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martes, 30 de octubre de 2018

LOS CAUTIVOS

ESPECIAL CICLO RANOWN (3)
(The tall T, 1957)

Dirección: Budd Boetticher
Guion: Burt Kennedy

Reparto:
- Randolph Scott: Pat Brennan
- Richard BooneFrank Usher
- Maureen O’SullivanDoretta Mims
- Arthur HunnicuttEd Rintoon
- Skip HomeierBilly Jack
- Henry SilvaChink
- John HubbardWillard Mims
- Robert BurtonTenvoorde

Música: Heinz Roemheld
Productora: Scott-Brown Productions  (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 7’5.

“Un hombre debe tener algo propio, algo que le pertenezca, algo de lo que sentirse orgulloso”. “A veces no tienes elección” Conversación entre Pat Brennan y Frank Usher, en la que el bandido le confiesa estar cansado de su vida.


ARGUMENTO: Pat Brennan, un ranchero con dificultades económicas, tras perder su caballo en una apuesta es recogido por la diligencia, conducida por su amigo Ed, en la que viaja el matrimonio Mims. Al llegar a la posta más cercana son asaltados por la banda de Frank, quien, al enterarse de la identidad de Doretta Mims y después de asesinar a Ed, pedirá un rescate de 50.000 dólares a su padre. A partir de ese momento Pat y Doretta deberán aliarse para poder salvar sus vidas.


Randolph Scott quedó plenamente satisfecho con el resultado de “Tras la pista de los asesinos” (1) por lo que decidió producir junto con Harry Joe Brown, a través de la compañía Scott-Brown Production, su siguiente wéstern en el que volvió a contar con Budd Boeticher en la dirección y Burt Kennedy en el guion, aunque en esta ocasión adaptó un relato breve del gran escritor Elmore Leonard (2) aparecido en 1955 en la revista Argosy y recientemente editado por Valdemar en su indispensable colección Frontera. Además se aseguró de la distribución de la película por parte de la Columbia, compañía en la que había desarrollado gran parte de su carrera.


Si en “Tras la pista de los asesinos” se abordaban la venganza y la codicia en su condición de motores de la conducta humana, esta película se centra en temas como el fracaso vital y, sobre todo, la soledad. Estamos, pues, ante un filme introspectivo en el que los memorables diálogos adquieren tanta importancia o más que las escenas de acción, por otra parte, de una gran crudeza para la época.

Boetticher estructura el filme en dos partes claramente diferenciadas.


Una larga introducción con un tono ligero, amable, en el que hay lugar incluso para la comedia, y con un aire costumbrista (Brennan compra unos caramelos al hijo del dueño de la posta, más tarde charla con su amigo Ed del futuro representado en la eminente llegada del ferrocarril y por último le vemos sentado con un calcetín roto). En este tramo del filme conoceremos a parte de los personajes que protagonizarán el drama posterior.


Pat Brennan, al que da vida Randolph Scott que durante toda la introducción se muestra algo desubicado y fuera de sus registros habituales con una sonrisa forzada y perenne, es un cowboy que, a pesar de su actitud, ha sufrido el desengaño producido por el trato injusto de su anterior jefe lo que lo llevó a independizarse, encontrándose en estos momentos en una situación económica delicada. Se trata de una persona profundamente individualista y solitaria como se muestra en la escena inicial cabalgando sin compañía y en la posterior charla con el dueño de la posta que frente a su defensa de la soledad le comenta respecto a su situación: “Un hombre no debe pudrirse solo en un lugar así, Pat. Es antinatural”. Estamos ante un individuo tan inteligente como diestro con las armas y será precisamente a través de su intelecto como logrará salvar su vida y la de Doretta. Primero creando la desconfianza entre los forajidos y provocando las primeras fisuras en el escasamente cohesionado grupo, después utilizando los encantos de la señora Mims (al igual que en el anterior filme del ciclo la pulsión sexual está muy presente) y posteriormente utilizando el truco de engañar a otro de los bandidos respecto a los disparos efectuados.


Doretta Mims, interpretada por una adecuada Maureen O’Sullivan (3), es la hija de uno de los hombres más acaudalados de la región y vive marcada por la frustración de no haber sido el vástago que su padre siempre quiso. De carácter introvertido y no demasiado agraciada sufre las consecuencias de una sociedad que reserva a la mujer un solo rol, el de esposa y madre de sus hijos. Todo ello la ha llevado a desposarse con el único hombre que se ha fijado en ella, de tal forma que terminará reconociendo durante su cautiverio a Pat que se casó para evitar estar sola.


Willard Mims, un arribista que ha encontrado en Doretta la posibilidad de su anhelado ascenso social. Envarado y prepotente mostrará los verdaderos rasgos de su carácter, el egoísmo y la cobardía, con el secuestro.


Estos tres personajes vivirán una pesadilla en la segunda y más larga parte de la película, cuyo tono cambia bruscamente. Tramo presidido por la violencia y la tensión creada por el encuentro de los protagonistas con la banda de Frank, en la que Boetticher nos ofrece una mirada personalísima del Far-West alejada de la visión de los grandes directores clásicos. Un Oeste salvaje, brutal, despiadado y sin posibilidad de redención para bandidos como Frank.


Y este personaje es sin duda uno de los grandes aciertos del filme, no sólo por estar interpretado por un excelente Richard Boone, sino también porque nos encontramos ante uno de los villanos más fascinantes, complejos, singulares y originales vistos hasta entonces en un wéstern. Un forajido ambiguo, caracterizado por su rudeza y crueldad pero al mismo tiempo orgulloso de no haber matado personalmente a un hombre en su vida y capaz de mostrar su lado más delicado con Doretta. Parece que con Frank el tándem Boetticher-Kennedy quiso mostrarnos la delgada línea que separaba el bien y el mal en el Lejano Oeste, al presentarnos a un hombre devenido en bandido por una serie de decisiones erróneas que encontrará en Patt a un fiel reflejo de su personalidad, además de atisbar en él lo que podría haber llegado a ser su vida; por lo que desde el primer momento le mostrará su respeto y llegará a reconocer que le cae bien. Incluso se sincerará con el cowboy, como si fuese un viejo amigo, en una extraordinaria escena en el que le confesará que: “Billy Jack y Chink me fastidian. A veces tengo la impresión de estar solo. Siempre hablando sobre el mismo tema, las mujeres y la bebida. No soy un puritano, pero le cansa a uno oir lo mismo a todas horas. Se acaba realmente asqueado”. Un individuo que en el fondo tan solo anhela tener un rancho y una compañera y que, comprendiendo su derrota total y la imposibilidad de poder cumplir sus sueños, se inmola en una carga suicida enfrentándose contra Brennan, el único al que considera digno de acabar con él.


Junto a él, Henry Silva, en su debut en el género, interpreta a Chink un pistolero psicótico capaz de asesinar a hombres desarmados, mujeres e, incluso, niños. Papel repetido frecuentemente por el actor dado su peculiar rostro. Y Skip Homeier, habitual en este tipo de productos en la década de los cincuenta, que da vida a Billy Jack un pistolero algo inexperto e inmaduro pero igualmente peligroso.


Con estos seis personajes Boetticher, a pesar de estar rodada en su totalidad en exteriores, filma una segunda parte claustrofóbica y modélica en relación con la tensión creciente y la violencia contenida en sus imágenes, ambientando este tramo prácticamente en un único escenario natural rodeado de rocas, metáfora del cautiverio existencial de los protagonistas. Cautiverio del que al final de la película parecen liberarse Pat y Doretta, dos seres solitarios unidos en el otoño de sus vidas.


(1) El prestigioso crítico André Bazin calificó la película, de forma entusiasta y para mí algo exagerada, como el mejor wéstern que había visto después de la guerra.

(2) Elmore Leonard (1925-2013) es uno de los grandes escritores noir, hecho que, quizás, haya eclipsado su extraordinaria producción literaria ambientada en el Far-West con títulos como las novelas “Hombre”, llevada a la pantalla grande por Martin Ritt en 1967 con Paul Newman en el papel estelar; “Que viene Valdez”, cuya versión para el cine fue rodada en España y protagonizada por Burt Lancaster en 1971; y el relato corto “El tren de las 3:10 a Yuma”, que cuenta con una memorable adaptación de Delmer Daves en 1957 con Glenn Ford y Van Heflin en los papeles estelares, y un innecesario remake de 2007 perpetrado por James Mangold. Ambas novelas y el relato también han sido editadas por Valdemar en su imprescindible colección Frontera.

(3) Maureen O’Sullivan, madre de la también actriz Mia Farrow, a pesar de su dilatada carrera será siempre recordada por las seis entregas en las que encarnó a Jane la compañera de Tarzán-Weissmuller, inolvidable personaje creado por la pluma de Edgar Rice Burroughs.

jueves, 25 de octubre de 2018

TRAS LA PISTA DE LOS ASESINOS



ESPECIAL CICLO RANOWN (2)
(Seven men from now, 1956)

Dirección: Budd Boetticher
Guion: Burt Kennedy

Reparto:
- Randolph Scott: Ben Stride
- Gail Russell: Annie Greer
- Lee Marvin: Bill Masters
- Walter Reed: John Greer
- John Larch: Payte Bodeen
- Don “Red” Barry: Clete
- Fred Graham: Henchman
- John Beradino: Clint
- Chuck Roberson: Mason
- Stuart Whitman: Teniente Collins

Música: Henry Evers
Productora: Batjac Productions.  (USA)

Por Jesús Cendon. NOTA: 7’5

”La tierra se llenará de hombres cuando Stride pase por aquí”. Bill Masters a Payte Bodeen y sus hombres, implicados en el robo a la Wells Fargo, advirtiéndoles de la sed de venganza de Ben y su deseo de acabar con todos ellos.



ARGUMENTO: Ben Stride, antiguo sheriff de Sliver Spring, persigue incansablemente a los siete forajidos responsables del asesinato de su esposa en el asalto perpetrado en la oficina de la Wells Fargo. En su camino se encontrará con el matrimonio Greer, de viaje a California, y con Bill Masters, antiguo conocido de Ben, quien pretende adueñarse del producto del robo a la compañía.



En la fructífera unión entre Budd Boetticher, Randolph Scott y Burt Kennedy jugó un papel decisivo John Wayne al poseer los derechos del guion de “Tras la pista de los asesinos” a través de la Batjac (1). Su intención era, además de producirla, interpretar la película, pero su compromiso con John Ford para protagonizar “Centauros del desierto” le llevó a recomendar a Boetticher tanto a Scott como a Gail Russell (2), con quien había trabajado en “El ángel y el pistolero”, película igualmente producida por Wayne y dirigida por James Edward Grant en 1947.



El resultado es de todos conocido, un gran wéstern y el primero de uno de los ciclos más sugerentes de este género, en el que se aborda el tema de la búsqueda a través de los cuatro personajes principales de la película.



Ben Stride, interpretado por un impasible Randolph Scott, es un individuo mortificado por el asesinato de su esposa al sentirse responsable; ya que fue su negativa, por orgullo, a ejercer como alguacil tras haber perdido las elecciones  a sheriff de la ciudad la que llevó a su esposa a emplearse en la oficina de la Wells Fargo donde encontró la muerte. Busca incansablemente a los asesinos de su mujer para saciar su sed de venganza y como elemento de catarsis que lo libere de sus sentimientos de culpa.

El matrimonio Greer que, en busca de un futuro mejor y para superar sus problemas, no duda en iniciar un viaje tan esperanzador como incierto hacia California.



Mientras que Bill Masters (un impresionante Lee Marvin que dota a su personaje de una gran ambigüedad, además de un cierto atractivo) busca los 20.000 dólares producto del robo a la Wells Fargo. Su codicia, fruto de la necesidad, es fielmente plasmada por Boetticher en el último plano que muestra a Bill abrazando la caja con el contenido del robo.



Todo ello es narrado a través de un gran guion con alguna sorpresa respecto a las verdaderas motivaciones de los protagonistas, en el que la información al espectador se va dosificando y los personajes se caracterizan por su ambigüedad moral.





Así el carácter dual de Ben Stride se nos revela en las dos primeras secuencias del filme. En la magistral escena inicial, con una noche tomentosa símbolo de su carácter explosivo, nos muestra su lado más oscuro al acabar a sangre fría con dos de los forajidos; mientras que en la siguiente aparece su perfil más altruista al ayudar, primero, y prestarse a acompañar, después, al matrimonio Greer; reflejo aparente de la felicidad perdida por Ben tras la muerte de su mujer.



Lo mismo ocurre con Bill, un pistolero y antiguo conocido de Ben, cuyas motivaciones el espectador llega a entender; con una Annie Greer atraída desde el primer momento por Ben, quien le negará un beso de despedida a pesar de los sentimientos que comienza a florecer en su interior (extraordinaria por su sutileza la secuencia del baño de Annie); y con su marido, un hombre débil pero capaz de un último acto suicida y redentor.





El filme cuenta con escenas memorables. Destacando la del intento de seducción de Annie, en presencia de Ben y su marido, por parte de Bill revelando otro episodio del pasado del exsheriff poco edificante, y en la que de nuevo Boetticher se sirve de una noche tormentosa para acrecentar la tensión. Y los tres enfrentamientos finales (el de Ben con dos hombres de Payte, el de Bill con Payte y Clete, y el final entre Ben y Bill) enmarcados en el mismo paisaje rocoso que cobra un gran protagonismo. Son tres escenas magistrales perfectamente planificadas y montadas que culminan con el inevitable y esperado duelo entre los dos protagonistas rodado de forma original al no ver el espectador disparar a Ben (se ha comentado que Boetticher tuvo que hacer de la necesidad virtud al no ser muy rápido Scott desenfundando su revólver).



A la película, a pesar de su escasa duración, no le falta tampoco la denuncia de la situación de los pieles rojas obligados a tomar el hacha de guerra para no morir de hambre; y cuenta con un final relativamente esperanzador al atisbarse la posibilidad de rehacer la vida por parte del protagonista, quien decide ahora ocupar el cargo de alguacil y deja en suspenso una posible relación con Annie; aunque, como simboliza su cojera fruto de un disparo, las heridas en el alma siempre permanecen. 



(1) A partir de la década de los cincuenta John Wayne potenció su labor como productor. Así en este género, además de la película reseñada, se embarcó con su productora Batjac en títulos como “Hondo” (1953), vehículo pensado para ser protagonizado por Glenn Ford quien declinó la oferta por su mala relación con John Farrow; “El rostro de la pantera” (1954) protagonizado por Robert Mitchum y dirigido por William Wellman al que Wayne dio carta blanca tras haber quedado plenamente satisfecho con el rodaje de “Escrito en el cielo”; “Matar a un hombre” (1956), primer wéstern dirigido por Andrew Victor McLaglen interpretado por su amigo James Arness; “Caravana del Oeste” (1958), un wéstern menor con Victor Mature al frente del reparto; o la monumental “El Álamo” (1960).

(2) Gail Russell moriría a los treinta y seis años víctima del alcoholismo. De hecho las huellas de su adicción se aprecian en la película.