de la cinta, Mann parece mostrar cierta simpatía por él o por lo menos parece entenderlo. Es un hombre utilizado por Alec que, si bien reconoce sus méritos y desvelos, le chantajea con la posibilidad de no cumplir su promesa de cederle, junto a David, su rancho. Ante este hecho Vic, que ve en Alec al padre que no tuvo, se sentirá traicionado y comprenderá que sus esfuerzos, se ha comportado como el hermano mayor de David protegiéndole en todo momento, sacrificios, anhelos y trabajo no han servido para nada. Es un sujeto que, en el fondo, busca tanto el reconocimiento como el cariño de su “padre” y se siente frustrado al negársele ambos.


Por último, tenemos a David, un hombre de personalidad complicada, inseguro y débil pero a la vez cruel; celoso de Vic al ser consciente de que es inferior a él.

b) El tratamiento muy crudo de la violencia, destacando en este sentido tres magníficas escenas: la pelea, extraordinariamente bien rodada, entre Will y Dave y Vic; la secuencia en la que Will es arrastrado por el suelo para a continuación incendiar sus carros y Dave matar a las mulas; y, sobre todo, aquella en la que dos esbirros de Dave retienen a Will para que aquel le dispare a quemarropa en la mano. Escena brutal, y de nuevo magníficamente dirigida, que provocó el rechazo de bastantes críticos cinematográficos.


La película, como señalé en el primer párrafo de esta reseña, puso fin a la brillante colaboración entre Mann y Stewart, un ciclo que modernizó radicalmente el western tanto desde el punto de vista temático como estético, y fue fundamental para su desarrollo y evolución durante la década siguiente, incluidos los filmes del oeste filmados en Europa. A través del mismo, Mann introdujo en este género un nuevo tipo de héroe, o quizás deberíamos llamarlo antihéroe, caracterizado por su ambigüedad moral y supo integrar como pocos el paisaje en el desarrollo de las historias que contaba, convirtiéndose este en algunos momentos en el verdadero protagonista de las cintas.


Como señaló en su día el prestigioso crítico Andrè Bazin: “Dadle a Mann un paisaje, una montaña y un itinerario. Y ya tendremos una obra maestra”.

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Por: Xavi J. PruneraNota: 8,5

No quisiera iniciar esta crítica sin dejar bien claro que “El hombre de Laramie” es un excelente western. Un magnífico paradigma para todos aquellos que quieran conocer bien y de cerca el clásico western de los años cincuenta. Un género que Anthony Mann esculpió con mimo, tesón y estilo propio. Compartiendo, con Ford, el compromiso de dar nobleza y esplendor a ese prolífico repertorio de tópicos eternamente asociados a las viejas pelis del oeste de toda la vida.



De ritmo pausado y modélica puesta en escena, “El hombre de Laramie” es una de esas pelis que se paladean con deleite, con esa placentera sensación de estar disfrutando de un espectáculo visual armónico, equilibrado, plenario. Mann maneja la cámara con suavidad, con coherencia; alternando los planos generales, medios y primeros de forma sabia y natural. Las secuencias de acción o de violencia (la pelea a puñetazos entre el ganado, el balazo en la mano,...) se entrelazan airosamente con otras secuencias de carácter más discursivo, mientras que el propio devenir de los acontecimientos nos va desgranando, poco a poco, ese enfoque espiritual y/o humanístico concebido por Mann. El de unos personajes corrientes, creíbles, de carne y hueso. Con sus virtudes y sus defectos. Con sus aciertos y sus torpezas.



Pues bien, precisamente en este punto es cuando mis expectativas sufren un ligero traspiés y medio de mis nueve puntazos se queda en el camino. Los motivos son muy simples. Admito que Mann desmitifique la figura del pistolero, pero hacerlo de forma tan severa resulta, a mi entender, contraproducente. Ya sé que el propio talante de Stewart nada tiene que ver con el de Wayne, Douglas o Cooper pero me fastidia corroborar como esa falta de aliento épico y esa inconfundible impronta trágica con la que Mann suele revestir todos sus western se traduce en unos personajes algo descafeinados para mi gusto.



Lockhart, por ejemplo, es un tipo cabezón, pero en ciertas situaciones su apatía es exasperante. Y no hablemos de Vic o de Dave, los ‘malos’ de la peli. El primero –pobrecico- tiene tanto de ruín como de gafe, y el segundo no deja de ser un malandrín de pacotilla pidiendo a gritos una ‘master class’ para malvados impartida por Jack Palance o Lee Van Cleef. Fuera coñas, algo más de mala leche, de inmoralidad, no le hubiera ido mal a Lockhart y a los otros miembros de la familia Waggoman para pregonar con mayor resolución y pundonor el advenimiento de ese western crepuscular y nihilista que tan espléndidamente dibujaría Peckinpah años más tarde.

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Fotos:


































TRAILER: