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miércoles, 26 de septiembre de 2018

CORAZONES INDOMABLES

(Drums Along The Mohawk, 1939)

Dirección: John Ford
Guion: Lamar Trotti y Sonya Levien

Reparto:
- Claudette Colbert: Lana Martin
- Henry Fonda: Gil Martin
- Edna May Oliver: Mrs. McKlennar
- John Carradine: Caldwell
- Ward Bond: Adam Hartman
- Arthur Shields: Reverendo Rosenkrantz
- Jessie Ralph: Mrs. Weaver

Música: Alfred Newman
Fotografía: Bert Glennon y Ray Rennahan
Productora: 20th Century Fox

Por: Sintu Amat Ferris. NOTA: 8’5.

Gil: Lo voy a intentar yo, Lana.
Lana: Te matarán.
Gil: Si llego al claro, no hay indio en la Tierra que pueda alcanzarme. Di que no estás asustada y quieres que vaya.
Lana: No estoy asustada y quiero que vayas.


“Corazones indomables” es el título rimbombante que le adjudicaron en castellano a “Drums Along The Mohawk” (algo así como “Tambores a lo largo del Valle de Mohawk”), y fue la primera película en color que rodó John Ford.

Fue el año 1939 un año de grandes producciones cinematográficas que trascenderían a las siguientes generaciones y escribirían la historia del cine en letras de oro: “Lo que el viento se llevó”, “La diligencia”, “Adiós, Mr. Chips”, “El Mago de Oz”, “Cumbres Borrascosas”, “Ninotchka”, “Intermezzo”, “Juárez”, “La vida privada de Elizabeth y Essex”, “Union Pacific”, “Vinieron las lluvias”, “Sólo los ángeles tienen alas” y la que nos ocupa.


ARGUMENTO: 1773. Gil y Lana Martin son una pareja de recién casados que se instalan en el Valle de Mohawk, cerca del lago Ontario, para empezar una nueva vida como colonos. Allí deberán enfrentarse a las tribus iroquesas que se han aliado con las tropas inglesas para luchar contra los americanos que claman por la independencia de los Estados Unidos durante los primeros días de la Revolución.


A pesar de sus irregularidades históricas, Ford realiza un film tan hermoso como vibrante, que va ganando en fuerza dramática a medida que avanza la acción. Rodada en exteriores naturales de Utah y en un hermoso Technicolor que muestra todos los tonos de la paleta, Ford parece inspirarse en la pintura americana del siglo XVIII, sobre todo la de Benjamin West, tanto en la composición del color como en la coreografía de los personajes. Un claro ejemplo de ello es la secuencia de la boda de Gil y Lana. Es una película absolutamente deslumbrante de ver, con unos exteriores bellamente fotografiados (los bosques muestran unos tonos verdes intensos, rojizos, marrones y ocres realmente espectaculares) por Bert Glennon y Ray Rennahan, responsables de la iluminación de “La diligencia” y “Río Grande”, también de Ford, el primero, y de “Duelo al Sol”, de Vidor, y “Los inconquistables”, de De Mille, el segundo.


Basada en la novela de Walter D. Edmonds, y con guión de Lamar Trotti y Sonya Levien, y participación no acreditada de William Faulkner, la película tiene tres partes claramente bien diferenciadas: en la primera, tras celebrar su boda en Nueva York, Gil y Lana Martin se trasladan al Valle de Mohawk, donde él es propietario de unas tierras. Allí empezarán de cero, labrarán sus tierras,construirán su hogar, se relacionarán con sus vecinos, ella se quedará embarazada y tendrán un primer contacto con William Caldwell (John Carradine), el villano de la función y el único basado en un personaje real. Cuando ya se han asentado, serán víctimas del primer ataque de los indios, comandados por Caldwell, que los dejarán sin tierras y sin casa. La segunda parte se inicia cuando los Martin, desahuciados y sin ninguna esperanza de prosperar, entran al servicio de la viuda McKlennar (Edna May Oliver) como labradores. Allí llevarán una vida tranquila, construirán su nuevo hogar, tendrán a su segundo hijo y Gil se marchará a luchar contra los ingleses,  aunque regresará un tiempo después en un emotivo reencuentro con Lana. Esta segunda parte finaliza con un nuevo ataque de los indios a la granja McKlennar.


La tercera parte se desarrolla en un nuevo escenario, el fuerte Schuyler, donde todos los colonos deben refugiarse ante un inminente ataque indio. Esta es la parte más violenta y en la que perecerán algunos de los personajes con los que nos hemos ido familiarizando durante la historia.




En cuanto al reparto, John Ford contó con dos de las estrellas más famosas del momento, aunque ambos fueron un grave error de cásting: Henry Fonda, que era un verdadero descendiente de los Fondas que se establecieron en el valle de Mohawk a mediados del siglo XVII, no daba el tipo como granjero, y Claudette Colbert, que ya tenía 36 años, parece salida directamente de un cocktail de Park Avenue (y que sustituyó a la incialmente prevista Linda Darnell). No obstante, ambos protagonizan escenas de gran fuerza dramática. Junto a ellos, el elenco característico de muchas películas de Ford: John Carradine, Ward Bond, Francis Ford, Arthur Shields, Russell Simpson o Jessie Ralph. En cierta ocasión, cuando se le preguntó al Maestro por qué utilizaba siempre a los mismos actores de reparto, respondió: “Porque son los únicos que siguen mis instrucciones.”


Pero quien de verdad se adueña de la función es Edna May Oliver, que interpreta a la viuda McKlennar, y que fue nominada al Oscar a la mejor actriz secundaria, que perdió frente a Hattie MacDaniel por “Lo que el viento se llevó”. Además de la de Oliver, la película recibiría otra nominación por la magnífica fotografía de Bert Glennon y Ray Rennahan.


Aunque es una de las cintas menos populares de John Ford, este Eastern o pre-Western, obtuvo cierto éxito en su momento, y contiene todos los temas fordianos por excelencia: la familia, el apego a la tierra, la importancia de la civilización, la patria, la camaradería, la crítica contra la hipocresía y la lucha contra los oprimidos (en esta ocasión los indios son retratados como verdaderamente salvajes y violentos, excepto en el personaje de Blue Back). Bellamente narrada y dirigida, con un lirismo que emociona pero no chirría y con su habitual humor en las escenas costumbristas, combina con excelencia las escenas épicas con escenas más intimistas. De todas las maravillosas imágenes que “Corazones indomables” destila, tres son los momentos que más me han impactado: 


- La secuencia en que Lana se despide de Gil, cuando este parte hacia la guerra, y cómo le vemos alejarse con la tropa mientras ella le sigue por los campos. Sublime.


- El regreso de los soldados en una noche de lluvia, y la búsqueda desesperada de Lana, angustiada por no encontrar vivo a su marido, hasta que al fin lo descubre herido en una cuneta del camino.



- Gil perseguido por tres indios a través de los bosques, tratando de llegar al fuerte más cercano para pedir ayuda, en una magnífica secuencia de secuencias, primero como cuatro siluetas recortadas en una maravillosa puesta de sol, después como presa asediada en una partida de caza. Pura narrativa cinematográfica.


Hay más, pero, para mí, estas tres secuencias sirven para demostrar por qué John Ford es tan grande. Y es porque no sólo expresan su profundo conocimiento del ser humano, sino porque evidencian también su exquisita sensibilidad visual,  cualidades ambas que pocos directores han llegado a poseer. 

Y eso, verdaderamente, es ser muy grande.


jueves, 25 de enero de 2018

ODIO CONTRA ODIO

(The Halliday brand, 1957)

Dirección: Joseph H. Lewis
Guion: George W. George, George F. Slavin

Reparto:
- Joseph Cotten: Daniel Halliday
- Viveca Lindfords: Aleta Burris
- Betsy Blair: Martha Halliday
- Ward Bond: Big Dan Halliday
- Bill Williams: Clay Halliday
- Jay C. Flippen: Chad Burris
- Christopher Dark: Jivaro Burris
- Jeannette Nolan: Nante
- Peter Ortiz: Manuel

Música: Stanley Wilson
Productora: Collier Young Production (USA). Distribuida por la United Artits

Por Jesús Cendón. NOTA: 7

“Yo levanté este pueblo desde sus ruinas. Lo hice con mano dura y así he actuado como sheriff. Es el único modo que conozco. Tal vez mandé matar a algún inocente pero tuve que hacerlo. Esas cosas suceden. Tienes que entender que es por el bien de todos” (Big Dan Halliday a su hijo Daniel delante de su hija, Martha, y del cadáver de Jivaro, prometido de esta).



Joseph H. Lewis es un director caído en el olvido que afortunadamente está siendo reivindicado en la actualidad, especialmente por sus incursiones en el thriller y en el cine negro con títulos tan atractivos como “Mi nombre es Julia Ross” (1945), “Relato criminal” (1949) y, sobre todo, las excelentes “El demonio de las armas” (1950) y “Agente especial” (“The Big Combo”,1955).



Su aportación al wéstern, sin llegar al nivel de sus noir, no carece de interés; siendo sin duda “Odio contra odio” su propuesta en este género más personal, atractiva y conseguida en la que se aprecia su rica experiencia en el cine negro tanto desde el punto de vista estético, con una fotografía caracterizada por los acentuados contrastes de la iluminación, como desde el punto de vista argumental, al cobrar gran importancia temas recurrentes en el citado género como la fatalidad y el peso del destino.



ARGUMENTO: Big Dan Halliday, ganadero y sheriff de una población fronteriza, se comporta de forma despótica como dueño y señor de haciendas y personas. Padre de tres hijos, la tragedia estallará en la familia tras haber permitido el linchamiento del prometido mestizo de su hija.



La película es un claro ejemplo del grado de madurez alcanzado por el wéstern en la década de los años cincuenta, con la proliferación de argumentos cada vez más complejos, y se incluye dentro de lo que podríamos denominar wésterns sobre dramas familiares, cuyas historias se centran en los conflictos surgidos en el interior de una familia de grandes terratenientes en la que, generalmente, el progenitor mantiene una actitud tiránica. Así, entroncaría con películas como “Duelo al sol” (King Vidor, 1946), “Las furias” (Anthony Mann, 1950) o la ya reseñada “Lanza rota” (Edward Dmytryk, 1954), con las que además comparte como arco argumental la denuncia del racismo latente en la sociedad.



No obstante, a diferencia de los anteriores, el filme contó con un presupuesto muy limitado (estamos ante una producción independiente de Collier Young distribuida por la United Artits, compañía cinematográfica especializada en dar su apoyo a este tipo de productos) y, como tal, atesora las principales virtudes del wéstern serie b, entre ellas su concisión. Así el director tan sólo necesito setenta y cinco minutos para desarrollar una historia de enfrentamientos intergeneracionales de gran profundidad. Muestra de esta exactitud y precisión a la hora de narrar es la primera y magnífica escena que, a través de un gran plano secuencia, nos introduce de lleno en el drama.





Junto a la capacidad de síntesis mostrada por Joseph H. Lewis, el filme destaca por su cuidado aspecto formal gracias tanto al director como a su operador Ray Renahhan, un gran director de fotografía galardonado por dos veces con el Oscar (“Lo que el viento se llevó” y “Sangre y arena”) y responsable de la fotografía de la mencionada “Duelo al sol”. Ambos dotan al filme de un marcado estilo expresionista, no sólo por la acentuación de los claroscuros, sino por la concepción de determinadas escenas, entre las que destaca la del asalto a la cárcel con el objeto de linchar a Jívaro, prometido de la hija de Big Dan Halliday, en la que se aprecia la huella de cineastas como Murnau y Lang. Además, Lewis nos ofrece toda una lección respecto a la utilización de la grúa y de los travellings, construyendo el filme a través de planos secuencia; y se muestra especialmente inspirado en la composición de los planos con una perfecta utilización de la profundidad de campo. Muestra del perfeccionismo formal alcanzado por la cinta es la secuencia protagonizada por Daniel y Aleta en torno a una fogata que sobresale por su peculiar belleza y su carácter onírico.



Pero el filme no es tan sólo un mero ejercicio de estilo vacío, sino que el virtuosismo técnico está al servicio de una historia, narrada a través de un extenso flashback, desgarradora y crudísima sobre el odio creciente entre un padre y su hijo con el racismo como telón de fondo.



Ward Bond, magnífico una vez más, encarna a Big Dan Halliday, un papel pensado para Charles Bickford. El típico hombre creado a sí mismo que no sólo levantó un gran imperio ganadero, sino que construyó una ciudad arrebatándoles el terreno a los indios. Es a la vez el dueño del rancho más grande de la comarca y el sheriff del lugar, manejando a su antojo todos los resortes del poder y grabando de forma real o simbólica su marca en todo y en todos (de ahí el título original, “The Halliday brand”). Acostumbrado a imponer su voluntad, no admite actuaciones y opiniones contrarias a los suyas; y aunque aparentemente tolera a los indios, incluso les cede tierras, no soportará el noviazgo de su hija con un mestizo al que, acusado de un asesinato, no protegerá permitiendo su ejecución.



A Joseph Cotten, sin duda un gran actor, se le ve incómodo en el papel de Daniel, el primogénito de Big Dan, quizás porque Ward Bond tan sólo era dos años mayor que él. Daniel, tan orgulloso como su padre, urdirá un plan tendente a aislar a su progenitor mostrándole vulnerable, con lo que perderá la confianza y el apoyo de sus vecinos. Así, al igual que el profeta homónimo, anunciará el final del imperio construido por su padre. Pero en el desarrollo del mismo se mostrará tan despiadado y cruel como Big Dan, de tal forma que Aleta, hermana de Jivaro por la que se siente atraído Daniel, le comentará: “Te has convertido en el hombre que odiabas”.



La disputa entre ambos culminará en una brutal pelea con graves consecuencia tanto físicas como emocionales para Big Dan. Aunque este, no acostumbrado a la derrota y a pesar de estar gravemente enfermo, intentará vengarse y acabar con su hijo hasta el último momento.



Como aspecto negativo del filme debo destacar los errores en el casting que deslucen en parte el resultado final. A un inapropiado Cotten hay que añadir a la actriz sueca Viveca Lindfords poco convincente como Aleta, personaje para el que se contó inicialmente con Debra Paget, y a Betsy Blair demasiado apagada como Martha Halliday. Una lástima, porque ambos personajes son interesantes y se muestran más racionales que los pasionales personajes masculinos.



De todos modos, “Odio contra odio” es un wéstern diferente, esplendido y oscuro, en el que tan sólo la última escena edulcora un poco la dureza del mismo, que, sin duda, hubiera tenido un final más acorde con el tono empleado si hubiera finalizado en la secuencia anterior, con el padre enfermo en su habitación y abandonado por sus hijos.




jueves, 15 de junio de 2017

TRES PADRINOS

3 Godfathers - 1948

Dirección: John Ford
Guion: Peter B. Kyne, Laurence Stallings, Frank S. Nugent

Reparto:
- John Wayne: Robert Marmaduke
- Pedro Armendariz: Pedro Roca
- Harry Carey Jr.: William Kearney
- Ward Bond: Perley "Buck" Sweet
- Mae Marsh: Mrs. Perley Sweet

Música: Richard Hageman
Productora: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) / Argosy Pictures
País:Estados Unidos
Por Seve Ferrón. Nota 7

(Robert Marmaduke Hightower a Pedro "Pete" Rocafuerte) "Tu y yo vamos a tener que masticar muchos cactus, si los encontramos..." 


Después de robar el banco de un pueblo, tres bandidos (John Wayne, Harry Carey. Jr y Pedro Armendáriz) se adentran en el abrasador desierto. Perseguidos por el Sheriff  Buck Sweet (Interpretado por un maravillosamente Ward Bond) se arrastran por el reseco paisaje y no encuentran agua sino a una mujer moribunda a punto de dar a luz en una carreta abandonada. Para honrar la voluntad póstuma de hacerse cargo del recién nacido, los tres bandidos atraviesan el infierno del desierto...



"Dedicada a Harry Carey, estrella brillante en el cielo de las primeras películas del Oeste" Así da comienzo "Tres padrinos" que destaca como uno de los western más interesantes y ciertamente mejor filmados del dúo Wayne-Ford. Bello visualmente es una encantadora ilusión casi religiosa, además de una fábula sentimental sobre una familia encontrada con una conmovedora dedicatoria que aparece tras el título principal.


"Tres padrinos" no es una obra maestra, incluso se podría decir que es un film "menor" si lo comparamos con otros títulos del tándem Wayne-Ford. Pero es un nostálgico y hermoso canto de fe, sacrificio y redención que se encuentra narrado de la forma más humana y sincera que podamos imaginar. Su tono religioso otorga  y revela el altísimo grado de creatividad por el que atravesaba el Maestro.


Durante toda su carrera John Ford, jugó con las ideas preconcebidas del público. El director creía que los malvados también tienen corazón y alma. En algunos casos, los protagonistas llegan al extremo de dar su vida por los demás. Un ejemplo: Tres hombres malos, Tragedia submarina, Prisionero del odio o en este caso Tres padrinos.


Brillantemente fotografiada en el  Death Valley  del desierto del Mojave, es una parábola  con formato de western que va cargándose de misticismo a medida que avanza la acción. Llena de momentos maravillosos como cuando Hightower, llega a un lugar habitado deposita al bebé en la barra de un Saloon pedía leche para el niño y una cerveza para él.


O en esa otra escena en la que de nuevo Hightower, muestra su compasión por su amigo muerto Abilene Kid, al colocarle el sombrero de manera que, incluso muerto, el chico pueda guarecerse del Sol.


Nueva version de (Hombres marcados 1919) es un relato corto de Peter B. Kyne, que sería llevado al cine en varias ocasiones. El antiguo western protagonizado por Harry Carey. Ford dedicó la película a su amigo Carey, ya fallecido, y aceptó al hijo de este, del mismo nombre, en su Stock Company.

Ford tiene la habilidad de darle al principiante Harry el papel de Abilene Kid, un chico sensible, religioso y de buen corazón. Así, las vacilaciones y algunas frases demasiado entonadas se camuflan en la bisoñez del personaje.


En definitiva que siendo como es "Tres padrinos" una obra esplendida, esta lejos de ser la mejor de cuantas protagonizará Duke, bajo la dirección de Ford. Incluso, sentada una vez más la premisa de que todas sus obras son grandes, se podría afirmar que es la menos fascinante, la que conteniendo pliegues de gran altura no los recubre todos con la misma maestría.

jueves, 6 de abril de 2017

PASIÓN DE LOS FUERTES

(My Darling Clementine - 1946)

Director: John Ford
Guion: Samuel G. Engel, Winston Miller

Intérpretes:
- Henry Fonda: Wyatt Earp
- Linda Darnell: Chihuahua
- Victor Mature: Doc Holliday
- Walter Brennan:Old Man Clanton
- Tim Holt: Virgil Earp
- Ward Bond: Morgan Earp
- Cathy Downs: Clementine Carter
- Alan Mowbray: Granville Thorndyke
- John Ireland: Billy Clanton

Música: Cyril Mockridge
País: Estados Unidos
Productora: 20th Century Fox

Por Quim Casals. NOTA: 9

- Mac, ¿has estado alguna vez enamorado?
- No, he sido camarero toda mi vida.

 


Decía Lindasy Anderson en su estupendo documental sobre John Ford que si La diligencia era prosa, y muy buena prosa, Pasión de los fuertes era poesía. Posiblemente sea una aseveración algo esquemática, pero sin duda resulta muy oportuna para acercarse a una propuesta marcada por su carácter profundamente lírico. Un carácter que ya anticipa el título original, prestado de la bella balada tradicional My Darling Clementine, cuyas notas acompañan unos muy originales créditos de inicio, con la cámara descendiendo sobre postes señalizadores de madera que contienen el reparto artístico y técnico, y que décadas después inspirarían a Coppola para los de Corazonada.


A partir de ese momento da comienzo la recreación de uno los más legendarios episodios del lejano Oeste, la relación entre el sheriff Wyatt Earp y el jugador Doc Hollyday, culminada en el duelo en el OK Corral de Tombstone contra el clan de los Clanton. Pero Pasión de los fuertes se aleja cuanto quiere, y he ahí su principal clave, de la llamada «verdad histórica» para erigirse en elegía mítica, en cántico que a menudo desoye la ortodoxia narrativa hollywoodiense, donde cada escena ha de servir para avanzar la acción, y que prefiere adentrarse en hermosos y emotivos meandros.


Cualquier espectador que lleve años sin verla posiblemente haya olvidado detalles de la trama, pero estoy convencido que en la retina de su memoria permanece el rostro de Doc Hollyday, ante la atenta mirada de Wyatt Earp, terminando de recitar el monólogo del To be or no to be que el actor de teatro se ve incapaz de continuar en el humeante tugurio dominado por los Clanton o la ya icónica estampa de Wyatt Earp recostando sus largas piernas en uno de los postes del porche.


Es en estos y en muchos otros momentos que emerge en toda su deslumbrante plenitud la poética de John Ford como forjador de imágenes pregnantes: ahí están, siempre en un contrastado y expresionista blanco y negro (ejemplar en todo el film el trabajo fotográfico de Joseph McDonald) el plano sostenido en el campamento sobre el pequeño de los Earp despidiéndose de sus hermanos, premonitorio de su despedida de la película, el fantasmagórico plano general del cielo y las nubes sobre las luces nocturnas de Tombstone, la lluvia fangosa que anega los utensilios del campamento, las miradas cruzadas de cine mudo entre los Earp y los Clanton con los largos chubasqueros empapados, el juego con la profundidad de campo usando la barra del bar en la primera conversación entre Wyatt y Hollyday, la silueta completamente en negro, como el espectro errante que es, de Doc Hollyday frente a la ventana de su habitación, el ceremonioso travelling que acompaña entre los porches a Wyatt Earp y Clementine dirigiéndose a la inauguración de la iglesia, las imágenes contrapicadas que enfatizan allí su animado baile o, en fin, el solitario pañuelo que queda prendado de los tablones tras ser abatido Hollyday.
Es encomiable la precisión absoluta de la puesta en escena, con la ajustada composición de cada imagen y el ritmo del montaje, y cabe destacar también el uso ejemplar del sonido, tanto de la sensible partitura, como de la música diegética (el piano y las canciones en el bar, Wyatt silbando la melodía de My Darling Clementine -revelando así en quién piensa-, el coro lejano del espiritual Shall We Gather At The River que acuna el antes mencionado travelling con Wyatt y Clementine, el baile…), como de su ausencia: Repárese en el hecho, en absoluto casual y sí deudor de lo genial, que las dos únicas escenas de acción del film, la cabalgada de Wyatt Earp tras el carromato de Hollyday, y el duelo en el OK Corral carecen de acompañamiento musical.



En calculada rima visual, dos planos del film devuelven a Wyatt Earp y Doc Hollyday el reflejo de su rostro, es decir, nos muestran en segunda instancia cómo se ven a sí mismos. En el caso del primero, ataviado con sus mejores galas de domingo y algo azorado ante el espejo que sostiene el barbero, pero desvelando a su vez el narcisismo social que subyace en él. Porque si bien por un lado el personaje representa los valores nobles del amor por su familia (el dolor por la muerte de los hermanos y, ante todo, el dolor que sabe sentirán sus padres) de la lealtad, la prudencia, el sentido de la justicia, la valentía y la heroicidad, también ciertamente resulta bastante antipático su clasismo y puritanismo, como se ve en su llegada a Tombstone cuando tras reducir al indio borracho exclama: «¿qué clase de ciudad es esta que da alcohol a un indio?» (comentario y escena en general que, todo hay que decirlo, tratándose de un western absolutamente urbano, se convierte en un del todo innecesario y molesto borrón de tintes racistas) y, por encima todo, en el indisimulado desprecio y trato denigrante que muestra hacia Chihuahua a lo largo de todo el metraje (muy repelente, por injustificado y gratuito, su gesto en el porche ante ella como si pedaleara) por su vulgaridad y condición de fulana, en diáfano contraste con la fascinación que siente ante la imagen blanca, pura y virginal de Clementine desde el primer instante que la ve.


Dicha imagen idealizada de Clementine sirve, a su vez (estamos, eso hay que decirlo también, en un imaginario masculino muy fordiano, donde el rol de la mujer no se define desde su personalidad individual sino que está al servicio de la definición del rol masculino) para sugerir sutilmente la decadencia de Doc Hollyday, sin necesidad de haberlo visto en su plenitud. Porque muy distinto debía ser ese hombre en su vida anterior para que una mujer de las características de Clementine haya recorrido medio Oeste a su encuentro. «El hombre que tú conocías ha muerto», le dice Hollyday, a lo que Clementine responde: «No debes huir de ti mismo. Ahora ya sé porque no le tienes ningún apego a la vida, lo que estás haciendo es matarte». Seguidamente, en la soledad de su habitación, Hollyday, borracho, verá su rostro reflejado en el cristal de su diploma como médico, y tras musitar con cinismo «doctor John Holliday», estampará con rabia  el vaso contra el cristal. Mayor elocuencia, imposible.



En cada aparición este personaje autodestructivo, enfermo y alcoholizado, eminentemente trágico, que se odia a sí mismo y sabe que la única paz la hallará en el instante que exhale su último suspiro de vida, se condensa la profunda emoción que como espectador me transmite Pasión de los fuertes, y que alcanza su cénit en las últimas palabras y miradas que se dirigen con Chihuahua tras operarla. El rostro de ella, cristalino, bellísimo y serenamente triste, y él de él, medio oculto por las sombras, en una escena de una ternura y un lirismo arrebatador, que para mí constituye una de las más altas cimas románticas en la obra de su autor.



Soy consciente que hay que ser muy irresponsable para atreverse a alabar en público las virtudes interpretativas del casi siempre mediocre o hasta pésimo Victor Mature, pero me parece de justicia reivindicarle aquí. Sus labios caídos y sus ojos de besugo entran en flagrante contradicción con la figura de galán que tantas veces encarnó. Se me antojan, no obstante, ideales para ese antihéroe absoluto, más hustoniano que fordiano, que es el doctor Hollyday.



Ya para finalizar, recordemos que en un momento dado de la película Doc Hollyday pretende provocar a los presentes en el bar para que disparen sobre él. El sheriff Wyatt Earp lo detiene, diciéndole que el pueblo está lleno de hombres deseosos que caiga borracho para disparar sobre él y ganarse la reputación de ser «el hombre que mató a Doc Hollyday». Este sin duda muy curioso y directo apunte a la mayor, para mi gusto, obra maestra de John Ford, resulta del todo pertinente, pues de manera clarísima acabaron constituyendo las dos caras de la moneda en torno a la relación entre la leyenda y la realidad. Si El hombre que mató a Liberty Valance es una reflexión sobre la necesidad de las sociedades de configurarse a través de una mitología que suplante lo verídico, su reverso, Pasión de los fuertes, contiene en su seno la eterna magia de la obra hecha del material con el que se forjan los sueños.