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miércoles, 30 de mayo de 2018

EL ÚLTIMO PISTOLERO

(The shootist, 1976)

Dirección: Don Siegel
Guion: Miles Hood Swarthout y Scott Hale

Reparto:
- John Wayne: J. B. Books
- Lauren BacallBond Rogers
- Ron HowardGillom Rogers
- James StewartDr. Hostetler
- Richard BooneSweeney
- Hugh O’BrianPulford
- Bill McKinneyCobb
- Harry MorganMarshall Timido
- John CarradineBeckum
- Sheree NorthSerepta
- Rick LenzDobkins
- Scatman CrothersMoses
- Gregg PalmerBurly Man

Música: Elmer Bernstein
Productora: Paramount Pictures, Dino De Laurentiis Company (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 7’5

“No soporto las injusticias. No soporto a los bravucones. No soporto los insultos. Si alguien me ofende o me traiciona, tarde o temprano debe esperar mi venganza." Código de conducta de John Bernard Books.


ARGUMENTO: Nevada, junio de 1901. John Bernard Books, un legendario pistolero, regresa a su ciudad natal para saldar una cuenta pendiente con tres matones y poder disfrutar de un poco de sosiego. Sin embargo, el doctor de la ciudad y viejo camarada le dará una terrible noticia.


“¿Sabes? En su última película muere John Wayne” “Imposible, John Wayne no puede morir nunca” “Que sí, mi hermano fue al cine ayer y me lo ha dicho”.


Pocas semanas después de haber mantenido esta conversación con un chaval de mi pandilla fui a ver la película con mis padres. Yo había visto morir a Wayne en la pantalla varias veces: acribillado a traición por un pistolero incapaz de soportar que un hombre mayor le hubiera vencido en una pelea, atravesado por una bayoneta mientras defendía una misión reconvertida en fortaleza en un pueblo perdido de México, de un traicionero disparo tras haber tomado Iwo Jima durante la Segunda Guerra Mundial, e, incluso, ahogado por un pulpo gigante. Pero sabía que lo volvería a ver en su próximo filme, que sólo eran muertes de mentira. Sin embargo esta vez… esta vez, a pesar de mi edad, me di cuenta de que era verdad, de que en realidad el actor con esta película nos estaba diciendo definitivamente adiós, no un hasta luego como había sido habitual.


Porque en pocos filmes se ha producido una simbiosis tan profunda entre el interprete y el personaje interpretado. De hecho, en un claro homenaje, Siegel abre la cinta con imágenes de wésterns protagonizados por Duke mientras nos va narrando la vida de J. B. Books (en concreto los wésterns que aparecen son “Río Rojo”, “Hondo”, “Río Bravo” y “El Dorado”). Ante nuestros ojos, en unos pocos fotogramas, se nos muestra el ciclo vital de Wayne-Books; para en la primera escena del filme ver a un actor-pistolero envejecido que, tras haber completado ese ciclo, regresa al pueblo que le vio nacer buscando un poco de paz en los últimos días de su vida.


Pero le espera una amarga sorpresa. El maduro pistolero aquejado de un dolor en la espalda visita a un médico, viejo conocido, quien le diagnóstica un cáncer terminal.


Wayne estaba anunciando al mundo que, tras haber superado un cáncer por el que le extirparon un pulmón doce años antes, volvía a padecer la terrible enfermedad y en esta ocasión probablemente no podría vencerla (el rodaje de la secuencia fue de una gran emotividad, de hecho se hizo un profundo silencio en el set en el momento en el que el bueno de James Stewart le comunicaba la dolencia). Por primera vez se mostraba vulnerable un actor duro como el acero que parecía tan inmutable como el escenario del Monument Valley en el que tantas veces había rodado. El interprete-personaje aparecía marchito, cansado y dolorido, portando un cojín rojo sobre el que sentarse para aliviar sus padecimientos.


Porque la película es un sentido homenaje al actor cuyo tiempo, como el de Books, desgraciadamente había pasado. Así, al igual que el pistolero se va a encontrar con una ciudad con teléfonos y agua corriente en las viviendas, y tendidos eléctricos, automóviles y tranvías por las calles; es decir, con la modernidad que certifica el final de los tiempos en los que las controversias se resolvían con el revólver. La estrella se encontraba también con que el wéstern clásico, del que era su máximo representante, se extinguiría con su muerte.


Estamos, por tanto, ante la crónica melancólica y nostálgica de una despedida, pero también ante toda una lección de cómo enfrentarse a la muerte con serenidad, orgullo y dignidad. De hecho Books le comentará a la viuda Rogers: “Sólo me considero un hombre que quiere morir como tal”.


Y de nuevo los paralelismos son evidentes. Vemos al ajado Books vender sus pertenencias, comprar su propia lápida, dar su último paseo en carricoche con una mujer e, incluso, enojarse con un periodista sin escrúpulos y una antigua amante que quieren aprovecharse de su nombre, todo ello antes de rendir su último servicio a la comunidad acabando con tres indeseables. Igualmente, Wayne hizo todo lo posible por no faltar a la cita con su público y a pesar de que los dolores a medida que avanzaba el rodaje se hacían insoportables, constituyendo un verdadero calvario para el actor, consiguió acabar la película; aunque hubo que recurrir varias veces a un doble los últimos días de filmación.



Además, para este último viaje, Siegel rodeó a Wayne de viejos camaradas. Así aparecen Lauren Bacall con la que, gracias a William Wellman, había vivido un romance en la peligrosa China de principios del siglo XX; James Stewart, al que siempre protegió y aupó al Senado de los Estados Unidos aunque su actitud le llevará a perder a la mujer que más había amado (de hecho la alusión en la película a los quince años que llevan sin verse el pistolero y el doctor es un guiño al tiempo transcurrido desde que rodaron la obra maestra de Ford); John Carradine, con el que compartió un inolvidable trayecto en diligencia; o Richard Boone con el que se enfrentó, dándole su merecido, por haber secuestrado a su nieto.


Y sí, al final de la película muere John Wayne pero para entrar en la leyenda y permanecer por siempre en nuestros corazones.


jueves, 28 de septiembre de 2017

MISIÓN DE AUDACES

(The horse soldiers, 1959)

Dirección: John Ford
Guion: John Lee Mahin y Martin Rankin.

Reparto:
- John Wayne: Coronel John Marlowe
- William Holden: Mayor Henry Kendall
- Constance Towers: Miss Hanna Hunter
- Judson Pratt: Sargento de Primera Kirby
- Ken Curtis: Wilkie
- Willis Bouchey: Coronel Phil Secord
- Bing Russell: Duker
- Carleton Young: Coronel Jonathan Miles
- Denver Pyle: Jackie Jo
- Strother Martin: Virgil

Música: David Butolph.
Productora: The Mirisch Corporation. Mahin-Rankin Production.

Por Jesús Cendón. NOTA: 8


“Uno nace, otro se va. Interesante proceso: traer seres al mundo para este resultado” (El Mayor Kendall al Coronel Marlowe tras haber asistido a una parturienta inmediatamente después de haber fallecido un soldado).

El tándem John Ford (director)-John Wayne (actor) fue uno de los más fructíferos del Hollywood clásico, legándonos obras del nivel de “La diligencia” (1939), “Fort Apache” (1948), “Tres padrinos” (1948), “La legión invencible” (1949), “El hombre tranquilo” (1952), “Centauros del desierto” (1956), “Escrito bajo el sol” (1957)” o “El hombre que mató a Liberty Valance” (1962).



En esta película el primero abordó el tema de la Guerra de Secesión (1861-1865), conflicto bélico con abundantes y continuas referencias en su filmografía pero al que tan sólo volvió en el episodio correspondiente de “La conquista del Oeste” (1962) en el que de nuevo contó con su actor fetiche dando vida al General Sherman.



Para esta ocasión se basó en un hecho real, el llamado “raid” del coronel Grierson, novelado por Harold Sinclair y guionizado por la pareja Mahin-Rackin, que también ejerció como productora.

ARGUMENTO: El coronel nordista John Marlowe recibe la orden de internarse con su brigada en territorio confederado con el objetivo de destruir la estación de Newton, fundamental para las comunicaciones y el transporte de materiales del Sur. Junto a sus hombres le acompañará el mayor médico Henry Kendall con el que mantendrá desde el inicio un constante enfrentamiento.



Claro ejemplo del talento de Ford, la escena inicial en el que vemos recortadas las figuras de la caballería unionista mientras suena una preciosa marcha militar te vuelve a enganchar y a engañar porque parece que nos va a ofrecer un filme de acción a mayor gloria del ejército estadounidense, una historia épica en la que se resalte el heroísmo de los soldados de azul. Pero lo cierto es que nos encontramos ante una película demoledora y amarga en la que la Guerra de Secesión norteamericana le sirve al genial director para mostrar el horror y desprecio que sentía por los conflictos bélicos, desmontando de esta forma la fama propagada por una crítica interesada que le tachó injustamente de belicista. Porque en la guerra de Ford no hay lugar para el heroísmo y la gloria ya que esta se muestra como la derrota de la civilización; de hecho el coronel Marlowe llega a afirmar frente a los reproches del mayor Kendall que: “La guerra no tiene mucho que ver con la civilización”. Su visión es, pues, desapasionada y nos expone de forma cruda qué es para él la guerra: muerte, sufrimiento, dolor, destrucción y desolación.

En este sentido cobran gran importancia varias escenas:



La carga de los cadetes con edades comprendidas entre 8 y 17 años de la Escuela Militar de Jefferson (secuencia que no figuraba en el guion y fue ideada por el director), mostrándonos sin ningún tipo de moralina la locura en la que se ven envueltos estos con dos detalles excepcionales: dos de los cadetes no se encuentran disponibles por tener paperas y un tercero es relevado ante las suplicas de su madre, que ya ha perdido en la guerra a su marido y al resto de sus hijos. Son en definitiva niños víctimas de la guerra de sus mayores.



La carga suicida del ejército Confederado en Newton, con homenaje a “El nacimiento de una nación” incluido. Ataque cuyo resultado es una masacre y le hace al coronel Marlowe afirmar: “Yo no quería esto. Trataba de evitar la lucha”, mientras que el mayor Kendall le responde: “Por eso escogí la medicina”.



A la escena anterior le suceden las correspondientes a la destrucción de la estación de Newton con los soldados comportándose como meros salteadores y la del bar en el que se improvisa un hospital de campaña para atender a los heridos, muchos de ellos destrozados, que culmina, para aumentar el dramatismo y el sinsentido de lo que hemos visto, con una conversación entre Kendall y el coronel confederado al frente del ataque, viejos conocidos, sobre el estado de la familia del último.



Además Ford hace hincapié en el hecho de que ninguno de los oficiales nordistas sea militar de carrera, mostrándolos como civiles envueltos en una situación que les supera; son también víctimas del conflicto. Así el coronel Marlowe es ingeniero de ferrocarriles, dándose la paradoja de que el conflicto bélico le obliga a destruir aquello que construye en su vida civil (estaciones y vías de ferrocarril). El mayor Kendall es médico y constantemente deja constancia de que “Antes que nada soy médico”. El mayor Grange es actor e incluso llega a recitar un pasaje de Ricardo II; mientras que el coronel Secord es político. Y curiosamente es a este, junto con los desertores, al que Ford muestra todo su desprecio, puesto que intenta obtener un beneficio de las acciones de rapiña protagonizadas por sus hombres (sueña primero con potenciar su candidatura al Congreso, más tarde con convertirse en Gobernador e incluso, en plena enajenación, con llegar a ser el Presidente de los EEUU).



Además Ford, consecuentemente con su planteamiento antibelicista, no toma partido por ninguno de los dos bandos en conflicto. Así presenta a los yankees, aunque deben cumplir con su deber, prácticamente como intrusos; mientras que a los rebeldes los retrata como seres dignos y honorables e incluso muestra cierta admiración por ellos a través del general Sherman quien sostiene que con menos recursos y menos hombres el Sur tiene en un puño al Norte, justo inmediatamente después de que le preguntasen “¿Qué tal?” y contestara “Viviendo”, palabra clave porque en la guerra el éxito lo constituye el seguir vivo.
Película, por tanto, con una profunda carga dramática que el genial director de origen irlandés alivia recurriendo a varias escenas de corte humorístico, demostrando una vez más que estaba especialmente dotado para este género. Entre los gags más conseguidos se encuentran los relativos a la afición del sargento mayor por la botella o la secuencia de la cena cuando una sugerente e insinuante Miss Hanna le pregunta al coronel Marlowe si prefiere pata o pechuga, provocando el aturdimiento en el militar.





Como todos los filmes de Ford es una película de personajes y para dar vida a estos volvió a contar con un elenco excepcional. La trama se estructura en torno al conflicto surgido entre los dos protagonistas: un extraordinario John Wayne en el rol del coronel Marlowe, un hombre rudo y amargado, consciente de su deber que antepondrá a cualquier otra consideración. Con un pasado doloroso que le lleva a detestar a los médicos, encauzará ese odio hacia Kendall, rol magníficamente interpretado por William Holden. Este representa el humanismo en la barbarie, un hombre caracterizado por su ironía pero que, ante todo, es fiel a su juramento hipocrático, por lo que decidirá permanecer junto a los heridos a pesar de que le cueste ser encarcelado en la temible prisión de Andersonville. El principal papel femenino corre a cargo de Constance Tower, actriz protagonista al año siguiente de “El sargento negro”, quien encarna a Hanna Hunter, propietaria Greenbiar Landing, a la que secuestrará Marlowe por haber descubierto sus planes y de la que finalmente se enamorará (precioso el plano en el que se queda con su pañuelo) simbolizando esta incipiente relación la reconciliación nacional, uno de los temas recurrentes en la filmografía de Ford. Junto a ellos secundarios habituales del director entre los que destaca, sin duda, Willis Bouchey como el ambicioso e inmoral coronel Secord, un ser hipócrita y traicionero presto a especular con la guerra para obtener un beneficio.



En definitiva, “Misión de audaces” se puede considerar como la cuarta película que configura la “trilogía” sobre la caballería de Ford y no desmerece en nada a sus precedentes; a pesar de un final un tanto abrupto motivado por la muerte de un especialista, lo que llevó a Ford, deprimido por el hecho, a acortar y rodar sin implicarse demasiado la sangrienta batalla final con la que debía acabar la cinta.

jueves, 14 de septiembre de 2017

LOS COMANCHEROS

(The comancheros, 1961)

Dirección: Michael Curtiz.
Guion: James Edward Grant y Clair Huffaker.

Reparto:
- John Wayne: Capitán Jake Cutter
- Stuart Whitman: Paul Regret
- Ina Balin: Pilar Graile
- Nehemiah Persoff: Graile
- Lee Marvin: Tully Crow
- Michael Ansara: Amelung
- Patrick Wayne: Tobe
- Bruce Cabot: Mayor Henry
- Jack Elam: Horseface
- Edgar Buchanan: Juez
- Joan O’Brien: Melinda Marshall

Música: Elmer Bernstein.
Productora: Twentieth Century Fox (USA).

Por Jesús Cendón. NOTA: 7’5

“¿Cuánto hace que murió? Puede, puede que dos años ya” “Dos años, dos meses y trece días” (Conversación entre la señora Scofield y el capitán Jake Cutter en relación con la fallecida esposa del último.)


Último filme del gran Michael Curtiz, fallecido apenas seis meses después de su estreno. Director nacido en Hungría, sin duda es conocido por haber filmado “Casablanca” (1942), una de las cumbres del cine, película que quizás haya eclipsado en parte una brillante carrera caracterizada por su perfecta acomodación a las reglas de los distintos géneros, como muestran clásicos del cine de aventuras de la talla de “La carga de la Brigada Ligera“ (1936) o “Robín de los bosques” (1938); thrillers del nivel de “Ángeles con caras sucias” (1938) y “Alma en suplicio” (1945); melodramas como “El trompetista” (1950); y, por supuesto, westerns tan destacados como “Dodge, ciudad sin ley” (1939).


ARGUMENTO: El capitán de los Rangers de Texas Jake Cutter junto al francés Paul Regret, al que había detenido acusado de asesinato, se infiltrará en el grupo de forajidos conocido como los comancheros con el objeto de acabar con la peligrosa venta de armas y alcohol a los comanches.

Película que asume el espíritu y los arquetipos y mitos del western clásico entroncando con otras protagonizadas por Wayne como “Los cuatro hijos de Katie Elder” (1965), “El Dorado” (1966) o “Ataque al carro blindado” (1967), en un momento en el que comenzaban a proliferar los wésterns marcadamente crepusculares y revisionistas, y en la que la estrella hollywoodiense consciente de su edad irá trasformando a sus personajes en unos individuos maduros, expertos, fiables y moralmente irreprochables, lo que le permitió seguir siendo el protagonista de sus filmes hasta su última aparición en “El último pistolero” (1976).


Respecto a esta cuestión es muy significativa la escena en la que Graile destaca tanto las cicatrices de su frente, como su nariz aplastada, símbolos de una persona ajada por el paso del tiempo.


En esta ocasión, además, Wayne forma pareja con un actor más joven, un Stuart Whitman en la que quizás sea su mejor interpretación, al que le cede todo el protagonismo respecto a la subtrama amorosa; lo que permite al filme remarcar aún más la edad del protagonista, reflexionar sobre el necesario cambio generacional con el personaje principal marcado por un pasado amargo mientras que a su joven compañero cuenta con un futuro prometedor, y estructurar la historia en torno a la unión de dos individuos en principio contrapuestos e incluso incompatibles, pero cuya asociación será fundamental para la consecución de los objetivos. Esquema repetido hasta la saciedad en futuras cintas, sobre todo de corte policiaco.


Así nos encontramos por una parte con un hombre íntegro y honrado al servicio de la ley y el orden desde el fallecimiento de su esposa para el que el deber lo es todo, interpretado por un John Wayne identificado a través de su filmografía con esos valores, y por otra con un vividor, mujeriego y jugador cuyo estilo de vida le ha llevado a ser buscado por asesinato, al que da vida, como ya he señalado, Stuart Whitman que, igualmente, coprotagonizaría “Río Conchos”, cinta también escrita por Clair Huffaker con la que esta presenta ciertas semejanzas temáticas. Sin duda es la relación de camaradería y complicidad que se establece entre ambos personajes uno de los grandes activos de la película, sobre todo por la química existente entre ambos actores que redunda en la veracidad del filme.



El resultado es una película tan sencilla como sincera, con un tono vitalista, dinámico y jovial firmada por un director que sobrepasaba los setenta años, aunque debido a sus problemas de salud buena parte del filme fue rodado por el director de la segunda unidad y por el propio John Wayne, y que cuenta con una factura extraordinaria gracias a un grupo de profesionales de la talla de los guionistas James Edward Grant, el escritor preferido por Wayne, y Clair Huffaker que firmaron un gran libreto en el que se combina perfectamente acción, humor, amor y aventura, y al que no son ajenas escenas de gran hondura, sobre todo en relación con el pasado doloroso del capitán Cutter o como aquella en la que encuentran a unos colonos asesinados por los indios, claro homenaje a “Centauros del desierto”; el omnipresente William H. Clothier, quien retrata bellamente los paisajes de Utah y Arizona en donde se rodó el filme; el director de la segunda unidad y responsable de buena parte de las escenas de acción Cliff Lyons; el gran Alfred Ybarra como responsable de la dirección artística; el indispensable Elmer Bernstein, tras su exitosa composición para “Los siete magníficos”, con una gran banda sonora de resonancias épicas; y la participación de magníficos actores entre los que destaca, junto a la pareja estelar, Lee Marvin en un breve pero extraordinario intervalo en el que protagoniza una pelea con John Wayne que parece presagiar su futuro papel en “La taberna del irlandés” (John Ford, 1963).


Cabe señalar además que aunque el filme parte de hechos reales: la venta por parte de blancos de armas, comida y whisky a los comanches con la aquiescencia del gobierno mexicano que perseguía la desestabilización de Texas (1), tanto el director como los guionistas no pretenden ser fieles a la historia sino ofrecernos un filme de aventuras clásico.


Así pues “Los comancheros” fue concebido como puro cine de evasión y entretenimiento, fiel reflejo de una época y de una forma de entender las películas. Y como tal es un filme que atesora grandes virtudes: está extraordinariamente bien rodado, es muy divertido, carece de tiempos muertos y cuenta con un ritmo muy vivo. Por lo que es totalmente recomendable para los amantes de este género.


(1) Respecto a esta cuestión debemos tener en cuenta que la acción del filme se sitúa en 1843 y la recién creada República de Texas se había independizado de su estado vecino en 1836 aunque nunca fue reconocido por el gobierno de Santa Anna; reclamando el nuevo país parte del territorio de Nuevo México desde 1841, lo que originó continuas fricciones entre ambos estados.



viernes, 28 de julio de 2017

EL ÁLAMO

(The Alamo -1960)

Dirección: John Wayne
Guion: James Edward Grant

Reparto:
- John Wayne: Davy Crockett
- Richard Widmark: Jim Bowie
- Lauren Harvey: Col. William Travis

Música: Dimitri Tiomkin
Productora: United Artists

Por Sergio González-Cachón (Farwest). NOTA 8,8

“Nada ocurre que no esté escrito, hay que dar tiempo al tiempo"

El cine americano es el único que es capaz de convertir una derrota en una épica victoria, ya lo vimos anteriormente en “Murieron con las botas puestas”, pues “El Álamo” nos cuenta la verdadera historia de unos 185 Texanos que en una misión cerca de San Antonio de Béjar resistieron durante 12 días, el asedio de las tropas mexicanas (más de 7.000 soldados) al mando del general Santa Anna.


Este maravilloso western, que creo que el tiempo lo ha puesto en su lugar, fue dirigido por el gran John Wayne, y digo esto porque la crítica nunca ha sido justa con esta película, quizás por las ideas políticas de Wayne, con una marcada tendencia derechista. Pero a pesar de que las críticas no fueron buenas, este western fue una de las películas más taquilleras del año 1960, y siempre se le deseó que no tuviera éxito, pero con lo que no contaba la crítica era que John Wayne además de ser un gran actor también supiese dirigir. Fue tanto el menosprecio que recibió John Wayne como director, que corrió la leyenda que su gran amigo John Ford rodó íntegramente el ataque final a la Misión, pero la verdad fue que John Wayne y su hijo Michael (productor) temieron que la presencia del director creara conflictos en el rodaje, así que le enviaron a rodar secuencias en ríos y bosques, las cuales nunca fueron incluidas en el montaje final de la película.


Y la prueba de que John Wayne es un gran director es recomendar su excelente bélico “Boinas verdes” (1968), que tiene grandes secuencias, como el extraordinario ataque vietnamita al poblado americano, o ese emotivo final donde el chico busca desesperadamente a su amigo el soldado Peters, bajo la atenta mirada del bueno de John Wayne. Eso sí recomendar verla pasados 15 minutos del metraje, porque al comienzo del metraje se justifica de manera bochornosa la participación de los EE.UU en la guerra del Vietnam. Pero no se dejen engañar porque, pasados estos primeros 15 minutos, estamos ante una gran película bélica.


Quizás la historia real del asedio del Álamo no fuese realmente como contó la película, sobre todo la muerte de nuestros tres protagonistas, se dice que en la realidad no murieron de la forma tan épica que nos la muestra John Wayne y que el general Santa Anta no era tan fiero como lo pintaban, de hecho una de las cosas con las que quería acabar el ejército mexicano era que en Texas todavía estaba permitido la esclavitud, por eso Richard Widmark tiene un hombre de color a su servicio, que curiosamente también decide quedarse a morir en el Álamo.


Pero a pesar de que la crítica la trato de muy derechista, ni muchos menos, ya que en muchos fragmentos de la película se trata al ejército mexicano con mucho respeto y admiración, y se alaba lo buenos soldados que son, y sobre todo el porte y la elegancia de su ejército. Además Richard Widmark habla muy bien del pueblo y del país mexicano, y precioso el respeto con el cual el general Santa Anna trata a los supervivientes del Álamo.


John Wayne llevaba con la idea en la cabeza de rodar esta historia más de 10 años, película que dirigió y produjo a través de su productora, con un alto coste (más de diez millones de dólares), el cual asumió la mayor parte Wayne con su patrimonio, le llevó a casi la ruina, a pesar de ser un éxito moderado, no fue el éxito que esperaban, quizás lastrado por las injustas críticas.


Pero con todo ello “El Álamo” es uno de esos westerns que se te quedan en la memoria, con imágenes emocionantes, épicas y difíciles de olvidar, un clásico indiscutible que gana con el paso de los años y de los visionados. Para ello John Wayne con tres magníficas interpretaciones: John Wayne como Davy Crockett, Richard Widmark como Jim Bowie y Laurence Harvey como William Travis, los tres míticos personajes que son leyenda del Alamo. Los 3 actores están fantásticos, con el carisma y la fuerza que requería interpretar a estas leyendas de la cultura popular. En especial Laurence Harvey como engreído y petulante coronel encargado de defender el Álamo, pero todo coraje, valentía y orgullo.


También resaltable el brillante papel de un actor que se movía como pez en el agua en el cine del oeste, que nos dejó personajes y cowboys para el recuerdo, me gusta mucho Richard Widmark y su interpretación como pícaro aventurero que parece que no le importa nada, pero que nadie le diga lo que tiene que hacer o decir. Y por último el propio Wayne que nos regala uno de sus papeles más memorables, como defensor y luchador por la libertad, a pesar de saber que debe dar su vida para defender la de los demás. Un héroe con letras mayúsculas que interpretaba como nadie y no te imaginas ningún otro actor que pudiese interpretar este papel. Y Davy Crockett cumplia con una de sus máximas:

"Yo quiero interpretar a un hombre real en todas mis películas, y defino la masculinidad de forma muy simple: el hombre debe ser duro, justo, y valeroso, nunca pequeño, nunca buscando una pelea, pero nunca dando la espalda a una".



Y todos los excelentes secundarios que nutren la película como son: Frankie Avalon, Patrick Wayne, Linda Cristal, Chill Wills y Richard Boone.


Y luego es un western que te deja tres grandes y emocionantes escenas para el recuerdo:
- La preciosa imagen de cuando se le comunica a Richard Widmark la muerte de su mujer, la dramática escena con un Widmark impresionante, y un Wayne consolándole y diciéndole las palabras adecuadas, y el respeto con el que el coronel Travis le da el pésame, a pesar de que no son los mejores amigos.


- La emocionante y preciosa secuencia, que ya vale en si toda la película, cuando saben que los refuerzos no van a llegar a tiempo, que van a morir irremediablemente, y como uno se van bajando del caballo, para quedarse a defender el Álamo, a pesar que ello les costara la vida.


- Y por último la hermosísima escena donde el ejército mexicano rinde honores a los supervivientes del Álamo mientras suenan los acordes de la preciosa canción “The Green Leaves of Summer” de Dimitri Tiomkin. Aquí se cumple una máxima del cine del oeste, todas los grandes westerns de la historia del cine tienen una gran banda sonora.


Además a todo esto se suma lo bien que se encuentra rodado el asedio final a la Misión, siendo una de las batallas más espectaculares vistas nunca en todo el cine del Oeste, con una fotografía maravillosa a cargo del siempre brillante William H. Clothier.


Así que olvídense de la política que para eso ya tenemos los libros de historia y deléitense con la forma y la manera con la que cuenta John Wayne la leyenda de El Álamo. Porque como decía James Stewart en otra de las míticas películas interpretadas por John Wayne “cuando la leyenda se convierte en un hecho imprime la leyenda”.


VER TRAILER: