NOSOTROS

Mostrando entradas con la etiqueta Robert Taylor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Robert Taylor. Mostrar todas las entradas

jueves, 3 de abril de 2025

CARAVANA DE MUJERES

 

(Westward the women, 1951)

Dirección: William A. Wellman
Guion: Charles Schnee

Reparto:
- Robert Taylor (Buck Wyatt)
- Denise Darcell (Fifi Danon)
- Hope Emerson (Patience Hawley)
- John McIntire (Roy E. Whitman)
- Julie Bishop (Laurie Smith)
- Lenore Lonergan (Maggie O’Malley)
- Henry Nakamura (Ito Kentaro)
- Marilyn Erskine (Jean Johnson)
- Renata Vanni (Mrs. Moroni)

Música: Jeff Alexander
Productora: Metro Goldwin Mayer

Por Jesús Cendón. NOTA: 9

“Sólo hay dos cosas que me dan miedo en este mundo, y las mujeres es una de ellas”. Buck Wyat a Roy Whitman.


Aunque habitualmente la mujer en el wéstern ha sido relegada a un papel secundario como sostén de la trama amorosa y con escasa o nula incidencia en el argumento principal del filme, no han sido raros los personajes femeninos que han supuesto una excepción a esta regla al adquirir el protagonismo o convertirse en un personaje clave de la película. Cabe citar a título de ejemplos a Connie (Veronica Lake), una auténtica femme fatale capaz de manejar a su antojo a los hombres para conseguir sus objetivos en “La mujer de fuego” (Andre de Toth, 1947); Vance (Barbara Stanwyck) en “Las Furias” (Anthony Mann, 1950) hija de un importante ganadero con complejo de Electra que urdirá vengarse de su padre; Altar Kane (Marlene Dietrich), propietaria de un refugio para pistoleros en “Encubridora” (Fritz Lang, 1952); Vienna (Joan Crawford) en “Johnny Guitar” (Nicholas Ray, 1954) western con los hombres relegados a un segundo plano y un enfrentamiento final revólver en mano entre las dos rivales; Martha (de nuevo Barbara Stanwyck) quien movía en la sombra los hilos que precipitaban el drama en “Hombres violentos” (Rudolph Maté, 1955); Leslie (Elizabeth Taylor) en el neowéstern “Gigante” (George Stevens, 1956), mujer de gran personalidad y fuertes convicciones que se enfrentará a un entorno hostil, clasista, machista y xenófobo e irá transformando ese mundo poco a poco gracias a su determinación; Jessica Drumond (la recurrente Barbara Stanwyck), una despótica terrateniente en “40 pistolas” (Sam Fuller, 1957); Julia Maragon (Jean Simmons) elemento fundamental en la trama ya que su propiedad era codiciada por las dos familias rivales en “Horizontes de grandeza” (William Wyler, 1958); o, por citar algún eurowéstern, “Antes llega la muerte” (Joaquín Luis Romero Marchent, 1964) en el que el personaje interpretado por Gloria Milland era el catalizador de la historia y “Hannie Caulder”, película fetiche de nuestro compañero Ron B. Sobbert dirigida en 1971 por Burt Kennedy en la que Raquel Welch consumaba su venganza acabando con tres forajidos.

Incluso los aficionados al género recordamos wésterns de serie b en los que varias actrices interpretaron, como protagonistas, a personajes famosos de la época, generalmente fuera de la ley. Así, por ejemplo, vimos a Barbara Stanwyck como Annie Oakley (George Stevens, 1935), la experta tiradora contratada por Buffalo Bill; a Gene Tierney dando vida a Belle Starr (Irving Cummings, 1941), personaje repetido por Jane Russell en “La bella de Montana” (Allan Dwan, 1952); a Yvonne De Carlo encarnando a Calamity Jane en “La verdadera historia de Calamity Jane” (George Sherman, 1949) o, una vez más, a Barbara Stanwyck en el rol de Kit Bannion, propietaria de un saloon y relacionada con los famosos forajidos Butch Cassidy y Sundance Kidd en “Los indomables” (Joseph Kane, 1956).



Más escasos fueron los wésterns que abordaron la situación de la mujer como colectivo y su papel en la construcción de los EEUU, destacando “El secreto de Convict Lake” (Michael Gordon, 1951), en el que un pueblo aislado en las montañas y habitado de manera temporal únicamente por mujeres era tomado por unos presidiarios evadidos; “Brigada de mujeres” (George Marshall, 1957) con un grupo de féminas que, en plena Guerra de Secesión, defendían una misión del ataque de los indios o la película objeto de esta reseña; un hermosísimo, necesario y sentido homenaje a todas aquellas mujeres que con sangre, sudor y lágrimas contribuyeron decisivamente a la conquista del Oeste (1).


SINOPSIS: El terrateniente Roy Whitman contrata al experto guía Buck Wyatt para que conduzca una caravana compuesta por ciento cincuenta mujeres desde Chicago a California, donde les esperan colonos que desean formar una familia. Un viaje peligroso de más de 5.000 kilometros en el que se deberán enfrentar a un territorio hostil. 


Concebida por Frank Capra con el título de “Pioner Women”; su historia, basada en un hecho real (2), fue rechazada alternativamente por la Columbia y la Paramount debido a su alto coste, ya que el director de origen siciliano pretendía rodarla en color y con Gary Cooper como protagonista.


El proyecto fue retomado por William A. Wellman, gran amigo de Capra, quien convenció a Dore Schary, nombrado recientemente presidente de la todopoderosa Metro Goldwyn Mayer en sustitución de Louis B. Mayer, para que financiase la película. 

Entusiasmado por la originalidad de la historia y el mensaje subyacente, Schary se implicó directamente en la producción (3) en un momento en el que pretendía que la major, sin abandonar su zona de confort (filmes básicamente de aventuras y musicales), produjese películas más arriesgadas y socialmente comprometidas. Además, en su decisión también tuvo gran importancia su confianza en Wellman, un excelente profesional caracterizado no sólo por cumplir con las obligaciones contraídas en relación con el rodaje de las películas (duración, presupuesto, etcétera) sino por su querencia por los proyectos arriesgados (4).

Schary confió la elaboración del guion a Charles Scheene de cuya pluma habían nacido los libretos de las excelentes “Río Rojo” (Howard Hawks, 1948), con la que este wéstern comparte el tema de la marcha de los protagonistas a través de un territorio peligroso, y, la ya citada, “Las Furias”, en la que igualmente el peso principal recaía en un personaje femenino. 


Por su parte Wellman quiso dotar a la película del mayor realismo y crudeza posibles. Por lo que decidió rodar en B/N, abaratando además el coste de la misma; ordenó al magnífico operador William C. Mellor, con el que había colaborado ese mismo año en “Más allá del Missouri”, utilizar los filtros para para dar un aspecto neblinoso a las imágenes; filmó la mayor parte del largometraje en escenarios naturales como Kanab en Utah y el Desierto de Mohave y el Valle de la Muerte en California, endureciendo las condiciones del rodaje con el objeto de emular la situación vivida por las heroínas de la cinta; tuvo muy en cuenta tanto el espíritu de cintas precedentes que abordaron este tema (“La gran jornada” dirigida por Raoul Walsh en 1930, la primera parte de “California” rodada por John Farrow en 1947 o “Caravana de paz” filmada en 1950 por John Ford -5-), como determinados movimientos cinematográficos europeos, sobre todo el neorrealismo italiano, con homenaje incluido a “Arroz amargo” (Giuseppe de Santis, 1949), y el realismo socialista soviético, pudiéndose rastrear la huella en determinados planos y secuencias del wéstern de directores como Serguéi Eisenstein; y decidió suprimir la banda sonora, de tal manera que el himno To the West! To the West! tan sólo se escucha con los títulos de crédito iniciales y finales.


Como protagonista se escogió a Robert Taylor que, en plena madurez y tras haber protagonizado la superproducción de gran éxito “Quo Vadis” (Mervyn LeRoy, 1951), pretendía dar un giro a su carrera abandonando definitivamente su imagen de galán romántico.

El filme muestra una estructura clásica con una extensa presentación o prólogo, un nudo o parte central en el que se narra la odisea vivida por las mujeres y el desenlace o epílogo alejado del tono dramático de la película.


a) El prólogo se desarrolla en dos escenarios diferentes, California como lugar de destino y Chicago como punto de partida, y en él aparecen planteadas las cuestiones temáticas principales de la película:

- La visión del Oeste como tierra de promisión, un lugar en el que poder desarrollar una nueva vida; entroncando, de esta forma, con un tema fundamental en la cultura estadounidense: el derecho de todo ser humano a disfrutar de una segunda oportunidad. Pero el mencionado derecho no se regala sino que tiene que ganarse y la mujeres protagonistas de esta película demostrarán con su esfuerzo, sacrificio y determinación que son merecedoras de esa nueva vida soñada.
- La mujer no sólo como pilar fundamental de la familia sino como elemento básico en el asentamiento de las civilizaciones en un territorio. Así se lo expresará Roy a Buck al definirlas como “las raíces que mantienen vivos los territorios”.
- Los EEUU como mixtura de nacionalidades, credos y razas al aparecer en la película personajes franceses, italianos e, incluso, orientales.
Además, como suele ser habitual, en este tramo Wellman nos presenta a los personajes más destacados del drama. 


El guía de caravanas Buck Wyatt, un hombre duro, intransigente, implacable y misógino que mostrará a lo largo del filme su desprecio hacia las mujeres a las que trata de forma displicente y llega a considerar como ganado; de hecho en el inicio le comentará a Roy “Será mejor que traigas ciento cincuenta mujeres. Si tenemos suerte sólo perderemos una de cada tres”. No dudará en expulsar de la caravana a un cowboy por haber intentado mantener relaciones con una de las pioneras y de ajusticiar a otro sin darle la oportunidad de desenfundar el revólver por haber forzado a otra. El trayecto será para él no sólo un viaje físico sino también emocional. Así, a medida que el grupo de mujeres demuestre su valía, su fuerza de voluntad y su enorme arrojo abandonará sus prejuicios y comenzará a mostrar orgullo, respeto y admiración por ellas. Está interpretado, como ya he señalado, por Robert Taylor quien lleva a cabo un gran trabajo en uno de los papeles más oscuros y desagradables de su dilatada carrera.


Denise Darcel (6), que ya había colaborado con Wellman en “Fuego en la nieve” (1949), es Fifi Danon, una “corista” de origen francés en busca de su redención. Muestra una personalidad indómita y escogerá a Buck desde el primer momento como su futura pareja lo que provocará una tensión constante entre ellos al resistirse el guía a aceptar sus sentimientos, por lo que la tratará con mayor dureza que a las demás e, incluso, llegará a golpearla con un látigo y a pegarle una bofetada.


Hope Emerson (7) da vida a una inolvidable Patience Hawley; una marinera de tierra adentro maltratada por la vida al haberle arrebatado el mar a su marido y a sus tres hijos, pero tan dura como las montañas y los desiertos que tendrá que atravesar. Persona de gran fortaleza física y mental, su actuación será decisiva en los momentos más delicados. 


Roy E. Whitman, encarnado por el siempre fiable John McIntire, un ganadero que se preocupa por sus empleados y sabe que su sueño de crear un valle prospero pasa por atraer a mujeres al mismo.


Ito, un pequeño pero aguerrido japonés protagonista de las escenas cómicas, aunque también, al ser un hombre reflexivo, se convertirá en la conciencia de Buck (“Cuando equivocarte , yo decirlo aunque no te guste”, le advertirá al guía en un momento determinado).


Rose Meyer, una joven soltera y embarazada quien ha decidido alejarse del hogar familiar para evitar a sus padres la humillación y el oprobio derivados de su “pecado”.


La italiana Renata Vanni, viuda y con un hijo, símbolo del amor materno. Padecerá, además de las dificultades del viaje, su personal calvario al perder a quien más quiere en un accidente estúpido.


Maggie y Jean, las únicas tiradoras del grupo, que mantendrán una creciente rivalidad a lo largo del trayecto.

b) La parte central, y más larga, narra el penoso y peligroso viaje por un territorio desconocido y hostil. Wellman, como en otros títulos de su filmografía, nos presenta una naturaleza adversa convertida en un elemento dramático fundamental en el desarrollo del filme. 

Pero el grupo de pioneras no sólo tendrá que atravesar las Montañas Rocosas, el Gran Lago Salado e infernales desiertos sino que también se enfrentará a los pieles rojas, a inclemencias imprevistas y a ellas mismas.


Y sabrán superar todas las pruebas gracias a su capacidad de aprendizaje (al comienzo tan sólo cuatro mujeres saben conducir carros), su tesón, su coraje y su voluntad. Incluso lograrán sobreponerse a dos momentos críticos que hacen dudar al propio Buck de la viabilidad de la empresa: el abandono de los cowboys que debían escoltarlas y el gran número de bajas sufrido tras el ataque indio.


Frente a la actitud de las mujeres, durante el viaje, el rígido y despótico guía mostrará sus debilidades cometiendo dos errores gravísimos: estar alejado de la caravana durante el ataque de los pieles rojas al encontrarse persiguiendo, llevado por su ira, a Fifi por lo que no podrá ocuparse de la defensa; y estar borracho durante una inundación que se cobra la vida de otra pionera. Fallos de mayor trascendencia que los cometidos por las inexpertas pioneras en toda la película. 


Este tramo nos ofrece grandes escenas. Aquella en la que los carros atraviesan las montañas mediante poleas y cuerdas sufriendo un accidente mortal otra de las mujeres, con una labor de dirección y montaje prodigiosa; la de las pioneras cruzando un inclemente desierto mientras Rose da a luz un bebe que ayudará a Renata a reconciliarse con la vida, escena en la que el espectador, gracias de nuevo al enorme trabajo de Wellman, puede sentir el calor, el polvo y la fatiga de las futuras colonas; la persecución a caballo de Buck a Fifi rodada a base de panorámicas mientras que sólo escuchamos el ruido de los cascos de los equinos; o el ataque indio en off. Pero, sin duda, la secuencia que permanece imborrable en la memoria por su dramatismo y emotividad es la posterior al ataque de los pieles rojas con las mujeres nombrando una a una a las compañeras muertas mientras vemos sus cuerpos inertes. Sólo por esta escena creo que la cinta merece estar considerada entre las mejores de este género.


c) Por último, el epílogo, en donde más se aprecia el cine de corte humanista propio de Frank Capra; así como su sentido del humor.


Tras el tortuoso y largo viaje, en el que la muerte ha sido omnipresente, las futuras colonas han llegado a su destino y han sabido conquistar su futuro superando los innumerables obstáculos del trayecto.


Pero antes de encontrarse con sus parejas recuperan su feminidad y coquetería exigiendo a un satisfecho y orgulloso Buck que les proporcione ropa con la que estar presentables. Una vez arregladas acuden al pueblo donde les esperan los hombres.


 Y serán ellas, porque se lo han ganado con creces, quienes elegirán a sus maridos para compartir una nueva vida en la tierra prometida.



(1) A todos los que queráis profundizar en el tema de la mujer en los filmes del Oeste os recomiendo el estupendo capítulo escrito por nuestro compañero Sintu Amat en el imprescindible “Grandes temas del wéstern” (Dolmen editorial).

(2) Capra escribió un primer boceto del guion basándose en el periplo realizado en el siglo XIX por varias mujeres sudamericanas a un pueblo minero habitado solamente por hombres. 

(3) Gracias a Dore Schary la Metro rodó en la década de los cincuenta cuatro de sus wésterns más insólitos y de mensaje progresista: “Medalla roja al valor” (John Huston, 1951) basada en la novela de Stephen Crane, “Caravana de mujeres”, “Conspiración de silencio” (John Sturges, 1955), incisiva crítica a la situación vivida por los EEUU con la caza de brujas y, por extensión, a todo tipo de totalitarismo y “La última caza” (Richard Brooks, 1956), también protagonizada por Robert Taylor, con una mirada nada complaciente hacia la conquista del Oeste y en la que mostraba al hombre blanco como un depredador sin escrúpulos.

(4) Wellman había rodado ese mismo año, también para la Metro Goldwyn Mayer, “Más allá del Missouri”, wéstern de tintes ecológicos sobre los mountain men y unos años antes nos había deleitado con dos wésterns tan conseguidos como originales: “Incidente en Ox-Bow” (1942) y “Cielo amarillo” (1948).

(5) No sé si Wellman pretendió homenajear a John Ford o simplemente le gustó la idea, pero al comienzo del filme hay una secuencia con Robert Taylor y John McIntire conversando agachados muy similar a otra protagonizada por Ben Johnson en “Caravana de paz”.

(6) De carrera efímera, Denis Darcel también encarnó a la ambiciosa y traicionera condesa Marie Duvarre en “Veracruz” (Robert Aldrich, 1954)

(7) Hope Emerson interpretó un papel muy parecido en la anteriormente citada “Brigada de mujeres”.


jueves, 24 de enero de 2019

LA ÚLTIMA CAZA


(The last hunt, 1956)

Dirección: Richard Brooks
Guion: Richard Brooks

Reparto:
- Robert Taylor: Charlie Gilson
- Stewart Granger: Sandy McKenzie
- Debra Paget: Indian Girl
- Lloyd Nolan: Woodfoot
- Russ Tamblyn: Jimmy O’Brien
- Constance Ford: Peg
- Joe de Santis: Ed Black
- Ralph Moody: Indian Agent

Música: Daniele Amfitheatrof
Productora: Metro-Goldwyn-Mayer

Por Jesús Cendón. NOTA: 7’75.

“¿Por qué has vuelto al negocio de la carnicería?” “Por dinero”. “Este dinero hará que te remuerda la conciencia”. “Ya tengo remordimientos, sólo me falta el dinero”. Conversación entre Woodfoot y Sandy McKenzie.


La Metro Goldwyn Mayer, creada por Louis B. Mayer, ha sido considerada como la más conservadora, en el amplio sentido de la palabra, major norteamericana. Bajo el auspicio de su fundador (1924-1951) desarrolló el starsystem (sistema de producción por el cual las grandes estrellas quedaban vinculadas a la major mediante contrato obligándoles a participar en aquellos filmes designados por la productora) e impuso un modelo de producción caracterizado por la búsqueda de la espectacularidad en los filmes, la repetición de formulas de éxito y el rechazo a las innovaciones.



Con el abandono de su cargo en la productora y el declive del sistema de estudios, iniciado con el fallo judicial en 1948 de un tribunal californiano por el que las majors debieron deshacerse de sus cadenas de cine, la Metro comenzó a ampliar sus miras, fijándose con más atención en otros géneros diferentes a los que habían forjado su imagen (sobre todo aventuras y musicales) y arriesgándose con producciones más novedosas.



Es en este último grupo donde se encuadra “La última caza”, wéstern adelantado a su tiempo, osado e incomprendido en su día obra de Richards Brooks, cineasta con ideas profundamente liberales reflejadas en sus veinticinco filmes, la mayoría de los cuales fueron también escritos por él.



Conocido por sus adaptaciones de grandes obras literarias (1), Brooks tan sólo se acercó tres veces a este género pero supo dejar su impronta en el mismo. Dirigió, además de la película que nos ocupa, “Los profesionales”, una lúcida reflexión sobre la revolución y el desencanto provocado en quienes creyendo en ella se le entregaron como si fueran sus amantes, y “Muerde la bala”, bellísima y nostálgica historia crepuscular sobre aquellos que forjaron el Far-West y cuya existencia, con la llegada de la modernidad, quedó limitado al mundo del espectáculo tan sólo interesado en obtener un rédito económico de los valores encarnados por los viejos vaqueros (ambas películas cuentan con sus oportunas reseñas).



ARGUMENTO: Sandy McKenzie, tras haber perdido a su ganado, decide asociarse con Charlie Gilson, un individuo perturbado y obsesionado con la muerte, y regresar a su antigua profesión de cazador de búfalos. A ellos se les unirán un viejo trampero amigo de Sandy, un mestizo de cabellos pelirrojos llamado Jimmy y una joven india, única superviviente de una matanza anterior perpetrada por Charlie. Pronto la tensión surgirá entre los dos socios.



“La última caza” fue un fracaso en taquilla a pesar de estar basada en una novela de gran éxito finalista del Premio Pulitzer (2) escrita por Milton Lott, un gran especialista en el wéstern, y de contar con dos grandes estrellas de la Metro que gozaban de una enorme popularidad al haberse convertido en los estandartes de las lujosas películas de aventuras producidas por la major en la década de los cincuenta, Robert Taylor y Stewart Granger. De hecho, en principió, la película se concibió para ser protagonizada por Gregory Peck y Montgomery Clift pero la productora terminó inclinándose por Taylor y Granger dada la buena sintonía que habían mostrado en la versión sonora y en color de “Todos los hermanos eran valientes”, dirigida por Richard Thorpe tres años antes (3).



Sin duda la falta de respuesta del público se debió a que con esta película se les ofrecía un wéstern seco, duro y sin concesiones. Era como un torpedo disparado a la línea de flotación de los EEUU que cuestionaba tanto algunos de sus pilares fundacionales como determinados mitos en los que se basaba la construcción del país; proporcionándonos una mirada sobre el Lejano Oeste, alejada de la visión idílica de otros wésterns, en la que no había sitio para los héroes (de hecho en un momento dado uno de los personajes comenta que Wild Bill Hickock, George Custer o California Joe estaban muertos).




Igualmente mostraba al hombre blanco, y por tanto a la sociedad anglosajona, como un depredador del entorno natural, miembro de una cultura que no respetaba a la naturaleza y, motivado por su codicia, capaz de acabar con el equilibrio ecológico. Un precio muy alto a pagar en nombre de la civilización. De hecho, a esa visión responde la información escrita aportada al inicio de la película dándonos a conocer que en 1853 los EEUU contaban con una población de sesenta millones de bisontes, reducida a treinta mil individuos en tan sólo treinta años. Incluso, para aumentar aún más la denuncia y la autenticidad del filme, las cacerías de búfalos rodadas son reales, para lo que se aprovechó el levantamiento temporal de su veda en una reserva situada en Dakota y se filmó a auténticos cazadores del gobierno con el objeto de mostrarnos de forma fría, casi como si fuera una ejecución, la aniquilación de los animales. Esta imagen apocalíptica se verá reforzada con una secuencia en la que se enfoca a dos crías desvalidas entre los cadáveres de los especímenes adultos, y en varias escenas posteriores en las que vemos repetidamente, como si de un cementerio macabro se tratase, la osamenta de los fabulosos animales blanqueándose al sol en las inmensas praderas.



Como consecuencia de todo ello y en abierta colisión con la forma de vida de los pieles rojas, caracterizada por su pureza y su estrecho contacto con la naturaleza, la ciudad del hombre blanco se configura como un símbolo de esta cultura destructiva al presentárnosla, en la mas pura tradición judeo-cristiana, como una nueva Babilonia, un centro de depravación y vicio presidido por la prostitución y el alcohol.



Estrechamente relacionada con la matanza de búfalos se encuentra otra de las cuestiones polémicas planteadas por el filme, el extermino de los habitantes originales de las tierras conquistadas por el hombre blanco, al constituir el búfalo para la civilización de las praderas un elemento fundamental para su supervivencia; por lo que, de hecho, cazar a estos animales suponía la extinción de los pieles rojas. Resultado del que son plenamente conscientes los protagonistas del filme, como señala Sandy al reconocer que durante las guerras indias se abatían de forma indiscriminada bisontes porque cada uno de ellos cazado suponía un indio muerto de hambre; incluso la película nos informa de que el general Sheridan durante las guerras indias condecoraba a los guerreros de azul con medallas en cuyas caras figuraban un indio y un búfalo. Se estaba identificando, de esta forma, a uno con el otro.



La situación de indefensión en la que se encuentran los indios, tras la caza indiscriminada de estos fabulosos animales, queda perfectamente resumida tras abatir Charlie a un búfalo blanco, una especie de deidad para los pieles rojas, y afirmar la joven india apresada por el grupo: “Nos quitas la comida y ahora matas a nuestra religión”.



Estamos, pues, a punto de iniciar la segunda fase de la conquista del Oeste y, prácticamente, se ha consumado por parte de los occidentales el saqueo del territorio a los indios. Y estos no sólo deberán aceptar este expolio sino que, para poder vivir junto a los rostros pálidos, se verán obligados a renunciar a sus señas de identidad y a su cultura como ocurre con el mestizo Jimmy. En caso contrario, tan sólo podrán esperar la muerte en un desafortunado encuentro con el hombre blanco o su confinamiento en vergonzosas reservas en donde, ante los problemas de abastecimiento, el escaso interés del gobierno por solucionarlos y la desesperación del propio agente indio, tendrán que sacrificar a los caballos, primero, y a los perros, después, para no morir de inanición.



La película, por tanto, gira en torno a un tema principal: la muerte, representada en Charlie Gilson en una de las mejores y más arriesgadas, por su cambio de imagen, actuaciones de Robert Taylor (4). Un individuo aterrador, xenófobo, dominado por su odio irracional, con repentinos e imprevisibles cambios de humor y al borde de la locura, para el que “Matar es natural. Lo aprendí en la guerra. Cuanto más se mata más hombre es uno. Matar, pelear, guerrear ese es el orden natural. La paz es sólo el tiempo de descanso entre dos guerras para luego seguir matando”. Un ser que encuentra verdadero placer al acabar con hombres o animales. Para él “Matar es la mejor prueba de que uno está vivo” e, incluso, llega a vivir la ceremonia de la muerte como si fuera un acto sexual. Sin embargo, la enorme interpretación de Taylor consigue que, siendo un ser abyecto, no nos repugne del todo y aparezca ante nuestros ojos como un hombre patético, un enfermo preso de sus fobias a cuyo paulatino proceso de enajenamiento asistirá, al igual que el resto de personajes, el espectador.



Como antagonista, interpretado por un Stewart Granger que ofrece un altísimo rendimiento con una actuación más grave de lo que era en él habitual, nos encontramos con Sandy McKenzie, un hombre criado por los indios que no sólo conoce su cultura sino que la respeta. Sin embargo, no dudará, tras haberse arruinado, en volver a retomar su actividad como cazador a pesar de ser consciente del daño que esta infringiendo (en una de las secuencias se ve cómo afloran lágrimas en sus ojos mientras dispara sobre los bisontes).




Frente a la actitud de ambos personajes, un malicioso Brooks, hace reflexionar al espectador sobre cuál de las dos conductas es más reprobable, la del enfermo que mata por un impulso incontrolado o la de aquel que es consciente del mal que está haciendo. Reprobando, también, la conducta de Sandy, máxime teniendo en cuenta que se mantendrá imperturbable permitiendo que Charlie utilice a la joven india, de la que comienza a enamorarse, como esclava sexual, acabé con varios indios o cace al búfalo blanco conociendo la importancia y significado que el animal tenía para los pieles rojas. Irá postergando su inevitable enfrentamiento con Charlie y no será hasta tocar fondo, preso de sus remordimientos, en el saloon de la ciudad cuando tome la determinación de acabar con su socio. Sin embargo el director nos hurtará el duelo entre ambos con un final genial y simbólico en el que la naturaleza cobra un gran protagonismo y se toma cumplida venganza sobre aquel que tanto la había maltratado. De esta forma el elemento ecologista o naturalista, muy presente en toda la película, adquiere también una importancia decisiva en el desarrollo del filme.



Junto a los dos protagonistas principales cabe destacar la enorme composición de Lloyd Nolan como Woodfoot un trampero alcoholizado pero de una gran sabiduría y humanidad. Su actuación eclipsa a los otros dos integrantes del grupo: Debra Paget, sustituta en el último instante de Anne Bancroft, de nuevo en un papel de india y un desubicado Russ Tamblyn como el mestizo Jimmy.



“La última caza”, en resumen, aporta una visión desoladora, negativa y pesimista de la conquista del Oeste en un momento en el que la sociedad norteamericana se encontraba en pleno debate como consecuencia del final de la Guerra de Corea (1950-1953), por lo que parece lógico que no recibiera el apoyo del público estadounidense. Pero, en todo caso, es un gran y original wéstern en el que su director pretendió mostrar que los EEUU eran: “Un poco ellos mismos y los animales que lo formaban” por lo que “era preciso que comprendiesen que destruirlos equivalía a destruirse a sí mismos”, y cuya recuperación se me antoja urgente y necesaria.


(1) Entre otros llevó a la pantalla grande a Dostoevsky con “Los hermanos Karamazov” (1956), a Sinclair Lewis con “El fuego y la palabra” (1960), a Joseph Conrad en “Lord Jim” (1965) y a Truman Capote con la escalofriante “A sangre fría” (1967); además de realizar la adaptación de “La gata sobre el tejado de zinc” (1958) y “Dulce pájaro de juventud” (1962), dos de las más conocidas obras de teatro de Tenesse Wiliams, uno de sus autores favoritos.

(2) Milton Lott fue derrotado por William Faulkner y su novela ambientada en la I Guerra Mundial “Una fábula”. Dicho texto serviría de inspiración en 1957 a Stanley Kubrik a la hora de escribir y rodar “Senderos de gloria”, su gran alegato antibelicista.

(3) El productor, hábilmente, cambió de roles a los dos protagonistas respecto a la película de Thorpe en la que Taylor era el hermano digno de llevar el apellido de la casa Shore, mientras que Granger se ocupaba de un personaje negativo.

(4) A cualquiera que dude de las dotes interpretativos del actor le invitaría a que lo viera en esta película junto a otras como “La Puerta del Diablo” (Anthony Mann,1950), “Más rápido que el viento” (Robert Parrish, 1958) o, por citar un filme de otro género, “Chicago año 30” (Nicholas Ray, 1958). Todas ellas cuentan con actuaciones brillantísimas del intérprete nacido en Nebraska.

jueves, 14 de junio de 2018

MÁS RÁPIDO QUE EL VIENTO

(Saddle the wind, 1958)

Dirección: Robert Parrish y John Sturges (sin acreditar)
Guion: Rod Serling y Thomas Thompson

Reparto:
- Robert Taylor: Steve Sinclair
- Julie LondonJoan Blake
- John CassavetesTony Sinclair
- Donald CrispDennis Deneen
- Charles McGrawLarry Venables
- Royal DanoClay Ellison
- Richard ErdmannDallas Hanson
- Douglas SpencerHemp Scribner
- Ray TealBrick Larsson

Música: Elmer Bernstein
Productora: Metro Goldwyn Mayer. (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 7’5.

“¿Qué será de él?” “Seguirá el camino que lleva, pero algún día se enfrentará a alguien más rápido con el revólver y le enterrarán. Si tiene suerte le pondrán una cruz y si no la tiene dará igual, porque no tendrá a nadie para llorarle. Excepto yo. Yo sí” Conversación entre Joan y Steve sobre Tony tras haberse peleado los dos hermanos y haber abandonado el rancho este último.


ARGUMENTO: Steve Sinclair, tras una vida de apego al revólver, ha conseguido olvidarse de las armas de fuego y establecerse como ganadero gracias al apoyo de Dennis Deneen, gran terrateniente del valle en el que se ha instalado. Pero la llegada de un pistolero que pretende desafiarle, junto con el asentamiento de agricultores en el valle y el carácter impulsivo de su hermano, le pondrá de nuevo a prueba.


Sin duda “Más rápido que el viento” es un claro ejemplo del grado de madurez del género alcanzado en la década de los años cincuenta gracias, no sólo a la aportación de los grandes directores clásicos (Ford, Walsh, Hawks, Wellman) que siguieron ofreciéndonos muy buenos wésterns, sino también a la incorporación de nuevos directores como Mann o Daves, y de escritores del nivel de Borden Chase, Charles Schnee (aunque ambos ya habían elaborado a finales de los cuarenta el libreto de “Río Rojo”, filme de Howard Hawks ya comentado en este blog), Halsted Welles, Ben Maddow, Philip Yordan, o Burt Kennedy que ofrecieron una visión renovada y compleja del Far-West en la que los protagonistas se fueron alejando del arquetipo de héroe clásico para convertirse en individuos más ambiguos, al mismo tiempo que se solía incidir en las motivaciones de sus antagonistas que dejaron de ser personajes estereotipados. De esta forma, y con sus lógicas excepciones, mientras que los años cuarenta constituyen la época del esplendor del wéstern clásico, la década de los cincuenta se caracteriza por lo el denominado wéstern psicológico.


Es dentro de esta corriente donde se encuadra la película que nos ocupa al ofrecernos un drama complejo, grave, desaforado, de gran intensidad y muy bien construido en torno a dos hermanos y, al igual que estos, una serie de personajes torturados que buscan su lugar en el mundo, a través de los cuales se reflexiona sobre el insoportable peso del pasado, tanto a nivel individual como colectivo, las atroces consecuencias del uso de la violencia (tema recurrente en la filmografía del director) y la busqueda, en muchos casos infructuosa, de una segunda oportunidad. Nos encontramos, pues, ante un wéstern pacifista y con un tono marcadamente moralizador.


La escena inicial, con la llegada de un forastero de modales agresivos y aviesas intenciones, nos introduce de lleno en la tragedia que vamos a contemplar, ya que a pesar de buscar al mayor de los Sinclair por una cuenta pendiente, será el pequeño, Tony, el que gracias a un golpe de suerte acabe con él. El resultado del duelo será paradójico.


Por una parte, Tony, obsesionado con intentar devolver a su hermano mayor los cuidados y atenciones que tuvo con él mientras crecía, ha conseguido protegerle tanto de tener que retomar las armas y volver aunque fuera por unos instantes a su olvidada vida de pistolero, como del resultado incierto del duelo ya que, como el propio Steve le dirá a Tony tras el enfrentamiento: “Te pido sólo que te acuerdes de una cosa. En toda pelea hay uno que se acerca a la barra e invita a beber y otro cuyo nombre se graba en una lápida. Se tiene el cincuenta por ciento de probabilidades“.


Pero, al mismo tiempo, a partir de ese momento Tony estará condenado, marcando ese instante el inicio de la espiral de violencia en la que se adentrará, porque el pequeño de los Sinclair ha experimentado el poder de las armas y el reconocimiento y admiración que conlleva. De hecho, en una escena descarnada y cruel, Tony celebrará en la barra con varios ciudadanos su “éxito” mientras el cuerpo inerte de su contrincante se encuentra a sus pies sin que nadie lo retire para darle sepultura.


Esta actitud deshumanizada frente a la muerte y el dolor de sus semejantes de parte de los personajes es otra característica de la película. De esta forma, en otra escena, Tony y un compañero, tras haberse emborrachado, no dudarán en asaltar el campamento de unos agricultores recién llegados al valle con intención de instalarse en él, dando una brutal paliza a su líder al mismo tiempo que le humillan delante de sus compañeros, su mujer y su hijo.


Pero, sin duda, la secuencia que mejor define el posicionamiento ético del director frente a la violencia es la escena, magistral por otra parte, del asesinato por parte de Tony de uno de los colonos, en la que Parrish no nos ahorra ningún detalle. Así, tras recibir los impactos mortales, veremos a este durante unos segundos, que se hacen eternos, agonizar y arrastrase por el barro mientras su cuerpo se convulsiona. Pocas veces he visto en un wéstern de la época dorada una representación tan realista y brutal de un hombre muriendo.


Junto al gran guion del mítico Rod Serling, en su única incursión en este género, y la extraordinaria labor de Parrish en la dirección y del director de fotografía que sacan un gran partido al CinemaScope, a pesar de abusar del recurso feista de las transparencias cuando enfocan en planos medios a los protagonistas del filme, el wéstern se sustenta en las grandes interpretaciones de los actores.


Como protagonista figura Robert Taylor en una de sus últimas interpretaciones para la Metro Goldwin Mayer, major a la que estuvo ligado durante casi veinticinco años, siendo el galán oficial de la compañía durante las décadas de los treinta y los cuarenta, mientras que en la de los cincuenta se convirtió en el héroe ideal de una serie de películas de aventuras. Curiosamente fue en el wéstern donde pudo demostrar, gracias a una serie de personajes complejos, su valía como interprete dramático. Con su sobriedad y contención habituales encarna al mayor de los Sinclair, expistolero que, tras varios años, ha conseguido olvidar su pasado e iniciar una nueva vida como ganadero. Un personaje que presenta ciertas similitudes con el sheriff Jake Wade de “Desafío en la ciudad muerta” (película dirigida ese mismo año por John Sturges que cuenta con su oportuna reseña).


John Cassavetes, en contraste con Robert Taylor, nos ofrece una gran actuación mucho más expansiva, incluso rayando el histrionismo, apropiada al personaje que da vida, un cada vez más enloquecido y fuera de control Tony. Estamos ante un auténtico “rebelde sin causa” (de hecho el hermano pequeño de los Sinclair entroncaría con una serie de personajes interpretados en diversos dramas por jóvenes actores a finales de la década de los cincuenta y principios de la siguiente) con graves problemas emocionales que necesita no sólo el reconocimiento de los demás sino también su admiración. En este sentido, cobra gran importancia la secuencia desarrollada en el saloon con la presentacion a sus vecinos de su novia, Joan, como si fuera un trofeo. Individuo inseguro, tras el temprano fallecimiento de sus padres, fue criado por Steve durante su época de pistolero y ha crecido idolatrando a su hermano mayor al que pretende emular. Su carácter dual queda reflejado en la escena en la que, tras mostrarse amable e incluso romántico con Joan pidiéndole que le cante el precioso tema principal de la película, intenta sobrepasarse, lo que hará afirmar a esta: “Me besas como si hubieras pagado para ello. Y no me gustan esos besos”.


Julie London es Joan, una mujer maltratada por la vida, acostumbrada a vivir haciendo las maletas y con un pasado como corista, que acepta compartir el techo con Tony al ser la primera persona que le ha ofrecido algo de cariño y le ha mostrado respeto. Al igual que Steve sólo pretende romper con su vida anterior y comenzar una nueva existencia lejos de los ambientes depravados en los que se ha movido hasta ese momento. Un personaje interesante pero con nula incidencia en la trama principal, aunque será fundamental para que el espectador conozca el carácter de Steve y su especial relación con su hermano menor.

Junto a ellos tres grandes secundarios.


Charles McGraw, gran actor protagonista de varios noir en los años cuarenta y cuya afición a la botella truncó en parte su prometedora carrera, está perfecto como el agresivo Larry Venables, un pistolero con sed de venganza y una cuenta pendiente con el mayor de los Sinclair. Sin duda su peculiar rostro, que parecía esculpido en piedra, era muy apropiado para representar el papel.


Royal Dano encarna a un tenaz y digno jefe de los agricultores que pretenden asentarse en el valle después de haber recorrido medio país. Oficial nordista durante la Guerra de Secesión no duda en reclamar el terruño que le corresponde por ley y persiste en su intento a pesar de las amenazas y palizas recibidas. El personaje le sirve a Parrish para introducir el tema del peso de la guerra fratricida en la sociedad norteamericana, un conflicto bélico del que el país no se había repuesto y cuyas heridas áun no habían cicatrizado. Así, al típico enfrentamiento entre agricultores y ganaderos se superpone el combate entre el Norte y el Sur; pero, además, Parrish subvierte la situación de ambos bandos ya que los poderosos, los ganaderos propietarios de grandes terrenos, son los que fueron vencidos en la guerra, mientras los colonos, los nordistas, encarnan al proletariado, a los agricultores miseros y desarraigados que buscan desesperadamente un lugar en donde poder asentarse.


Por último, Donald Crisp da vida a Dennis Deneen, el gran terrateniente del valle y prácticamente padre adoptivo de Steve, al ser la única persona que creyó en él y le apoyó en su intento de abandonar las armas. Es un humanista que aborrece la violencia, sobre todo tras la muerte de su hijo, y será capaz de ceder ante los agricultores para evitar que el valle se tiña de sangre.


“Más rápido que el viento” es, sin duda, un wésten poderoso y original que gozaría de más reconocimiento y prestigio si lo hubiera firmado un director de mayor fama que Robert Parrish quien, al año siguiente, filmaría “Más allá de río Grande”, otro gran wéstern con el desarraigo como tema principal y otra vez Julie London como coprotagonista.


Como curiosidades comentaros que el fotograma que aparece en la carátula del DVD corresponde a una escena que debió quedarse en la sala de montaje; y que la película presenta ciertas semejanzas con “La ley de los fuertes” (Rudolph Maté, 1956) sobre todo en la relación atormentada entre los dos hermanos y en el pasado turbio de la prometida de uno de ellos.