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jueves, 15 de junio de 2017

TRES PADRINOS

3 Godfathers - 1948

Dirección: John Ford
Guion: Peter B. Kyne, Laurence Stallings, Frank S. Nugent

Reparto:
- John Wayne: Robert Marmaduke
- Pedro Armendariz: Pedro Roca
- Harry Carey Jr.: William Kearney
- Ward Bond: Perley "Buck" Sweet
- Mae Marsh: Mrs. Perley Sweet

Música: Richard Hageman
Productora: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) / Argosy Pictures
País:Estados Unidos
Por Seve Ferrón. Nota 7

(Robert Marmaduke Hightower a Pedro "Pete" Rocafuerte) "Tu y yo vamos a tener que masticar muchos cactus, si los encontramos..." 


Después de robar el banco de un pueblo, tres bandidos (John Wayne, Harry Carey. Jr y Pedro Armendáriz) se adentran en el abrasador desierto. Perseguidos por el Sheriff  Buck Sweet (Interpretado por un maravillosamente Ward Bond) se arrastran por el reseco paisaje y no encuentran agua sino a una mujer moribunda a punto de dar a luz en una carreta abandonada. Para honrar la voluntad póstuma de hacerse cargo del recién nacido, los tres bandidos atraviesan el infierno del desierto...



"Dedicada a Harry Carey, estrella brillante en el cielo de las primeras películas del Oeste" Así da comienzo "Tres padrinos" que destaca como uno de los western más interesantes y ciertamente mejor filmados del dúo Wayne-Ford. Bello visualmente es una encantadora ilusión casi religiosa, además de una fábula sentimental sobre una familia encontrada con una conmovedora dedicatoria que aparece tras el título principal.


"Tres padrinos" no es una obra maestra, incluso se podría decir que es un film "menor" si lo comparamos con otros títulos del tándem Wayne-Ford. Pero es un nostálgico y hermoso canto de fe, sacrificio y redención que se encuentra narrado de la forma más humana y sincera que podamos imaginar. Su tono religioso otorga  y revela el altísimo grado de creatividad por el que atravesaba el Maestro.


Durante toda su carrera John Ford, jugó con las ideas preconcebidas del público. El director creía que los malvados también tienen corazón y alma. En algunos casos, los protagonistas llegan al extremo de dar su vida por los demás. Un ejemplo: Tres hombres malos, Tragedia submarina, Prisionero del odio o en este caso Tres padrinos.


Brillantemente fotografiada en el  Death Valley  del desierto del Mojave, es una parábola  con formato de western que va cargándose de misticismo a medida que avanza la acción. Llena de momentos maravillosos como cuando Hightower, llega a un lugar habitado deposita al bebé en la barra de un Saloon pedía leche para el niño y una cerveza para él.


O en esa otra escena en la que de nuevo Hightower, muestra su compasión por su amigo muerto Abilene Kid, al colocarle el sombrero de manera que, incluso muerto, el chico pueda guarecerse del Sol.


Nueva version de (Hombres marcados 1919) es un relato corto de Peter B. Kyne, que sería llevado al cine en varias ocasiones. El antiguo western protagonizado por Harry Carey. Ford dedicó la película a su amigo Carey, ya fallecido, y aceptó al hijo de este, del mismo nombre, en su Stock Company.

Ford tiene la habilidad de darle al principiante Harry el papel de Abilene Kid, un chico sensible, religioso y de buen corazón. Así, las vacilaciones y algunas frases demasiado entonadas se camuflan en la bisoñez del personaje.


En definitiva que siendo como es "Tres padrinos" una obra esplendida, esta lejos de ser la mejor de cuantas protagonizará Duke, bajo la dirección de Ford. Incluso, sentada una vez más la premisa de que todas sus obras son grandes, se podría afirmar que es la menos fascinante, la que conteniendo pliegues de gran altura no los recubre todos con la misma maestría.

jueves, 6 de abril de 2017

PASIÓN DE LOS FUERTES

(My Darling Clementine - 1946)

Director: John Ford
Guion: Samuel G. Engel, Winston Miller

Intérpretes:
- Henry Fonda: Wyatt Earp
- Linda Darnell: Chihuahua
- Victor Mature: Doc Holliday
- Walter Brennan:Old Man Clanton
- Tim Holt: Virgil Earp
- Ward Bond: Morgan Earp
- Cathy Downs: Clementine Carter
- Alan Mowbray: Granville Thorndyke
- John Ireland: Billy Clanton

Música: Cyril Mockridge
País: Estados Unidos
Productora: 20th Century Fox

Por Quim Casals. NOTA: 9

- Mac, ¿has estado alguna vez enamorado?
- No, he sido camarero toda mi vida.

 


Decía Lindasy Anderson en su estupendo documental sobre John Ford que si La diligencia era prosa, y muy buena prosa, Pasión de los fuertes era poesía. Posiblemente sea una aseveración algo esquemática, pero sin duda resulta muy oportuna para acercarse a una propuesta marcada por su carácter profundamente lírico. Un carácter que ya anticipa el título original, prestado de la bella balada tradicional My Darling Clementine, cuyas notas acompañan unos muy originales créditos de inicio, con la cámara descendiendo sobre postes señalizadores de madera que contienen el reparto artístico y técnico, y que décadas después inspirarían a Coppola para los de Corazonada.


A partir de ese momento da comienzo la recreación de uno los más legendarios episodios del lejano Oeste, la relación entre el sheriff Wyatt Earp y el jugador Doc Hollyday, culminada en el duelo en el OK Corral de Tombstone contra el clan de los Clanton. Pero Pasión de los fuertes se aleja cuanto quiere, y he ahí su principal clave, de la llamada «verdad histórica» para erigirse en elegía mítica, en cántico que a menudo desoye la ortodoxia narrativa hollywoodiense, donde cada escena ha de servir para avanzar la acción, y que prefiere adentrarse en hermosos y emotivos meandros.


Cualquier espectador que lleve años sin verla posiblemente haya olvidado detalles de la trama, pero estoy convencido que en la retina de su memoria permanece el rostro de Doc Hollyday, ante la atenta mirada de Wyatt Earp, terminando de recitar el monólogo del To be or no to be que el actor de teatro se ve incapaz de continuar en el humeante tugurio dominado por los Clanton o la ya icónica estampa de Wyatt Earp recostando sus largas piernas en uno de los postes del porche.


Es en estos y en muchos otros momentos que emerge en toda su deslumbrante plenitud la poética de John Ford como forjador de imágenes pregnantes: ahí están, siempre en un contrastado y expresionista blanco y negro (ejemplar en todo el film el trabajo fotográfico de Joseph McDonald) el plano sostenido en el campamento sobre el pequeño de los Earp despidiéndose de sus hermanos, premonitorio de su despedida de la película, el fantasmagórico plano general del cielo y las nubes sobre las luces nocturnas de Tombstone, la lluvia fangosa que anega los utensilios del campamento, las miradas cruzadas de cine mudo entre los Earp y los Clanton con los largos chubasqueros empapados, el juego con la profundidad de campo usando la barra del bar en la primera conversación entre Wyatt y Hollyday, la silueta completamente en negro, como el espectro errante que es, de Doc Hollyday frente a la ventana de su habitación, el ceremonioso travelling que acompaña entre los porches a Wyatt Earp y Clementine dirigiéndose a la inauguración de la iglesia, las imágenes contrapicadas que enfatizan allí su animado baile o, en fin, el solitario pañuelo que queda prendado de los tablones tras ser abatido Hollyday.
Es encomiable la precisión absoluta de la puesta en escena, con la ajustada composición de cada imagen y el ritmo del montaje, y cabe destacar también el uso ejemplar del sonido, tanto de la sensible partitura, como de la música diegética (el piano y las canciones en el bar, Wyatt silbando la melodía de My Darling Clementine -revelando así en quién piensa-, el coro lejano del espiritual Shall We Gather At The River que acuna el antes mencionado travelling con Wyatt y Clementine, el baile…), como de su ausencia: Repárese en el hecho, en absoluto casual y sí deudor de lo genial, que las dos únicas escenas de acción del film, la cabalgada de Wyatt Earp tras el carromato de Hollyday, y el duelo en el OK Corral carecen de acompañamiento musical.



En calculada rima visual, dos planos del film devuelven a Wyatt Earp y Doc Hollyday el reflejo de su rostro, es decir, nos muestran en segunda instancia cómo se ven a sí mismos. En el caso del primero, ataviado con sus mejores galas de domingo y algo azorado ante el espejo que sostiene el barbero, pero desvelando a su vez el narcisismo social que subyace en él. Porque si bien por un lado el personaje representa los valores nobles del amor por su familia (el dolor por la muerte de los hermanos y, ante todo, el dolor que sabe sentirán sus padres) de la lealtad, la prudencia, el sentido de la justicia, la valentía y la heroicidad, también ciertamente resulta bastante antipático su clasismo y puritanismo, como se ve en su llegada a Tombstone cuando tras reducir al indio borracho exclama: «¿qué clase de ciudad es esta que da alcohol a un indio?» (comentario y escena en general que, todo hay que decirlo, tratándose de un western absolutamente urbano, se convierte en un del todo innecesario y molesto borrón de tintes racistas) y, por encima todo, en el indisimulado desprecio y trato denigrante que muestra hacia Chihuahua a lo largo de todo el metraje (muy repelente, por injustificado y gratuito, su gesto en el porche ante ella como si pedaleara) por su vulgaridad y condición de fulana, en diáfano contraste con la fascinación que siente ante la imagen blanca, pura y virginal de Clementine desde el primer instante que la ve.


Dicha imagen idealizada de Clementine sirve, a su vez (estamos, eso hay que decirlo también, en un imaginario masculino muy fordiano, donde el rol de la mujer no se define desde su personalidad individual sino que está al servicio de la definición del rol masculino) para sugerir sutilmente la decadencia de Doc Hollyday, sin necesidad de haberlo visto en su plenitud. Porque muy distinto debía ser ese hombre en su vida anterior para que una mujer de las características de Clementine haya recorrido medio Oeste a su encuentro. «El hombre que tú conocías ha muerto», le dice Hollyday, a lo que Clementine responde: «No debes huir de ti mismo. Ahora ya sé porque no le tienes ningún apego a la vida, lo que estás haciendo es matarte». Seguidamente, en la soledad de su habitación, Hollyday, borracho, verá su rostro reflejado en el cristal de su diploma como médico, y tras musitar con cinismo «doctor John Holliday», estampará con rabia  el vaso contra el cristal. Mayor elocuencia, imposible.



En cada aparición este personaje autodestructivo, enfermo y alcoholizado, eminentemente trágico, que se odia a sí mismo y sabe que la única paz la hallará en el instante que exhale su último suspiro de vida, se condensa la profunda emoción que como espectador me transmite Pasión de los fuertes, y que alcanza su cénit en las últimas palabras y miradas que se dirigen con Chihuahua tras operarla. El rostro de ella, cristalino, bellísimo y serenamente triste, y él de él, medio oculto por las sombras, en una escena de una ternura y un lirismo arrebatador, que para mí constituye una de las más altas cimas románticas en la obra de su autor.



Soy consciente que hay que ser muy irresponsable para atreverse a alabar en público las virtudes interpretativas del casi siempre mediocre o hasta pésimo Victor Mature, pero me parece de justicia reivindicarle aquí. Sus labios caídos y sus ojos de besugo entran en flagrante contradicción con la figura de galán que tantas veces encarnó. Se me antojan, no obstante, ideales para ese antihéroe absoluto, más hustoniano que fordiano, que es el doctor Hollyday.



Ya para finalizar, recordemos que en un momento dado de la película Doc Hollyday pretende provocar a los presentes en el bar para que disparen sobre él. El sheriff Wyatt Earp lo detiene, diciéndole que el pueblo está lleno de hombres deseosos que caiga borracho para disparar sobre él y ganarse la reputación de ser «el hombre que mató a Doc Hollyday». Este sin duda muy curioso y directo apunte a la mayor, para mi gusto, obra maestra de John Ford, resulta del todo pertinente, pues de manera clarísima acabaron constituyendo las dos caras de la moneda en torno a la relación entre la leyenda y la realidad. Si El hombre que mató a Liberty Valance es una reflexión sobre la necesidad de las sociedades de configurarse a través de una mitología que suplante lo verídico, su reverso, Pasión de los fuertes, contiene en su seno la eterna magia de la obra hecha del material con el que se forjan los sueños.



miércoles, 1 de febrero de 2017

HONDO

(Hondo - 1953)
Director: John Farrow
Guion: James Edward Grant
Intérpretes:
- John Wayne: Hondo Lane
- Geraldine Page: Angie Lowe
- Ward Bond: Búfalo Baker
- Michael Pate: Vittorio
- James Arness: Lennie
- Rodolfo Acosta: Silva
- Paul Fix: Comandante Sherry

Música: Hugo Friedhofer, Emil Newman

Productora: Warner Bross. Wayne-Fellows Production
País: Estados Unidos

Por: Jesús Cendón. Nota: 7’5
“Será el fin de los apaches”.
“Sí. Adiós a una forma de vida. Lástima, es buena” (Conversación entre Búfalo y Hondo tras haber derrotado a los indios).


ARGUMENTO: Durante las guerras con los apaches Hondo Lane, un honesto y enigmático correo del ejército, encuentra en un rancho aislado a una mujer y a su hijo. Al negarse a acompañarle al fuerte se convertirá en su protector y en el  mentor del niño; al mismo tiempo que surgirá una fuerte atracción entre los dos adultos.


A comienzos de la década de los cincuenta John Wayne se había convertido en una gran estrella de Hollywood, gracias sobre todo a sus colaboraciones con Ford (la llamada Trilogía de la caballería y “El hombre tranquilo”), Hawks (“Río Rojo”) y Allan Dwan (“Arenas  sangrientas” con la que obtuvo una nominación al Oscar al mejor actor), por lo que decidió crear junto a Robert Fellows la Wayne-Fellows Productions, antecedente de la Batjac, con el objeto de producir sus películas.


Consecuencia de ello fue este filme basado en el relato corto “El regalo de Cochise” del gran especialista Louis L’Amour (tanto el cuento como la posterior novela han sido editados por Valdemar en su lujosa colección Frontera). Para adaptarlo a la pantalla contó con un hombre de su entera confianza con el que trabajaría asiduamente, James Edward Grant, que potenció el carácter intimista del relato; mientras que encargó la dirección a John Farrow, padre de Mia Farrow, aunque él también rodó alguna secuencia.


El resultado fue un western contemplativo, pausado, de una gran belleza (no en vano intervino Robert Burks, el director de fotografía favorito de Alfred Hitchcock) e impecablemente rodado cuyo esqueleto argumental remite a “Raíces profundas”, principalmente en la relación de Hondo con el hijo de Angie, en el que lírica y épica se dan la mano y es afín a la corriente cinematográfica reivindicativa del indio y su cultura surgida desde finales de los años cuarenta (“Fort Apache”, “Flecha rota”, “Yuma”, “Apache”, “La puerta del diablo”).


Así el protagonista, Hondo Lane, es un medio indio, casado en el pasado con una nativa, que convivió durante un tiempo con los pieles rojas y no sólo respeta su forma de vida, más apegada a la naturaleza, sino que parece admirarla.


Asimismo se nos presenta a Vittorio (Michael Pate) como un hombre honorable (el respeto a uno mismo y a los demás es otro de los temas que aborda la película), víctima de las guerras con el hombre blanco (todos sus hijos han muerto) y fiel a la palabra dada (la película deja constancia de que es el gobierno estadounidense el que ha roto el tratado de paz y Hondo llega a comentar que: “La palabra mentira no existe en la lengua apache y les han mentido”).



Evidentemente, la historia está contada desde el punto de vista del hombre blanco y, por tanto, resalta las masacres perpetradas por los apaches, pero no deja de ser un filme honrado sobre la extinción de la cultura del búfalo y de las grandes praderas norteamericanas.


La película que fue rodada en 3D, un sistema pensado para atraer al público a las salas ante la creciente competencia de la televisión, cuenta además con escenas espectaculares, como la lucha de Hondo con Silva en el poblado y, sobre todo, la gran batalla final que parece ser fue filmada por John Ford (1), aunque existen testimonios dispares sobre la participación del genial director en el filme.


Igualmente cuenta con una gran interpretación de un John Wayne en su mejor momento que incluso se muestra inusitadamente romántico en varias escenas. Sin duda el personaje de Hondo sirvió decisivamente para forjar la imagen del mejor cowboy de Hollywood; aunque, curiosamente, la primera opción barajada fue Glenn Ford, quien rehusó participar en el filme por su mala relación con John Farrow tras su colaboración en “Saqueo al sol” (1953), también producida por la Wayne-Fellows.


Para el papel de Angie Lowe se escogió a la reputada actriz de teatro Geraldine Page que borda su personaje (prácticamente debutante sería nominada al Oscar como actriz secundaria). Además intervinieron característicos secundarios, todos ellos amigos del protagonista, de la talla de Ward Bond con el que el Duke siempre tuvo una química especial, Paul Fix y James Arness, al que Wayne recomendó para interpretar al sheriff Matt Dillon, personaje pensado inicialmente para él, en la legendaria “La ley del revólver”.


En definitiva, un western sólido y profundamente clásico que se encuentra entre los mejores de los interpretados por el Duke, una vez excluidos lógicamente los rodados junto a John Ford, Howard Hawks y Henry Hathaway y por el que reconozco tengo debilidad.


Por último, comentaros dos cuestiones respecto a la película:
El filme ha sido durante mucho tiempo uno de los westerns menos conocidos de los interpretados por John Wayne dados los problemas que hubo con los derechos de propiedad, por lo que hasta hace poco tiempo no pudo emitirse en televisión, ni editarse en DVD.
A partir de ella se filmó una serie de televisión en la que Michael Pate repitió su papel de Vitorio.
(1) Parece ser que Ford se ofreció a finalizar la película ya que John Farrow tuvo que abandonarla por un problema contractual.



miércoles, 9 de noviembre de 2016

CARAVANA DE PAZ

(Wagon Master) - 1950

Director: John Ford
Guion: Frank S. Nugent y Patrick Ford

Intérpretes:
-Ben Johnson: Travis
-Ward Bond: Elder Wiggs
-Joanne Dru: Denver
-Harry Carey Jr.: Sandy
-Charles Kemper: Shiloh Clegg
-Jane Darwell: Sister Ledyard
-Russell Simpson: Adam Perkins
-James Arness: Floyd Clegg

Música: Richard Hageman

Productora: RKO Pictures - Argosy Pictures
País: Estados Unidos

Por: Xavi J. PruneraNota: 8

No disparo a hombres. Solo a serpientes (Travis a Elder refiriéndose a los Clegg)



SINOPSIS: Travis y Sandy son dos jóvenes tratantes de caballos que aceptan guiar a un grupo de mormones desde el este del país hasta las fértiles tierras del valle de San Juan (California). Durante el viaje se les unirán un trío de artistas y curanderos ambulantes y un grupo de forajidos, los Clegg, a quienes persigue la justicia.



A caballo entre sus primeras obras maestras (“La diligencia”, “Las uvas de la ira”, “¡Qué verde era mi valle!”, “Pasión de los fuertes” o la trilogía de la caballería) y sus obras de madurez (“El hombre tranquilo”, “Centauros del desierto” o “El hombre que mató a Liberty Valance”), “Caravana de paz” no es, ni por asomo, uno de los grandes títulos de John Ford. Y no lo es por una sencilla razón: porque John Ford tiene obras maestras a mansalva. Como poco, diez mejores que ésta. O, al menos, mucho más conocidas.



También es posible que no la consideremos una obra maestra porque, obviamente, nos estamos refiriendo a un western de bajo presupuesto. Sin demasiados recursos, sin actores de relumbrón y pocas o nulas pretensiones. Aún así, “Caravana de paz” me parece —indudablemente— un gran western. Y me lo parece, entre otras cosas, porque sintetiza a la perfección lo que para John Ford era un western. Porque lo dirigió sin presiones, sin ataduras, sin imposiciones. Con total y absoluta libertad creativa. Y eso, naturalmente, se nota.



Precisamente, por eso, me gusta “Caravana de paz”. Porque esa simplicidad, esa naturalidad, esa ingenuidad que para muchos constituye el pequeño gran handicap de este western para mi es, paradójicamente, su pequeño gran acierto. Porque a veces, muchas veces, menos es más. Porque muchas veces las grandes historias, los grandes intérpretes y las grandes secuencias no nos permiten ver o apreciar detalles más banales o triviales en los que, precisamente, se encuentra la verdadera esencia de un cineasta. Como en “Caravana de paz”, por ejemplo. Un western cuyo escueto guión y modestos actores (todos ellos secundarios, por cierto, en otros films del maestro) no maquillan ni camuflan a un John Ford en estado puro. Espontáneo, desatado y libre como el viento.



Así pues, yo diría que el sencillo guión de esta peli (de cariz prácticamente semidocumental, por cierto) viene a ser —a mi juicio— como una especie de hábil pretexto para dar rienda suelta a las célebres constantes “fordianas” de su autor. A todas y cada una de ellas.



Empezando por ese espectacular Monument Valley donde Ford parecía sentirse como pez en el agua, continuando por ese gran sentimiento de pertenencia a una comunidad que simboliza la propia caravana y que tanto apreciaba Ford, prosiguiendo por ese inconfundible, peculiar y genuino sentido del humor que tan presente está en todas sus pelis y acabando por ese espléndido homenaje a los personajes secundarios de todos sus filmes a los que siempre respetó de forma cuasi religiosa. Máxime teniendo en cuenta, además, que los dos protagonistas principales de “Caravana de paz” (Ben Johnson y Ward Bond) fueron, habitualmente, secundarios en muchas otras pelis suyas.



Que lo más sorprendente o valioso de esta peli esté en los pequeños detalles (en las carretas vadeando el río, en un cubo llenándose de agua, etc…) y en aspectos total y absolutamente cotidianos (como el baile nocturno, por ejemplo) no significa —sin embargo— que “Caravana de paz” carezca de valores, digamos, más trascendentales. Y es que no olvidemos que una travesía de estas características debe poseer, naturalmente, un componente épico. No sólo porque en el trayecto pueden aparecer indios, sino porque también pueden aparecer forajidos y también puede escasear la comida y el agua.



Pero, básicamente, porque un viaje de este tipo requiere que tanto los caballos como los hombres tiren del carro. Los primeros, físicamente. Y los segundos, mental o espiritualmente. Algo que, sin lugar a dudas, harán este grupo de mormones. Gente de fe y convicciones a prueba de bombas. Y eso es, precisamente, lo que convierte esta larga y peligrosa peregrinación en una epopeya, en una odisea, en un auténtico éxodo. En una “road movie”, en definitiva, de claras e incuestionables resonancias bíblicas.



Ocho sólidas estrellitas, pues, para un western que reúne lo mejor de John Ford y que, pese a su modestia y cotidianeidad, también contiene la justa y necesaria proporción de violencia (sobre todo al principio y al final) que debe atesorar cualquier peli del oeste que se precie. Ah, y frases memorables también. La que encabeza esta crítica, por citar alguna, es un buen ejemplo.



jueves, 19 de mayo de 2016

JOHNNY GUITAR

(Johnny Guitar) - 1954

Director: Nicholas Ray
Guion: Philip Yordan (basado en la novela de Roy Chanslor)

Intérpretes:
Joan Crawford: Vienna
- Sterling Hayden: Johnny Guitar Logan
- Mercedes McCambridge: Emma Small
- Scott Brady: Dancin' kid
- Ward Bond: John McIvers
- Ben Cooper: Turkey Ralston
- Ernest Borgnine: Bart Lonergan
- John Carradine: Old Tom


Música: Victor Young

Productora: Republic Pictures
País: Estados Unidos

Por: Xavi J. PruneraNota: 9

Johnny Guitar: Nunca le doy la mano a un pistolero zurdo

SINOPSIS: Johnny Guitar Logan (Sterling Hayden), un antiguo pistolero que desea cambiar de vida, llega al Vienna’s Saloon dispuesto a ofrecer sus servicios como guitarrista. Instalado a las afueras de un pequeño pueblo de Arizona, en medio de la nada, el Vienna’s Saloon es una casa de juegos propiedad de Vienna (Joan Crawford), un antiguo amor de Johnny.



Simultáneamente, una diligencia es asaltada por unos forajidos que matan al hermano de Emma Small (Mercedes McCambridge), la influyente y psicótica propietaria de un rancho cercano. Emma acusa injustamente a Dancin’ Kid (Scott Brady) y sus hombres, un grupo de exmineros, del asalto y el asesinato de su hermano porque no puede soportar que Dancin’ Kid prefiera a Vienna antes que a ella. Cuando el exminero y su banda roban el banco local, Emma implicará a Vienna en el asalto y organizará una batida para detenerles y ahorcarles. Johnny, sin embargo, intentará impedirlo.



¿Es un western? ¿Un romance? ¿Un melodrama? ¿Una tragedia de inconfundible tinte griego? ¿Alguien podría clasificarla? No, no lo creo. Porque más allá de todo eso, “Johnny Guitar” es —fundamentalmente— una peli inclasificable. Una peli demasiado grande para poder delimitarla tan fácilmente. Una peli que trasciende las divisorias de cualquier topic que se os ocurra para situarse, simple y llanamente, en ese sacrosanto tabernáculo en el que encontramos a los mejores films de todos los tiempos.



Hay, sin lugar a dudas, algo mágico en ella. Algo mágico, hipnótico y adictivo. Algo que no te deja indiferente y que te induce a amarla o a odiarla con la misma intensidad. Quizás sea la penetrante mirada de Vienna, el enigmático pasado de Johnny, la magistral partitura de Victor Young, su ineludible lectura cromática o ese desbordante torrente de aforismos con el que podrías empapelar tu casa. No lo sé.



Posiblemente todo se deba a quien con tanto talento supo coordinar todos esos componentes. Nicholas Ray. Un cineasta en estado de gracia cuya triste y agria mirada consiguió imbuir en este peliculón una atmósfera tensa, angustiosa, irrespirable. Una atmósfera que no da tregua al espectador en ningún momento y que lo lleva en volandas hasta la catarsis final. Y de ahí, a uno de los más románticos y estremecedores desenlaces del séptimo arte.



Pero, bueno, dejémonos de florituras e intentemos ahondar un poquito más en este espléndido western. Personalmente, una de las cosas que más me llaman la atención de “Johnny Guitar” es su carácter eminentemente feminista. Y no, no lo digo con ningún retintín. “Johnny Guitar” es, claramente, un western feminista porque —pese a su engañoso título masculino— el papel protagonista lo interpreta una mujer (Vienna). Algo que no deja de ser curioso teniendo en cuenta que lo más habitual en este género es que ese rol lo interpretara casi siempre un hombre.



Pero ahí no acaba la cosa: no solo la protagonista es una mujer. También lo es la antagonista, Emma Small, una mujer carcomida por la envidia y los celos que hará todo lo posible para acabar con su gran rival. Un verdadero choque de estrógenos, en definitiva, que provocará que todos los hombres que rodean tanto a Vienna como a Emma (incluido Johnny) parezcan auténticas comparsas ante este par de mujeres —y nunca mejor dicho— de armas tomar.



Otro de los factores más atípicos de “Johnny Guitar” es, sin lugar a dudas, su peculiar tratamiento del color. Un invento de la Republic, el TruColor, que resalta los colores brillantes y que —a primera vista— contrasta totalmente con la luz natural del oeste. Una luz cálida, difuminada y terrosa que se sitúa a las antípodas de esa paleta efectista, chillona y agresiva que nos propone el TruColor de Harry Stradling.



Sin embargo, no debemos olvidar en ningún momento que “Johnny Guitar” no es un western convencional. Y eso significa, como ya he avanzado anteriormente, que este curioso tratamiento cromático ha de tener —por narices— algún motivo, alguna razón determinada, alguna otra lectura que no sea la de la simple y llana experimentación. Así pues, yo diría (a tenor de lo que he ido leyendo y puedo deducir por mi cuenta) que esos colores tan vibrantes tienen una clara y meridiana significación simbólica. Sobre todo en lo que al vestuario de Vienna respecta. Desde el lúgubre negro que viste al principio (alegoría del misterio, de lo desconocido) hasta ese deslumbrante y espectacular vestido blanco que luce cuando toca el piano esperando a los hombres del pueblo (símbolo de la pureza, de la inocencia) pasando por ese sensual encaje o negligé morado en el momento más romántico de la peli (como clara bandera de la pasión amorosa y/o sexual) o la escandalosa camisa amarilla en el emocionantísimo duelo final (como emblema del valor, del coraje).



Pero si por algo destaca por encima de todo “Johnny Guitar” es, obviamente, por sus diálogos. Un auténtico aluvión de frases, réplicas y contrarréplicas al más puro estilo noir (repletas, como no, de ironía y mordacidad elevadas a la enésima potencia) que llegan a su punto más álgido en esa mítica conversación nocturna en la que Johnny y Vienna acaban desnudándose emocionalmente y dando rienda suelta a sus deseos y sentimientos más recónditos. Naturalmente, me estoy refiriendo a la mítica secuencia del “Miénteme”, uno de esos momentazos que —con el tema de Victor Young y Peggy Lee sonando de fondo— han hecho de “Johnny Guitar”, sin lugar a dudas, una de las pelis más legendarias de la historia del cine.
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TRAILER: