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jueves, 14 de septiembre de 2017

LOS COMANCHEROS

(The comancheros, 1961)

Dirección: Michael Curtiz.
Guion: James Edward Grant y Clair Huffaker.

Reparto:
- John Wayne: Capitán Jake Cutter
- Stuart Whitman: Paul Regret
- Ina Balin: Pilar Graile
- Nehemiah Persoff: Graile
- Lee Marvin: Tully Crow
- Michael Ansara: Amelung
- Patrick Wayne: Tobe
- Bruce Cabot: Mayor Henry
- Jack Elam: Horseface
- Edgar Buchanan: Juez
- Joan O’Brien: Melinda Marshall

Música: Elmer Bernstein.
Productora: Twentieth Century Fox (USA).

Por Jesús Cendón. NOTA: 7’5

“¿Cuánto hace que murió? Puede, puede que dos años ya” “Dos años, dos meses y trece días” (Conversación entre la señora Scofield y el capitán Jake Cutter en relación con la fallecida esposa del último.)


Último filme del gran Michael Curtiz, fallecido apenas seis meses después de su estreno. Director nacido en Hungría, sin duda es conocido por haber filmado “Casablanca” (1942), una de las cumbres del cine, película que quizás haya eclipsado en parte una brillante carrera caracterizada por su perfecta acomodación a las reglas de los distintos géneros, como muestran clásicos del cine de aventuras de la talla de “La carga de la Brigada Ligera“ (1936) o “Robín de los bosques” (1938); thrillers del nivel de “Ángeles con caras sucias” (1938) y “Alma en suplicio” (1945); melodramas como “El trompetista” (1950); y, por supuesto, westerns tan destacados como “Dodge, ciudad sin ley” (1939).


ARGUMENTO: El capitán de los Rangers de Texas Jake Cutter junto al francés Paul Regret, al que había detenido acusado de asesinato, se infiltrará en el grupo de forajidos conocido como los comancheros con el objeto de acabar con la peligrosa venta de armas y alcohol a los comanches.

Película que asume el espíritu y los arquetipos y mitos del western clásico entroncando con otras protagonizadas por Wayne como “Los cuatro hijos de Katie Elder” (1965), “El Dorado” (1966) o “Ataque al carro blindado” (1967), en un momento en el que comenzaban a proliferar los wésterns marcadamente crepusculares y revisionistas, y en la que la estrella hollywoodiense consciente de su edad irá trasformando a sus personajes en unos individuos maduros, expertos, fiables y moralmente irreprochables, lo que le permitió seguir siendo el protagonista de sus filmes hasta su última aparición en “El último pistolero” (1976).


Respecto a esta cuestión es muy significativa la escena en la que Graile destaca tanto las cicatrices de su frente, como su nariz aplastada, símbolos de una persona ajada por el paso del tiempo.


En esta ocasión, además, Wayne forma pareja con un actor más joven, un Stuart Whitman en la que quizás sea su mejor interpretación, al que le cede todo el protagonismo respecto a la subtrama amorosa; lo que permite al filme remarcar aún más la edad del protagonista, reflexionar sobre el necesario cambio generacional con el personaje principal marcado por un pasado amargo mientras que a su joven compañero cuenta con un futuro prometedor, y estructurar la historia en torno a la unión de dos individuos en principio contrapuestos e incluso incompatibles, pero cuya asociación será fundamental para la consecución de los objetivos. Esquema repetido hasta la saciedad en futuras cintas, sobre todo de corte policiaco.


Así nos encontramos por una parte con un hombre íntegro y honrado al servicio de la ley y el orden desde el fallecimiento de su esposa para el que el deber lo es todo, interpretado por un John Wayne identificado a través de su filmografía con esos valores, y por otra con un vividor, mujeriego y jugador cuyo estilo de vida le ha llevado a ser buscado por asesinato, al que da vida, como ya he señalado, Stuart Whitman que, igualmente, coprotagonizaría “Río Conchos”, cinta también escrita por Clair Huffaker con la que esta presenta ciertas semejanzas temáticas. Sin duda es la relación de camaradería y complicidad que se establece entre ambos personajes uno de los grandes activos de la película, sobre todo por la química existente entre ambos actores que redunda en la veracidad del filme.



El resultado es una película tan sencilla como sincera, con un tono vitalista, dinámico y jovial firmada por un director que sobrepasaba los setenta años, aunque debido a sus problemas de salud buena parte del filme fue rodado por el director de la segunda unidad y por el propio John Wayne, y que cuenta con una factura extraordinaria gracias a un grupo de profesionales de la talla de los guionistas James Edward Grant, el escritor preferido por Wayne, y Clair Huffaker que firmaron un gran libreto en el que se combina perfectamente acción, humor, amor y aventura, y al que no son ajenas escenas de gran hondura, sobre todo en relación con el pasado doloroso del capitán Cutter o como aquella en la que encuentran a unos colonos asesinados por los indios, claro homenaje a “Centauros del desierto”; el omnipresente William H. Clothier, quien retrata bellamente los paisajes de Utah y Arizona en donde se rodó el filme; el director de la segunda unidad y responsable de buena parte de las escenas de acción Cliff Lyons; el gran Alfred Ybarra como responsable de la dirección artística; el indispensable Elmer Bernstein, tras su exitosa composición para “Los siete magníficos”, con una gran banda sonora de resonancias épicas; y la participación de magníficos actores entre los que destaca, junto a la pareja estelar, Lee Marvin en un breve pero extraordinario intervalo en el que protagoniza una pelea con John Wayne que parece presagiar su futuro papel en “La taberna del irlandés” (John Ford, 1963).


Cabe señalar además que aunque el filme parte de hechos reales: la venta por parte de blancos de armas, comida y whisky a los comanches con la aquiescencia del gobierno mexicano que perseguía la desestabilización de Texas (1), tanto el director como los guionistas no pretenden ser fieles a la historia sino ofrecernos un filme de aventuras clásico.


Así pues “Los comancheros” fue concebido como puro cine de evasión y entretenimiento, fiel reflejo de una época y de una forma de entender las películas. Y como tal es un filme que atesora grandes virtudes: está extraordinariamente bien rodado, es muy divertido, carece de tiempos muertos y cuenta con un ritmo muy vivo. Por lo que es totalmente recomendable para los amantes de este género.


(1) Respecto a esta cuestión debemos tener en cuenta que la acción del filme se sitúa en 1843 y la recién creada República de Texas se había independizado de su estado vecino en 1836 aunque nunca fue reconocido por el gobierno de Santa Anna; reclamando el nuevo país parte del territorio de Nuevo México desde 1841, lo que originó continuas fricciones entre ambos estados.



viernes, 28 de julio de 2017

EL ÁLAMO

(The Alamo -1960)

Dirección: John Wayne
Guion: James Edward Grant

Reparto:
- John Wayne: Davy Crockett
- Richard Widmark: Jim Bowie
- Lauren Harvey: Col. William Travis

Música: Dimitri Tiomkin
Productora: United Artists

Por Sergio González-Cachón (Farwest). NOTA 8,8

“Nada ocurre que no esté escrito, hay que dar tiempo al tiempo"

El cine americano es el único que es capaz de convertir una derrota en una épica victoria, ya lo vimos anteriormente en “Murieron con las botas puestas”, pues “El Álamo” nos cuenta la verdadera historia de unos 185 Texanos que en una misión cerca de San Antonio de Béjar resistieron durante 12 días, el asedio de las tropas mexicanas (más de 7.000 soldados) al mando del general Santa Anna.


Este maravilloso western, que creo que el tiempo lo ha puesto en su lugar, fue dirigido por el gran John Wayne, y digo esto porque la crítica nunca ha sido justa con esta película, quizás por las ideas políticas de Wayne, con una marcada tendencia derechista. Pero a pesar de que las críticas no fueron buenas, este western fue una de las películas más taquilleras del año 1960, y siempre se le deseó que no tuviera éxito, pero con lo que no contaba la crítica era que John Wayne además de ser un gran actor también supiese dirigir. Fue tanto el menosprecio que recibió John Wayne como director, que corrió la leyenda que su gran amigo John Ford rodó íntegramente el ataque final a la Misión, pero la verdad fue que John Wayne y su hijo Michael (productor) temieron que la presencia del director creara conflictos en el rodaje, así que le enviaron a rodar secuencias en ríos y bosques, las cuales nunca fueron incluidas en el montaje final de la película.


Y la prueba de que John Wayne es un gran director es recomendar su excelente bélico “Boinas verdes” (1968), que tiene grandes secuencias, como el extraordinario ataque vietnamita al poblado americano, o ese emotivo final donde el chico busca desesperadamente a su amigo el soldado Peters, bajo la atenta mirada del bueno de John Wayne. Eso sí recomendar verla pasados 15 minutos del metraje, porque al comienzo del metraje se justifica de manera bochornosa la participación de los EE.UU en la guerra del Vietnam. Pero no se dejen engañar porque, pasados estos primeros 15 minutos, estamos ante una gran película bélica.


Quizás la historia real del asedio del Álamo no fuese realmente como contó la película, sobre todo la muerte de nuestros tres protagonistas, se dice que en la realidad no murieron de la forma tan épica que nos la muestra John Wayne y que el general Santa Anta no era tan fiero como lo pintaban, de hecho una de las cosas con las que quería acabar el ejército mexicano era que en Texas todavía estaba permitido la esclavitud, por eso Richard Widmark tiene un hombre de color a su servicio, que curiosamente también decide quedarse a morir en el Álamo.


Pero a pesar de que la crítica la trato de muy derechista, ni muchos menos, ya que en muchos fragmentos de la película se trata al ejército mexicano con mucho respeto y admiración, y se alaba lo buenos soldados que son, y sobre todo el porte y la elegancia de su ejército. Además Richard Widmark habla muy bien del pueblo y del país mexicano, y precioso el respeto con el cual el general Santa Anna trata a los supervivientes del Álamo.


John Wayne llevaba con la idea en la cabeza de rodar esta historia más de 10 años, película que dirigió y produjo a través de su productora, con un alto coste (más de diez millones de dólares), el cual asumió la mayor parte Wayne con su patrimonio, le llevó a casi la ruina, a pesar de ser un éxito moderado, no fue el éxito que esperaban, quizás lastrado por las injustas críticas.


Pero con todo ello “El Álamo” es uno de esos westerns que se te quedan en la memoria, con imágenes emocionantes, épicas y difíciles de olvidar, un clásico indiscutible que gana con el paso de los años y de los visionados. Para ello John Wayne con tres magníficas interpretaciones: John Wayne como Davy Crockett, Richard Widmark como Jim Bowie y Laurence Harvey como William Travis, los tres míticos personajes que son leyenda del Alamo. Los 3 actores están fantásticos, con el carisma y la fuerza que requería interpretar a estas leyendas de la cultura popular. En especial Laurence Harvey como engreído y petulante coronel encargado de defender el Álamo, pero todo coraje, valentía y orgullo.


También resaltable el brillante papel de un actor que se movía como pez en el agua en el cine del oeste, que nos dejó personajes y cowboys para el recuerdo, me gusta mucho Richard Widmark y su interpretación como pícaro aventurero que parece que no le importa nada, pero que nadie le diga lo que tiene que hacer o decir. Y por último el propio Wayne que nos regala uno de sus papeles más memorables, como defensor y luchador por la libertad, a pesar de saber que debe dar su vida para defender la de los demás. Un héroe con letras mayúsculas que interpretaba como nadie y no te imaginas ningún otro actor que pudiese interpretar este papel. Y Davy Crockett cumplia con una de sus máximas:

"Yo quiero interpretar a un hombre real en todas mis películas, y defino la masculinidad de forma muy simple: el hombre debe ser duro, justo, y valeroso, nunca pequeño, nunca buscando una pelea, pero nunca dando la espalda a una".



Y todos los excelentes secundarios que nutren la película como son: Frankie Avalon, Patrick Wayne, Linda Cristal, Chill Wills y Richard Boone.


Y luego es un western que te deja tres grandes y emocionantes escenas para el recuerdo:
- La preciosa imagen de cuando se le comunica a Richard Widmark la muerte de su mujer, la dramática escena con un Widmark impresionante, y un Wayne consolándole y diciéndole las palabras adecuadas, y el respeto con el que el coronel Travis le da el pésame, a pesar de que no son los mejores amigos.


- La emocionante y preciosa secuencia, que ya vale en si toda la película, cuando saben que los refuerzos no van a llegar a tiempo, que van a morir irremediablemente, y como uno se van bajando del caballo, para quedarse a defender el Álamo, a pesar que ello les costara la vida.


- Y por último la hermosísima escena donde el ejército mexicano rinde honores a los supervivientes del Álamo mientras suenan los acordes de la preciosa canción “The Green Leaves of Summer” de Dimitri Tiomkin. Aquí se cumple una máxima del cine del oeste, todas los grandes westerns de la historia del cine tienen una gran banda sonora.


Además a todo esto se suma lo bien que se encuentra rodado el asedio final a la Misión, siendo una de las batallas más espectaculares vistas nunca en todo el cine del Oeste, con una fotografía maravillosa a cargo del siempre brillante William H. Clothier.


Así que olvídense de la política que para eso ya tenemos los libros de historia y deléitense con la forma y la manera con la que cuenta John Wayne la leyenda de El Álamo. Porque como decía James Stewart en otra de las míticas películas interpretadas por John Wayne “cuando la leyenda se convierte en un hecho imprime la leyenda”.


VER TRAILER:


jueves, 29 de junio de 2017

RÍO GRANDE

Rio Grande - 1950

Dirección: John Ford.
Guion: James K. McGuinness (Historia: James Warner Bellah)

Intérpretes:
- John Wayne: Lt. Col. Kirby Yorke
- Maureen O'Hara: Mrs. Kathleen Yorke
- Ben Johnson: Trooper Travis Tyree
- Claude Jarman Jr.: Trooper Jefferson 'Jeff' Yorke
- Harry Carey Jr.: Trooper Daniel 'Sandy' Boone
- Chill Wills: Dr. Wilkins (regimental surgeon)
- J. Carrol Naish: Lt. Gen. Philip Sheridan
- Victor McLaglen: Sgt. Maj. Timothy Quincannon

Música: Victor Young.
Productora: Argosy Pictures (USA).


Por Quim Casals. NOTA: 8



Si uno no conociera la profundísima pasión y devoción fordiana de Jesus “Elenorra” Cendón, podría pensar que con su propuesta para hacerme cargo de la reseña de Río Grande me traspasaba el baile con la más fea, pues de la llamada “Trilogía de la Caballería” de John Ford es sin duda la que siempre ha gozado de menor prestigio crítico y sigue siendo la menos conocida a nivel popular.


No obstante, quizás porqué siempre he preferido ser abogado de las causas perdidas, diré que me alegré mucho ante el ofrecimiento, ya que particularmente —y aquí el particular a buen seguro que lo será más que nunca— en su conjunto me gusta más y me llega más hondamente que sus dos predecesoras. La causa, con toda seguridad, es que trascendiendo la glosa militarista, que no es algo que nunca me haya emocionado especialmente, de lo que trata en última instancia Río Grande es de la familia, una temática además netamente fordiana que el maestro sabía retratar con una sensibilidad y una sutileza ejemplares.


Asistimos aquí a la reconstrucción de los lazos familiares: en Fort Starke, el coronel Yorke (John Wayne, en buscado parecido fonético con el Capitán York de Fort Apache) ve cómo se incorpora al regimiento su joven hijo, Jeff (Claude Jarman Jr.), expulsado de West Point y al que lleva 15 años sin ver; acto seguido y con la intención de llevarse al muchacho, llega su esposa, Kathleen (Maureen O’Hara), de la que lleva el mismo tiempo separado y distanciado tras haberse visto obligado durante la guerra a quemar las plantaciones patrimonio de la familia de ella. Un inciso aquí para resaltar la afilada crítica hacia las órdenes fruto de las conveniencias políticas, muy fáciles de tomar desde los despachos pero que cuestan bajas evitables. En esa misma escena inicial, hablando con el General Sheridan (J. Carroll Naish) sobre su reciente misión, Yorke afirma que él no mandaría notas de protesta a Washington sino que los llevaría al abrevadero donde varios soldados fueron colgados cabeza abajo para ser devorados por las hormigas…


Es en este mismo sentido que cabe ahondar en la espectral fotografía a cargo de Archie Stout y Bert Glennon, donde abundan las escenas nocturnas, los contraluces y las sombras fantasmagóricas de los personajes proyectadas sobre la lona de las tiendas en el fuerte, o los exteriores siempre agrestes. Una aridez y sequedad, en fin, que refleja de una manera más realista y descarnada que otras películas la dureza de esa forma de vida frecuentemente ingrata.



No por casualidad la historia se abre y se cierra con el retorno de los soldados al fuerte tras una misión; pero pese a las victorias, no serán en absoluto entradas triunfales. La cámara de Ford prefiere fijarse en lo humano, en las esposas que esperan angustiadas que el amado regrese con vida, en el fatigoso andar de los soldados agotados, en las literas que trasladan a los heridos… Las escasas escenas de acción, por su parte, están rodadas de una manera muy funcional, nada aparatosa (influyó el escaso presupuesto y tiempo de rodaje), mientras que el contrapunto distendido lo aportan Victor McLaglen (llamado aquí como en La legión invencible Quincannon) y las tribulaciones de los jóvenes Ben Johnson y Harry carey Jr.




Quisiera resaltar también el estupendo trabajo efectuado con el guion, y que a primera vista puede pasar desapercibido, que consiste en lograr que aquello que sucede en el regimiento (la vida cotidiana en el fuerte, las escaramuzas con los indios, el ataque indio a la caravana en la que trasladan de fuerte a las mujeres y niños, la batalla final para liberar a los niños que los indios han secuestrado en una vieja iglesia mexicana) tenga una repercusión directa en la relación entre los miembros de esa familia desestructurada, en forma de progresivo acercamiento emocional entre ellos.


Así, la primera vez que veamos juntos al padre y al hijo será en un “falso” cara a cara propiciado por un plano excepcional que juega con la profundidad de campo: los nuevos reclutas están alineados, con Jeff en primer término, y Yorke les habla desde el fondo de la fila sobre el hecho que no esperen la gloria, sino una vida de dolor y privaciones; entendemos claramente que tan severa advertencia es ante todo para con Jeff. Muy fría y distante será también la primera conversación entre ambos, aunque al término veremos a Yorke, ya solo, comparándose con la altura del hijo; le veremos también, en otro maravilloso plano, observándole desde una ventana con una mirada que ya es de “padre” mientras le atiende el médico, dejará que Jeff continúe su pelea contra quien le ha acusado de trato de favor, mostrará su preocupación, pero también su orgullo, por las acciones de riesgo en las que Jeff participa para, finalmente, pedirle que sea él, mientras por primera vez le llama hijo, quien le arranque del pecho la flecha que le ha herido en la batalla final.


Paralela será la trayectoria Kathleen, la cual brinda ante los mandos por mi única rival, la Caballería de los Estados Unidos. Ella deberá asumir con mucho dolor la libertad de elección de su hijo para seguir los pasos de su padre en el ejército, y será finalmente la comprensión de esa elección vital la que hará posible el reencuentro sentimental de ese matrimonio roto. Ford equipara, pues, su reconciliación conyugal con su reconciliación con lo que supone el ejército como forma de vida. Algo del todo coherente con la romántica idea que el cineasta tenía de la Caballería como una familia.


Dos aspectos cabe destacar en este tránsito, el uso de la dirección artística y el de las canciones que interpreta el grupo The Sons of the Pioners, como miembros del elenco. En lo primero, estamos muy acostumbrados a ver en los fuertes del cine recias estancias de madera que transmiten la sensación de la seguridad de un pequeño hogar. Aquí, como he dicho antes, se focaliza la atención en las tiendas, alegoría de lo temporal y transitorio. De esta manera, la primera cena entre los dos, con la mesa con íntimas velas pero a resguardo tan solo con las lonas, proporciona la muy simbólica imagen de un comedor sin paredes, la ilusión de un hogar que aún no es tal.


Por su lado, las letras de las canciones, primero ante los dos tras la cena y la que Yorke escucha paseando a la vera del Río Grande, entroncan directamente con los sentimientos de los personajes, que estos expresan con calladas miradas (creo firmemente que estamos ante una de las mejores interpretaciones de Wayne por la expresividad de su rostro en los silencios). La segunda de estas escenas, sublime plano a plano en su concepción, constituye, como aquel otro de la madre en Las uvas de la ira al desprenderse de sus últimas pertenencias, uno de esos momentos de purísima e inimitable poesía fordiana, donde nos parece que el tiempo se haya detenido. Al final de ella, en asombroso primer plano Wayne escucha: Mi corazón se retuerce y las lágrimas horadan mis ojos. Volveré rápido a ella. Y a fe que lo hace y besa apasionadamente a Maureen O’Hara. La revisión de esta obra me ha hecho caer en la cuenta que su raudo gesto al cogerla del brazo y atraerla hacia él supone un anticipo clarísimo del famosísimo primer beso de El hombre tranquilo. Parece evidente que Ford, Wayne y O’Hara tomaron buena nota.


Y no, no me olvido (lo mejor siempre se deja para el final), es hora de recordar que esta fue su primera película conjunta y que en ella queda ya perfectamente patente la triple química absoluta entre actor, actriz y director. Un aliciente más para acercarse a este pequeño pero a mi entender muy reivindicable western.


jueves, 15 de junio de 2017

TRES PADRINOS

3 Godfathers - 1948

Dirección: John Ford
Guion: Peter B. Kyne, Laurence Stallings, Frank S. Nugent

Reparto:
- John Wayne: Robert Marmaduke
- Pedro Armendariz: Pedro Roca
- Harry Carey Jr.: William Kearney
- Ward Bond: Perley "Buck" Sweet
- Mae Marsh: Mrs. Perley Sweet

Música: Richard Hageman
Productora: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) / Argosy Pictures
País:Estados Unidos
Por Seve Ferrón. Nota 7

(Robert Marmaduke Hightower a Pedro "Pete" Rocafuerte) "Tu y yo vamos a tener que masticar muchos cactus, si los encontramos..." 


Después de robar el banco de un pueblo, tres bandidos (John Wayne, Harry Carey. Jr y Pedro Armendáriz) se adentran en el abrasador desierto. Perseguidos por el Sheriff  Buck Sweet (Interpretado por un maravillosamente Ward Bond) se arrastran por el reseco paisaje y no encuentran agua sino a una mujer moribunda a punto de dar a luz en una carreta abandonada. Para honrar la voluntad póstuma de hacerse cargo del recién nacido, los tres bandidos atraviesan el infierno del desierto...



"Dedicada a Harry Carey, estrella brillante en el cielo de las primeras películas del Oeste" Así da comienzo "Tres padrinos" que destaca como uno de los western más interesantes y ciertamente mejor filmados del dúo Wayne-Ford. Bello visualmente es una encantadora ilusión casi religiosa, además de una fábula sentimental sobre una familia encontrada con una conmovedora dedicatoria que aparece tras el título principal.


"Tres padrinos" no es una obra maestra, incluso se podría decir que es un film "menor" si lo comparamos con otros títulos del tándem Wayne-Ford. Pero es un nostálgico y hermoso canto de fe, sacrificio y redención que se encuentra narrado de la forma más humana y sincera que podamos imaginar. Su tono religioso otorga  y revela el altísimo grado de creatividad por el que atravesaba el Maestro.


Durante toda su carrera John Ford, jugó con las ideas preconcebidas del público. El director creía que los malvados también tienen corazón y alma. En algunos casos, los protagonistas llegan al extremo de dar su vida por los demás. Un ejemplo: Tres hombres malos, Tragedia submarina, Prisionero del odio o en este caso Tres padrinos.


Brillantemente fotografiada en el  Death Valley  del desierto del Mojave, es una parábola  con formato de western que va cargándose de misticismo a medida que avanza la acción. Llena de momentos maravillosos como cuando Hightower, llega a un lugar habitado deposita al bebé en la barra de un Saloon pedía leche para el niño y una cerveza para él.


O en esa otra escena en la que de nuevo Hightower, muestra su compasión por su amigo muerto Abilene Kid, al colocarle el sombrero de manera que, incluso muerto, el chico pueda guarecerse del Sol.


Nueva version de (Hombres marcados 1919) es un relato corto de Peter B. Kyne, que sería llevado al cine en varias ocasiones. El antiguo western protagonizado por Harry Carey. Ford dedicó la película a su amigo Carey, ya fallecido, y aceptó al hijo de este, del mismo nombre, en su Stock Company.

Ford tiene la habilidad de darle al principiante Harry el papel de Abilene Kid, un chico sensible, religioso y de buen corazón. Así, las vacilaciones y algunas frases demasiado entonadas se camuflan en la bisoñez del personaje.


En definitiva que siendo como es "Tres padrinos" una obra esplendida, esta lejos de ser la mejor de cuantas protagonizará Duke, bajo la dirección de Ford. Incluso, sentada una vez más la premisa de que todas sus obras son grandes, se podría afirmar que es la menos fascinante, la que conteniendo pliegues de gran altura no los recubre todos con la misma maestría.

martes, 11 de abril de 2017

LOS CUATRO HIJOS DE KATIE ELDER

(The sons of Katie Elder - 1965).
Direcctor: Henry Hathaway.

Guion: William H. Wright, Allan Weiss y Harry Essex. 
Intérpretes:
- John Wayne: John Elder
- Dean Martin: Tom Elder
- Martha Hyer: Mary Gordon
- Michael Anderson Jr.: Bud Elder
- Earl Holliman: Matt Elder
- Jeremy Slate: Ben Latta
- James Gregory: Morgan Hastings
- Paul Fix: Sheriff Billy Wilson
- George Kennedy: Curley
- Dennis Hopper: Dave Hastings

Música: Elmer Bernstein.
Productora: Paramount Pictures. Hal Wallis Production (USA).
 

Por Jesús Cendón. NOTA: 8

“Siempre es difícil criar a un hijo, decía, pero si hay que luchar con Texas una madre está perdida” (Mary Gordon hablando de Katie a sus cuatro hijos).

El antiguo proyecto de John Sturges que debía haber interpretado Alan Ladd, se convirtió en un western enérgico, vitalista y dinámico gracias al trabajo de tres entusiastas veteranos Hal B. Wallis, Henry Hathaway y John Wayne que contaban con 67, 66 y 58 años respectivamente cuando se rodó, y terminó concibiéndose como un claro homenaje al último tras haber superado una delicada operación (se le había diagnosticado cáncer en un pulmón que le fue extirpado), por lo que al parecer hizo un esfuerzo tremendo para ponerse a las órdenes de Hathaway en el plazo estipulado. De ahí su magnífica presentación, tan inmutable y majestuoso como las rocas sobre las que se encuentra su personaje.



ARGUMENTO: Tras diez años los cuatros hijos de Katie se reúnen en su entierro en el pueblo de Clearwater. Pronto descubrirán que su familia perdió el rancho en circunstancias oscuras y que su padre fue asesinado; por lo que decidirán averiguar la verdad.



Si al primer wéstern de Hathaway comentado en este blog (“El jardín del diablo”) lo calificábamos de atípico tanto por el marco geográfico en el que se desarrollaba como por tratarse de una película mezcla de géneros, de “Los cuatro hijos de Katie Elder” podemos afirmar que es un western canónico, un western a la antigua usanza en el que tanto los temas desarrollados, los personajes (claramente diferenciados entre positivos y negativos), el tono vital y el espacio físico, un pueblo de Texas, corresponden al wéstern clásico, en un momento en que comenzaban a aflorar las tendencias revisionistas e, incluso, desmitificadoras.



Se trata de una película que aborda como tema principal el peso de la ausencia. Porque sí, la verdadera protagonista a pesar de no aparecer en pantalla es Katie Elder, sutilmente simbolizada en sus vestidos, su Biblia y la mecedora que en su día le regaló su marido y a la que parece dar vida en un par de secuencia John, su hijo mayor. Pero además es su espíritu el que guiará la conducta de sus cuatro hijos. Así, John irá modificando su carácter hasta llegar a afirmar que actuarán como le hubiera gustado a su madre porque: “Esta vez Katie gana”. Y efectivamente Katie ganará su última batalla después de muerta ya que a través de sus hijos vengará el asesinato de su marido y, además, conseguirá que el menor, como era su deseo, curse estudios superiores y sus cuatro hijos recuperen la hermandad y compañerismo perdidos tras diez años sin verse. De ahí que en los aproximadamente setenta primeros minutos del filme cobren gran importancia las escenas de corte humorístico entre los hermanos, en las que destacan tanto los estupendos gags verbales como el relativo a la palabra “trespar” o en el que abordan el tipo de monumento que le construirán a Katie, como visuales con la típica pelea que tiene lugar en su rancho. De esta forma, y una vez unidos, estarán en disposición de enfrentarse a los ultrajes sufridos por su familia y hacer justicia; redimiéndose, además, de un pasado nada ejemplar, ya que John es un famoso pistolero, Tom un vulgar fullero y Matt un egoísta hombre de negocios que en ese tiempo sólo visitó una vez a sus padres para pedirles dinero.



Si la primera parte se caracteriza por su desbordante optimismo, a pesar de algún momento en el que la nostalgia inunda la pantalla, en los últimos cuarenta y cinco minutos, coincidiendo con la desaparición de algún personaje, la película adquiere un tono más dramático. Este tramo, en el que predominan las escenas de acción brillantemente resueltas por Hathaway, le permite al director reflexionar sobre el paso del tiempo y los cambios que inexorablemente conlleva. Así, nos muestra un Oeste en el que por fin ha llegado la civilización pero al mismo tiempo víctima de especuladores sin escrúpulos, representantes del capitalismo más salvaje, que se irán adueñando no sólo de los territorios sino también de la voluntad de los ciudadanos a los que manipularán a su antojo. Un tiempo nuevo en el que gente honrada como Katie Elder no tiene cabida.



Igualmente abordará, a través de la larga secuencia de la cárcel, la diferencia entre legalidad y justicia, con unos Elder a merced de sus conciudadanos que, incitados por Hatings, se convertirán en una jauría ávida de sangre dispuesta a lincharlos. Además, con el personaje del joven ayudante del sheriff parece subrayar la fragilidad del sistema recientemente creado al presentárnoslo como un individuo que se arroga la labor de juzgar, mostrándose tan recto como impulsivo y poco inteligente. De nuevo aparece planteada la dualidad entre tradición y modernidad ya que, en contraposición, el sheriff, de mayor edad, se muestra más reflexivo, racional y cercano al espíritu de los primeros colonos.



La película cuenta, como toda producción del legendario Hal B. Wallis, con una factura impecable, obra de colaboradores de la talla de Lucien Ballard a cargo de la fotografía, Hal Pereira, con nada menos que veintitrés nominaciones a los Oscars, encargado de la dirección artística y Elmer Bernstein quien compuso una sobresaliente y muy adecuada banda sonora, con un tema principal de corte épico que recuerda al de su más famosa aportación al western, “Los siete magníficos” (John Sturges, 1959).



El filme se redondea con un extraordinario reparto al frente del cual se encuentra el mentado John Wayne, muy cómodo en el papel del hijo mayor y líder del grupo. Junto a él Dean Martin en el rol de Tom. Ambos volvían a trabajar juntos tras “Río Bravo” (Howard Hawks, 1959) y de nuevo demostraron que se entendían muy bien. Además podemos disfrutar de grandes secundarios como George Kennedy en el papel del lóbrego pistolero contratado por Hatings o un joven Dennis Hopper, condenado al ostracismo siete años antes por una fuerte discusión con Hathaway, y recuperado para el cine gracias a la mediación de Wayne, gran amigo de la suegra del primero.



Un último plano. Una mecedora balanceándose. El espíritu de Katie. El espíritu del wéstern genuino. “Los cuatro hijos de Katie Elder”.